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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

lunes, noviembre 07, 2011

INTRODUCCIÓN VEINTE AÑOS DE DEMOCRACIA, DOSCIENTOS AÑOS DE SOLEDAD


INTRODUCCIÓN

VEINTE AÑOS DE DEMOCRACIA, DOSCIENTOS AÑOS DE SOLEDAD

Los chongos de Roa Bastos reúne narraciones del Paraguay compuestas en los días y años que siguieron a la caída del mayor dictador del Partido Colorado en el poder. Los dos decenios vividos sin excesivo entusiasmo ni irreparables quebrantos por la democracia electoral sin proscripciones resultan todavía asimétricos frente a casi medio siglo de presidencia perpetua del general Alfredo Stroessner (1954-1989). Escaso aún es el tiempo que el Paraguay ha vivido por fuera de la tutela directa del partido monopólico que, relegado al plano ideal los principios populistas y ruralistas invocados en su fundación de 1887 por Bernardino Caballero, conspicuo sobreviviente de la Guerra Guazú, se había convertido en eficaz instrumento de unas Fuerzas Armadas depuradas, de la élite stronista y de sus bien subordinadas clientelas. Cuando el 14 y el 15 de mayo de 2011 el Paraguay celebre el Bicentenario de su Independencia, los festejos serán presididos por un mandatario nacido antes que de un partido único, de una coalición, la Alianza Patriótica para el Cambio: apenas tres años atrás los votantes paraguayos habían preferido a Fernando Armando Lugo Méndez contra la candidata del Partido Colorado, Blanca Margarita Ovelar de Duarte. No los tentó la oportunidad histórica de votar por primera vez a una mujer como presidente pero eligieron ser la primera nación de la tierra que en elecciones libres consagrara a un obispo católico para la primera magistratura.

Un país de consentidas duplicidades
El Paraguay es el único país cuya bandera presenta dos caras con imágenes diferentes. El único que celebra dos fechas de independencia. El único de América donde los conquistadores adoptaron la lengua de los conquistados. Como lo señala el más trivial de sus historiadores profesionales, Efraín Cardozo, el guaraní se convirtió en el más pronunciado rasgo de diferenciación del Paraguay con respecto a las demás colectividades americanas, el más cohesivo aglutinante inmaterial que unió en fuerte vínculo social. Para el intelectual largo tiempo exiliado, tantas felicidades sociológicas no compensaron los infortunios en el orden cultural: “el nativo quedó encapsulado dentro de su rica y variada lengua, con la cual tan bellamente expresaba sus sentimientos, pero que de nada le servía para conocer y asimilar las glorias del espíritu humano, como no fueran las de índole religiosa”. Si en la adopción del guaraní influyeron los sínodos que renunciaron al español para la prédica evangélica, un ciclo parece completarse al ser un obispo-presidente quien esté al frente de las celebraciones del Bicentenario.
  El reparo de Cardozo era, y seguiría siendo, común ante las lenguas de los pueblos sin escritura cuando estas se enfrentaban a una “lengua de civilización”, es decir, europea. Pero a diferencia de lo que ocurría en la vecina Bolivia, donde la división lingüística se correspondía con límites étnicos, en Paraguay el guaraní es lengua de la sociedad toda. No reconocerlo implicaba ponerle frenos a la comunicación. Los autores reunidos en esta antología lo saben, pero tampoco se han sentido tentados por un purismo indigenista. Todos escriben en una lengua con diversos grados de vigorosa impureza. Al jopara, denominación de la mezcla de guaraní y castellano, emblema de plato de pobre que reúne en partes siempre desiguales arroz y frijoles, se suman o alternan otras formas de heteroglosia, como el portuñol más o menos salvaje de las fronteras con el Brasil, a su vez hibridado o mestizado, sin plan ni hipóstasis alguna, con otras formas de guaraní y con otras lenguas y hablas indígenas.
  La renuncia programada y convertida en principio, o acaso la indiferencia, a los estándares del español internacional y la renuencia a constituir un dialecto culto asunceno equivalente en cuanto decoro al de Lima o Montevideo es uno de los rasgos que aúnan, con más fuerza para la mirada extranjera que para la local, a los textos aquí compilados. Escritores como Cristino Bogado o Edgar Pou o Douglas Diegues prestan una atención que conoce pocos desfallecimientos a la heteroglosia militante en textos y posiciones. Un escritor más clásico, menos en desacuerdo con la imagen de un gran cuentista latinoamericano, como José Pérez Reyes, está lejos de publicar en editoriales cartoneras, pero no tolera que la multinacional Alfaguara depure el jopara de sus cuentos de Nueve cuentos nuevos (2009), dirigidos a un público adulto-juvenil, al que, con el empeño pedagógico que caracteriza a un grupo editorial que ha encontrado en la escolar Santillana su piedra miliar y base de sustentación, se busca enseñar a bien hablar, leer y escribir en una operación única.

Historia y decurso: piripipí, pereré, pororó
“Lo que era un erial no es aún un vergel”, nos dice diplomáticamente, en Montevideo, el embajador Ricardo Scavone Yegros. No parece casual que esta autoridad sea uno de los más severos historiadores de Sudamérica: la narrativa histórica ha ocupado en la literatura del Paraguay un lugar central.
  Los motivos de la fatalidad o dilección por la ficción histórica son muchos y diversificados. No se agotan en los históricos de una singularidad. Paraguay, la “tierra sin mal” que buscaban los jesuitas, combatió y sufrió más guerras externas e internas que sus vecinos sudamericanos: a la Guazú(1865-1870), cuando la Triple Alianza de argentinos, brasileños y uruguayos, o Cuádruple si se numera el auspicio de Gran Bretaña, dejó un millón de muertos paraguayos, siguieron la Guerra del Chaco contra Bolivia (1933-1935), y la menos recordada por los extranjeros, menos sanguinaria Guerra civil de 1947 que expulsó 400 mil paraguayos al exilio.
  El idioma guaraní, único permitido en el frente y en las comunicaciones desde allí como código secreto natural, acrecentaba su rico léxico con sustantivos que también eran onomatopeyas: piripí es la ametralladora, pororó son sus ráfagas, pereré es el fogueo.
  Tampoco bastan los empeños historiográficos para dar cuenta de la extensión y perduración de la ficción histórica. A diferencia de lo ocurrido en Uruguay y en Argentina, en Paraguay el revisionismo favorable a los firmes autoritarismos decimonónicos triunfó de manera temprana, completa e incontestada. Los políticos acordaron con el lema del presidente Manuel Gondra (al que tocó organizar los festejos del Centenario de 1911): “nuestro tirano fue el único en América que murió con el nombre de la patria en los labios”. El culto del Mariscal Francisco Solano López, que así diciendo cayó en 1870 ante los brasileños en Cerro Corá, de su padre Carlos Antonio López, de su antecesor el frío doctor Gaspar Rodríguez de Francia, que ya en camino para hacerse sacerdote, cambió el rumbo, leyó a los enciclopedistas franceses, se hizo “el Supremo” y cerró por décadas el país a toda contaminación foránea, fue elevado a religión cívica en tiempos del dictador Stroessner. El Tiranosaurio, así lo llamaron sus opositores, no desdeñaba presentarse, y reverenciarse, como héroe viviente por su cada vez más alejada participación juvenil en la Guerra del Chaco.
  Un discurso oficialista y oficioso progresivamente convirtió la disidencia intelectual de Juan O’Leary y de otros revisionistas en conveniente aval de una autocracia de origen controlado. Si los revisionistas ubicaban resueltamente el foco de positividad de la historia paraguaya en décadas de aislamiento y dictadura, y si ellas eran el modelo que servía como alternativa al que había guiado etapas más recientes de la vida nacional, no podía negarse que el stronato emulaba con decisión un autoritarismo omnipresente e incontestado. Ante esta versión de los hechos, que era menos un intento de explorar el ritmo y la estructura de la historia nacional que ofrecer una narrativa de conclusiones previamente convenidas, la reacción no fue sólo, ni principalmente, historiográfica, sino literaria. En uno y otro caso, muchas veces desde la perspectiva de exilios más o menos dorados. Augusto Roa Bastos, el “mejor escritor argentino que escribió sobre Paraguay”, según la fórmula menos maliciosa que exacta de algunos de los escritores aquí compilados, escribió su mejor novela, Yo el supremo (1974), que es también la mejor “novela de dictador” iberoamericana, sobre el Dr Francia. No parece casual que sea el libro que escojan como favorito las misses que ganan frecuentes concursos de belleza, y que cuando entrevistadores poco benevolentes les pregunten de qué trata, las reinas guaraníticas respondan sin vacilar “de la dictadura de Stroessner”. Como en la literatura soviética, el aludir fabuladamente al presente con imágenes del pasado fue elección frecuente de la ficción paraguaya escrita o difundida durante los años del stronato.
 
No más caras, no máscaras
Tras la calibrada huida de Stroessner a Brasil tras el golpe familiar de su yerno el general Andrés Rodríguez, la literatura del Paraguay ha vivido desarrollos antes impensados o menos transitados. Pero también ha continuado otros antes germinales, y aun ha discontinuado o marginalizado unos terceros.
  En un extremo, encontramos una narrativa descarnada, íntima, experimental, realista o simplemente desembozada, cuyo asunto, trama o fondo refiere, a las décadas de la dictadura stronista, de la cual se atreve a decir su nombre. Una novela como La querida (2008) de Renée Ferrer, que narra las desdichas de las amantes del poder, más perdurables o más ocasionales, desde una perspectiva que, programáticamente, era la de la mujer, parecía antes improbable por las fuerzas de una censura tanto política como social. La literatura de mujeres en el país americano que más tardó en darles el voto (fue en 1961, y cuando sólo el Partido Colorado era legal –no había peligro de error femenino-), ha constituido un fenómeno sociológico. Cuentan con su propia organización, EPA! (Escritoras Paraguayas Asociadas), club de género exclusivo, pero también pueden pertenecer al PEN Club y a otros agrupamientos. Si en esta recopilación resultan subrepresentadas (dos relatos de Montserrat Álvarez integran la selección), se debe a que se verían sobrerepresentadas en una antología de poesía del Paraguay.
  En el otro extremo, la novela histórica esópica, aquella que para hablar del presente se sitúa en el menos incómodo, por distante, pasado, ha dejado de gozar de los misterios de contraseña secreta que antes la caracterizaban. El mayor de estos novelistas históricos, Guido Rodríguez Alcalá, tan fiel a los documentos, tan irónico en los dobleces políticos de personajes que eran a la vez ellos mismos y otros refractados, como lo hizo en su obra maestra Caballero (1989), en su última novela El peluquero francés (2009) narra ya con una libertad ficcional, y una ausencia de referencialidad, que antes eran menos imposibles que muy poco urgentes. Liberadas de censuras políticas inmediatas la historia profesional y la prensa, la ficción se encuentra ante la situación nueva de que la figuración del presente no ha de hacerse convenientemente por el pasado y de que el pasado se vuelve menos instrumental y dúctil. Los cuentos, relatos y novelas de Helio Vera, mejor conocido por su ensayo de interpretación nacional de revisionismo de los revisionistas En busca del hueso perdido (1990), forman un corpus único de una elegancia corrosiva, donde una ironía a veces suave, otras erótica, otras también cruel, es el antídoto contra el alegorismo esópico. A las formas del realismo han correspondido reacciones de diversa violencia y elegancia. Al supersticioso lector asombrará que la ciencia ficción no falte en las letras paraguayas. Como el minimalismo que no se llama con ese nombre, ni con ningún otro reduccionista, de Nicolás Granada.

Autoridades y autores, chongos y perros
A la imagen mitológica del Paraguay como tierra sin mal ha correspondido otra, no menos inverificable, de nación sin literatura. O la de una literatura sin obras maestras, una isla sin mar limitada en sus artes y cultura por las fronteras innaturales de lo folklórico y lo derivativo.
  La supervivencia de la monarquía en sociedades liberales ha sido tema de interesada especulación. Pero acaso la impronta del armiño, la sangre azul, y el carisma hereditario sorprendan tanto más cuando los advertimos en prácticas y sistemas de creencias que, como la literatura, muchas veces proclaman anhelos emancipatorios de tiranías y servidumbres involuntarias. A pesar de la prominencia del Partido Liberal, a pesar de los largos años en que fue gobernado por él, el Paraguay jamás lo ha sido. La existencia y subsistencia de un único escritor internacional, poco renuente a abandonar esta posición explica el título de esta antología. Dos de las mayores figuras literarias, el poeta Carlos Villagra Marsal y el novelista Guido Rodríguez Alcalá han resentido la noche lateral a la que ese brillo los destinó. Acaso haya sido más notable el oscurecimiento en el caso de Rodríguez Alcalá: sus novelas, entre las mejores que se escribieron en castellano en las últimas décadas iberoamericanas, son poco leídas fuera su país.
  Tampoco en esta antología figuran narraciones de Rodríguez Alcalá. La selección no le haría más justicia que la de señalar su existencia y vigencia, pero sus grandes novelas, donde cada parte cobra su primer sentido en taimado contraste con otras, se prestan poco a la presentación episódica. Algunas son anteriores a límites temporales propuestos: las que aquí pueden leerse son narraciones escritas después de la noche del 2 de febrero de 1989 en la que un golpe familiar hizo caer treinta y cinco años de dictadura del general Stroessner.  

La intemperie del presente guaú
Las narraciones que integran esta antología representan al Paraguay del horizonte post 1989, pero antes de cumplir esta función para la que fueran convocadas, eran relatos legibles e interesantes, cuyo valor intrínseco resultaba, en primera instancia, prescindente del lugar donde fueron compuestas. Y los lugares son muchos, porque el país del contrabando es, por fuerza, el del cruce constante de fronteras porosas, una ficción, legal, del Mercosur, antes que el límite del Estado que más guerras libró por su soberanía. Los escritores se van, por el exilio o por otras necesidades, pero también hay escritores arribeños, que vinieron a un país que no siempre los esperaba. El anarquista Rafael Barrett y la lírica y fantástica Josefina Pla representan los perfiles más nítidos, y más españoles, de estas figuras, pero hay muchos otros a quienes se les desdibujan en un claroscuro no tan frecuentemente evocado.
  Cruzan las fronteras las personas y las mercancías, pero también las lenguas, y el portuñol naturalizado o salvaje llega de la mano del brasiguayo, o del escritor que elige esa identidad transitoria y revocable, que así niega toda otra identidad, ficticiamente genuina o ficcionalmente híbrida.
  A los autores reconocidos por su peso propio, o por el peso inerte de la tradición, se unen otros más experimentales, menos institucionales, propios de una literatura cuyo singular dinamismo interior y duros constreñimientos exteriores (ausencia de un mercado editorial y de lectores genuinos en un país de seis millones y medio de habitantes, donde una venta de quinientos ejemplares para una novela es un modesto record) parece evitársele el ingreso seguro en cualquier proceso de consolidación canónica o comercial. También el riesgo, o el beneficio, de la profesionalización de los escritores, que son periodistas, profesores, funcionarios, gestores o administradores culturales, microemprendedores, o ejercen profesiones liberales, trabajan en empresas estatales o privadas, combinan dos o más de las condiciones anteriores, aspiran a una vida como sucesión de estímulos, premios, becas, y demás residencias en la tierra.

Distancias kurepas y exilios paraguas
La literatura del Paraguay, como todas las literaturas nacionales, sólo existe desde el otro lado del río Pilcomayo. Sólo bajo ojos extranjeros. A pesar de una cortesía que no conoce desfallecimientos –ser argel, pirevaí, “mala onda”, es intolerable injuria-, a algunos narradores aquí presentes inquietan sus connacionales vecinos, y se sienten más próximos de argentinos o norteamericanos o españoles. Que son las literaturas mejor leídas por los escritores del Paraguay. Del Paraguay antes que en Paraguay: algunos de estos narradores viven distantes, aunque ya no exiliados. Los unen una lengua (o dos o tres o más, entreveradas), una situación histórica y social, un conjunto de referencias geográficas y culturales más o menos inescapables antes que una tradición literaria, una clase de edad, de género, de visión del mundo.
  En muchos casos de la actividad literaria actual en el Paraguay, como la de los escritores “cartoneros”, que son también los más activos en performances y soportes electrónicos y difusión directa online de sus textos y sus voces en redes sociales o vistosamente asociales, se constata una situación singular. En su narrativa en especial, en su literatura en general, la acción y reacción de los materiales lingüísticos puros, o en bruto, del jopara, el guaraní, el portuñol, el portugués, y aun el inglés y otras lenguas y dialectos de frontera, es mayor que la lectura de otras literaturas. Como si la irrupción del entrevero lingüístico fuera anterior, y en suma siempre preferible, a cualquier amaneramiento de convenciones de estilo y decoro o a pautas de ruptura literarias, o a la exploración de estas tradiciones.
  En el país de las duplicidades, cuando en 1811 discutió en congreso su independencia, el doctor Francia colocó sobre una mesa dos pistolas: “una está destinada contra Fernando VII y la otra contra Buenos Aires”. La literatura argentina y la española, junto con la norteamericana, siguen siendo, con obstinación, las más leídas por los escritores paraguayos. También la de Hispanoamérica, pero con gustos, que si son rabiosamente contemporáneos cuando se trata de la literatura porteña, en el resto del continente parece detenerse, o sobre todo demorarse, en los autores del boom y en sus forzados aledaños. Pero todos, o casi todos, estos libros, son leídos como si fuera “en traducción”, como redactados en una lengua neutra que traslada de otra que no es la propia. La lengua del Diario Popular es más importante que la de un Adolfo Bioy Casares o aun un Roa Bastos, que cita en guaraní en los diálogos, o en informes, o en montajes, pero no lo entremezcla con la lengua del narrador. Esos libros son leídos con dificultad: la distribución de las grandes editoriales en castellano no llega al país mediterráneo, las librerías son pocas y con pocos libros, pocas bibliotecas reciben literatura nueva de modo continuado, a lo que se suma que la lectura on line es cara y poco accesible: Paraguay es el país americano con menor conectividad a Internet. Estas literaturas actúan, muchas veces, antes sobre las ideas literarias que sobre la práctica, antes sobre la concepción y configuración que sobre el estilo y las maneras. Es así que la lengua portuguesa, portuñola, brasiguaya, coloquial, fronteriza, contrabandeada por rapaces, leída en títulos de revistas sensacionalistas, oída en radio y televisión, es de una importancia capital, mientras que la frecuentación de la literatura brasileña, aun la de los escritores de sus booms desarrollistas y de sus cracs regionales, es desigual, esporádica, poco relevante.

Ciudades de la llanura y tierras sin mal
Los textos aquí compilados son más valiosos que representativos. El interés de su lectura excede el de conocer la narrativa paraguaya contemporánea. Sin embargo, la diversidad nacional se advierte en la selección. El fin del stronismo trajo consigo un desarrollo urbano que se volvió notable ante todo en la capital Asunción, pero también, con otras características, en Ciudad del Este, ex Puerto Stroessner, enclave comercial de la Triple Frontera. De esta área son las narraciones de Damián Cabrera. El título de su novela, Xiru, es un prodigio de heteroglosia y de esa rara figura retórica, aquí realidad lingüística sin figuraciones, llamada enantiosema: una palabra que significa a un tiempo una cosa y su contrario. Xiru es un término tupí-guaraní, en la variedad hablada en el Brasil contiguo a la frontera paraguaya, que significa “amigo”. El equivalente en el guaraní del Paraguay es el ubicuo vocativo masculino chera’a, compañero. Pero el engañoso xiru es la voz xenófoba que los brasileños de la frontera usan para designar a los paraguayos: en verdad, si no un enemigo, todo lo contrario de un amigo. De Pedro Juan Caballero, de la frontera norte, son textos de Douglas Diegues y el distante Javier Viveros, que reparte su vida entre América y África, los extremos de la trata esclavista atlántica en la colonia. La heteroglosia conforma, o distoriona, o contorsiona el habla de quienes viven en el Paraguay; la literatura del país es un caso raro, no sólo en América: no sólo no está divorciada de esa habla, sino que parece anticipar muchos de sus evoluciones o procesos antes que seguirlos o reflejarlos.
  Otros relatos abordan la desestructuración social del mundo rural, otras tramas vuelven sobre la historia reciente del país. La novela El Rubio de Domingo Aguilera bucea en el pesado under capitalino con sus leyes y jergas y profundidades y diferencias, como si un mundo social nuevo requiriera, o invitara, renovaciones formales para la narración. El autor de esta novela urbana asuncena es, profesionalmente, un especialista en folklore rural guaraní. Hay tramas que bailan el ritmo cumbiantero y cachaquero de los barrios populares de Asunción, como La Chacarita o Lambaré; otras voces olvidadas afloran desde el interior indígena y campesino: el país criollo que adoptó el guaraní como lengua oficial siempre ha mantenido a sus indios a prudente distancia.
  Si la nueva protagonista de la literatura paraguaya posterior al golpe del ´89 es la ciudad, en especial la capital Asunción, el país, otra singularidad americana, sigue siendo un universo campestre, y la mayor parte de la población vive en el campo.
  El sector laboral más y mejor organizado es el de los campesinos. Es el único en haberse preservado del éxodo rural: la emigración mayor es hacia la Argentina. Es por ello que la gran novela que en la literatura del Paraguay puede compararse –comparación nos es razón- con el Adán Buenosayres (1948) de Leopoldo Marechal es Yvypóra: El fantasma de la tierra (1959) de Juan Bautista Rivarola Matto, la que puede compararse con El sueño de los héroes (1954) de Bioy Casares es La Babosa (1952) de Gabriel Casaccia y a La Caída (1956) de Beatriz Guido, La llaga (1964) del mismo autor: a estos tres relatos porteños de densidad literaria, cultural, psicológica únicas corresponden otros tres no menos sobrescritos, pero decididamente anti-urbanos. Si el primero es un relato rural como parece imposible en la Argentina de la década de 1950, la acción de los otros dos transcurre en Areguá, una localidad de veraneo de los liberales a hora y media de Asunción, sobre un Lago Azul, el legendario Ypacarai, hoy negro por las poluciones. “Creo que la obra de Casaccia, fundamentalmente a partir de su novela La babosa, es la que marca el camino para romper el pensamiento único impuesto desde el poder”, reflexiona el poeta Douglas Diegues. Desde su exilio argentino, Casaccia fundó el sentido crítico y la modernidad de las letras paraguayas. Condenando el atraso, el chisme, la violencia, el machismo y la frustración nacional, las novelas de Areguá construyen un microcosmos del Paraguay.
  El Paraguay de hoy, menos misterioso que el de Casaccia, está gobernado por un cura tercermundista, tiene más soja transgénica que naranjas, más mafiosos ligados al Partido Colorado que dictadores. Pero su población rural sigue esperando la reforma agraria.



Asunción-Buenos Aires, enero de 2011

Sergio Di Nucci – Nicolás G. Recoaro – Alfredo Grieco y Bavio






Nota bibliográfica

Si cualquier antología de narrativa o poesía paraguaya enfrenta al compilador con las zozobras de la selección, no ocurre otro tanto con el ensayo y menos aún con la crítica y la historia literarias. Sobre literatura en general, el Portal Paraguay de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (www.cervantesvirtual.com) resulta muy útil, ya que ofrece obras de un centenar de autores. En www.portalguarani.com y en letrasparaguayas.blogspot.com hay información actualizada. Para los textos en guaraní, el sitio de Lustig (www.staff.uni-mainz.de/lustig/guarani) es el más actualizado. La mejor obra de conjunto sigue siendo la de Rubén Bareiro Saguier, Literatura guaraní del Paraguay (Asunción: Servilibro, 2004). Una visión general de las letras paraguayas se encuentra en la obra de Hugo Rodríguez Alcalá y Dirma Pardo Carrugati, Historia de la literatura paraguaya (Asunción: Servilibro, 2004). Entre los libros de Teresa Méndez-Faith, el más rico en informaciones resulta el Diccionario de la literatura paraguaya (Asunción: Servilibro, 1996). La narrativa de finales del siglo XX cuenta con alguna antología, como la de Guido Rodríguez Alcalá y María Elena Villagra, Narrativa paraguaya (1980-1990) (Asunción: Don Bosco, 1992) y una dilatada historia, que se detiene en el umbral de la década de 1990, en el bien investigado volumen de José Vicente Peiró, La narrativa paraguaya actual (Asunción: Uninorte, 2006). También es significativo el aporte de dos antologías editadas por cartoneras que compilan textos de narradores contemporáneos: “Asunción t mata” (Asunción: Felicita Cartonera, 2009) y “Lluvia negra” (Asunción: Yiyi Jambo, 2009). Finalmente, en el excelente resumen de la completa literatura paraguaya, “Historia de la literatura”, de Mar Langa Pizarro, en Historia del Paraguay (Asunción: Taurus, 2010), hay una lista de autores y obras narrativas, con comentarios mínimos pero pertinentes, de las dos últimas décadas.


Agradecimientos

Este libro no habría sido posible sin una serie de auxilios desinteresados en Paraguay y en Argentina. En primer lugar, sin la hospitalidad que nos brindaron u ofrecieron Simón Cazal, de la organización Somos Gay, en su sede de la calle Mandubirá en Asunción, y Damián Cabrera en Minga Guazú. Entre quienes nos orientaron primeros, virgilios en la vida política, social y cultural paraguaya, laberíntica como el asunceno Mercado 4, está Adelina Pusineri, directora del Museo Etnográfico Jesús Barbero. Y también la poeta y narradora Milia Gayoso Manzur. Entre las editoriales, fueron de una generosidad que no conoció límites Vidalia Sánchez de Servi Libros y Lía Colombino de ediciones La Ura. En el diario La Nación, la entera sección de Cultura en general y Carlos Giménez en especial fueron siempre serviciales en el momento correcto, como lo fue, en el mismo diario, el gran periodista que es Rubén Velásquez -y aun supieron anticiparse a nuestras necesidades. Desde luego, todos los autores aquí reunidos fueron colaboradores serviciales, respondieron nuestras preguntas, aun las que no merecían respuestas, y ampliaron nuestro conocimiento de la literatura y la vida del Paraguay.


 
  

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