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viernes, septiembre 30, 2011
jueves, septiembre 29, 2011
La fría esquimal: János Xantus
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miércoles, septiembre 28, 2011
martes, septiembre 27, 2011
lunes, septiembre 26, 2011
domingo, septiembre 25, 2011
sábado, septiembre 24, 2011
viernes, septiembre 23, 2011
jueves, septiembre 22, 2011
Felicita cartonera en ROSA rio con su super agente 86 guarani: Edgar Pou llevando rosas joparás al Paraná
JUEVES 22 fESTI ROSA rio
Instituto de Recuperación de Mujeres de Rosario
Unidad 5
16.00
Entrevista a Edgar Pou (Paraguay)
Programa de radio a cargo de las internas (Aire libre,
91.3)
Coordina: Graciela Rojas (ONG: Mujeres tras las rejas)
jueves 22 fESTI ROSA
Jekyll & Hyde Café & Pub
23.00
Micrófono en mano
Elena Anníbali (Oncativo),
Victoria D’Antonio (San Marcos Sierras),
Edgar Pou (Paraguay),
José Villa (Buenos Aires),
Natalia Litvinova (Bielorrusia/Buenos Aires),
Carlos Pardo (España)
Coordina: Alejandra Méndez
miércoles, septiembre 21, 2011
tres vidas: gertrude stein
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martes, septiembre 20, 2011
Tempestad de Angeles: Lisa Block
lunes, septiembre 19, 2011
domingo, septiembre 18, 2011
reseña de Revista de Libros de las memorias despiadadas de CLAIRE GOLL
Claire Goll
A la caza del viento
Pre-Textos, Valencia, 2003
302 pp., 24 euros
Traducción Jorge Bergua Cavera
En enero de 1962, el exiliado Max Aub describía el peligro que acecha al escritor que «queda en el olvido, a lo sumo, catalogado en cualquier hilera enorme de nichos, que son las historias de la literatura», «Por los azares de la historia -continúa- los exiliados suelen a veces padecer este mal.» Así, desde sus varios exilios, la pareja de escritores sin tierra formada por CIaire e Yvan Goll es ejemplo de ese olvido cruel. Dos judíos que nacieron y vivieron a caballo entre Alemania y Francia durante las dos guerras mundiales, que presenciaron toda la gloria y desastre del siglo.
Aub ha sido últimamente reivindicado y revisitado por modas y aniversarios: se le rescata en exposiciones, en unos diarios sobre España y el exilio. Y seguramente las memorias de Claire Goll -A la caza del viento, que ahora se publican en español- seguirían en un apartado nicho de la literatura, de no ser porque sus mordaces comentarios sobre los genios del siglo xx las han exhumado.
Claire e Yvan escribieron en francés y alemán, sufrieron la persecución y el destierro, estuvieron en el meollo de las vanguardias. Yvan Goll nació en 1891 en Saint Dié con el nombre de Isaac Lang. Judío de nacimiento, de nacionalidad alemana, francés de lengua: (como Aub en España, un extraño producto, puramente europeo). Durante la Primera Guerra Mundial, abandonado el derecho por la poesía, se exilió en Suiza hasta 1918 y al año siguiente pasó a París, donde se casó con la alemana Claire Studer, desde entonces Claire Goll (1890-1977). También fue en Suiza donde Claire comenzó su andadura de femme de lettres y femme scandaleuse en el periodismo pacifista, para pasar después a la novela, Desde que conoce a Yvan sus vidas se unirán en los círculos de vanguardia de entreguerras. Y también en el desarraigo.
«Esta tierra no ofrece seguridad para ningún pueblo. Somos todos personas desplazadas, en suspenso.» Así dice Claire, profetizando los masivos éxodos que, como ha sabido captar Sebastião Salgado en sus fotografías, convulsionaron el siglo xx. El tema se refleja en la obra más destacada de Yvan Goll, el ciclo poético Jean sans terre (1932-1938). Aunque Yvan escribirá también novela y teatro, siempre será el hombre sin tierra de poemarios como sus Elegías de Ihpetonga (1942-1946), ilustradas por Picasso y escritas ya desde su enésimo refugio en Nueva York.
Claire e Yvan, escritores apátridas, huyen de la Europa sanguinaria. Ellos son la Europa del desarraigo: Mitropa. Un continente cuyo núcleo fundamental, Alemania y Francia, se desgarra a sí mismo en una espiral de locura. En la Europa que esboza Claire Goll en sus memorias, el panorama es desolador por ambos lados: el «salvajismo alemán» de las guerras y la represión («Al alemán le gusta el crimen, con la condición de que sea perpetrado por razones filosóficas»); los policías franceses que secuestraron la antología de escritores alemanes El corazón del enemigo de Yvan al grito de «El enemigo no tiene corazón». Ni siquiera perdona su exilio aparentemente neutral en «esa asociación de aprovechados que llamamos Suiza».
Sólo queda huir de nuevo: cuando en 1939 los Goll van a visitar a su amigo James Joyce por última vez, lo encuentran ya enfermo y ciego. Joyce se acurruca junto a un ejemplar de su último libro abrazándolo Como si fuera un osito de peluche, pues ya no lo puede leer. El mundo de las vanguardias que conocieron ha estallado con la guerra. Los Goll salen de casa de Joyce con lágrimas en los ojos, conscientes de que Europa se acaba y es preciso partir.
A la caza del viento va entrelazando esta visión trágica de una Europa a la que no perdona su barbarie con una vida intensa marcada por el odio contra una madre de tendencias sádicas, la misoginia (ese «montón de ovarios», como llama a las mujeres) y el retrato despiadado de los grandes de la literatura y el arte, cuyas miserias se despliegan en el libro para fascinación de los lectores. Una galería de miserables, egoístas y odiosos hombrecillos que, sin embargo, gozan de la consideración unánime de «genios» para todos nosotros: Rilke, de quien queda embarazada, es descrito sin piedad como un narcisista y «lameculos» de la aristocracia);Tzara es un «canta mañanas», un «judío arrogante y despectivo», dadá y los ismos quedan desmitificados. Jung, amigo personal de Yvan, es un «egomaníaco» creador de mitologías; Dalí es un «payaso cínico»; Chagall, un tacaño que finge el arte puro; Breton, un acaparador del Surrealismo; Cocteau, un polemista vacío; Henry Miller, «después de Joyce, el hombre al que más odio», etc. A Joyce le dedica el retrato más complejo: un egoísta que «explotaba a todo el mundo» para dedicarse a sus finas disquisiciones, un sabio destructivo y estéril, una suerte de nihilista sombrío. Yvan Goll, que fue secretario y ayudante de Joyce antes que Beckett, siempre le tuvo en grandísima estima pese a todo. Lo consideraba «El Homero de nuestro tiempo», como decía en un ensayo de 1927 sobre él.
. «Detesto a las mujeres. Son superficiales, diletantes. Animalitos de circo, embadurnados de cremas y aceites.» Para la misógina Claire las peores son las que crecen y manipulan a la sombra de un genio, como Alma Mahler, la «musa polivalente», o Gala Eluard-Dalí, retratada con tintes sombríos. Y los amores de la escéptica Claire son descritos con minuciosidad científica; a los setenta y seis, según dice, conocerá por primera vez el orgasmo en los brazos de un joven de veinte años.
Y sin embargo, no todo es crítica y desmitificación: hay muchas pinceladas que diferencian este libro de las memorias malignas al uso, de uno de tantos recuentos de anécdotas de los genios del siglo pasado. Especialmente hermoso es el retrato de las ciudades París como meca del arte, el luminoso y libre Berlín de entreguerras y el ambiente de los refugiados europeos en Nueva York. O el triste regreso en 1947 a una Europa arruinada en la que a nadie importa ya aquel mundo de las vanguardias. O la enfermedad y muerte, en 1º950 de Yvan, cuya historia devino en una leyenda literaria poco verosímil que no se recoge en estas memorias: se dice que en sus últimos momentos logró acabar su libro de poemas Traumkraut, escrito de nuevo en alemán, gracias a la transfusión de sangre de dieciséis amigos poetas, entre ellos Paul Celan.
Pero, ¿quién fue en realidad Claire Goll? Obviamente, hay en ella un lado miserable como el de los personajes que describe. Fue una mujer que tejió en torno a su marido y a ella una leyenda de «pareja literaria» ideal y desinteresada. Pero una desagradable polémica con Celan empaña esta imagen y arroja bastantes sombras sobre Claire. La autora de A la caza del viento llegó a acusar agriamente a Celan de haber plagiado a su marido. Todo este asunto, por supuesto, es silenciado en estas memorias, redactadas originalmente en francés y casi simultáneamente publicadas en traducción alemana, un año antes de la muerte de Claire, en 1977.
De nuevo, dos lenguas: el título francés (La porsuite du vent) recuerda el pasaje sobre la vanidad en él Eclesiastés; el alemán (Ich verzeihe keinem) excita la memoria de la implacable autora. Al fin y al cabo, la narración que Claire Goll emprende es el relato de una vida, la suya, un relato muy parcial, pero de innegable belleza. Al volver la vista atrás, desde la perspectiva de sus más de ochenta años, la vida es para Claire «un sueño que uno atraviesa como un sonámbulo. Una espuma risible, un poco de niebla para envolver unas horas que tenemos contadas». El libro es literatura y escándalo, es riesgo y vida: y, claro, desencanto ante la muerte. Cierto que es un ejercicio de desmitificación de grandes genios; pero personalmente no me resulta sospechoso. La autora habla libre y franca, sin cuentas que rendir. Claire Goll merece, en fin, ser resucitado del olvido: sus memorias contienen la esencia y la herencia de una mujer polémica, de un siglo de sombras y luces marcado por la vanidad.
Vanidad de vanidades
Reseña firmada x David Hernández de la Fuente
Revista de libros, enero 2004, pp. 30-31
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viernes, septiembre 16, 2011
Del comedor a la oficina
El epítome de la telenovela como comida devorada y paladeada en el comedor televisivo es la obra maestra de Ang Lee: COMER BEBER AMAR, que se pasa todo el tiempo sacudiendo el nitrato de plata de su cine taiwanés formoseño en el wok de sus agridulces y marinos manjares…
La comida abandonada es sustituida x el desfile de modas, el comedor x la oficina, incluso hay resabios de la antigua versión (y macedonianamente mala última telenovela), cuando aun se comía, y ocurre durante las reuniones de trabajo donde el delivery y los catering irrumpen con sus plásticos reciclables...
La pareja amatoria se retoca, el señor o señorito y su cenicienta transfigurada al final para asistir a la boda apoteósica en princesita ahora son dos ejecutivos: el señorito presidente ejecutivo (una parodia de la virtud neoliberal de hacer dinero, acá el tipo pasa despilfarrando la guita del padre ganada en otro tiempo pre-neoliberal) y su dama (cerebral y fea) de compañía, factótum, eminencia gris, daimon femenino-socrático, el señorito derrochador y la administradora contable puro cerebro se amarán en el lecho oloroso del capital…
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jueves, septiembre 15, 2011
miércoles, septiembre 14, 2011
Cohen recensionado x Los Inrockuptibles kurepa
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martes, septiembre 13, 2011
lunes, septiembre 12, 2011
la saliva del morabito
La saliva del morabito
Me separé del grupo de los ocho ciegos, su letanía aún en el oído, y había caminado sólo unos pasos cuando me llamó la atención un hombre viejo y cano que se encontraba completamente solo, las piernas algo zambas, mantenía la cabeza ligeramente inclinada y mascaba algo. También él era ciego y, a juzgar por los harapos que le cubrían, se trataba de un mendigo. Sin embargo, sus mejillas llenas y de buen color, sus labios saludables y húmedos parecían indicar otra cosa. Mascaba despacio con los labios cerrados y la expresión de su cara serena. Masticaba con cuidado, como si de un rito se tratara. Esto le deparaba a ojos vistas un gran placer, y mientras lo observaba, me llamó la atención su saliva, que debía ser abundante. Estaba delante de una hilera de tiendas en las que se amontonaban montañas de naranjas para la venta; me decía para mí si acaso uno de los comerciantes le habría dado una naranja y estaría comiéndosela. Mantenía su mano derecha algo apartada del cuerpo, con todos los dedos muy separados unos de otros. Parecían entumecidos y como si no los pudiese cerrar.
Quedaba realmente mucho espacio vacío en torno al anciano, hecho que resultaba sorprendente en un lugar tan concurrido. Se comportaba como si estuviese acostumbrado a estar solo y no desease nada mejor. Me fijé en él, que mascaba resueltamente, y quise saber lo que ocurriría cuando terminase de hacerla. Se demoraba mucho; nunca había visto a un hombre masticar tan plácida y concienzudamente. Sentía como si mi propia boca iniciara un lento movimiento, pese a no contener nada que poder mascar. Capté algo de majestuoso en su gozo que me resultó más sorprendente que todo cuanto hasta entonces había visto en boca humana. Su ceguera no me llenó de compasión. Parecía sereno y feliz. Ni una sola vez se detuvo para pedir limosna, como los demás se cuidaban de hacer. Tal vez era cuanto necesitaba. Tal vez no precisara nada más.
Cuando terminó, se relamió los labios un par de veces, extendió la diestra con los dedos separados un poco más hacia adelante y pronunció con voz cálida su cantinela. Me dirigí algo tímidamente hacia él y puse una moneda de veinte francos en su mano. Los dedos permanecían extendidos; en efecto, no podía cerrarlos. Elevó la mano lentamente y se la llevó a la boca. Apretó la moneda contra sus gruesos labios y la hizo desaparecer en la boca. Apenas dentro, comenzó de nuevo a mascar. Trasegaba la moneda de aquí para allá, y me pareció que podía seguir sus movimientos, tan pronto se encontraba a la izquierda como a la derecha; y él masticaba de nuevo tan absorto como antes.
Me sorprendí y llegué a dudar. Me preguntaba si no me habría equivocado. Tal vez la moneda hubiera desaparecido entre tanto por algún otro resquicio sin que yo me diera cuenta. Aguardé de nuevo. Tras seguir mascando con idéntica fruición, y una vez hubo terminado, emergió la moneda entre sus labios. La escupió sobre la mano izquierda en alto. Junto a la moneda fluyó abundante saliva. Y sólo entonces la hizo desaparecer en una bolsa que colgaba de su costado izquierdo.
Traté de borrar mi repulsión en la extrañeza de este hecho. ¿Hay más sucio que el dinero? Pero el anciano no era yo; lo que a mí me producía asco, constituía para él un placer: ¿no había visto yo alguna que otra vez individuos que besaban monedas? La cantidad de saliva poseía aquí una razón especial y estaba claro que destacaba de los demás mendigos por esa profusa elaboración de saliva. Lo había ensayado sin duda mucho tiempo antes de pedir limosna; ningún otro hubiese tardado tanto en llevar a cabo lo que siempre había hecho. En los movimientos de su boca existía algún otro sentido.
¿O sólo fue mi moneda la que introdujo en su boca? ¿Notaría sobre la palma de la mano que era mayor de lo que habitualmente recibía, y quiso agradecerlo especialmente? Aguardé por ver lo que ocurría a continuación y no me resultó ardua la espera. Estaba desconcertado y fascinado a un tiempo y es bien cierto que no hubiera sido capaz de ver otra cosa que al anciano. Repitió algunas veces su cantinela. Un árabe pasó por delante y puso en su mano una moneda de cinco francos. La dirigió sin titubeo a la boca, la introdujo en ella y comenzó
a mascar igual que antes. Quizás esta vez no masticó durante tanto tiempo. Escupió de nuevo la moneda con mucha saliva y la hizo desaparecer en la bolsa. Recibió nuevas monedas, algunas incluso muy pequeñas, y varias veces se repitió el mismo gesto. Yo cada vez estaba más perplejo; cuanto más miraba, menos comprendía por qué hacía todo eso. Pero de una cosa no cabía la menor duda: lo hacía siempre; era su costumbre, su manera peculiar de mendigar. y las personas que le daban algo, esperaban de él el alarde de su boca, que cada vez que se abría parecía más roja.
No caí en que también a mí se me observaba; y que debía ofrecer un aspecto lisonjero. Quizás, quién sabe, asombrado y con la boca abierta. Pues de súbito salió un hombre de detrás de sus naranjas, dio un par de pasos hacia mí y dijo reposadamente: «Es un morabito.» Yo sabía que los morabitos son hombres santos a los que se les atribuye poderes especiales. La palabra me libró del espanto y sentí cómo al momento menguaba mi repulsión. Tímido, pregunté: « ¿Pero, por qué mete la moneda en su boca?» «Lo hace siempre», respondió el hombre, como si se tratase de la cosa más natural del mundo.
Se apartó de mi lado y volvió tras sus naranjas. Noté entonces que de detrás de cada puesto me acechaban dos o tres pares de ojos. La criatura sorprendente era yo, que durante tan largo rato no había comprendido nada.
Tomé este hecho como despedida y no esperé más.
El morabito, me repetía, es un hombre santo, y en este santo hombre todo es santo, incluso su saliva.
En cuanto las monedas de los donantes entran en contacto con su saliva, les dispensa una bendición especial y. eleva de este modo los méritos que obtengan en el cielo mediante la donación de limosnas. Él era de hecho el Paraíso, y tenía que ofrecer a los hombres algo más necesario que para él las monedas. Comprendí así la placidez que adornaba su ciega faz y que la diferenciaba de los otros mendigos que había visto hasta entonces.
Me fui y guardé todo esto tan profundamente en mi sentimiento, que a todos mis amigos les hablé del hecho. Nadie había reparado en ello hasta el momento y noté que se dudaba de la veracidad de mis palabras. Al día siguiente busqué el lugar, pero él ya no estaba allí. Busqué por todas partes y me fue imposible dar con él. Insistí todos los días, pero no volvió. Quizás vivía en cualquier lugar, solo en las montañas, y venía ocasionalmente a la ciudad. Podría haber preguntado por él a los vendedores de naranjas, pero me avergonzaba ante ellos. No significaba lo mismo para ellos que para mí, y desde el momento que no experimentaba absolutamente ningún temor en hablar de él a amigos, que jamás lo habían visto, busqué mantenerme alejado de aquellos que lo conocían bien, y en quienes él confiaba y resultaba natural. A mí no me conocía, pero tal vez le hubieran hablado de mí.
Volví a verle todavía una vez; justo una semana después, de nuevo en una mañana de sábado. Estaba ante la misma tienda, pero no tenía nada en la boca y ya no mascaba. Repetía su letanía habitual. Le ofrecí una moneda y aguardé. Pronto volvió a mascar ávidamente; pero estando aún ocupado en ello, se me acercó un hombre y dijo una sandez: «Es un morabito. Es ciego. Mete la moneda en su boca para saber cuánto le han dado.» A continuación habló al morabito en árabe y me señaló. El viejo había cesado de masticar y escupido de nuevo la moneda. Se volvió hacia mí y su faz resplandecía. Me dedicó una bendición que repitió seis veces. La cordialidad y calor que me alcanzó a través de sus palabras fue de una intensidad como jamás había recibido de persona alguna.
del libro LAS VOCES DE MARRAKECH, impresiones de viaje, Pre-textos, 1981
