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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

domingo, enero 09, 2011

profanar lo improfanable de la religión capitalista

El capitalismo como religión es el título de uno de los más penetrantes
fragmentos póstumos de Benjamin. Según Benjamin,
el capitalismo no representa sólo, como en Weber, una secularización
de la fe protestante, sino que es él mismo esencialmente
un fenómeno religioso, que se desarrolla en modo parasitario
a partir del cristianismo. Como tal, como religión
de la modernidad, está definido por tres características: 1) Es
una religión cultual, quizá la más extrema y absoluta que haya
jamás existido. Todo en ella tiene significado sólo en referencia
al cumplimiento de un culto, no respecto de un dogma o
de una idea. 2) Este culto es permanente, es "la celebración de
un culto sans treve et sans merci. Los días de fiesta y de vacaciones
no interrumpen el culto, sino que lo integran. 3) El
culto capitalista no está dirigido a la redención ni a la expiación
de una culpa, sino a la culpa misma. "El capitalismo es
quizás el único caso de un culto no expiatorio, sino culpabilizante...
Una monstruosa conciencia culpable que no conoce
redención se transforma en culto, no para expiar en él su culpa,
sino para volverla universal... y para capturar finalmente
al propio Dios en la culpa... Dios no ha muerto, sino que ha
sido incorporado en el destino del hombre."
Precisamente porque tiende con todas sus fuerzas no a la
redención, sino a la culpa; no a la esperanza, sino a la desesperación,
el capitalismo como religión no mira a la transformación
del mundo, sino a su destrucción. Y su dominio es en
nuestro tiempo de tal modo total, que aun los tres grandes
profetas de la modernidad (Nietzsche, Marx y Freud) conspiran,
según Benjamin, con él; son solidarios, de alguna manera,
con la religión de la desesperación. "Este pasaje del planeta
hombre a través de la casa de la desesperación en la absoluta
soledad de su recorrido es el éthos que define Nietzsche. Este
hombre es el Superhombre, esto es, el primer hombre que
comienza conscientemente a realizar la religión capitalista".
Peto también la teoría freudiana pertenece al sacerdocio del
culto capitalista: "Lo reprimido, la representación pecaminosa...
es el capital, sobre el cual el infierno del inconsciente
paga los intereses". Yen Marx, el capitalismo "con los intereses
simples y compuestos, que son función de la culpa... se
transforma inmediatamente en socialismo".
Tratemos de proseguir las reflexiones de Benjamin en la
perspectiva que aquí nos interesa. Podremos decir, entonces,
que el capitalismo, llevando al extremo una tendencia ya presente
en el cristianismo, generaliza y absolutiza en cada ámbito
la estructura de la separación que define la religión. Allí
donde el sacrificio sefialaba el paso de lo profano a lo sagrado
y de lo sagrado a lo profano, ahora hay un único, multiforme,
incesante proceso de separación, que inviste cada cosa,
cada lugar, cada actividad humana para dividirla de sí misma
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Elogio de la profanación
y que es completamente indifetente a la cesura sacro/profano,
divino/humano. En su forma extrema, la religión capitalista
realiza la pura forma de la separación, sin que haya
nada que separar. Una profanación absoluta y sin residuos
coincide ahora con una consagración igualmente vacua e integral.
Ycomo en la mercancía la separación es inherente a la
forma misma del objeto, que se escinde en valor de uso y
valor de cambio y se transforma en un fetiche inaprensible,
así ahora todo lo que es actuado, producido y vivido -incluso
el cuerpo humano, incluso la sexualidad, incluso el lenguaje-
son divididos de sí mismos y desplazados en una esfera
separada que ya no define alguna división sustancial y en
la cual cada uso se vuelve duraderamente imposible. Esta
esfera es el consumo. Si, como se ha sugerido, llamamos
espectáculo a la fase extrema del capitalismo que estamos
viviendo, en la cual cada cosa es exhibida en su separación de
sí misma, entonces espectáculo y consumo son las dos caras
de una única imposibilidad de usar. Lo que no puede ser
usado es, como tal, consignado al consumo o a la exhibición
espectacular. Pero eso significa que profanar se ha vuelto imposible
(o, al menos, exige procedimientos especiales). Si
profanar significa devolver al uso común lo que fue separado
en la esfera de lo sagrado, la religión capitalista en su fase extrema
apunta a la creación de un absolutamente Improfanable.
El canon teológico del consumo como imposibilidad de
uso fue fijado en el siglo XIII por la Curia romana en el contexto
del conflicto que la opuso a la orden franciscana. En su
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Giorgio Agamben
reivindicación de la "altísima pobreza", los franciscanos afirmaban
la posibilidad de un uso completamente sustraído a la
esfera del derecho, que ellos, para distinguirlo del usufructo y
de todo otro derecho de uso, llamaron usus jáeti, uso de hecho
(o del hecho). Contra ellos, Juan XXII, adversario implacable
de la orden, emana su bulaAdeonditorem eanonum.
En las cosas que son objeto de consumo, argumenta, como
la comida, los vestidos, etcétera, no puede existir un uso
distinto de la propiedad, porque él se resuelve integralmente
en el acto de su consumo, es decir de su destrucción
(abusus). El consumo, que destruye necesariamente la cosa,
no es sino la imposibilidad o la negación del uso, que presupone
que la sustancia de la cosa quede intacta (salva rei
substantia). Yno sólo eso: un simple uso de hecho, distinguido
de la propiedad, no existe en la naturaleza, no es en ningún
modo algo que se pueda "tener". "El acto mismo del uso no
existe en la naturaleza antes de ejercitarlo, mientras se lo ejercita
ni después de haberlo ejercitado. El consumo, en efecto,
aun en el acto de su ejercicio, es siempre ya pasado o fururo
y, como tal, no se puede decir que exista en la naturaleza,
sino sólo en la memoria o en la expectativa. Por lo tanto
no se lo puede tener si no en el instante de su desaparición."
De este modo, con una inconsciente profecía, Juan XXII
provee e! paradigma de una imposibilidad de usar que debió
alcanzar su cumplimiento muchos siglos después, en la sociedad
de consumo. Esta obstinada negación de! uso capta, sin
embargo, más radicalmente la naturaleza de lo que lo pudieron
hacer los que lo reivindicaban dentro del orden franciscano.
Dado que e! puro uso aparece, en su argumentación, no
tanto como algo inexistente -él existe, de hecho, instantáneamente
en el acto del consumo-- sino más bien como algo que
no se puede tener jamás, que no puede constituir nunca una
propiedad (dominium). El uso es, así, siempre relación con
un inapropiable; se refiere a las cosas en cuanto no pueden
convertirse en objero de posesión. Pero, de este modo, el uso
también desnuda la verdadera naturaleza de la propiedad, que
no es otra que el dispositivo que desplaza el libre uso de los
hombres a una esfera separada, en la cual se convierte en derecho.
Si hoy los consumidores en las sociedades de masas son
infelices, no es solo porque consumen objetos que han incorporado
su propia imposibilidad de ser usados, sino también
-y sobre todo- porque creen ejercer su derecho de propiedad
sobre ellos, porque se han vuelto incapaces de profanarlos.
La imposibilidad de usar tiene su lugar tópico en el Museo.
La museificación del mundo es hoy un hecho consumado.
Una después de la otra, progresivamente, las potencias
espirituales que definían la vida de los hombres -el arte, la
religión, la filosofía, la idea de naturaleza, hasta la políticase
han retirado dócilmente una a una dentro del Museo.
Museo no designa aquí un lugar o un espacio físico determinado,
sino la dimensión separada en la cual se transfiere aquello
que en un mamenro era percibido como verdadero y decisivo,
pero ya no lo es más. El Museo puede coincidir, en este
sentido, con una ciudad entera (Evora, Venecia, declaradas por
esto patrimonio de la humanidad), con una región (declarada
parque u oasis natural) y hasta con un grupo de individuos
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GiorgioAgamben
(en cuanto representan una forma de vida ya desaparecida).
Pero, más en general, todo puede convertirse hoy en Museo,
porque este término nombra simplemente la exposición de
una imposibilidad de usat, de habitar, de hacer experiencia.
Por esto, en el Museo, la analogía entre capitalismo y
religión se vuelve evidente. El Museo ocupa exactamente el
espacio y la función que hace un tiempo estaban teservados
al Templo como lugar del sactificio. A los fieles en el Templo
-o a los peregtinos que recorrían la tierra de Templo en
Templo, de santuatio en santuatio- corresponden hoy los
turistas, que viajan sin paz en un mundo enajenado en Museo.
Pero mientras los fieles y los petegrinos participaban al
final de un sacrificio que, sepatando la víctima de la esfera
sagrada, reestablecía las justas relaciones entre lo divino y lo
humano, los turistas celébtan sobre su persona un acto
sacrificial que consiste en la angustiosa experiencia de la destrucción
de todo uso posible. Si los ctistianos eran "peregtinos",
es decit, extranjeros sobre la tierra, porque sabían que
tenían su patria en el cielo, los adeptos del nuevo culto capitalista,
no tienen patria alguna, porque viven en la pura forma
de la sepatación. Dondequieta que vayan, ellos encuentran
multiplicada y llevada al extremo la misma imposibilidad
de habitat que habían conocido en sus casas y en sus
ciudades, la misma incapacidad de usar que habían experimentado
en los supetmercados, en los shoppings y en los
espectáculos televisivos. Por esto, en tanto representa el culto
y el airar central de la religión capiralista, el turismo es
hoy la primera industria del mundo, que involucra cada año
más de 650 millones de hombres. Ynada es tan asombroso
como el hecho de que millones de hombres comunes lleguen
a vivir en carne propia la experiencia quizá más desesperada
que es dada a hacer a rodos: la de la pérdida irrevocable
de rodo uso, de la absolura imposibilidad de profanar.












bares de baires 2005 agamben orofanaciones “elogio de la profanación” adriana hidalgo
105-11 pp.

1 comentario:

Anónimo dijo...

espectacular, y lo voy a usar y a trabajar, la vida esta para ser disfrurada.
Saludos desde BSI



mari mari