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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

domingo, marzo 13, 2011

La pianista va a los añaretai de las cabinas de mirones

El bolsito que Erika lleva junto a su cartera con las parti­turas está repleto de monedas de diez chelines ahorradas para esta ocasión. Casi nunca aparece una mujer por aquí, pero claro, Erika siempre quiere ser especial. Ella es así. Cuando hay muchos que son así o asá, ella por principio quiere ser todo lo contrario. Mientras unos dicen arre, solo ella dice so, y se alegra de ser como es. Solo así consigue llamar la aten­ción. Y ahora quiere entrar ahí.
A espaldas de Erika le dicen cosas que ella por fortuna no comprende. Ella lleva la frente alta. Nadie le mete mano, ni siquiera uno que está completamente borracho. Además, hay un hombre mayor que está atento. ¿Será el dueño o el admi­nistrador? Los pocos naturales del país tratan (le pasar inad­vertidas. Ellos no cuentan con una panda que les insufle se­guridad y, además, aquí tienen que rozarse con gente a la que normalmente evitarían. Están expuestos a un contacto físico que no desean, y el que desean obtener no lo consiguen. Por desgracia, el impulso sexual del hombre es fuerte. Ya no da para una buena copa de vino, esta es la anterior a la última. Los nativos pasan titubeando junto a los muros del viaducto. Bajo el arco, junto al gran espectáculo, hay una tienda espe­cializada en artículos para esquiar y, en el arco anterior, una tienda de bicicletas. Los de estas tiendas ya están durmiendo, adentro no se ve más que oscuridad. Aquí, en cambio, una luz amable las atrae a estas mariposas nocturnas, estas falenas atre­vidas. Ellos quieren ver algo a cambio de su dinero. La sepa­ración de uno a otro es rigurosa. Las cabinas de madera están hechas a su medida. Son pequeñas y estrechas y sus inquilinos temporales también son gente pequeña. Por otra parte, cuan­to más pequeñas sean, más cabinas caben. De este modo se da la oportunidad de aliviarse a un número relativamente grande en un tiempo relativamente corto. Las preocupaciones se las llevan de vuelta, pero aquí dejan su valioso semen. Las mujeres de la limpieza se ocuparán de que no fecunde. Aun cuando, en caso de ser consultados, cada uno de ellos cree ser particularmente fértil. Por lo general está todo ocupado. La empresa es una mina de oro, un tesoro. Los trabajadores ex­tranjeros esperan pacientemente en grupos haciendo fila. Ma­tan el tiempo contando chistes sobre mujeres. La pequeñez de las casetas es directamente proporcional a la pequeñez de sus propias viviendas, en las cuales suelen ocupar apenas un rincón. De modo que ya están acostumbrados a la estrechez y aquí incluso separados unos de otros mediante un tabique.
Entran en los cubículos de uno en uno. Ahí está solo consigo mismo. La mujer aparece en la mirilla tan pronto ha introdu­cido el dinero. Los dos habitáculos individuales con atención especial para el cliente exigente están casi siempre vacíos. Por­que son pocas las veces que aparece un hombre con deseos singulares.
Erika entra en el local, toda una señora profesora.
Una mano intenta acercársele, algo tímida, pero se recoge de inmediato. Ella no se dirige al área para empleados de la casa, sino al sector destinado a los clientes que pagan. Es la sección principal. Esta mujer quiere ver algo que en casa podría contemplar con menos gasto frente al espejo. Los hombres no ocultan su sorpresa, al fin y al cabo ellos han debido ahorrar dinero de la comida para poder venir aquí como furtivos ca­zadores de mujeres. Máxima atención, la de estos cazadores. Se asoman por las ventanillas y el dinero se agota muy pronto. No puede escapárseles nada.
También Erika viene solo a mirar. Aquí, en esta cabina ya no es nada. Nada hace juego con Erika, pero ella sí que hace buen juego con esta cartuja. Erika es un instrumento com­pacto con forma humana. La naturaleza no parece haber de­1.ldo en ella ninguna abertura. Erika siente que tiene madera maciza donde el Gran Carpintero hizo un orificio a las mu­jeres de verdad. Es fofo, pútrido, madera solitaria en medio de un bosque, y la descomposición avanza. En cambio, Erika va y viene como una gran señora. Se pudre interiormente, pero rechaza a los turcos con su sola mirada. Los turcos la quieren recuperar para el mundo de los vivos, pero se dan de narices con su altanería. Erika entra con señorío en la gruta de' Venus. Los turcos no son corteses, pero tampoco descor­teses. Simplemente dejan que Erika entre con su cartera llena de partituras. Incluso puede abrirse paso hacia delante y nada se opone. Además, lleva guantes. El hombre de la entrada tiene el valor de llamarla distinguida señora. Por favor, pase usted. La hace pasar a la discreta salita en la que los focos, alumbran tetas y caños. Así se saca lustre a los triángulos velludos, porque esto es lo primero de lo primero que miran los hombres: en ese sentido existe una regla infalible. El hombre ~ V mira a la nada, mira la simple carencia. Primero dirige su mirada a esta nada, después sigue el resto de la mamaíta.
Erika es conducida personalmente a una cabina de lujo. Ella, la señora Erika, no tiene que esperar. Que los demás sigan esperando. Tienen el dinero apunto, igual que su mano izquierda cuando toca el violín.
Durante el día saca cuentas de cuánto tiempo podrá mirar con las monedas de diez che­lines que tiene ahorradas. Este dinero proviene de ahorrar en la merienda. En este momento la carne es iluminada por un foco azul. ¡Incluso utilizan colores! Erika levanta del suelo un pañuelo de papel cargado de semen y se lo acerca a la na­riz. Respira profundamente lo que otro ha producido con in­tenso trabajo. Respira, mira y deja transcurrir en ello un poco de su tiempo vital. También hay clubes en los que se puede fotografiar. Ahí, cada uno busca su modelo, según gusto y es­tado de ánimo. Pero Erika no quiere tomar parte en ninguna trama, ella solo quiere mirar. Simplemente estar ahí sentada y mirar. Mirar. Erika, la que mira sin tocar. Erika no siente nada y jamás tiene la posibilidad de acariciarse. La madre duerme en la cama vecina y observa las manos de Erika. Las manos han de practicar y no andar por ahí como las hormigas debajo de la sábana y pasar por el frasco de la mermelada. Tampoco siente nada cuando se corta o cuando se pincha. Lo Único que ha llegado a desarrollar estupendamente es el sentido de la vista. La cabina hiede a desinfectante. Las mujeres de la lim­pieza también son mujeres, aunque no lo parecen. Sin prestar mayor atención recogen en un cubo mugriento el semen de estos cazadores ocasionales. Y aquí hay otra bola de pañuelo de papel arrugado, dura como el cemento. Si dependiera de Erika, podrían tomarse un descanso y dar reposo a sus huesos maltratados. Siempre agachadas. Erika está simplemente sen­tada y mira. Ni siquiera se quita los guantes para evitar cual­quier roce en esta mazmorra maloliente. Quizá no se quita los guantes para que nadie le vea las esposas. Erika sube y detrás de las bambalinas aparece ella misma moviendo los hilos.
¡Todo el espectáculo está hecho para ella! Aquí no se admiten mujeres contrahechas. Se busca belleza y una buena figura. Cada una ha de someterse a un minucioso control físico, ningún empresario quiere que le den gato por liebre. Lo que Erika no ha conseguido en el escenario de conciertos, aquí lo logran otras mujeres en su lugar. La valoración se hace de acuerdo con el tamaño de las curvas femeninas. Ella mira sin interrupción. Apenas se distrae un instante y ya se ha comido otra moneda.
Una de pelo negro se ofrece al público en una posición es­pectacular que permite mirar a su interior. Gira sobre una especie de torno de alfarero. Pero ¿quién gira en torno? Pri­mero junta los muslos, no se ve nada, pero la saliva del deseo fluye a la boca. Entonces abre lentamente las piernas y pasa revista a cada una de las ventanillas. A pesar de los esfuerzos por cuidar la equidad, a veces ocurre que una ventanilla ve más que otra porque la plataforma se mueve ininterrumpida­mente. Quien juega, gana, y quizá vuelva a ganar.
A su alrededor la masa se soba y amasa y, a su vez, es cui­dadosamente mezclada sin pausa por un gran pastelero invisi­ble. Diez pequeñas bombas trabajan a toda marcha. Algunos ya comienzan a ordeñarse en secreto para que el disparo final llegue antes y les cueste menos. La dama de turno ofrece compañía.
En las ermitas vecinas, los rabos se liberan de su valiosa car­ga en medio de contracciones y sacudidas. No tardan en vol­ver a cargarse y nuevamente hay que aquietar su ansiedad.
Se debe contar con cuarenta o cincuenta chelines si se tienen problemas de carga y descarga. Sobre todo si, por mirar, se pida el trabajo en el propio rodillo. De ahí que constantemente aparezcan nuevas mujeres y ofrezcan distracción. Los imbéciles se dedican a mirar y no hacen nada a mira. El objeto de su placer visual se pasa la mano en­tre los muslos y, haciendo una pequeña O con la boca, da muestras de estar disfrutando. Excitada de que haya tantos mirando, cierra los ojos y los abre hacia arriba con la cabeza com­pletamente girada. Estira los brazos y se soba los pezones para que se yergan. Se sienta en posición cómoda y abre generosa­mente las piernas; ahora se puede mirar desde abajo al interior de la mujer. Juguetea con el vello púbico. Se lame con tuerza los labios mientras algún que otro cazador da con su culebrón en el blanco. Ella muestra con el rostro lo delicioso que sería estar sola contigo. Pero lamentablemente la gran demanda no lo permite. De este modo les toca a todos, no solo a uno.
Erika mira atentamente. No para aprender. En ella nada se conmueve ni se excita. Pero aun así tiene que mirar. Para su propio disfrute. Cada vez que piensa en irse, algo le dirige enérgicamente la cabeza bien peinada hacia la ventanilla y si­gue mirando. La plataforma rotatoria en que se encuentra la bella mujer continúa girando. Sigue y sigue mirando. Ella es tabú para sí misma. Nada de tocarse.
A derecha e izquierda gimen y lloriquean de placer. Per­sonalmente no llego a entenderlo, replica Erika, yo esperaba más. Un escupitajo de semen da contra el tabique de made­ra. Las paredes se pueden limpiar fácilmente porque su superficie es lisa. En algún lugar, a la derecha, un visitante anterior había inscrito piadosamente en correcto alemán las palabras «Santa María puta ebria». No es frecuente que alguien se de­dique a hacer inscripciones en el muro; el hombre ha de con­centrarse en otra cosa. N o están muy familiarizados con las letras. Solo les queda una mano libre, con frecuencia ni eso. Tienen que introducir las monedas.
Una damita-dragón teñida de rojo ofrece su trasero ligera­mente entrado en carnes. Masajistas de mala muerte se revien­tan los dedos desde hace años en su celulitis. Pero ella ofrece más a los hombres a cambio de su dinero. Las cabinas de la derecha ya han visto a la mujer de frente, ahora les toca a las cabinas de la izquierda disfrutar de esa perspectiva. Algunos prefieren examinar a la mujer por delante, otros por detrás. La pelirroja mueve una musculatura que por lo general utiliza cuando camina o cuando está sentada. En este instante se sirve ella para ganar dinero. Se soba con la mano derecha, en la que lleva garras de un rojo furioso. Juguetea rascándose la teta izquierda. Se tira suavemente del pezón con las agudas uñas artificiales como si fuera un elástico que puede separar del cuerpo, y acto seguido lo suelta. El pezón se comporta como un cuerpo extraño a ella. Por experiencia, la pelirroja sabe que en ese momento el candidato ha alcanzado noventa y nueve puntos. El que no puede ahora, no podrá jamás. El que está, seguirá estándolo por mucho tiempo y de mala gana.
Erika ha llegado a un límite. Hasta aquí y basta. Esto real­mente va demasiado lejos, se dice como de costumbre. Se le­vanta. Hace ya mucho tiempo que ha marcado sus límites y los ha dejado establecidos a través de contratos irrevocables. A cambio, domina el conjunto desde una atalaya elevada, lo que le proporciona una amplia vista sobre el paisaje. La buena perspectiva es un requisito. Tampoco en esta ocasión le inte­resa lo que sigue. Se va a casa.
Con su sola mirada quita de en medio a los señores visi­tantes en actitud de esperar. Un señor ansioso toma inmedia­tamente su lugar. Se forma un pasadizo por el cual Erika pasa y va. Camina y camina, mecánicamente, tal como antes. Iba y miraba. Erika lo hace todo de forma acabada. Nada de cosas a medias, una exigencia que siempre le impuso su madre. Nada de vaguedades. Ningún artista soporta lo inaca­bado ni las cosas a medias en su obra. A veces la obra queda inconclusa porque el artista muere prematuramente. Erika apunta en esa dirección. Nada se ha roto, nada se ha deste­ñido. Nada ha palidecido. No ha conseguido nada. No tiene nada que ya antes no estuviera en su mano y no ha surgi­do nada que no estuviera en ella desde un comienzo.
En la casa la madre deja caer un ligero reproche que inunda la tibia incubadora que comparten. Es de esperar que Erika no se ' haya enfriado durante el viaje, acerca de cuyo destino ha dado una mentira. De inmediato se pone un grueso camisón di dormir. Erika y su madre cenan un pato relleno con cas­tañas y otras cosas. Una cena de gala. Las castañas llegan a salirse por las costuras del pato; según su costumbre, la madre ha exagerado con sus bondades. El salero y el pimentero solo en parte son de plata, los cubiertos lo son en su totalidad. Hoy la niña tiene las mejillas bien coloradas, lo que alegra a la madre. Esperemos que las mejillas coloradas no sean señal de alguna enfermedad febril. La madre sondea con los labios la frente de Erika. Después del postre le pondrá el termómetro. Por suerte su rubor no se debe a la fiebre. Erika está completa­mente sana; es un pez en el líquido de la placenta y ha sido bien alimentado.
Haces de luz de neón atraviesan fríos los salones gélidos, salo­nes de baile. De los faroles cuelgan racimos de una luz que se difunde como sobre un campo de minigolf. Una reluciente, corriente de frío. Sujetos de su edad se apoltronan en la agra­dable comodidad de la costumbre, ante mesitas en forma de riñón con copas de cristal en las cuales se balancean cucharas largas como varillas de flores frías. Marrón, amarillo, rosado. Chocolate, vainilla, frambuesa. Las humeantes bolas multi­colores casi aparecen teñidas de un gris monótono por las lámparas del techo. Cucharones centelleantes esperan en re­cipientes con agua; en el agua flotan trozos de hielo. Con una alegría franca que no requiere pruebas, las siluetas jóvenes se acomodan ante sus torres de helado, en las que se clavan las sombrillas de papel multicolor. En medio se esconden como material de arrastre las cerezas de cóctel, los sillares de piña, los guijarros de chocolate. Ininterrumpidamente cucharean su banquete frío y se lo llevan a sus gélidas cuevas, del frío a lo frío, o lo dejan derretirse sin prestarle atención porque se en­tretienen intercambiando noticias que son más importantes que ese placer frío.
Basta que ELLA mire algo para que su rostro haga un gesto de rechazo. ELLA piensa que sus emociones son únicas; cuan­do observa un árbol ve un universo maravilloso en la piña de una conífera. Con un pequeño martillo examina la realidad,

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