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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

sábado, julio 31, 2010

Carmen McRae - Trouble Is A Man

Los huevos del Ché

Los huevos del Ché

1. montado sobre una plataforma cubo-oblonga, se ven unos huevos con la cara –ese inconfundible perfil barbado y emboinado ab initium- del Che grabados en ellos. Un sello diríamos como la marca de propiedad de una vaka, pero serializada.

2. warholiano el sintagma pop del Ché, su multiplicación de vitrina comercial, su proliferación fantasmal sobre los huevos. Me remite inmediatamente a la banana de la tapa del primer disco de Velvet, a la bragueta “pasoliniana”, teoremática, en otra tapa esta vez para los Rolling Stone, y claro a esa peli creo llamada Blowjob, ke se concentra en las muecas del paciente de la fellatio. El Ché y la fellatio nos llevan a otro puto: Ginsberg. Este alardeaba o se jactaba ke soñaba xuparle el pito al ídolo revolucionario kurepa.

3. pero lo más sorprendente es el touch burlón, iróniko, houellebecquiano ke representa esta obra para mí: la preanuncié, cual profeta insomne, hace un par de años en una narración en short cortito (ke suelo frecuentar empujado por akello ke para Baudelaire era la esencia de la modernidad: su amor de las obras de diseño abocetado, improvisado y de ejecución instantánea y veloz). Ut infra extractaré el fragmento correspondiente y verán la semejanza sorprendente entre el texto y su referente extra-lingüístiko posterior: todo está ya allí, claro, falta el Ché, ke nunca atormentó ninguna fantasía personal ni alimentó ninguna ambición sadomasoquista de mi fucking vida. Saqué fotito de la obrita -ke se puede mironear en Planta Alta- con un celular imposibilitado –tantálikamente- de bajar sus jpg’s capturadas con él a cualquier PC x carecer de conexión usb, pero enviables a otro teléfono, con la esperanza fotogénica de ke tal vez alguien, amigo o no, lo reciba y lo bajé y me lo mande para ilustrar toda esta parrafada…

4. “ X2, antes de caer en este estado de postración que lo ha obligado a recurrir a los buenos oficios de Huesos hábiles, fue un pintor, un artista. Un artista del huevo, uno, dos, diez, cincuenta, cien, quinientos huevos. Exposiciones de huevos en la Chacarita (el primer artista top en ocupar la Chacarita con sus huevos), en el Chera’a Tom, en Loma Plata, en los museos más fashionëd de la capital. Su método, genial desde dodne se le mire, y que llegó a hacer escuela y dejó un reguero desleído de imitadores sin talento, era como sigue: tomaba un pack de huevos,de media o una docena, del Mercado 4, del Mercado de Abasto o de la cadena de supermercados más frecuentada, y lo depositaba en una galería de arte.

El huevo, atrapado ahí como una bestia acosada bajo la luz cenital de la galería, con esa mínima alteración, tipo efecto mariposa, trastocaba todo un mundo de prejuicios, supersticiones e ilusiones cotidianas sobre la realidad. Pues el huevo que había pasado, a cambio de unas calderillas, el sistema de control del súper era ofrecido en su gratuidad cósica elemental a la contemplación de los amantes del arte. Es cierto, ya no era el mismo y vulgar huevo, quebradizo o a punto siempre de caducar hacia la fetidez del huevo huero: era contemplado bajo la reja del arte. Adquiría el status mutante de un conejillo de indias enloquecido por el laboratorio científico, o la desnaturalización a la que son sometidos los murciélagos en medio de las corroboraciones de la naturaleza de sus aptitudes perceptivas, o el apresamiento aséptico de la mariposa bajo el yugo de la taxidermia. Sólo algún crítico huevón llegó a quebrar la atmósfera de pasmo admirado que rodeaba al genio del huevo. Fue la excepción que confirmaba que la gente cultivada no había sido objeto de una alucinación colectiva. Cuando se cansó, encumbrado ya en el Olimpo de nuestras artes, se retiró y procedió a subastar todas sus creaciones. De las ventas obtuvo lo suficiente para ir tirando en su vida retirada y solitaria. Con ese dinero se pagaba las visitas de nuestro perro. De hecho, yo mismo, cuando llevé al perro para su primer trabajo en su casa, recordé que había adquirido uno de sus célebres huevos. Lo reconocí y lo felicité inmediatamente. X2, fastidiado, hizo entrar al perro y me despidió dándome con la puerta en las narices. Como los perros le dejan fumar, sólo a ellos les permite entrar y hacerle compañía. No rompen las bolas con ninguna perorata acerca de la situación trágica de los indefensos fumadores pasivos”. (De Perro Prole, pp. 15-17, Asunción, 2008)

5. nadie puede alegar plagio ni influencia, ninguna de las partes -yo no sé de ké año es la pieza exhibida y a sus autores (Javier y Erika) los conozco de vista- se frecuenta ni vichea mutuamente, no creo ke me lean sikiera, aunke mi texto está colgado con variaciones desde el 2005 en este blog, pero el punctum es la cercanía en la distancia, el texto escorado por los vientos tricksterianos de la ironía, mientras la obra expuesta, creo sin mayores seguridades, jugando again con la enésima carta de rescate del ídolo de la izquierda latinoamericana ya anacrónica hoy, la curva melódica del texto guiña una sonrisa sin pisar pie en nada, la instalación gueveando y todo guau con el Ché al lanzarlo al supermarket en su avatar múltiple (me recuerda al gesto de multiplicación de Krishna pra poder danzar con todas las yiyis ke la desean al mismo tiempo, esas Gopīs:Las primeras ocho gopīs son las más grandes devotas de Krishná, después de Radharani: Lalitá Sakh, Visakha Sakh, Champaka Lata Sakh, Chitra Sakh, Tunga Vidya Sakh, Indulekha Sakh, gadevi Sakh, Sudevi Sakh...) de huevos-fetiches pulsa forever aún la cuerda de la asimilación y de la fe...

6. el calambur sigue: "che guevo" se dice en guarani

cuando keremos referirnos a"a mi huevo", ( pronúnciase "she guevo", con un sonido parecido a como chamán en inglés se lee shamán) y no "El guevo del Che Guevara"!!!

pd:

Ayer a las 20:00 - 20 de agosto a las 1:00

Lugar Planta Alta
Caballero esq. Mariscal Estigarríbia
Asunción, Paraguay

Creado por:

Más información
"Fibra Óptica" Co-curaduria: Javier Rodrigues Alcala. Presentación: Graciela Taquini. Arte Político Paraguayo, selección de obras realizadas por Erika meza y Javier Lopez desde principios del siglo XXI. ...-- www.postcolonia.com arte paraguay

viernes, julio 30, 2010

Nic Endo - Man Eater

No me dejes morir solo, my dear Lambaré: Cristeeno Bogazmokoi

Todo aquel que nació durante el stronismo trajo consigo de contrabando existencial una excrecencia o joroba a'y: locura se puede llamar. Todos los nacidos en Paraguay antes de 1989 están locos, en suma. L a mía se llama Lambaré. Una yiyi hada o locura ectoplasmátika ke me persigue desde hace 4 dékadas… Sé ke tiene una vulva courbetiana, su boca felatriz como la Silvia Kristel, ojos de Nic Endo cuando grita, su culo es amerindio entre Jennifer López y madam Lynch, sus tetas son francesas, republicanas, liberales, toplessivas, embanderadas, tricolores, de barricadas orgiásticas y frankachelísticas, musicales, blancas como cal o tobatí, pre-siliconas, matricias casi, Candice Bergen o Ursula Andress o La Mujer Maravilla, su cerebro tiene el veneno de Lucrecia Borgia o la castidad de Lou André Salomé, su psiché es perversa y esquiza, post-Karenina, su voz candorosa como las mandarinas ke monda al silencio de cerezos en flor la reina del mandopop Teresa Teng,... :

lambada Lambaré bailaba sobre mis narices agitando sus polleras de pollita haku la hako sentía sobre mi aliento de procrastinator nato el termostato ke manaba infierno de su vulva courbetiana no mi vida nunca se pareció a un cuadro de realismo "licencioso "

ke pudiera ser objeto por ende de un ocultamiento tan riguroso un cuadro licencioso velado tras outro cuadro tranki aprobado x la massa damnata no mi vida: La trompeta de Lee ke lee las fatamorganas de su nombre en el silencio: Morgan...costumbre de ganar…no

miércoles, julio 28, 2010

EL TIGRE AZUL: Alfred Döblin

LA LLEGADA A GUAYRA

El cortejo alcanzó la provincia de Guayra. Era una amplia región en la orilla izquierda del Paraná, desde el río Iguazú hasta el Tiete. En el oriente lindaba con tierra de los portugueses, en el norte superficies cubiertas de bosques y ciénagas desconoci aún. Los hombres oscuros que habitaban en la región -en el oeste vivían Tyaobas e Ibirayas- se encontraban en pequeñas aldeas desparramadas, cultivando el campo. Crecían cedros, abetos, pinos, dátiles ~!:a cera y miel.

Al finalizar el viaje no era grande la cantidad de indígenas que seguían. Se alejaban por distintos motivos, retornando a sus hogares. Los padres dejaban que las cosas ocurrieran. Ya se les acercarían luego nuevamente. Por otro lado preferían no tener las manos atadas –en la nueva tierra. No lejos del río Paraná fueron recibidos en una aldea. No vivía ni un solo blanco hasta muy lejos y ningún blanco los había seguido. Penetraron en la amistosa aldea. Manuel de Nobrega dio la señal: había finalizado la travesía y era hora de que terminara. Estaban agotados de enfermedad, cansancio, excitación. Recién allí notaron lo que había hecho de ellos San Pablo y la muerte de Mariana.

Se habían alejado en marchas apresuradas del sitio de la desgracia.

Pero por más que corrieran, no podían sobrepasar aquello que había ocurrido. La desaparición de Mariana, de uno solo y el más joven de los clérigos, habían dado por tierra con todo el plan de su misión. Emanaba una luz enceguecedora del cadáver de aquel a quien todos habían visto yacer entre los salvajes al borde del río, y esa luminosidad de azufre les perseguía a través del bosque. Sentían: los paulistas no eran sus únicos enemigos, además estaba el desierto bosque lúgubre, ese verdoso mar tormentoso del que brotaban, entre insectos, pájaros y monos, los hombres oscuros: eso era lo que acechaba, lo que se había apoderado de Mariana atrayéndolo a sus terribles fauces. Habían creído alguna vez que Jesús se había levantado contra eso, que había vencido definitivamente el mundo primitivo.

El superior les impuso una larga prohibición de hablar. Apenas, si pronunciaban las palabras necesarias. Así lograron superar la crisis a las dos semanas.

Y cuando luego escucharon nuevamente el sonido de sus propias voces y se volvieron a contemplar, tuvieron que comprender; hemos arribado. Y, ahora ya podrían dedicarse en paz a los hombres oscuros.

Se sintieron felices.

¿Por qué era tan ilimitada y abundante la felicidad que los embargaba?

Sabían: porque hacían algo más que convertir paganos y conquis­tar gracias. Se trataba de ellos mismos. Recién ahora llegarían a ser, se les accedería ser lo que hace tiempo creían haber sido sin esfuerzo alguno. Ahora podían seguir los pasos de Jesús. Este era el legado del pobre Mariana.

y al sentir esto, intuyeron también otra cosa. Aquí se crearía algo que no tenía parangón en el mundo hasta el presente.

j Jerusalem, oh, Ciudad Santa! tu nombre es la paz. Tú que has sido construída en el cielo de piedra viva y a la que coronan cientos de ángeles, cual si fueras mujer eres elegida por las gracias que nadie puede nombrar, adornada por el favor del Padre. i Jerusalem, participas del bien de tu amado, tú, la más hermosa de todas las reinas, novia pretendida por Jesús, resplandeciente ciudad del cielo!

Ya habían acudido a este hermoso país ricamente poblado los sem­bradores del Señor. Habían sido nubes pasajeras que fructificaron por algún tiempo los campos donde se descargaban, luego las tierras caían nuevamente en la antigua esterilidad petrificada. El padre Bolano, muerto desde hace tiempo, alumno del santamente ensalzado Francisco Solano, que había enseñado en el noroeste, en la montañosa región del Chaco, había pasado por esa región y predicado.

Después de Bolano vinieron los padres Ortega y Fils, quienes pro­siguieron su obra todo lo bien que pudieron.

Y cuando por fin llegó el grupo de los perseguidos hermanos de San Pablo, presentáronse un buen día ante ellos dos hermanos de su orden que habían peregrinado independientemente por la región.

Venían de Tucumán donde se alojaba el delegado de la orden enviado por Roma al Nuevo Continente. Manuel que permanecía aún con cinco hermanos en la aldea -los demás ya se habían desparra­mado por la región sondando el terreno y realizando en pequeña es­cala su oficio religioso- vio aparecer una mañana dos robustos hom­bres tostados de sol, con la vestimenta de su orden, dirigidos por algu­nos guaraníes; cargaban bolsas de las que sobresalían unos mangos de hacha, estaban armados de grandes garrotes y sonreían hacia Manuel debajo de los amplios sombreros negros. Por un momento se le detuvo el corazón: los traidores, los viles paulistas que se metieron en nuestras ropas, helos aquí nuevamente, ¿dónde estaremos a salvo de ellos? Se hallaba sentado en una estera delante de ·su casucha con dos guaraníes. Pero los otros se deshicieron alegremente de sus sacos, lo abrazaron uno después de otro, como si fuera un objeto inanimado y le dirigieron la palabra. Los reconoció: eran los hermanos Cataldino y Maceta.

-j Qué aspecto tenéis, vagabundos!

Los hombres oscuros se alegraron al ver a los tres padres juntos y riendo. Se apiñaron en torno a ellos.

Los dos vigorosos monjes tenían mucho que contar a su superior.

Había también cosas dificultosas en el relato, pero lo dijeron todo en el mismo tono regocijado que habían perdido Manuel y los suyos en el transcurso del viaje.

-j Ah! -respiraba Manuel- j su aspecto, sus voces me son más agradables que la sombra!

Habían e.stado en Villarica y en Ciudad Real, ciudades del sur, más allá del río Paraná, camino hacia la ciudad Asunción de Para­guay donde habita el gobernador de la provincia. Los dos vagabundos devotos de impresionante barba, Cataldino y Maceta, se arransaban mutuamente las palabras de la boca.

Cataldino:

-Asunción. En Asunción está el obispo. Pero por más que uno busque a lo ancho y a lo largo, no aparece monje alguno. Cuando atra­vesamos la ciudad debimos detenemos durante dos semanas sólo para tomar confesiones. El buen obispo no da abasto. j Y lo mucho que se sabe allí de cristianismo!

. Se sacudían de tanto reír:

-Por lo menos nosotros no hemos reconocido la doctrina. Maceta:

-En VilIarica hay un solo monje y tiene la apariencia de un vagabundo. Le preguntamos: "¿qué te sucede, por qué corres como un bribón, cómo quieres que la gente te tenga consideración?" El dijo:

"Y ¿qué aspecto tenéis vosotros acaso?" Decimos nosotros: "Es que somos viajeros". Entonces opina él: "Yo también viajo constantemen­te de aquí para allí, los de afuera me necesitan." Y esto es verdad. No llevaba ni una sola pieza de monje sobre el cuerpo. Dice que le robaron por el camino la ropa que tenía para cometer abusos con ella. ¿Lo que llevaba puesto? Botas de caña larga con espuelas, de un jinete venido a menos; pantalones confeccionados por sus propias ma­nos; el jubón haraposo de un noble y un gran sombrero emplumado del cual ni siquiera sacó las plumas. Dice que la pluma es muy linda y por qué la va a sacar; de cualquier modo no lleva ropa de monje. Es un buen hombre. Su orden no se ocupa de él. Sigue haciendo lo que hace por propia responsabilidad. Anda expandiendo por ahí su cristianismo, Manuel, y bautiza. Por dondequiera que pasamos entre Villarica y Ciudad Real están todos bautizados y llevan festivamente sus nombres de santos.

y los tres rieron, rieron de todo corazón. Los nativos, que nada entendían, se divertían en grande, seguían atentamente el curso de la conversación y los acompañaban con sus risas.

Maceta:

-Qué quieres que digamos: los hombres no tienen todavía la me­nor idea de lo qué es nuestra creencia. Les gusta con llevar esos nombres; y al monje también.

Cataldino:

-y el otro que encontramos era un ignorante y un haragán. El también bautiza. Pero sólo en Villarica, donde vive. La vecindad queda absuelta de esa afición suya. Es un individuo amargado que ade­más no cree en absoluto en los nativos. Tiene várices en las piernas y no le agrada caminar. Nos repitió todos los días: "¡Dejadlo ya. Rendíos! Sois unos principiantes muy verdes todavía. Con los indios no hay nada que hacer. No vale la pena gastar pólvora en chimangos. Están conformes con poder comer y tomar. Además, necesitan tener un poco de miedo y a alguien que los sepa obligar a trabajar." Nosotros le agradecimos y nos alejamos. Tanto los nativos como los blancos de la región estaban sumamente conformes con él.

Maceta:

-A nosotros en cambio, no nos quieren en absoluto. No nos pudieron aguantar. iOh, este es un capítulo muy difícil, Hermano Manuel! Vos aún no habéis andado por aquí. Habéis sufrido algunas cosas en San Pablo pero os asegmo que también aquí hay de todo un poco. El viejo monje de Villarica tiene su parte de razón: los indíge­nas gustan de comer y beber. Lo que se les dice les entra por una oreja y les sale por la otra. Son niños, niños. Pero después i los blancos, los ci1stianos~

Manuel arruga la frente:

-¿Hay blancos por aquí? ¿Dónde? Maceta:

-Ne muchos, pero demasiados. Los hay por doquier, unos pocos por aquí, otros pocos por allí. En Villarica y en la Ciudad Real y en Asunción. Cuando llegamos agotados a Villarica, los de adentro ya lo sabían y nos cerraron el portón en las narices, por puro amor al orden. Por si venían ladrones. Y allí estuvimos esperando con nuestra escolta formada por recién conversos conocedores de los caminos. Se extrañaron bastante al ver que después de un viaje tan largo y esforzado lle­gamos a una ciudad habitada por nuestra gente blanca y nos cierran las puertas en las narices. Pasamos la noche delante del portón consolándolos; explicándoles que todo se debía a la necesidad del orden. Por la mañana los de adentro se dignaron y abrieron. Nos escucharon. Son gente honrada, pero tienen algo en contra de nosotros. Les resultamos sospechosos. ¿Por qué? Temen que les arruinemos el negocio. Les dije que no era ésa nuestra intención. Que no nos ocupamos de negocios. Nos llevaron al Ayuntamiento donde les pedimos perdón por nuestro aspecto poco decoroso. Pero eso no les importaba, estaban acostumbrados, ellos mismos no andan mejor vestidos. Tampoco por harapientos les gustábamos. Se trata siempre de los campamentos de trabajo, Hermano Manuel. ¿Sabes algo de eso?

Manuel asintió sombrío: -j Quién no lo sabe!

-Tienen la autorización de dar trabajo a los indios sometidos.

El gobernador ordena la formación del grupo de indios y lo envía allí donde hace falta que trabaje para él o para los demás, es decir a los campos, aldeas, casas, minas. Según. Esto se llama arrendamiento y los indios deben pagar por él.

Manuel ya no sonríe, ellos tampoco. Los nativos que los rodean han cesado de reír por un momento, como si comprendieran.

Una vez sentados en la estera Maceta juguetea con el garrote: -Esta es su preocupación principal. Les dijimos: sois injustos con nosotros porque no aspiramos a quitaras vuestros beneficios. In­cluso declaramos estar completamente de acuerdo con ellos respecto a la haraganería de los indios, que hacen abuso' de su libertad y que es necesario vigilarlos en el trabajo. No les hizo el menor efecto. Sos­pechaban de nosotros. Deben haber notado algo raro en nosotros. Fir­mes, manifestaron que ya tenían un sacerdote y estaban conformes con él y no creían tener trabajo como para otros dos. Los indígenas ya poseían todo lo necesario para ser buenos cristianos. Las necesidades estaban cubiertas. Más valía que nos trasladáramos y fuéramos a po­ner tienda en otro lado. Se apiñaban en montones en torno a nosotros, poniendo unas caras feroces. Les pedimos que nos permitieran quedar una sola semana en la ciudad para predicar. Ya estábamos convencidos de que nada se podía hacer. La casa donde nos alojaron estaba vigilada cual si fuéramos criminales.

Manuel asintió:

-Es igual que en San Pablo.

-Queríamos apresurar nuestra partida. Por eso mandamos a uno

de nuestros acompañantes de color al pueblo hacia donde queríamos dirigimos y pedimos un cacique que nos siguiera guiando.

Al decir esto, Maceta golpeó violentamente con el garrote contra la estera, los nativos lo miraron atemorizados:

y la banda lo prendió a este cacique ni bien llegó ante las puertas de la ciudad, lo cargó de cadenas y lo metió en la cárcel.

Manuel:

-¿En Villarica?

-Naturalmente, nos opusimos. Amenazamos. Lo libertaron cuando declaramos que nos era indispensable para el viaje y que sin él nos quedaríamos en la ciudad. i Buen trabajo nos costó en el camino cal­mar al hombre!

Manuel:

-¿ Os recibieron bien, después, en la aldea del cacique? Los dos contestaron victoriosos:

_jRegiamente! Es que se dan cuenta quienes somos nosotros. Esto causó gran alegría a Manuel.

EL DOCUMENTO

Por la noche les preguntó cómo imaginaban el trabajo futuro, tras las experiencias acumuladas. Y entonces los, dos respodieron en for­ma sorpresiva, y el orgulloso Manuel se torno muy humilde cuando tu­\'0 entre sus manos el papel que surgió de la bolsa de Maceta, entre provisiones y cuchillos.

Era nada menos que una orden del Gobernador Real, que habían logrado obtener.

El documento decía que el Gobernador Real otorgaba a los dos misioneros de la Hueste de Jesús, José Cataldino y Simón Maceta, lo mismo que a cualquier otro que se asociara a ellos y perteneciera a dicha compañía" permiso y plenos poderes a fin de difundir el Cristianismo en la provincia, con las siguientes atribuciones: Los mencionados misioneros u otros de la misma compañía podían atraer y reurur en determinadas aldeas a los nativos, a los fines de la enseñanza; y ninguna ciudad, fortaleza o población vecina debía inmiscuirse en sus asuntos. Podían resistirse y protestar contra cualquier intento de intervención externa.

Los dos dinámicos personajes lIevaban tan extraordinario documento en sus maletas confesando que a nadie 10 habían mostrado o mencionado fuera del delegado papal en Tucumán. Se 10 entregaron a Manuel, su superior. Manuel lo contemplaba amistosamente:

-Aquí tenéis un auténtico plan de campaña.

Resultó que no proyectaban nada especial con ese documento'

Maceta declaró con orgullo:

-Nos dijimos, ni bien supimos de vuestras dificultades en San Pablo --el padre Torrez de Tucurrián nos habló de ellas-- que no se puede avanzar así como lo hacéis vosotros. Ellos no nos dejan, temen demasiado que caigamos sobre ellos y les quitemos las fuerzas trabajadoras que no quieren soltar por nada del mundo cuando ya las tienen organizadas.: Por lo tanto se puede hacer una sola cosa: hay que predicar, enseñar y bautizar antes de que caigan en los campamentos.

Antes! Entiendes. Y eso es lo que el padre Torrez le dijo al gobernador.

-Comprendo - asombróse Manuel. Maceta rió nuevamente con benevolencia:

-Una cosa está clara: nosotros, de un lado del Paraná, hemos experimentado lo mismo que vosotros del otro y hemos llegado a igua­les conclusiones. ¿ Es así, o no?

-Así es - asintió Manuel.

Aun era temprano cuando se recostaron en las hamacas. Manuel no se sentía dueño de sus pensamientos. i Qué harían aquí! Yacía semidespierto. Soñaba.

Y Mariana, el delicado, el amigo, se le acercó. Una vez que estuvo bien cerca de Manuel, tornóle la espalda. -¿ Por qué me das la espalda, Mariana?

Este se volvió lentamente:

-¿Así que los quieres reunir y marchar con ellos al bosque?

-Sí.

-¿Por qué me has reprendido entonces, cuando lo hice?

-¿Era eso lo que querías?

-Eso era. Pero aun más que tú.

Mariana le sonrió y el corazón de Manuel se derritió, extendió la mano hacia su amigo. Cuando abrió los ojos en la oscuridad, ladra­ban los perros y la voz perduraba aún:

-Mucho más que tú.

Mariana había sonreído y Manuel se sentía conmovido en lo más hondo.

Se incorporó en su hacama. ¿Cuánto tiempo he de ocuparme aún de ti, Hermano Mariana, tratando de descifrar tu enigma? Hete aquí otra vez. ¿No querrás tentarme a que haga lo que tú hiciste? No exijas demasiado, ya que te hemos perdonado.

Manuel se recostó nuevamente. Sobre la tierra rojiza estaba extendido Mariana entre follajes verdes. Tornó la cabeza en dirección a Manuel. Sobre su rostro claro pasaban sombras, su semblante se tornó más amplio, más claro, eran nubes y Manuel flotaba en ellas.

Durmióse con un sentimiento de bienaventuranza. No le quedaba camino a elegir.

En la aldea sucedió algo contradictorio. Los dos nuevos misioneros se habían hecho conducir desde la Ciudad Real por un anciano blanco. Manuel lo retuvo a este español, un carpintero, por algunas semanas, durante las cuales el hombre se alejaba de vez en cuando por la vecindad.

Era una figura conmovedora, apostólicamente devota. Cada vez que volvía, le faltaba algo nuevo en la vestimenta. Lo regalaba todo, diciendo:

-Vosotros los monjes predicáis, como· religiosos, con la palabra. Un pobre profano no puede hacer nada. Reparto lo poco que tengo pues pienso conquistar así los corazones.

Se mostró hábil y conocedor en la enseñanza del idioma que realizaba entre los nativos, y cuando un buen día declaró que debía regresar, se separaron con tristeza de él. Cual no fue su asombro cuando notaron, después de haberse ido el español, que en su derredor se mostraban rostros hostiles.

Se dieron cuenta: el hombre ha aprovechado la estadía para comprar niños a las familias pobres y llevados como esclavos. Los na­tivos de la aldea recelaban de los monjes, creyendo que tenían parti­cipación en el asunto. El rudo Maceta gritó:

-Corro tras él y lo muelo a golpes.

Y a pesar de que los monjes aseguraban su inocencia, no cambió la atmósfera hostil de la aldea.

Otra mala noticia llegó luego de Asunción, donde habían trabajado los hermanos Maceta y Cataldino. Los campamentos de obreros se habían levantado contra los blancos, surgiendo una abierta rebelión. Los nativos habían dado muerte a los blancos, se estaba preparan­do una acción militar y las autoridades de Asunción sentenciaban: los jesuítas tienen la culpa.

El padre Manuel interrogó a los misioneros lo que había de cierto en el asunto. Los dos lo miraron, primero desilusionados., luego sonrieron:

-¿ Lo hemos provocado nosotros o no lo hemos provocado nosotros? Pues bien, no lo hemos provocado nosotros. -y ¿qué más?

-Díselo tú, Maceta.

-No, mejor díselo tú, Cataldino.

-¿Por qué yo?

-Porque tú eres el más inteligente.

-Cuando los nativos se quejaron por los trabajos forzados les

dijimos, efectivamente: que no son esclavos como creían ellos, sino (? que la Corona Española los ha cedido a los españoles por algún tiempo para su instrucción. Y que nosotros habíamos venido para hacérselo saber y enseñarles el cristianismo. Entonces se enteraron que Nuestro Señor creó los hombres en el cielo, y que somos todos iguales ante El. Que el Señor del cielo -no pudimos dejar de decido ya que nos lo preguntaron- está incluso por encima del rey de Castilla. Por lo demás les hemos aconsejado que sean suaves, razonables y obedientes.

Maceta: -Exactamente así fué.

-Por eso no pueden inculpamos. Es la doctrina cristiana común.

El que opone reparos a esto comete un pecado terrible.

Manuel guiñó el ojo:

-Sois buenos misioneros, pero la gente os interpreta mal. Cataldino:

-Y ¿ qué has dicho tú, Hermano Manuel, cuando se disfrazaron los paulistas y los indígenas os prendieron, qué dijiste a la tribu que os quiso atacar?

-No me avergoncé en declarar que los canallas re habían disfrazado con nuestra ropa.

El sobrio Maceta:

-Una palabra sincera es siempre la mejor.

Los tres estallaron en alegres carcajadas; Cataldino palmeó el hombro de su amigo:

-Te ha guiado un ángel a nuestra orden, hijo mío. Aprende obe­dientemente y guarda cerrada la boca.

Cataldino dijo que aparecían ya muchos fugitivos de la rebelión del sud. Manuel respiró profundamente:

-Muchos huirán y vendrán hacia aquí. Hay que darle a Dios lo que es de Dios y al emperador lo que es del emperador. Huyen del emperador. Es necesario que nos decidamos.

Sacó el documento del bolsillo y lo puso sobre las rodillas: -Tenemos el mismo destino que los hombres de color. Ellos son perseguidos y nosotros somos perseguidos. Si nos pudiéramos decidir a charlar solamente sobre el cristianismo nos sería tan fácil como a lo demás; pero, por tomarlo en serio, se ha transformado en una misión difícil.

Cataldino:

-Me parece Hermano, y al mirarte ya lo sé: nos fué difícil mientras sólo quisimos avanzar charlando. Si entramos en acción, nos será fácil.

Manuel se sorprendió: -¿Te parece?

-¿Acaso a ti no?

Manuel, inclinado hacia adelante: -¿Para qué hemos sido enviados? Cataldino:

-¿V para qué pasaste con tus compañeros por lo de San Pablo?

Charlar sobre el cristianismo es insoportable.

Manuel se levantó. Así lo hicieron Cataldino y Maceta. Manuel no pudo dominar su impulso y abrazó a los dos:

-Lleváis la voz del cielo. Quedaos conmigo.

EL PLAN

Los dos se mostraron más que felices al percibir el plan que Manuel les desarrollaba en voz baja, consistente en esquivar todos los ataques de los blancos, interrumpir toda relación con ellos y dirigir a los nativos viviendo con ellos en una propia aldea.

Recién entonces, al desplegarlo ante ellos, terminó él mismo por verlo claramente. Tan sorprendentemente claro y previsto le pareció todo lo que estaba diciendo, que dudó de que fuera él quien hablaba. Parecía que el plan surgiera de por sí:

-Pueden consideramos unos soñadores. Pero no lo harán por mucho tiempo. Si frente a una roca pongo una semilla y amenazo la roca, ésta se reirá y dirá: basta: con que me recueste un poco y aplastaré la semilla. Pero si la roca es resquebrajosa y dejamos caer la semilla, ésta se desarrollará y la pequeña plantita quebrará la piedra. No nos dejaremos aplastar. ¿Cómo lucha la iglesia, dónde está su fuerza? Es como para llorar. Lo sabéis tan bien como yo. La herejía no hubiera invadido Europa si la iglesia se hubiese mostrado con su real potencia y si no hubieran andado por allí tantos charlatanes del cris­tianismo. Todo esto ha sido fatal para nosotros. Nuestro Salvador erró por el mundo recogiendo su rebaño. No fué un gran rebaño y El murió; pero quedaron los apóstoles. Debemos ser sus sucesores. No podemos rehuir el camino de dolor.

Se juramentaron guardar el secreto hasta que todo estuviera per­fectamente planeado. Decidieron en consecuencia la creación de una pequeña aldea no lejos del lugar donde s": hallaban. Allí se reuniría a los recién conversos y a los discípulos para que aprendieran y con­vivieran cristianamente. Solos o con sus familias. No era posible de otro modo: también ellas vendrían a vivir aquí.

Una vez que Manuel expresó estos conceptos que en realidad esta­ban tácitamente manifestados en el documento de los dos monjes, sintieron por fin tierra firme bajo sus pies. Habían señalado la meta. Manuel puso manos a la obra sin titubear. Decidió introducir en el secreto también al anciano cacique de la aldea que le brindaba hos­pitalidad.

El cacique se había dejado bautizar por oscuros motivos, por misioneros anteriores (tal vez con la esperanza dl' librarse más fácilmente de ellos). Llevaba el nombre de Cristóbal, aunque seguía llamándose tranquilamente Parayata, como antes. El viejo Parayata, un señor apático y leal, no sospechaba que los poderosos blancos que habían honrado su aldea con una visita volverían a molestarlo con el arte del misionerismo. Aguardaba desde hacía ya bastante tiempo un testimonio de honor, por lo que se sintió sumamente satisfecho al ser finalmente invitado por el jefe de los blancos a una importante en­trevista. Hasta ahora los blancos habían sido nada más que huéspedes, no había tenido lugar un contacto oficial. Se pintó festivamente para la conferencia, púsose las pulseras, tomó el escudo, la imponente lanza, pegóse plumas en el abdomen. Luego, por la mañana, envió a la casa de Manuel dos calabazas de cerveza fresca, además de dos esteras para él y su séquito. Cargó también a sus acompañantes de fruta y papilla al iniciar la marcha hacia el lugar de la cita.

Cuando Manuel los vió llegar y se retiró a la casa para recibirlos como corresponde, extrañóse de que el cacique apareciera con escolta. También le habían llamado la atención las esteras enviadas. Pero ahora comprendía: lo había invitado a una entrevista importante y hablado en tono muy serio, por lo tanto el cacique quiso aprovechar y hacer del asunto una circunstancia grande, de contornos políticos. Habían acertado, pues.

Se sentaron afuera, en las hamacas. Mientras se hallaba frente a los hombres que callaban ceremoniosamente, Manuel se apercibió que hubiera sido mejor conversar sobre el plan a solas y confidencialmente con Cristóbal, el cacique, alumno de los anteriores misione­ros. Pero las cosas ya estaban hechas. El silencioso y serio frente a frente no tenía fin. Manuel hizo servir por medio de su ayudante oscuro, el joven Mapiare, la papilla y la cerveza. Comieron, bebieron. Duró un buen rato. Mientras, intercambiaban palabras amables sobre el estado de cada uno. Cuando Mapiare retiró las vasijas de papilla, Manuel y Parayata contempláronse con gran expectativa. Cada uno debía ceder al otro el honor de la introducción en materia.

El cacique comenzó agradeciendo la invitación y la atención de su huésped.

Tanto él como sus acompañantes se inclinaron en sus esteras.

Manuel escuchó de la propia boca del cacique que, si bien estaba frente a Cristóbal, tratábase en realidad del cacique de la aldea. ¿Cómo revelarle el secreto? Debió empezar con el festivo relato de su viaje desde Europa, la travesía del gran mar, como si fuera la primera vez que se encontraba con Cristóbal; porque al cacique Parayata en su calidad de tal aun no se le había rendido informe alguno de los hechos ocurridos. Cuando finalizó su relato con el arribo a la aldea, tomó el anciano la palabra, para observar orgullosamente que ya había tenido oportunidad de saludar también a otros calificados blancos en la misma casa. Ni una palabra sobre su bautismo.

Manuel aprovechó la referencia a los antiguos misioneros, para expresar lo bien que habían trabajado trayendo la noticia del Gran Padre del cielo más allá de las estrellas, e interrogar al cacique si no opinaba que era una gran noticia. Este asintió. Manuel preguntó si no era necesario proteger a los que habían aceptado la gran nueva y se habían bautizado. El cacique contestó afirmativamente, discutió la pregunta con sus acompañantes quienes fueron mono­silábicos. Manuel tuvo la sensación de haber tocado un punto delicado. Tras la última pregunta los cuatro individuos miráronlo con atención, comprendiendo que era éste el motivo de la entrevista.

-Cacique Cristóbal, ¿quieres ayudamos a proteger a los que aceptaron la gran noticia? Si nos unimos, les dirigimos plegarias comu­nes en una iglesia y mantenemos las fiestas y prescripciones que El nos ha dado, el gran Dios y los genios que le acompañan nos ayuda­rán mejor en la detención del avance de nuestros perseguidores.

El cacique se hizo esperar largamente antes de contestar. Notáronse ciertas reticencias en las conversaciones cuchicheantes con compañeros: dos de los hombres no estaban bautizados. Ninguno de ellos entendía lo que Manuel realmente quería. Al cacique no le agradaba interiormente la conversación. Manuel sintió que era necesario hablar con más sencillez:

-El gran Señor del cielo que lo ha creado todo exige que se le levanten preces desde una casa especial, se le cante y se le traigan ofrendas. Exige que se les enseñe a los niños a conocerlo y reverenciarlo. Por eso hemos tomado la decisión de erigir a pocas millas de aquí, en una buena aldea, una hermosa morada.

El cacique aceptó esto, sus compañeros tampoco tuvieron incon­veniente. Incluso se declararon dispuestos a cooperar en la construcción. Pidieron que no fundara demasiado lejos la aldea, de modo que también ellos pudieran acudir a la iglesia.

Manuel confesó derechamente que eso no podía ser. Los creyentes y adeptos deberían habitar en la propia aldea de la iglesia.

Los nativos se contemplaron con extrañeza. El cacique opinó: -Pero nosotros vivimos aquí.

La respuesta fué:

-Los que nos apoyan deben vivir cerca de nuestra iglesia.

(; Oh, qué difícil es! -pensaba Manuel-. No lo vaya lograr.

Dame tu ayuda, Eterno, inspírame las palabras adecuadas).

Los visitantes estaban sentados en las esteras, las cabezas gachas y sin pronunciar palabra. Estaba claro que por cortesía no hablaban. No comprendían las pretensiones de su anfitrión.

Manuel:

-El gran Dios del cielo os ha honrado ya que primero nos mandó aquí. Exige de los que son cristianos y están bautizados que se sometan a sus mandamientos. Debéis construirle una iglesia en una aldea no lejos de la vuestra y vivir cerca de ella con vuestras familias.

Eso estaba claro. Manuel se sintió aliviado. Había roto la barre­ra entre él y sus visitantes, ya no era un extraño a quien un cacique rendía pleitesía, sino un pregonero de la doctrina. No se miraron y nada dijeron. Manuel repitió palabra por palabra lo que había dicho, con la sensación de triunfar. Después de una corta pausa, uno de los dos no bautizados tomó la palabra en nombre del indeciso cacique: querían llevar el informe de Manuel ante su gente. Manuel asintió. Era necesario decidirlo entre todos.

Hizo pasar la calabaza entre sus huéspedes, se habló de una mujer de la aldea que se hallaba enferrma desde hacía cierto tiempo.

El cacique agradeció las visitas que Manuel le hiciera a ésta y uno de los acompañantes dijo irreflexivamente que ya sabían quién era culpable de la enfermedad de la mujer. El cacique lo miró con expresión asustada. Manuel los dejó tranquilamente en su confusión. Luego los advirtió contra las malas prácticas que pudieran provocar la ira del gran Dios. El anciano asintió con insistencia. Pronto se levantaron.

Al despedirse plantóse el cacique seriamente ante el sacerdote y repitió: traerían ante la gente las noticias de Manuel. El anciano adornado festivamente y consciente de su dignidad se inclinó ante el blanco. Se sentía protagonista del rol de un cacique que tiene que tomar una decisión de gran responsabilidad cuando dijo:

-Esperaré un sueño.

Manuel no supo qué contestar. Permaneció amablemente serio.

LAS COSTUMBRES NO LO PERMITEN

Los cuatro visitantes se sentían profundamente desgraciados, no atreviéndose a pronunciar palabra sobre la entrevista durante todo el día. Los acosaban a preguntas pero no quisieron revelar nada hasta el día siguiente, ante toda la población. Era una cosa de impor­tancia. Esperaban que el cabecilla tuviera entre tanto algún sueño o cualquier otra revelación. El anciano, empero, después de una noche insomne, apareció desilusionado, y también los otros tres perma­necieron mudos. Pero era necesario pronunciarse.

El viejo Parayata era el más desgraciado; antes de dirigirse a la asamblea con los más ancianos de la aldea, mantuvo conversaciones interminables con sus acompañantes en busca de un descargo. Los dos no bautizados no tomaban parte alguna en el asunto. Parayata lo constató con tristeza. Sabía qué tormenta se desencadenaría sobre él en la asamblea.

En la casa del cacique estaban sentados en círculo diez hombres más jóvenes o más maduros, entre ellos el curandero, tan viejo co­mo el cacique y pariente cercano del mismo. Parayata comunicó con fidelidad las pretensiones del sacerdote blanco, sus tres compañeros repitieron o agregaron otros trozos de la conversación mantenida.

Instantáneamente ensombrecióse la atmósfera general. Hasta el animoso hechicero tenía un aspecto de triste abatimiento. Esperaban que tomara la palabra. Dijo:

-Desde que llegaron los blancos, a través de bosques y ríos, no ha traído más que desgracias. Por doquiera que pasen, raptan hombres y los arrojan en la esclavitud. Han venido también monjes con ellos, pero nos dañan y calumnian por igual. Exigen que dejemos de honrar a nuestros antepasados.

Parayata:

-Ya lo has oído: ha hablado el gran Señor del cielo, exigiendo de los cristianos y los que están bautizados le construyan una iglesia vivan cerca de ella.

El hechicero contestó sin titubeos:

-El gran Señor de los blancos nos quiere aniquilar.

Todos aguardaban que hablara Parayata. Pero no lo hizo. Porque realidad compartía la opinión de su pariente. Entonces el curandero tomó nuevamente la palabra:

-El gran Señor del cielo al que invocan los blancos les presta ayuda. También les ha ayudado a llegar hasta aquí. Les dijo que penetraran en nuestras aldeas y arrojaran a los nuestros en la esclavitud. Sus sacerdotes andan desarmados porque piensan echarnos sin armas esclavitud.

Parayata repuso:

-Sólo ha pedido que los cristianos y los que están bautizados le erijan una iglesia y habiten en la cercanía.

Ahora se incorporó otro de los que habían participado en la entrevista con Manuel, dirigiéndose al cacique:

-No podíamos hablar en la casa del forastero. Es nuestro huésped.

Nos hallábamos en la casa que le cedimos para que la habite durante su estadía. Un forastero que habita una casa cedida no puede imponemos exigencias. Si tiene que transmitimos el encargo de algún pueblo extraño o de algún dios extraño, debe mandar mensajeros e invitar al pueblo entero para que lo escuche.

Estas palabras causaron gran impresión. Parayata asintió, lo mismo que los otros. Todos estaban muy contentos por la solución. El viejo cacique explicó:

-Ha actuado contra las reglas. No quise ofenderlo dentro de la casa. No conoce nuestras costumbres. Se lo comunicaremos.

Ya tenían, pues, la solución. Quedáronse alegremente juntos y bebieron. Decidieron mandar dentro de un par de días dos hombres calificados aunque no bautizados que llevaran obsequios y le comunicaran:

-El pueblo no puede contestar a las pretensiones que el huésped impuso al cacique porque las costumbres no lo permiten.

ANTE LA NUEVA PEREGRINACION

En la misma mañana Cataldino y Maceta se hallaban en la aldea de Manuel y manifestaban estar algo preocupados. No les gustaba que Manuel se hubiera colocado ante Parayata en la posición del sacerdote del Dios blanco y le hiciera manifestaciones en tono de órdenes.

-Las cosas no están lo bastante maduras -- opinaban ellos. Manuel, empero estaba tranquilo y satisfecho:

-No lo quería hacer. Pero fuÍ impulsado. Las cosas están evo­lucionando. Nosotros las encaminaremos hacia la madurez.

Los otros dos tenían demasiado fresca en la memoria la expulsión que sufrieron de las ciudades españolas, por lo que rogaron a Manuel que fuera prudente y se aconsejara con el delegado papal antes de dar nuevos pasos. Pero él se rió:

-¿Esperar durante meses? ¿Preguntar? Si tengo vuestro docu­mento.

Y los dos coincidieron en que hubiera sido mejor no mostrárselo. Acecharon las conversaciones pueblerinas. Manuel aguardó una mañana, otra. No llegaba la respuesta. Los dos monjes que habían vivido entre las tribus sabían lo que esto significaba.

-Prepárate para una conversación formal y convencional. Pasado el primer día, ya no era grande su expectativa. Tenían la seguridad de recibir una contestación negativa: sólo estaban curiosos de qué modo vendría revestida.

Por fin apareció la pequeña delegación en la compañía de varios guerreros jóvenes que se detuvieron frente a la casa. Ya en la víspera habían arribado a manos de Manuel los regalos con el anuncio de la llegada de los delegados. Por contraste con esa impresionante pre­sentación, surgió tras media hora de cortés silencio, la notificación: -No puede haber contestación de nuestra aldea a las exigencias del sacerdote blanco, nuestro huésped. No lo permiten nuestros usos.

Manuel ya estaba preparado para un rechazo, y sin embargo, su corazón dejó de latir por un instante. Se dominó. La grandiosa com­posición de la delegación demostraba que se estaba realizando un acto de estado. Siguió su papel con dignidad irreprochable, Maceta y CataIdino presenciaban como testigos.

Una vez que se alejaron los indígenas, sintió se avergonzado y excitado:

-Son unos necios. Me han obligado a aguantar toda la comedia. ¡Qué abuso!

Cataldino le tranquilizó:

-Terminó bastante bien. Podía haber sido peor. Temíamos que nos sugerirían abandonar la aldea.

Manuel se condolía:

-Nuestros cristianos nos abandonan -buscaba las palabras-. Por eso todo sigue en el mismo estado de antes. Habéis dicho que no queréis seguir charlando de cristianismo y sin embargo, en eso nos estancamos. Predicáis y continuáis vuestro camino. i Queridos Hermanos!

Cataldino:

-Pero no hables así, Hermano Manuel. Somos nosotros los primeros que corrimos hasta el hermano Torrez para Horarle nuestra desgracia. Torrez dijo en seguida: Lo que vosotros tenéis planeado está bien. Y cuando por una suerte del azar llegó el papel, nos lo entregó diciendo: Habéis tenido suerte, y nos abrazó.

Manuel:

-Quiere decir que espera algo de nosotros. Cataldino:

-Por eso mismo te hemos buscado.

-y ya veis lo mucho que he hecho. Me han metido en una trampa. No sé cómo pude caer. No quería hablar con toda la aldea.

Cataldino rió:

-Ahí tienes, es ese documento del diablo. Manuel:

-Basta ya de hablar de esto. Se me ocurren las palabras del apóstol en la carta dirigida a los Tesalónicos: "Sois testigos de los justos e intachables que hemos sido entre vosotros. Os hemos animado y consolado a cada uno de vosotros como el padre a sus hijos":

Los otros dos se regocijaron cuando hubo pronunciado estas pa­labras.

Pero no había manera de borrar el incidente. Los hermanos eran 2.hora evitados cuando realizaban su misión en la aldea y las poblaciones vecinas, impartiendo prédicas y enseñanzas. Las conversaciones mamistosas fueron interrumpidas con distintos pretextos. Reinaba desconfianza. El hábil Cataldino logró hacer hablar al anciano cacique en un encuentro casual en la plantación de mandioca, y el viejo confesó abiertamente:

-Todos dicen que nos queréis transformar en esclavos. Queréis destruir nuestra aldea para que os sirvamos como sirvientes en la vuestra.

Y le siguió explicando, con lágrimas en los ojos:

-Debo cuidarme mucho para que no me sorprendan hablando con uno de los monjes. A tanto han llegado, que me quitarían la dignidad de cacique heredada de mi padre.

Se alejó apresuradamente.

Cataldino cerró el puño. ¿Qué quería decir esto? Desde que tenía el maldito documento habían perdido la paz, todo les salía mal. Ya ni hablaban de ello, el papel estaba escondido en algún lado, en un cajón cargado de piedras, pero la desgracia seguía haciendo estragos.

El hijo del cacique tenía una mujer muy joven aún. La mujer había sido tomada prisionera en uno de los campamentos de trabajo de VilIarica. Primero trabajó en el campo, luego en las casas, como sir­vienta. El misionero Filds, a cuyo grupo de discípulos pertenecía, la bautizó logrando que fuera liberada del campamento por su mediación. Llegó a esta aldea. El hijo del cacique la tomó por mujer. Cuando Manuel preguntó por qué no acudía con su hijo a la hora de la oración y por qué no convencía al marido para que viniera él también mostróse empecinada.

-No vienes a la confesión. ¿Sabes qué castigo te puede alcanzar? Miró tímidamente al sacerdote, manteniendo su expresión terca.

Logró extraerle la frase:

-Mi marido quiere llegar a ser cacique. Y me quiere rechazar.

-¿ Por qué? ¿ Porque estás bautizada?

Ella asintió. El monje sintió bullir la sangre: -Iré a hablar con tu esposo.

Estaban delante de la casa del monje. Ella lo empujaba hacia los lugares donde no los veían:

-Dicen que tú tienes la culpa de que una mujer esté enferma.

-¿ Quién ha dicho esto?

-Todos.

-¿El cacique también?

-El no dice nada.

-¿Y tú?

-Yo -lloraba- quisiera no haber visto un blanco en toda mi vida.

-Ante Dios no hay blancos ni hombres de color.

-¿ Quién os ha traído a esta aldea? ¿ Y quién ha matado a mi padre? Ahora hacéis que mi marido me rechace. -Le advertiré.

-Si se entera que hablé contigo, nos mata a mí y a mi hijo.

Manuel no quería hablar demasiado con la mujer, a escondidas: -Ven esta tarde antes de la clase.

Dos monjes estaban en la pieza de Manuel, los mandó a la habitación vecina, separada de la otra por una pared de esteras. La mujer lo miró con expectativa. El preguntó:

- ¿ Pues bien?

Ella no contestó nada.

-Si no he de hablar con tu esposo hablaré con su padre, el cacique.

-Mi marido me rechazará. Cuando os vayáis de la aldea me iré con vosotros.

Manuel no podía creer en 10 que escuchaba. Cruzó los brazos sobre el pecho. El asombro lo incitaba a reír:

.¿Qué estás diciendo, mujer? Nosotros los monjes peregrinamos sin mujeres.

-La gente anda diciendo toda clase de cosas. Ya no le hacen saber nada al cacique. Los teme. ¿ Cuándo os vais? Yo me voy cuando tú te vayas.

Manuel fué comprendiendo lentamente. Corrían peligro. Reflexionó antes de hablar. Dijo:

-Ven a nuestra casa, de día o de noche. Trae también a tu hijo.

-No tardéis demasiado.

Al deliberar, los padres estaban tranquilos. Era pues necesario trasladarse. Los que quisieran unirse al grupo serían bienvenidos. No se habló ni una palabra del documento.

La mujer tornó a venir y a apremiar. Todos los monjes llevaban largas barbas que a veces recortaban. Manuel no se dió cuenta que la mujer lo espiaba cuando se cortaba la barba. El joven nativo que lo servía era bautizado pero no obstante conocía la importancia del cabello en manos de otra persona y enterraba cuidadosamente los de m dueño. La mujer apareció mientras Manuel se cortaba el cabello, en su pieza, desprevenidamente. Le indicó que esperara. Ella extendió su red y recogió un puñado de cabello recortado. El gran Manuel era amado.

NUEVAMENTE EN MARCHA

La aldea puesta en guardia contra los intrusos blancos, no señaló desde un principio a los forasteros el término en que debía ser abandonada. Se discutía asimismo el método a emplear: se dudaba entre expulsar a los extranjeros solamente o también a los indios bautizados.

Antes de que los nativos llegaran a una solución, los monjes ataron bultos.

Cuando se hubieron alejado tranquilamente unas cuantas horas de la aldea, observaron que los seguía un pequeño grupo de indios. Los conversos y nuevos discípulos de los padres estaban tan desilusionados como ellos, pero al mismo tiempo felices. Los monjes saludaron individualmente a cada uno y cuando al anochecer hallaron un soto de palmeras, asentáronse y agradecieron a Dios con cánticos y oraciones.

Los monjes contemplaban extrañados su séquito. No eran muchos y

la mayor parte de ellos no había acudido jamás a las clases. Parientes de los conversos que los seguían por temor a las represalias. El viejo cacique no estaba entre ellos. Relataban que había abjurado su fe para salvar su cargo.

En torno al fuego se agruparon alrededor de setenta seres humanos; algunos extendieron hamacas, otros se recostaron en mantas o directamente en el suelo y los monjes permanecieron despiertos y jun­tos. Cerca del fuego, Manuel hizo abrir el cajón, sacó las piedras de adentro, extrajo el maldito documento y lo quemó. Después se sintieron menos angustiados. El joven Maceta recitó el salmo del pre­mio a la generosidad del Señor:

-No nos paga de acuerdo a nuestras fecharías. Porque por alto que esté el cielo por encima de la tierra, deja no obstante caer su misericordia sobre aquellos que lo temen. Por lejano que esté el ama­necer del crepúsculo, deja que nuestra falta sea únicamente nuestra. y al igual que el padre que se compadece de su hijo así se compadece el cielo con aquellos que lo temen. Recuerda que sólo somos polvo.

Mientras dormían los nativos, los monjes vigilaban el fuego. Eran peregrinos una vez más.

Por la mañana quisieron seguir avanzando hacia el sud.· Pero algunos hombres y mujeres nativos decían que sólo faltaba atravesar una colina y un bosque de palmeras para llegar a la meta. Decían "meta". Los padres estaban asombrados. ¿Qué meta? Se habían pre­parado para un viaje largo. Cedieron sin embargo a las requisiciones de la gente que erraba de visible mala gana y no estaba equipada para una travesía prolongada.

Apenas atardecía cuando vieron el lugar. Los monjes quedaron completamente desconcertados. Poco a poco fueron captando el sen­tido de la palabra "meta". Los hombres se aprestaban tranquilamen­te a la construcción de las chozas y una docena de entre ellos ya se había internado en el bosque, en busca de raíces, fruta y miel.

¿Qué se podía decir ante todo esto? Los nativos habían traído sus armas de guerra e implementos de caza.

-Un alto en la selva - sonrieron los monjes por la noche, acariciándose las barbas. No querían desanimar a la buena gente adicta. Lo primero que hicieron algunos de los bautizados después del arribo fué: cercar un terreno con ramas, para la iglesia. Los monjes los de­jaron hacer, conmovidos. jOh, los buenos niños! Serían echados mu­cho más lejos sin embargo, y quién sabe cuánto tiempo andarían errabundos, antes de sufrir el ataque de la aldea abandonada o de cual­quiera otra de la región.

Así transcurrieron los primeros días en· aquel salvaje lugar de­sierto, donde efectivamente se levantaría a los pocos meses la primera sencilla iglesia de madera, construida por éstos y otros hombres de color, bajo la dirección de esos misioneros. Ahora, empero, no era más que sabana y matorral, los tigres se deslizaban en la cercanía.

Medio año más tarde este lugar sería atravesado por carreteras, se levantarían chozas y casas de barro y se celebraría una fiesta en honor a la llegada de Torrez, el delegado papa!.

-¿ Hasta dónde habremos de huir para ver pastar en paz a nuestros rebaños? - pensaban en ese primer día los monjes.

-En San Pablo no encontramos el lugar adecuado, tampoco en el camino hacia aquí, en la pequeña aldea nativa menos. ¿ Existe siquiera sobre la tierra esa región de la cual se compadezca Dios y donde se pueda vivir y adorarlo en paz?

LA TORMENTA LEJANA

Cuando los campos se secan y languidecen vemos los campesinos delante de sus chozas, escudriñando el cielo gris y azulado, anhelando una nube, un poco de frescor en el aire. Están desesperados. Y sin embargo a muchas millas de distancia, más allá de las montañas, se está elaborando todo aquello que aliviará su desolación. Allí está la frescura que anhelan, las nubes se amontonan en pequeños grupos que se confunden. Nadie en este mundo está solo, las relaciones están ín­timamente ligadas; mucho de lo que aparentemente es alegre y joven está amenazado desde muy lejos y la tierra se abre bajo sus pies mientras ríe; y mucho de lo que parece irremediablemente perdido, recibe repentinamente nueva savia y se expande con vigor hacia las alturas.

Mientras los padres jesuítas predicaban y abandonaban la pequeña aldea nativa, ocurrían más allá del Paraná, en el occidente, a orillas del río Paraguay, hechos cuyas consecuencias los alcanzarían. A orillas de ese río habías e establecido en Asunción un nuevo gobernador de la Corona Española. Yo el Rey le había dado desde su escritorio muchos buenos consejos, y el nuevo gobernador tuvo una mejor suerte que el rico don Juan de Sanabrar fallecido en el puerto o que el hijo de éste que logró atravesar el océano pero naufragó teniendo su tierra a la vista. El nuevo gobernador se enteró asombrado a su arribo, de las características de este país. Era inmensamente extenso, la mayor parte aun inexplorada y poblado por una cantidad de seres salvajes que moraban en esta tierra española como caídos de la luna, sin la menor idea de España, de Jesucristo, de la Iglesia. Eran caníbales de horrorosas costumbres que se heredaban de tribu en tribu, Guaraníes, Tobas, Lenguas, Chamacocos. Algunos se atravesaban los labios, otros se afeitaban el cráneo, los de más allá se cincelaban los dientes. Le relataron muchas cosas y tuvo oportunidad de vér los indios de Asunción, asiento de su gobierno. Casi todo lo que escuchaba le repelía. Pensaba terminar con todo eso lo más pronto posible.

El gobernador firmaba extensamente: Alvaro Núñez de Veru Cabeza de Vaca. La Corona había elegido nuevamente un hombre rico, , e cargara con los gastos de equipo de la flota. Era un nieto de aquel hombre que había conquistado las islas Canarias, de donde provenía también su riqueza que estaba disminuyendo rápidamente, moti­vo por el cual el nieto debía acudir a su vez al Nuevo Mundo.

-Realmente -había dicho en el viaje sombríamente a su hijo, con el cual estudiaba las instrucciones reales- no sé si te dejaré algo más que nuestro glorioso apellido. El Rey da instrucciones y me hace pagar. Es el destino de los nobles. De todos modos, haremos lo que esté en nuestro poder. Pero me angustia de pensar lo que será algún día de nosotros, los nobles, cuando se termine lo del Nuevo Mundo. Ahora mismo ya sólo se consiguen menguados ingresos, según me dicen.

-Padre, esta tierra es inmensamente amplia.

-Yo también lo espero. No te aconsejo aceptar un cargo bajo las condiciones en que lo tuve que hacer yo. Es como si una armada en­trara en un país y quemara sus propias' naves tras sí. Es una situación desesperada. He metido en el asunto casi todo lo que poseo. Si no tenemos suerte estamos perdidos.

El hijo sacude valientemente la cabeza:

-Eso no importa. Entonces me dedico sencillamente a realizar viajes como mi bisabuelo.

-Me pregunto si habrá todavía qué conquistar .

. -Padre, con la espada y el valor de un español se puede avanzar siempre.

-Me alegra escucharlo. Ah, pero ya hay demasiados en las Nuevas Indias que sólo hacen negocios y trafican. Esta es nuestra tumba. En Italia y en Alemania ya hay nobles que se dedican al comercio.

Esta novedad causó mucha gracia al hijo.

Asunción estaba rodeada por altas empalizadas. En ella vivían seiscientos blancos, la mayoría con mujeres de color. Algunas familias nativas y grupos de obreros forzosos habitaban la ciudad, otros la cercanía. Además del cultivo de los campos se ocupaban en la cría de ganado. Porque los caballos y las vacas sueltas de los primeros conquistadores se habían multiplicado enormemente en la ilimitada estepa, lo mismo que los tigres que vivían a costa de ellos, pero la fecundidad de los equinos y vacunos sobrepasaba la voracidad de los tigres.

El gobernador Don Alvaro se asentó acongojado con su noble hijo en .este rincón perdido. Oficiaba de obispo un tal don Reinaldo de Lizagara, de la orden de los santos dominicanos. Con su gran nariz, su aspecto sombrío y su postura encorvada, semejaba una gallina llovida. Deleitaba al nuevo gobernador constantemente con la amena charla de sus dificultades intestinales. Decía que éste era un lugar podrido y sucio, había muy poca legumbre. A uno le servían un buey entero como si fuera un león, y para colmo la gente era tan perezosa que ni asaban suficientemente la carne, si por ellos fuera uno debería masticarse la vaca viva. Además, sentíase la falta de los trabajos espirituales. Comprensible, porque, ¿quién viene aquí por puro placer?

Don Alvaro consolaba al pobre obispo respecto al asado de carne vacuna diciéndole que había traído dos buenos cocineros.

Si yo también lo he hecho -lloriqueaba el obispo- y justamente ellos son los más haraganes.

Don Alvaro, profundamente desilusionado, decidió aguardar qué sucedería con los suyos.

-¿ Y qué hay de las fuerzas religiosas que cooperan? Don Reinaldo:

-Parece mentira que la mayoría de los indios siga aún sin bau­tizar y deambule salvajemente por los bosques. Pero no puedo correr en pos de ellos. Necesitamos cooperación. Yo no la tengo.

Así se quejaba la gallina episcopal.

Don Alvaro escuchó estas cosas y contempló las instrucciones reales que tenía delante; después de este cotejo decidió excursionar bajo su propia responsabilidad. Era necesario que la gente se diera cuenta que había llegado. No faltaba mucho para el jueves santo. Para ese día quería invitar a la ciudad a todos los indios que fuera posible, para que se enteraran de su toma de mando y recibieran al mismo tiempo una buena impresión del poder real y de la religión cristiana. Por su cabeza flotaba una brillante mezcla de desfile militar y pro­cesión. Serían invitadas todas las tribus vecinas, todo aquello que se arrastra por los bosques y la estepa. La fiesta se celebraría con la mayor magnificencia. El gobernador dictaba, embargado de placer, to­das las providencias necesarias, a su hijo.

Quería informar luego fielmente al Consejo de las Indias y al Rey. Pudo notar, ya en los preparativos, cuán vivamente se interesaban los habitantes por el asunto: se estaba realizando la decoración de las calles, la vestimenta festiva para el coro, nuevas banderas y emblemas, las carrozas con los santos, los agasajos, los preparativos para una gran comida general. Lo estaba preparando todo. Cuan­do les pidió, naturalmente, que cubrieran los gastos, se rebelaron ar­gumentando que todo era muy exagerado, pero el Gobernador no dejó que le quitaran su diversión. Decidió encargar sencillamente a sus tropas la colecta del dinero necesario. A lo que los ciudadanos accedieron.

Las tribus oscuras se sentían en la ciudad de Asunción como en un fortín. No necesitaban mensajeros de otras tribus para saber qué eran los blancos.

Hacía tiempo que ya ningún indio tenía la ocurrencia de tomarlos por espíritus. Se habían presentado sumamente concretos con sus cacerías de hombres. Las bandas paulistas habían pasado en el norte por la región de Apitares. Desde el mismo día en que bajaron os precursores blancos Mendoza y Salazar por el río Paraguay y eligieron a Asunción como capital y puerto por estar igualmente alejada del Perú y del Brasil, conocían las tribus nativas los campos de tra­bajo forzado, las cacerías humanas, las expediciones de represalia. Cuando llegó, pues, un nuevo gobernador a la ciudad, y los invitó a acudir para el día festivo de los cristianos, accedieron. Mas por otra causa que la que presumían los blancos. Las tribus habían escuchado .que en las procesiones participan todos los ciudadanos, y, lo que era más importante, inermes. Cuando los españoles peregrinan por las calles ornadas en las fiestas de su dios, llevan los hombres desnudos y a veces incluso un látigo en la mano para flagelarse en su honor. Así habían oído decir. Querían utilizar la ocasión a su manera.

Arribaron ya en la víspera ocho mil guerreros con flechas y arcos que cargaban doquieta que fueran y que no podían ser consi­derados armas de guerra. Contaban con las manos de los blancos, que estarían ocupadas sosteniendo pequeños azotes y con sus hombros desnudos, para inundar la ciudad en un determinado momento bajo una lluvia de flechas.

Al amanecer del jueves santo la mayoría de los indios invitados ya había sido admitida en la ciudad. Los muchos miles de hombres morenos se acomodaron en las largas calles y en los lugares indicados, por donde pasaría el magnífico cortejo. Lo admiraron todo como era debido. Vieron a sus señores en las puertas y ventanas y se encaramaron sobre los montículos de basura, reservados para ellos.

Eran tantos que los blancos se veían muy poco. Los europeos que corrían apresuradamente a la Iglesia por entre la indiada se sen­tían molestos. También el gobernador se asustó al observar a través de la ventana, por la mañana, la multitud de guerreros oscuros. Pre­untó qué significaba esto y dónde se hallaban sus oficiales y soldados. Se le contestó: estas son las tribus invitadas. Y salvo una pequeña escolta en la propia casa del gobernador, todo lo blanco ha ido a la iglesia. Se metió indeciso en el uniforme de gala.

· Cuando terminó de vestirse, ayudado por su sirviente, entró una vieja india que cuidaba la casa y se arrojó llorando a los pies del gobernador. Este hizo llamar al intérprete. La mujer del suelo contaba tartamudeando todo lo que sabía. No quería que el señor y su hijo tomaran parte en la procesión, más valía que se cuidaran.

Don Alvaro excitado ya por la gran estupidez que había cometido con esta celebración, tomó una decisión. Hizo maniatar a la mujer y encerrarla en un pequeño cuarto. Al intérprete lo mandó a la iglesia para que ordenara que todos los soldados volvieran secretamente al cuartel. Al mismo tiempo dijo a la escolta que se ocupara de la vigilancia de las calles, de modo que todos los indios de las dos calles principales fueran empujados hacia las plazas, y que se los hi­ciera desaparecer de las calles laterales, principalmente de las cerca­nas al cuartel. Cuando se le anunció el acuartelamiento de las milicias, apareciendo el comandante ante él para deliberar sobre las medidas a tomar, don Alvaro mandó a varios heraldos blancos por las ca­lles para que corrieran anunciando que estaba por entrar a la ciudad la temida tribu enemiga de los Japingas, por lo que llamaban a todos los caciques presentes inmediatamente a la casa del gobernador a fin de discutir con él sobre las medidas comunes de protección.

Los veinte caciques aparecieron sin desconfiar en el patio de la casa. Estaban agradablemente sorprendidos por el anuncio de los pregoneros, porque los Japingas opinaban lo mismo que ellos de los blancos. Delante de la casa se les quitó las armas. Luego se los condujo a uno escaleras arriba, donde eran maniatados y arrojados a la una pieza donde yacía la vieja que los había denunciado. Cuando fueron todos, penetró el gobernador con su escolta y los contempló impotentes, sacudiendo furiosos la cabeza. Les dió a saber: -Conozco vuestro plan. Recibiréis el merecido castigo.

Las puertas de la ciudad fueron cerradas. En lugar de una pro..

'ón avanzaron por las calles las tropas, con fusiles, cañones y caballos y los caciques maniatados, arreados desde la casa del gobernador.

En la plaza principal estaba la masa de indígenas cual muralla delante de los soldados, y no se podía mover. El ruido se acalló repentinamente cuando empezaron a tronar los cañones. Los caciques maniatados avanzaron por entre la gente armada. Colgaron a uno detrás de otro en el adornado andamio levantado en honor al jueves santo. Los miles de indios contemplaban el espectáculo sin pronunciar palabra.

Una vez terminada la ejecución, el gobernador hizo saber que era el castigo por la traición planteada. Retuvo unas cuantas docenas de indios como rehenes. A los restantes los hizo acercar en grupo de 15 y jurarle a él, el Gobernador del Rey de Castilla fidelidad y leal­tad. Por la noche abrieron los portones y echaron a los consternados nativos. Habían confiscado todos los arcos y flechas de la masa humana.

Esta experiencia fué una sorpresa para los indios. Pero para el gobernador constituyó el principio de otra más grande: hubo un gran motín. Más tarde se decía de don Alvaro:

-Es extraordinario que un hombre con su experiencia del mun­do, su inteligencia y su intensa fe no lograra mayor éxito en Paraguay .. ~

Su actuación no estaba bendita por la suerte, cosa que ya había presentido en el barco. Sus soldados no lograron dominar la enorme revolución que provocó su gran astucia. Debieron internarse más y más profundamente en el país, hacía el oriente.

Era un combate violento y difícil, no tan sencillo como en la cómoda época de los conquistadores. Era un constante marchar sobre pantanos. Los capitanes lograban sometimientos que eran olvidado al día siguiente. El blanco quería pagar diente por diente y descargaba su ira voluntaria o casualmente sobre tribus que no participaban. Fué una época terrible la que siguió a orillas del Paraná a la fiesta tan bonitamente preparada del jueves santo.

Los pueblos esquivaban las tropas de don Alvaro y de su capitán general hacia el norte y el este. Aparecieron fugitivos en la provincia de Guayra.

Y cuando las bandadas atravesaron el río Paraná, esas nubes que se habían formado a lo lejos enriquecieron el campo reseco, el mísero asilo de los perseguidos jesuitas.