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domingo, septiembre 18, 2011

reseña de Revista de Libros de las memorias despiadadas de CLAIRE GOLL

Claire Goll

A la caza del viento

Pre-Textos, Valencia, 2003

302 pp., 24 euros

Traducción Jorge Bergua Cavera

En enero de 1962, el exiliado Max Aub describía el peligro que acecha al escritor que «queda en el olvido, a lo sumo, catalogado en cualquier hilera enorme de nichos, que son las historias de la literatura», «Por los azares de la historia -continúa- los exiliados suelen a veces padecer este mal.» Así, desde sus varios exilios, la pareja de escritores sin tierra formada por CIaire e Yvan Goll es ejemplo de ese olvido cruel. Dos judíos que nacieron y vivieron a caballo entre Alemania y Francia durante las dos guerras mundiales, que presenciaron toda la gloria y desastre del siglo.

Aub ha sido últimamente reivindicado y revisitado por modas y aniversarios: se le rescata en exposiciones, en unos diarios sobre España y el exilio. Y seguramente las memorias de Claire Goll -A la caza del viento, que ahora se publican en español- seguirían en un apartado nicho de la literatura, de no ser porque sus mordaces comentarios sobre los genios del siglo xx las han exhumado.

Claire e Yvan escribieron en francés y alemán, sufrieron la persecución y el destierro, estuvieron en el meollo de las vanguardias. Yvan Goll nació en 1891 en Saint Dié con el nombre de Isaac Lang. Judío de nacimiento, de nacionalidad alemana, francés de lengua: (como Aub en España, un extraño producto, puramente europeo). Durante la Primera Guerra Mundial, abandonado el derecho por la poesía, se exilió en Suiza hasta 1918 y al año siguiente pasó a París, donde se casó con la alemana Claire Studer, desde entonces Claire Goll (1890-1977). También fue en Suiza donde Claire comenzó su andadura de femme de lettres y femme scandaleuse en el periodismo pacifista, para pasar después a la novela, Desde que conoce a Yvan sus vidas se unirán en los círculos de vanguardia de entreguerras. Y también en el desarraigo.

«Esta tierra no ofrece seguridad para ningún pueblo. Somos todos personas desplazadas, en suspenso.» Así dice Claire, profetizando los masivos éxodos que, como ha sabido captar Sebastião Salgado en sus fotografías, convulsionaron el siglo xx. El tema se refleja en la obra más destacada de Yvan Goll, el ciclo poético Jean sans terre (1932-1938). Aunque Yvan escribirá también novela y teatro, siempre será el hombre sin tierra de poemarios como sus Elegías de Ihpetonga (1942-1946), ilustradas por Picasso y escritas ya desde su enésimo refugio en Nueva York.

Claire e Yvan, escritores apátridas, huyen de la Europa sanguinaria. Ellos son la Europa del desarraigo: Mitropa. Un continente cuyo núcleo fundamental, Alemania y Francia, se desgarra a sí mismo en una espiral de locura. En la Europa que esboza Claire Goll en sus memorias, el panorama es desolador por ambos lados: el «salvajismo alemán» de las guerras y la represión («Al alemán le gusta el crimen, con la condición de que sea perpetrado por razones filosóficas»); los policías franceses que secuestraron la antología de escritores alemanes El corazón del enemigo de Yvan al grito de «El enemigo no tiene corazón». Ni siquiera perdona su exilio aparentemente neutral en «esa asociación de aprovechados que llamamos Suiza».

Sólo queda huir de nuevo: cuando en 1939 los Goll van a visitar a su amigo James Joyce por última vez, lo encuentran ya enfermo y ciego. Joyce se acurruca junto a un ejemplar de su último libro abrazándolo Como si fuera un osito de peluche, pues ya no lo puede leer. El mundo de las vanguardias que conocieron ha estallado con la guerra. Los Goll salen de casa de Joyce con lágrimas en los ojos, conscientes de que Europa se acaba y es preciso partir.

A la caza del viento va entrelazando esta visión trágica de una Europa a la que no perdona su barbarie con una vida intensa marcada por el odio contra una madre de tendencias sádicas, la misoginia (ese «montón de ovarios», como llama a las mujeres) y el retrato despiadado de los grandes de la literatura y el arte, cuyas miserias se despliegan en el libro para fascinación de los lectores. Una galería de miserables, egoístas y odiosos hombrecillos que, sin embargo, gozan de la consideración unánime de «genios» para todos nosotros: Rilke, de quien queda embarazada, es descrito sin piedad como un narcisista y «lameculos» de la aristocracia);Tzara es un «canta mañanas», un «judío arrogante y despectivo», dadá y los ismos quedan desmitificados. Jung, amigo personal de Yvan, es un «egomaníaco» creador de mitologías; Dalí es un «payaso cínico»; Chagall, un tacaño que finge el arte puro; Breton, un acaparador del Surrealismo; Cocteau, un polemista vacío; Henry Miller, «después de Joyce, el hombre al que más odio», etc. A Joyce le dedica el retrato más complejo: un egoísta que «explotaba a todo el mundo» para dedicarse a sus finas disquisiciones, un sabio destructivo y estéril, una suerte de nihilista sombrío. Yvan Goll, que fue secretario y ayudante de Joyce antes que Beckett, siempre le tuvo en grandísima estima pese a todo. Lo consideraba «El Homero de nuestro tiempo», como decía en un ensayo de 1927 sobre él.

. «Detesto a las mujeres. Son superficiales, diletantes. Animalitos de circo, embadurnados de cremas y aceites.» Para la misógina Claire las peores son las que crecen y manipulan a la sombra de un genio, como Alma Mahler, la «musa polivalente», o Gala Eluard-Dalí, retratada con tintes sombríos. Y los amores de la escéptica Claire son descritos con minuciosidad científica; a los setenta y seis, según dice, conocerá por primera vez el orgasmo en los brazos de un joven de veinte años.

Y sin embargo, no todo es crítica y desmitificación: hay muchas pinceladas que diferencian este libro de las memorias malignas al uso, de uno de tantos recuentos de anécdotas de los genios del siglo pasado. Especialmente hermoso es el retrato de las ciudades París como meca del arte, el luminoso y libre Berlín de entreguerras y el ambiente de los refugiados europeos en Nueva York. O el triste regreso en 1947 a una Europa arruinada en la que a nadie importa ya aquel mundo de las vanguardias. O la enfermedad y muerte, en 1º950 de Yvan, cuya historia devino en una leyenda literaria poco verosímil que no se recoge en estas memorias: se dice que en sus últimos momentos logró acabar su libro de poemas Traumkraut, escrito de nuevo en alemán, gracias a la transfusión de sangre de dieciséis amigos poetas, entre ellos Paul Celan.

Pero, ¿quién fue en realidad Claire Goll? Obviamente, hay en ella un lado miserable como el de los personajes que describe. Fue una mujer que tejió en torno a su marido y a ella una leyenda de «pareja literaria» ideal y desinteresada. Pero una desagradable polémica con Celan empaña esta imagen y arroja bastantes sombras sobre Claire. La autora de A la caza del viento llegó a acusar agriamente a Celan de haber plagiado a su marido. Todo este asunto, por supuesto, es silenciado en estas memorias, redactadas originalmente en francés y casi simultáneamente publicadas en traducción alemana, un año antes de la muerte de Claire, en 1977.

De nuevo, dos lenguas: el título francés (La porsuite du vent) recuerda el pasaje sobre la vanidad en él Eclesiastés; el alemán (Ich verzeihe keinem) excita la memoria de la implacable autora. Al fin y al cabo, la narración que Claire Goll emprende es el relato de una vida, la suya, un relato muy parcial, pero de innegable belleza. Al volver la vista atrás, desde la perspectiva de sus más de ochenta años, la vida es para Claire «un sueño que uno atraviesa como un sonámbulo. Una espuma risible, un poco de niebla para envolver unas horas que tenemos contadas». El libro es literatura y escándalo, es riesgo y vida: y, claro, desencanto ante la muerte. Cierto que es un ejercicio de desmitificación de grandes genios; pero personalmente no me resulta sospechoso. La autora habla libre y franca, sin cuentas que rendir. Claire Goll merece, en fin, ser resucitado del olvido: sus memorias contienen la esencia y la herencia de una mujer polémica, de un siglo de sombras y luces marcado por la vanidad.

Vanidad de vanidades

Reseña firmada x David Hernández de la Fuente

Revista de libros, enero 2004, pp. 30-31

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