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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

jueves, julio 14, 2011

Rotten.No irish, no blacks, no dogs (Acuarela/Antonio Machado Libros, 2007)




Johnny Rotten. Infancia a la irlandesa

TRADUCCIÓN: TOMÁS GONZÁLEZ COBOS Y JOSÉ ELÍAS RODRÍGUEZ CAÑAS

Entre las novedades editoriales de este otoño destaca la publicación de Rotten.No irish, no blacks, no dogs (Acuarela/Antonio Machado Libros, 2007), autobiografía de John Lydon, cantante de dos de los grupos más influyentes de las últimas tres décadas: The Sex Pistols y PIL. LDNM adelanta un fragmento del capítulo “El niño de las cenizas” en el que Lydon rememora su infancia.
Es increíble que ni siquiera con sistemas de seguridad se pueda evitar que los niños entren en un sitio. Siempre encuentran la forma. Cuanto más sofisticado es el sistema de seguridad y mayores los perros guardianes, más empeño ponen los chavales. Y yo no era una excepción. Teníamos la costumbre de colarnos en las fábricas. Lo pasábamos en grande, por ejemplo en las fábricas de máquinas de coser, o en cualquier sitio que estuviera cerrado por la noche y los fines de semana, porque nos encantaba correr por el interior y a veces nos juntábamos hasta treinta o cuarenta críos correteando allí dentro. A principios de los sesenta había muchas pandillas en Finsbury Park, un barrio del norte de Londres. La única regla consistía en que si los niños de otro barrio intentaban traspasar tu zona, se armaba una batalla de ladrillos. Juntabas todos los ladrillos que podías y se los tirabas mientras ellos hacían lo mismo desde el otro lado de la calle, hasta que uno de los dos bandos salía corriendo. Así de sencillo. Era una gozada.

Teníamos la suerte de vivir junto a un polígono industrial, el mejor parque de atracciones que nos pudiera haber tocado. Enredábamos con los tornos y jugábamos con las máquinas o lo que hubiera. Nunca tuve muchos juguetes de niño. Como no teníamos dinero, nos conformábamos con cualquier cosa, no como otros niños. Algunos chicos del colegio tenían juguetes carísimos y yo me moría de envidia pero también me consolaba diciéndome que ellos no hacían las mismas cosas que yo.

En Benwell Road y Holloway Road, en la zona de Finsbury Park, había una muchedumbre de niños de todas las edades. Nuestro jefe era un chico que se llamaba Smoothie, un pieza de cuidado. Para su familia era una fuente inagotable de problemas, pero a mí me parecía genial. Era la personificación del caos y como no obedecía ningún tipo de normas lo tenían que meter constantemente en un reformatorio. Sus padres lo llevaron a muchos cursos para rehabilitarlo. Era inglés, así que tenía un poco más de dinero que los irlandeses, que vivíamos al otro lado de la calle. En su familia decían que los culpables del comportamiento de Smoothie éramos los irlandeses, pero entonces yo tenía seis años y él doce. Me gustaban las peleas de pandillas que montaba. Eran unas trifulcas comiquísimas, no como las peleas de cuchillos y pistolas de hoy en día. No había esa maldad, se trataba más de gritar, tirar piedras y echar a correr muertos de risa. Quizá por mi edad, lo pintaba todo de color de rosa.

En Inglaterra los días son muy largos en verano. Oscurece muy tarde, a las nueve y media o diez. Cuando me acuerdo ahora de mi niñez pienso en las películas en blanco y negro de después de la Segunda Guerra Mundial, con los solares en ruinas que habían dejado los bombardeos y la típica ausencia de farolas. En los sesenta era parecido: un paisaje de edificios desiertos. Entonces no había muchos coches en Inglaterra. El escenario lo completaban los
 teddy boys y los chulitos de las mafias que paseaban por la calle. Tipos con tupés enormes, cuanto más grandes mejor, con trajes negros abotonados hasta arriba y con la raya del pantalón perfectamente planchada. Algo así como la imagen de Steve McGarrett en la serie Hawaii 5-0. Mientras tanto los niños íbamos por ahí con la ropa llena de rotos y la mayor parte de las veces ni siquiera llevábamos zapatos. Nos parecían incómodos, sobre todo a mis hermanos, porque les tocaba ponerse lo que yo iba dejando pequeños. Por eso mismo a mí me regañaban más si los estropeba, porque mis hermanos los tenían que “heredar”. Así que era mejor correr descalzos.

Todo el mundo conocía a los gemelos Kray en mi barrio, los chavales les consideraban héroes. A veces te daban cinco libras por tirarle un ladrillo a la ventana de un bar y te decían: “Es un encargo de los Kray”. Todo el mundillo de los gángsteres estaba muy extendido entre el norte de Londres y el East End. Eran los dominios de los Kray. A la gente le producían una sensación turbadora cuando mostraban fotografías suyas en televisión. Vestían con una elegancia brutal, con más estilo que nadie en aquella época. Tenían un aire canalla y duro, pero nada hortera. Así es como me gusta que se lleven los trajes, con un toque de malicia. En el fondo, los Kray no eran una influencia sino más bien una imagen cautivadora, como lo que ven los niños en los superhéroes de cómic. Un niño de diez años no era capaz de ver la realidad que había detrás de aquellas imágenes. Veían a los gángsteres de las películas americanas y pensaban lo genial que era pasarse el día matando gente sin que te mataran. Los Kray eran una cuestión de estilo.

En el barrio también teníamos nuestros propios gángsteres locales. El barrio de Queensland Road, cerca de nuestro piso en Benwell Road, era la zona más peligrosa de todo Londres. Un día mi hermano llegó a casa y dijo: “Mira lo que he encontrado, Papá\". Habían disparado a un policía la noche anterior en Queensland Road y Jimmy se había traído la pistola y el casco del policía. Siempre había una banda de
 teddy boys haciendo apuestas cerca de nuestra casa y por la noche se oían tiros. Algunos tipos de nuestra calle eran auténticos asesinos con pistola que paseaban con perros agresivos.

El caso es que de pequeño yo era muy tímido, muy retraído. No decía nada y me ponía nervioso como un flan. Al parecer nací en Londres, pero no lo sé con seguridad. Hay cierta imprecisión con respecto a mi fecha de nacimiento porque el certificado lo sacaron cuando ya tenía dos años. Parece que el original se perdió. Me costó mucho que me dieran un pasaporte porque no estaba inscrito en los registros oficiales. Grandes misterios de la historia. Seguramente soy bastardo. A efectos prácticos, crecí en Londres. Es la ciudad en la que me crié, pero todos los años íbamos a Irlanda, de donde eran mis padres, y pasábamos allí entre seis y ocho semanas de vacaciones. Con eso bastaba, y es que Irlanda no es mi sitio favorito para vivir. Está muy bien para emborracharse pero te despiertas y no hay nada que hacer. No le veo mucho sentido. En una granja no puedes ser un rebelde, porque lo único contra lo que te puedes rebelar son las vacas. Mi parte irlandesa es la responsable de mi toque travieso. Mi filosofía, como la de Oscar Wilde, ha sido: “Tú hazlo, a ver qué pasa”.

(…)

Los irlandeses también tenían una tradición anterior a las estufas de gas y las calefacciones centrales, la de los “niños de las cenizas”. Como soy el mayor de los hermanos, me tocó a mí. En mi caso no me iniciaron en las cenizas en Irlanda sino en Inglaterra. El padre pone a su hijo delante de un fuego de carbón para ver si decide tocar las llamas o las cenizas. Si el niño es tonto y toca las llamas, entonces no es un auténtico gaélico. Si metes la mano en el fuego es que eres imbécil. Pero si te decides por las cenizas, te ganas el apodo de “niño de las cenizas y te ensucias los dedos. Me parece un concepto muy romántico. Me encantaba jugar con cenizas, sobre todo con el atizador caliente. Es mi primer recuerdo de infancia. Todos los fines de semana, cuando era pequeño, mi padre me daba el atizador y me sentaba junto al fuego. Yo metía el atizador hasta que se ponía al rojo vivo y luego lo sumergía en una jarra de Guinness. La cerveza emitía un sonido silbante mientras iba calentándose. El calor quema casi todo el alcohol y luego te lo bebes. Creo que yo tendría unos tres o cuatro años. Es lo primero que recuerdo de mi vida. Era un ritual familiar irlandés, una de las pocas tradiciones que me transmitió mi familia. Por desgracia, no puedo transmitírsela a nadie. La tradición gaélica se ha perdido en Londres.

Crecí en un bloque de viviendas de clase obrera. Hasta los once años viví en un piso de dos habitaciones, con el retrete en el exterior. Lo que todo el mundo llama un cuchitril. Había un refugio antiaéreo junto al meadero y a mí me parecía muy misterioso porque dentro había ratas. Como estaba abierto, a veces entrábamos a jugar. Era un edificio victoriano con cuarenta o cincuenta familias. Somos tres hermanos, sin mucha diferencia de edad entre nosotros. Yo soy el mayor. No sé qué edad tienen, ni cuándo es su cumpleaños, aunque ellos tampoco lo saben, no somos ese tipo de familia, no celebramos esas cosas. Nunca nos interesó. Hasta hace poco, no he tenido una relación estrecha con mi padre. No creo haber hablado en serio con él hasta el día que me echó de casa.

-Ya es hora de que te busques la vida, ¡cabrón!

A partir de entonces las cosas cambiaron y empezó a saludarme de otra manera: “¡Hola, hijo! ¿Qué tal? Ves, ahora te vales por ti mismo”. Estuvo bien que lo hiciera porque de lo contrario me habría convertido en un teleadicto o en un mueble más de la casa, y me hubiera pasado el día en la cola del paro. Mi familia era muy, muy pobre. El nombre de mi padre es John Christopher Lydon. El mío John Joseph Lydon. Casi toda la familia tuvo que irse a Inglaterra en busca de trabajo. Su padre era un tipo despreciable, un gilipollas integral. En la familia le llamaban el Viejo. Creo que mi padre le odiaba. Quizá fuera una familia muy rara, pero también muy pintoresca, eso lo puedo garantizar, y también muy violenta por la parte de mis primos. Los fines de semana venían y se liaban a puñetazos en el patio de atrás. Mi padre, que venía de Galway, trabajaba manejando grúas. Es cierto lo que dicen de que los obreros irlandeses tienen manos como palas y así es como las usan, más o menos. Es la forma irlandesa de trabajar, sobre todo entre los peones de obra. John Lydon, hijo de un simple peón de obra. Para mí no era motivo de vergüenza porque casi todos mis amigos pertenecían a familias por el estilo, pero era una pesadilla cuando nos llevaba a trabajar con él. Seguramente mi padre tenía la esperanza de que siguiéramos sus pasos como peones de obra. Yo odiaba subirme a una grúa con él. Era un enorme cacharro de metal que apestaba y producía un ruido horroroso. Puede que a otros niños les gustara, pero a mí no. Yo me consideraba por encima de todo aquello.

La parte de mi madre es muy tranquila, más reflexiva. Mi madre es de Cork. Su nombre de soltera era Eileen Barry. Su padre había alcanzado cierto renombre por su participación en el ejército independentista irlandés. Para mí era simplemente mi abuelo. Recuerdo que tenía una magnífica colección de pistolas. Odiaba a los ingleses y seguramente me odiaba a mí y a mi hermano Jimmy porque teníamos un acento cerrado de Londres que no soportaba. Mi madre tenía un acento irlandés muy marcado.

Los londinenses no tenían más opción que aceptar a los irlandeses porque éramos muchos y nos era más fácil integrarnos que a los jamaicanos. De pequeño, cuando íbamos al colegio, los padres de los niños ingleses nos tiraban ladrillos. Para llegar a la escuela católica tenías que atravesar un barrio donde la mayoría era protestante. Era de lo más desagradable, de modo que lo atravesábamos corriendo a toda leche. “¡Cabrones irlandeses!”, nos decían, y otros insultos por el estilo. Ahora lo hacen con los negros o con quien sea. Siempre habrá odio en Inglaterra porque es una nación llena de odio. Es lo que pasa con las clases obreras de todo el mundo. Siempre intentan desahogar su odio en quienquiera que esté un escalón por debajo, en lugar de lanzarse a la yugular de los capullos de las clases medias y altas que son los que en realidad les oprimen. Nosotros éramos la escoria irlandesa. Pero también tiene su gracia ser escoria.

Vivíamos en un mundo de callejones de mala muerte donde las mujeres se asomaban a la ventana con los rulos en el pelo y olía a judías con tostadas y huevos fritos. El típico ambiente de clase obrera. El edificio de cuchitriles donde vivíamos en Benwell Road, junto a Holloway Road, ya no existe. Lo tiraron. Ahora es ilegal meter a la gente en edificios así. No teníamos una casa, tan sólo dos habitaciones en el bajo. Toda la familia compartíamos la misma habitación y una cocina. Eso era todo. En un cuarto contiguo, que daba al exterior y antes había sido una tienda, vivía un vagabundo. Había una puerta que conectaba su cuarto con nuestra casa, así que se oían los pedos que se tiraba y podíamos oler el pestazo que despedía.

Teníamos una bañera de latón que mi madre sacaba de vez en cuando. Las bañeras de zinc te hacían daño en las uñas y el agua nunca estaba lo bastante caliente porque nadie tenía cacharros grandes para calentarla. En aquella época sólo teníamos una tetera y una cacerola, así que para cuando te tocaba meterte el agua estaba helada. Nos frotaban con Dettol, un disolvente para lavabos que también usábamos para matar los bichos del fregadero. Las cerdas del cepillo con que nos frotaban estaban rígidas como púas. Normalmente, nos bañaban una vez al mes, pero en invierno, con un poco de suerte, podías aguantar hasta seis semanas. Solíamos mentir: “No, mamá, esta mañana nos llevaron a nadar en el colegio”. Ya entonces había tomado el camino hacia la “podredumbre”.

Siempre me sentí confuso con respecto a mi familia, mis sentimientos por ellos y mis orígenes. ¿Que si era feliz con los padres que me habían tocado? Recuerdo que a veces quería tener unos padres diferentes. Me impresionaba la gente que tenía casas grandes y bonitas. Ojalá hubiera nacido allí, pensaba. ¿Por qué no me venden a ellos? Era una idea natural, pero lo que no era natural era mi forma de llevarla hasta el extremo. Me quedaba sentado analizándola durante mucho tiempo. Me fascinaba la gente que tenía casas como es debido. En esos sitios no huele siempre a comida, pensaba, mientras que en nuestra casa siempre había un horrible olor a repollo.

De debajo del fregadero salían unas ratas enormes. Al parecer la tubería del desagüe se había roto y las ratas se habían ido abriendo camino. Ratas grandes de cloaca. Una vez vi cómo mataban a un gato. Lo hicieron pedazos.

Al ser el hermano mayor, cuando mi madre estaba enferma -lo que ocurría a menudo- mi principal tarea consistía en cuidar de mis hermanos. Les preparaba para ir al colegio y les hacía el desayuno porque cuando escaseaba el dinero mi padre tenía que trabajar lejos de casa. Así son las casas irlandesas. No teníamos ninguna hermana en quien descargar el trabajo, de modo que no me podía negar. No entiendo por qué a las chicas se les tienen que endosar todas esas responsabilidades. Debería encargarse el mayor, independientemente del sexo. Es tu familia, son tu gente.

(…)

Las latas de Heinz eran el plato fuerte del menú una noche sí y otra también en casa de los Lydon. Cincuenta y siete variedades y las he probado todas. ¿Que había hambre?, pues a abrir una lata. Entonces a nadie le preocupaba que la comida fuera sana, sino que buscaban lo más barato y fácil. La gente de Heinz llenó la despensa de Gran Bretaña durante décadas, así que no me sorprendería que detesten a toda esta generación loca por las ensaladas. Si Heinz descubriera una forma de meter una ensalada en una lata, sin duda lo haría. Comíamos sopas, judías con tomate y estofados de carne en lata. Los domingos mi madre preparaba un plato especial con repollo cocido y tocino, que si se hace al estilo irlandés requiere una cocción muy lenta, durante todo el día, hasta que la casa apesta a ropa sucia.

(…)

La familia irlandesa por parte de mi padre era un poco extraña porque nunca tuvo una vida normal y corriente. Siempre que íbamos a Galway se nos hacía muy difícil. Después de que mi abuelo muriera sólo veíamos a la hermana de mi padre. Mi abuelo era un viejo cabrón con un humor de perros. Se pasaba el día fumando y bebiendo whisky, oporto y Guinness. Tuvo diecisiete hijos y vivía con una mujer, Moll, que hizo todo tipo de trabajos. Para mi padre debió de ser duro. Vivían en un pub que se llamaba El Burro, un nombre bastante acertado. Recuerdo que mi madre dijo una vez cuando yo era muy pequeño: “Vaya, ya la ha vuelto a liar el burro”. Mi abuelo acababa de tener otro hijo.

Al final murió follando con una puta en un portal. Se rompió la cabeza al caer de espaldas y ahí se acabó todo. Murió empalmado a los setenta años. Yo tuve que llevar a mi tía, la hermana de mi padre, al depósito de cadáveres. Le habían cosido el cráneo pero lo habían colocado fatal. Tenía la cabeza asimétrica y la nariz torcida. Faltaban trozos por la parte de atrás. Y nunca podré olvidar su gigantesco pene. Era literalmente el pene más grande que he visto en mi vida. En todas las películas porno que he visto desde entonces no hay nada que se le parezca ni de lejos.

Mi tía miró el cuerpo de su padre muerto y se puso a gritar porque no daba crédito al ver aquella polla en estado de putrefacción. Aquella iba a ser la banana de la discordia…

3 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Existe esta autobiografía completamente digitalizada?

Anónimo dijo...

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