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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

sábado, enero 30, 2010

EN MI JARDÍN PASTAN LOS HÉROES: HEBERTO PADILLA

PRÓLOGO CON NOVELA

Estaba yo acostado en uno de esos tablones de madera, típicos de los calabozos medievales, adosado a la pared por dos gruesas cadenas, en la estrechísima celda del Departamento de Seguridad del Estado de Cuba, cuando senti que crujía y se abría la gran puerta de acero al tiempo que un policía me ordenaba que me pusiera de pie. Debió ser muy de madrugada, pues de los barrios vecinos no llegaba la menor señal de vida. Me sorprendió una vez más que el hombre estuviese fuertemente armado en aquella fortaleza llena de innumerables pasillos, donde para atravesar cualquier puerta era imprescindible recibir la autorización de los respectivos guardianes. Volví a caminar el largo tramo que me separaba de la pequeña, fría y excesivamente iluminada oficina del teniente Álvarez. Yo era su caso. Cada detenido es interrogado siempre por el mismo oficial. Esto constituye el más singular aporte del mundo socialista a la jurisprudencia: policía, investigador y juez de instrucción son la misma persona. Tal vez lo hagan para aligerar el trabajo a tribunales cuya única función consiste en oír los cargos acusatorios y dictar la sentencia, sin poner jamás en duda la probidad del proceso investigativo y sus conclusiones. El abogado de la defensa se limita a pedir clemencia en nombre de la generosidad de la Revolución.
Antes de entrar en la oficina, repetí la ceremonia de degradación, simple y breve, a que son sometidos todos los presos políticos. El policía te agarra por los hombros desnudos, pues la vestimenta del preso es una suerte de mono sin maás, color caca infantil, elegido al azar, así que una semana puede el cuerpo y la otra ceñirte como una camisa de fuerza; te coloca con la nariz apretada a la pared y se cuadra frente a la puerta cerrada. Entonces, engolando la voz con un tono que supone marcial, pero que sus dificultades fonéticas hace incomprensible, exclama:
-Ten'te, edetenío soisitao poute hasuntante tacatrás.
El párrafo memorizado es muy pomposo para el temperamento nacional; el policía hace una pausa relámpago y termina casi ahogado.
-Pío pedmiso pasedlo pasá.
Claro que si uno es cubano y lo ha oído más de una vez, puede llegar a descifrarlo del siguiente modo: -Teniente, el detenido solicitado por usted hace un instante está aquí atrás. Pido permiso para hacerlo pasar.
Desde dentro se oye un remedo de la voz de Fidel Castro, pues lograr, por lo menos, una inflexión que se le parezca constituye el objetivo estético y emocional de todo policía cubano.
-Concedido el permiso, compañero. Puede hacerlo pasar.
La primera vez que me llevaron a su oficina, Álvarez tenía puesto el uniforme de gala y actuaba con la ceremonia que se adopta para recibir a un general cautivo, después de un largo combate; pero hoy vestía el uniforme de descanso del ejército norteamericano, con la chaqueta ajustada al talle por un imponente cinturón verde, del que colgaba la no menos imponente pistola. Temí que algo estuviese ocurriendo en el país, pues daba la impresión de estar preparado para entrar en combate; su silencio y semblante turbado aumentaron mi inquietud. Además, esta vez no me ordenó que me sentara. Estaba de pie, nervioso, frente al escritorio situado entre las sillas que habitualmente ocupábamos. A sus espaldas, por primera vez entreabierta, vi la puerta que me inquietó desde el principio y a través de la cual se escuchaba el incesante teclear de varias máquinas de escribir, que sin duda copiaban los interrogatorios grabados para someterlos después al análisis de los expertos.
-Aquí tenemos hace un mes a Mesié Pier Golendor, connotado agente del enemigo. Sabemos lo que dijiste sobre su detención «para demostrarme que Pier es culpable tienen que ofrecer las pruebas de su culpabilidad». ¿Y quién eres tú para tener que demostrarte prueba alguna?
Guardé silencio, pero Álvarez no se detuvo.
-Tenemos en nuestro poder todas las libreticas donde hasías tus apuntes «literarios», que no son otra cosa que informes al enemigo .. ¿ Lo dudas?
Dije que Golendort era miembro del Partido Comunista Francés y un amigo de Cuba.
-Como tú, ¿no?
Gritó entonces y extrajo abruptamente del cajón del escritorio el manuscrito de mi novela En mi jardín pastan los héroes. La reconocí en seguida por las dos gruesas y duras tapas plásticas que las empresas de exportación soviética emplean en sus catálogos y que yo utilicé corno cubiertas. Eran inconfundibles.
-Y aparecieron todas las copias. Hiciste más ejemplares es que el periódico «Granma», sólo que «Granma» difunde las ideas de la Revolución, y tú el veneno de la CIA.
Acarició las tapas relucientes y sonrió mientras miraba hacia la puerta.
-Y tu mujer debía estar aquí también contigo. Los dos están cortados por la misma tijera. Dice que padece de claustrofobia, ya el médico la ha calificado: es una histérica.
Dije que ella no tenía nada que ver con lo que yo hablaba, hacía o escribía, no tenía por qué sufrir mi misma suerte y mucho menos ser detenida sin razón alguna.
-¿ Nos retas?
Dije que no, pero sabía que era superfluo lo que estaba diciendo, que seguramente la habrían detenido momentos después que a mí. Y así era. No pude evitar que un frío helado me recorriera de pies a cabeza cuando oí su voz surgiendo de una cinta magnetofónica, impugnando, tensa y angustiada, las acusaciones que este mismo oficial lanzaba contra ella. ¿Qué relación tenía ella con mis poemas, mi novela o mis opiniones? ¿ Por qué se la encerraba injustamente en una de aquellas celdas? En realidad, nunca pude imaginar que recurriesen a tales procedimientos, únicamente dictados por el más injustificado de los odios. Lo más grave era que si mi encarcelamiento por «conspirar contra los poderes del Estado» era una patraña incalificable, el hecho de encerrada a ella, cuyos padecimientos, nerviosos conocían perfectamente bien, sólo era concebible como resultado de una política que es el término que se utiliza para tomar decisiones de altos niveles que, aunque injustas, son consideradas necesarias. De hecho era la venganza, dos años después, por no haber logrado impedir que se me otorgara por unanimidad el premio nacional de poesía de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba.

(...)
Entonces respondí, convencido de que no me serviría de nada, que yo estaba dispuesto a asumir mi responsabilidad histórica. Alvarez gritó: «Los contrarrevolucionarios no tienen historia»; insistí en que nadie podría nunca pobrar que mi mujer o yo éramos agentes de nadie, que la novela que tanto irritaba la había entregado al rector de la Universidad de La Habana, baj0 cuyas órdenes trabajaba, para que la leyera y me diera su opinión, que no tuve más propósito al escribirla ke reflejar algunos caracteres y conflictos que solo surgen en un proceso revolucionario y que incluso nuestra prop1a detención, por una obra literaria inédita, ilustraba mejor que anda mis palabras. «Usted sabe -agregué- que yo conozco casi todos los países socialistas, en dos de los cuales he trabajado, y en todos puede verificar que el aparato policial termina por convertirse en una fuerza de autoridad indiscutible, que aísla de la base popular, indefectiblemente, a la dirección política. En vez de estar aquí encerrado en una celda, con mi mujer, como si fuésemos criminales, debería estar discutiendo mi libro en la Unión de Escritores, con mis compañeros y los dirigentes políticos de mi sector, pero no con la policía.»

jueves, enero 28, 2010

EL DERRUMBE: DINO BUZZATI

24 DE MARZO DE 1958
En determinadas condiciones de luz, de hora y de atmósfera, podemos ver aun a simple vista los tres pequeños satélites artificiales que el hombre lanzó desde la Tierra hacia los espacios interplanetarios entre 1955 y 1958; Y allí se han quedado suspendidos, probablemente para siempre, girando alrededor de nosotros. En ciertos crepúsculos de invierno, cuando el aire es como un cristal, los tres minúsculos puntos brillan con un esplendor fijo y ardiente; dos contiguos que casi se tocan, y uno a un costado, solitario. Pero si empleamos un buen anteojo, o un telescopio de cierto aumento, podemos observados mucho mejor, casi como aviones que vuelan a una altura discreta. (Tendido sobre la silla plegadiza frente a su casa de campo, el anciano Forrest, el hombre que los ideó y los quiso, ya octogenario, pasa sus noches insomnes de asma esperándolos. Y cuando el primero de los tres asoma por el borde negro de la cornisa, Forrest se lleva a los ojos el pequeño telescopio suspendido de un soporte elástico especial, y mira, mira, durante horas.)
Allí está el primero, denominado Hope por la esperanza que en aquel mes de setiembre memorable inundó a la humanidad entera, haciéndole olvidar la maldad en que se consumían sus días (no obstante fué un propósito odioso, una inconfesada avidez de dominación, la fuerza que con un largo silbido lo proyectó verticalmente hacia el cenit, mientras alzaban al mismo tiempo la vista los trescientos mil hombres reunidos en White Sands, a las 4.53 de la mañana). Viéndolo así de lejos, Hope tiene la forma de un lápiz grueso y corto, de color plateado, resplandeciente su parte iluminada y el resto en la oscuridad. Está torcido, y realmente parece haber sido colgado allí donde está; colgado, olvidado y muerto. Pero se necesita siempre un esfuerzo de la imaginación para creer que en su interior se encuentran los cuerpos de William B. Burkington, Ernst Shapiro y Bernard Morgan, los héroes, digamos, los pioneros, que giran ininterrumpidamente, y ya han pasado veinte años.
Muy cerca de él está el satélite mayor, segundo en orden de tiempo; es por lo menos cuatro veces más grande que el primero; pulido, hermosísimo, en forma de huevo, de un fabuloso color anaranjado. Hacia la cola se entrevé una cantidad de tubos como de órgano; los tubos para la retropropulsión, según he oído decir. Este satélite se llama L. E., iniciales de Lois Egg, que en español quiere decir el huevo de Lois; se llamó así en honor de la señora Lois Berger, amada esposa del constructor, que partió con él, y con él se quedó allá arriba, girando, girando eternamente; y no tenemos que olvidar a sus siete acompañantes.
Luego corremos veinticuatro grados el telescopio y en-contramos el tercero, Faith, tercero también en orden de sucesión. Fué bautizado así para simbolizar la fe que impelía a los hombres a intentar nuevamente lo que había sido dos veces un fracaso. Su silueta es semejante a la de Hope, pero un poco más grande. Está pintado a rayas amarillas y negras, que aún hoy se distinguen perfectamente; y justamente esas rayas contribuyen actualmente, más que todo, a convencernos de que fuimos nosotros quienes construimos el satélite, que no se trata de un errabundo fragmento de algún ignoto cataclismo sideral. Faith partió con cinco tripulantes: Palmer, Sough, Lasalle, Cosentino y Thompson. En cinco diversos cementerios, dispersos sobre nuestro pequeño mundo, cinco tumbas vacías los esperan; pero ellos siguen girando, probablemente incorruptibles; la última humanidad se extinguirá, y ellos seguirán girando todavía.
El 24 de marzo de 1958 es la fecha terrible de esta tercera ascensión. No es festejada como fecha nacional, y sus aniversarios pasan en silencio, como si se temiera subrayarlos. Además, en los libros de escuela sólo se la menciona fugazmente. Sin embargo, ni Zama ni Valmy, ni Kulikovo ni Waterloo, ni el descubrimiento de América ni la revolución francesa pueden comparársele (en todo caso se podría quizá compararla con el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo). Desde ese día -¡oh, también recuerdo como se vivía antes!- los hombres han cambiado; pensamientos, el trabajo, los deseos, las costumbres, las diversiones, el amor son distintos. Sin confesárselo a sí misma, por una especie de vergiüenza, la gente ha tomado otro camino. ¡Mejor o peor? No hace falta preguntarlo, basta mirar en torno, escuchar las conversaciones. observar los actos en este año de gracia de 1975. (N0 obstante el viejo Forrest, clavado en su cama, no se cansa, si la noche es clara, de contemplar los tres extraños vehículos; como si lo royera una especie de rebelión contra lo que ha ocurrido, una protesta contra el descubrimiento fatal que modificó nuestras vidas.)
:Recuerdan? Rape estaba provisto de poderosos aparas de radio. Perfecta la partida, perfecta la trayectoria, el viaje fué controlado desde tierra con absoluta precisión métrica. De pronto se vió que se inclinaba, que asumía esa cómica posición torcida, y allí quedó, como una velita mal colgada del árbol de Navidad. Ni un mensaje, ni una señal de vida. El silencio selló todo.
Disipado el primer desaliento, Faith y L. E. fueron construídos en una especie de carrera. El más rápido de los dos fué L. E. La idea de los tres muertos, sepultas en el vacío interplanetario, aumentó la solemnidad de la ceremonia. Partió en noviembre de 1957, y se calculó su trayectoria de modo que pasara cerca de Rape, esa ruina inerte de los cielos. La señora Lois Berger entró última en el proyectil a chorro. Y antes de que la portezuela metálica se cerrara definitivamente, asomó la cabeza graciosa, saludando a la multitud delirante. Luego el estallido, el regurgitamiento atómico, ese lúgubre retumbo que no olvidaremos.
Ya el Huevo era una minúscula llamita que rápidamente disminuía de tamaño. "Todo va bien" comunicó al instante la radio de a bordo, "sacudida minima, temperatura regular ... temperatura regular", repitió después de cierto tiempo. Luego se oyó el misterioso mensaje: "What a sound (qué ruido)" observó la radio, "an odd ... (un extraño)" y allí se interrumpió la trasmisión. Luego el silencio. Y el valiente huevo quedó suspendido sobre el abismo (y gira y gira silenciosamente sobre la Tierra todavía viviente).
No bastó esta experiencia mortal para impedir la ter¬cera expedición. ¿Habrá que contar aquí cómo emprendió vuelo Faith, cuatro meses después? ¿Y cómo también él devoró los espacios exactamente como se había previsto? ¿Y cómo Thompson, el operador de radio, comunicó ra-diotelefónicamente las primeras noticias, y cómo en cierto momento dijo: "Damn it, but here wo have got in ... " y luego nada más? (Si ustedes desean oírlos, están en venta los discos que reproducen exactamente la famosa trasmisión. La voz es límpida y tranquila, aun en el momento de exclamar" Demonios, pero hemos llegado al ... " y a continuación se oye el rasgueo de la púa, nada más, un espantoso silencio.)
Ahora, después de diecisiete años, sólo unos cuantos obstinados se empeñan en discutir el significado de esos dos mensajes de muerte. Si bien el primero parecía indescifrable, bastaron menos de veinticuatro horas para comprender el segundo; y al mismo tiempo se reveló el enigma que el Huevo había dejado tras de sí. De tal modo que hoy nadie duda -excepto algunos obstinados irreductibles que quisieran mantener en alto el orgullo humano-, nadie duda que los tres proyectiles se hayan encontrado en ese sonido que nuestra pobre alma no puede resistir. "An odd music (una extraña música)" es lo que quiso decir el telegrafista del L. E.; pero justamente en ese momento le falló el corazón. "But here we have gol in Paradise (Pero si hemos llegado al Paraíso)" quiso decir el lamentado Thompson, pero también a él se le hizo trizas algún órgano vital.
Entonces, durante algunos días, imperó el asombro en el mundo, luego las polémicas, esa especie de ira insensata, un largo y detallado mensaje del Presidente de los Estados Unidos; finalmente, cuando lo pensaron bien, un verdadero e indudable pánico, como si hubieran anunciado la llegada del Mesías. ¡Qué vulgaridad -dijeron los sabios rebelándose ante la absurda hipótesisya no estamos en la Edad Media! ¡Qué vergiienza!, dijeron los teólogos ofendidos por la temeraria idea de que el reino de los cielos se encontrara tan cerca, suspendido directamente sobre nosotros, de modo que casi bastaría levantar la cabeza para darse contra él. No obstante, los sabios y los teólogos han terminado por callarse, y hace tiempo que no se atreven a levantar más la voz.

Pero el mal es éste: que los hombres, en vez de alegrarse jubilosamente por esa maravillosa cercanía de Dios, Omnipotente y de su Reino, en vez de celebrar fiestas y danzas, han perdido la alegría de vivir. Ni tamooc siguen combatiéndose, ni siquiera se odian más; y entonces uno se pregunta: ¿dónde está la sal de la vida? Dijo el Eterno: de aquí no pasaréis, ésta es mi morada. Y en consecuencia la Tierra se ha vuelto pequeña como una nuez, una prisión entristecedora de la cual no podría huir nunca más. El hombre está triste. Nunca como ahora fijó la mirada en las profundidades de los eternidad, perdiéndose en el hormiguear de los astros. Hasta la Luna, que anteriormente nos parecía cosa nuestra, ha reconquistado la severa majestad de las mpntañas inaccesibles. Escuadras trasparentes de Beatos -finalmente lo sabemos con certeza- fluctúan sobre nosotros cantando (IY creíamos que Dante Alighieri lo había inventado todo por su cuenta!).
Tendríamos que estar orgullosos: la casa de los Ángeles se encuentra en nuestra periferia, justamente en las puertas del viejo y maligno planeta, la Tierra, pulga de las pulgas diseminadas por el Universo. ¿No es quizá una prueba de que somos los predilectos entre todas las criaturas? En cambio, tengo la impresión de que, de cierta manera oscura, todos nos hemos sentido ofendidos; como el perrito vagabundo que se siente amo del mundo hasta que se encuentra al lado del formidable danés de pura raza; o si no como el mendigo, que no encuentra ningún placer en la comida si está sentado al lado del sátrapa lleno de joyas; o si no también como el campesino que advierte un día que justo detrás del bosquecito, a cien pasos de su tugurio, el rey ha construído su palacio. Además, el peligro mortal de esa música divina. Allá arriba tocan y cantan. Y no existe recinto suficientemente grueso -aun cuando fuera tan grueso como la muralla china- para cerrar el paso a esaS' notas, mucho más hermosas que lo que nosotros podemos soportar.
Por eso las lamentaciones del anciano Forrest durante sus fatigosas noches de asmático, tendido al aire libre en la galería. Por eso nuestra aflicción. Porque ésa es la Roca del Cielo, el Reino del Eterno Triunfo, el Empíreo, el Divino Elíseo. Pero también es nuestra última frontera, que nos cierra el paso; y nosotros somos hombres vivientes. Decimos con sinceridad: una cúpula de hierro y mampostería no podría ser más pesada (más pesada que el Paraíso). ¿Es esto una blasfemia?
RIGOLETTO
En la revista militar del aniversario de la independencia desfiló por primera vez ante el público una división de armas atómicas.
Era un día claro pero gris de febrero, y la luz uniforme caía sobre los polvorientos palacios de la avenida, donde flameaban muchas banderas. Desde donde me encontraba yo, el paso de los formidables tanques que abrían el cortejo, retumbando estrepitosamente sobre el pavimento de piedra, no tuvo el habitual efecto electrizante sobre la multitud. Pocos y desganados fueron los aplausos, al aparecer los magníficos vehículos erizados de cañones, los hermosísimos soldados que se asomaban en lo alto de las torrecillas con sus cascos de cuero y de acero. Las miradas se dirigían todas hacia abajo, hacia la plaza del Parlamento, de donde partían las columnas, esperando la novedad.
El desfile de los tanques duró unos tres cuartos de hora; los espectadores tenían los oídos abombados. Finalmente, el último mastodonte se alejó con su horrible estrépito y la avenida quedó desierta. Reinó el silencio, mientras las banderas flameaban al viento en los balcones.
Por qué no avanzaba nadie? Hasta el retumbar de los tanques se había perdido ya en la lejanía, entre confusos ecos de trompetas remotas, y la avenida vacía seguía esperando. ¿Habría habido una contraorden?
Pero de pronto, del fondo, sin el menor ruido, se adelantó una cosa; y luego una segunda, una tercera, y muchísimas más, en larga fila. Cada una de estas cosas tenía cuatro ruedas de goma, pero en realidad no eran ni automóviles ni camionetas ni tanques, ni ningún otro tipo de vehículo conocido. Más bien eran extrañas carretas, de aspecto inusitado y en cierto modo miserable.
Yo me encontraba en una de las primeras filas, y podía observarlas bien. Algunas eran en forma de tubo, de marmita, de cocina de campo, de ataúd; por lo menos esto puede dar una idea aproximada. No eran grandes ni expresivas, ni tampoco fuertes, con esa robustez exterior que a menudo presta nobleza a los vehículos más pobres. Los elementos metálicos de carrocería que las revestían parecían más bien "improvisados"; recuerdo una especie de portezuela lateral un poco abollada que evidentemente no se podía cerrar bien y golpeaba contra el vehículo con un ruido de lata. El color era amarillento, con curiosos dibujos verdes que parecían helechos, con fines de mimetismo. Los hombres, de dos en dos, estaban casi todos encajonados en la parte posterior de los coches, y sólo asomaban el busto. Los uniformes, los cascos y las armas eran absolutamente los ordinarios; igualmente los rifles automáticos de modelo reglamentario, que los soldados llevaban sin duda con fines decorativos, así como hasta hace pocos años se veían todavía jinetes de caballería armados con sables y lanzas.
Dos cosas causaron inmediatamente gran impresión: el silencio total en que avanzaban estos aparatos, impelidos sin duda por una energía desconocida; y sobre todo el aspecto físico de los militares que los ocupaban. No eran vigorosos jovencitos deportivos, como los de los tanques, no estaban tostados por el sol, no sonreían con ingenua petulancia, ni tampoco parecían encerrados en una hermética rigidez militar. La mayoría eran delgados, extraños tipos de estudiantes de filosofía, frentes espaciosas y narices grandes, todos con auriculares de telegrafista, muchos con anteojos gruesos. Y a juzgar por su comportamiento parecían ignorar su condición de soldados. Una especie de resignada preocupación se leía en sus caras. Los que no atendían al manejo de los vehículos, miraban en torno con expresión incierta y apática. Sólo los conductores de ciertos furgones chatos en forma de caja respondían un poco a la expectativa: una especie de pantalla trasparente en forma de cáliz, abierto arriba, circundaba su cabeza, produciendo el desconcer. tante efecto de un mascarón.
Recuerdo a un jorobadito, en la segunda o tercera carreta, sentado un poco más alto que los demás, probablemente un oficial. Sin fijarse en la multitud, se volvía constantemente hacia atrás para controlar los vehículos que l0 seguían, como temiendo que se quedaran por el camino.
-¡Dale, Rigoletto! -gritó alguien desde un balcón.
El oficial alzó la vista y con una sonrisa desanimada agitó una mano, saludando.
Fué justamente la extremada pobreza de los aparatos -cuando todos sabíamos la potencia infernal de destrucción contenida en esos recipientes de lata- que provocó el desconcierto y el asombro. Quiero decir que si los mecanismos hubieran sido mucho más grandiosos, probablemente no habrían suscitado una impresión tan in. definida y poderosa. Esto explica la atención casi ansiosa de la multitud. No se oía ni un aplauso ni un viva.
En medio de tanto silencio, me pareció, ¿cómo expresarlo?, que un leve crujido rítmico surgía de los misteriosos vehículos. Se asemejaba al grito de ciertas aves migratrices, pero no era un grito de ave . Al principio extremadamente débil, poco a poco más distinto, pero siempre conservando el mismo ritmo.
Miré al oficial jorobado. Vi que se quitaba los auriculares y discutía animadamente con su compañero, sentado más abajo. También en las otras carretas advertí señales de nerviosidad. Como si ocurriera alguna irregularidad.
En ese momento seis o siete perros de las casas vecinas comenzaron a aullar juntos. Como los balcones estaban llenos de gente y casi todas las ventanas abiertas de par en par, los ladridos resonaron ampliamente por toda la avenida. ¿Qué les pasaría a esos animales? ¿A quién llamaban con tanto furor, como pidiendo socorro? El jorobado tuvo un ademán de impaciencia.
Al mismo tiempo -lo advertí con el rabo del ojo- un objeto negro pasó detrás de mí. Me volví, y tuve tiempo de ver tres o cuatro ratas que salían del respiradero de un sótano al ras del suelo y huían precipitadamente.
Un señor anciano, al lado mío, levantó un brazo con el índice tendido hacia el cielo. Y entonces vimos que por encima de los vehículos atómicos, en medio de la avenida, se erguían verticalmente unas extrañas columnas de polvo rojizo, semejantes a las trombas de aire en los tornadas, pero firmes, perpendiculares, sin remolinos. En pocos segundos asumieron una forma geométrica, adquiriendo mayor consistencia. Describirlas es difícil: imagínense el humo contenido en una alta chimenea de fábrica, pero sin la chimenea circundante. Las inquietantes torres de polvo denso, como fantasmas, se elevaban ya una treintena de metros, sobrepasando los techos de los palacios, y de una punta a la otra vimos formarse otros tantos puentes de la misma materia nebulosa, color de hollín. Se formó así una especie de columnata de inmensas sombras rígidas, que se prolongaba hasta perderse de vista, en correspondencia con el cortejo. Y los perros encerrados en las casas seguían aullando.
¿Qué ocurría? El desfile se detuvo, y el jorobado, descendiendo de su vehículo, recorrió a la carrera la fila de coches, lanzando a gritos órdenes complicadas que parecían en un idioma extranjero.
Con mal disimulada ansiedad los militares trataban de arreglar algo en sus carros.
Ya los minaretes de niebla o polvo fino -evidentemente emanaciones de los carros atómicos- se alzaban altísimos sobre la multitud, con un rigor de líneas más siniestro que nunca. Otra banda de ratas saltó fuera del respiradero, entregándose a una fuga loca. ¿Cómo era que esos pináculos de mal augurio no oscilaban al viento como las banderas?
Aunque inquieta, la multitud seguía callada. Delante de mí, en un tercer piso, se abrió de pronto una ventana y apareció en ella una joven con los cabellos en desorden. Permaneció allí un instante, extática, contemplando los picos de niebla inexplicable y los puentes aéreos que los reunían. Se llevó las manos a la cabeza, con un ademán de espanto, y un grito desolado surgió de su garganta:
-¡Virgen Santa!
¡Qué voz! Tratando de dominarme, retrocedí. Con una última mirada, vi que los militares se agitaban febrilmente alrededor de sus aparatos, como si ya no pudieran dominarlos (más tarde comprendí que, aunque pálidos y feos, también ellos eran verdaderos soldados). ¿Tendría tiempo? Con paso veloz al principio, tratando de no llamar la atención, rápido, cada vez más rápido, me alejé hasta emerger de la multitud, tomando por una calle lateral.
Oía a mis espaldas el rumor de la muchedumbre, finalmente horrorizada, presa del pánico. A trescientos metros más o menos de allí tuve el coraje de volverme hacia atrás y mirar: sobre el tumulto negro y salvaje de la multitud en fuga, las torres de sombra rojiza se tambaleaban ahora, retorciéndose lentamente los puentes tendidos entre una y otra: en un esfuerzo supremo, al parecer. Su movimiento alucinante se aceleraba cada vez más, volviéndose frenético. Entonces un clamor tenebroso y atroz estalló entre las casas.
Luego ocurrió lo que todos saben.

miércoles, enero 27, 2010

PALINURO DE MÉXICO: FERNANDO DEL PASO

18. LA ÚLTIMA DE LAS ISLAS
IMAGINARIAS: ESTA CASA DE ENFERMOS
Buenos días, doctor Palinuro. Y cuando digo «Buenos días», sepa usted que quiero decir eso exactamente. Hay días, doctor, como fábricas de sidra, que navegan sobre las nubes y espurrean burbujas y olores a manzana: son los días en que nos emborrachamos hasta matar la idea. En mi calidad de subdirector médico del hospital, he venido a darle la bienvenida a nombre de todos los doctores, las enfermeras, los oficinistas y los mozos. Otros días a uno le dan ganas de mandar al mundo por un tobogán con todas sus corresponsalías, doctor, sus automóviles, sus estadísticas románticas y el oropel helado de los pasteles de bodas: son esos días como lagartos inmóviles que se trasladan a la velocidad de la Tierra y uno se queda en la cama leyendo, dibujando un amanecer entre las ruinas, durmiendo. Hemos preparado un tour por todos los pabellones a fin de mostrarle cómo hemos realizado los proyectos que usted concibió desde su exilio en el Ministerio, doctor Palinuro, y yo me permitiré ser el cicerone de esta gira. Otros días, -quizás la mayor parte- son grises, doctor: consolidan una arquitectura desaliñada, la ciudad se espina de campanarios, un licor turbio donde flotan miles de suéteres verdes tristes inunda las calles, las apisonadoras desparraman el excremento de los perros y por un descuido espectroscópico el arco iris se cae en los charcos de petróleo: son los días sin remedio, las horas mediocres que atesoran nimiedades, inventarios inofensivos y olvidados. En nuestro recorrido por los pabellones nos acompañarán los más destacados cirujanos y especialistas de nuestro personal, entre los cuales figuran algunos patólogos que han tomado cursos de karate para controlar a los maniáticos, así como fisiólogos encuadernados a las teorías de Santiago Ramón y Cajal. Y olvidaba decirle, doctor, que hay días, también como éste, para visitar hospitales, para comprender que si existen los microscopios bañados con babas y los bisturíes que encanecen en los frascos de alcohol, también hay estrellas que se apagan en la tina del baño y faisanes que cruzan el cielo llevando en su pico las uvas con las cuales serán cocinados bajo fuentes de plata almibarada. Me parece casi inútil advertirle, doctor, que sus ideas han sido objeto de ataques enconados y abiertos por parte de numerosos higienistas y sociólogos, algunos eminentes, por cierto. La envidia crece en todos los lugares, doctor: en las agallas de los chalecos y en la profundidad de las baterías solares. Mire usted por ejemplo estos zapatos nuevos, de charol, que me compré la semana pasada. Pero permítame colgarle su estetoscopio del cuello y ponerle los guantes de hule que William Stewart inventó por amor a las manos de Carolina. Le decía, colega, que las objeciones más sólidas, naturalmente, las que tienen que ver con la asepsia, el aislamiento de los infecciosos y la moral de los pacientes. Lo que sucede, en otras palabras, es que la humanidad, mientras espera la iluminación de una limosna, ha dado media vuelta para regresar al período de la histaoria en la que ha sido más infeliz: mire usted, doctor, fotografía de cuando yo tenía 20 años. Inútil decirle los resultados obtenidos hasta ahora han debilitado esos argumentos: los contagios han sido escasos; los pacientes, en su inmensa mayoría, tienen oportunidad de paladear las enfermedades de sus vecinos de cama, y por otra parte les resulta edificante, en los desenlaces fatales, ver que los otros se mueren de enfermedades distintas y no de las que ellos padecen. Pero comencemos nuestra visita, doctor, permítame'que lo tome del brazo y caminemos por este corredor que regurgita el bullicio gris de multitudes de enfermeras y practicantes que hablan y cantan, se besan en los umbrales de los quirófanos y empujan convoyesde curación que contienen ramos de claveles, jeringas doradas y frascos tintineantes y que le abren paso a nuestra comitiva y lo saludan, doctor, y se deslumbran con su autoridad carismática. Sabrá usted que Torcuato Tasso cuenta cómo los hechiceros viajan en carros arrastrados por unicornios blancos, en medio de las nubes. Quiero decirle con esto que nuestro viaje no será, por lo tanto, me-nos maravilloso: ni las esponjas que humedecen el desvarío, doctor, ni las navajas de afeitar que me persiguen en mis sueños, echarán a perder el gusto que me causa acompañarlo: corresponda usted a los saludos, y agite su estetoscopio en el aire si así lo desea. Mientras nos acercamos al Pabellón Acústico debo agregar que los otros ataques que nemos recibido son inconsistentes y podemos por lo mismo olvidarlos, así como olvidamos la teoría de los quanta o los instantes que estallan y son astros de Octavio Paz. Hemos respondido a nuestros enemigos con mayor número de argumentos que los que usó Alberto el Grande contra los averroístas. No vale la pena, pues, mencionar que acusan a esta clasificación de grotesca, barroca e inhumana. Deberían tomar en cuenta estos críticos que lo grotesco e inhumano, por ejemplo los tumores en delitescen-cia, la sangre vertida al espacio exterior y los gusanos que estremecen a la tierra con su suavidad, se dan por sí mis-mos en muchas dolencias independientemente de nuestros afanes. taxológicos que no hacen sino dramatizarlos. Y deberían asimismo tomar en cuenta que nada hay más inhumano que las enfermedades en sí: las invasiones de microbios, las fugas del pensamiento ylas leucemias que transforman a nuestros niños en amorcillos de la escuela de Boucher y Vanloo, doctor, en fin, todo aquello que atenta contra el maravilloso mecanismo que es el cuerpo humano y perdone usted si caigo en lugares comunes, pero cuando usted dcie: el cielo es azul zafiro lo que hace usted ni más ni menos es asistir al encuentro de los gallardetes. Por último doctor, que sin dejar de ser azules y luminososo, se ponen tristes para hacer juego con nuestra tristeza. Si a usted doctor, por ser tan joven no le ha tocado uno de esos días, tiene que imaginárselo como un día sin alarmas, sin aguinaldos trágicos, muy distinto, de esos días que se caen de nubes y linóleos, de lluvias inconsolables y tranvías amarillos, o de aquellos que son tan tristes que la tristeza se transforma en algo que se puede embarrar en la cara, en los árboles y en los perros, y entonces la cara se alarga, a los árboles se les caen las hojas y los perros se enferman del mal del pinto. No doctor, tendría usted que imaginárselo al contrario, como un día en que a la tristeza no se le ve venir por ninguna parte, porque está desde siempre en las cosas mismas: si nos ponemos un sombrero rojo con plumas de avestruz, nos estamos poniendo a la tristeza. Si nos montamos en un caballito del carrusel, nos estamos montando en la tristeza. Y la tristeza está en los globos y en los rehiletes, en la montaña rusa, y en las cigueñas en sus nidos en los periscopios de los submarinos. Para decírselo de una manera más afortunada, doctor, tendría que pintárselo como uno de esos días tristes que viajan de incógnitos por la mitad del mundo falsificando la alegría natural de las libélulas y los géiseres. Como si en la tierra nada más hubiera niñas que hacen su primera comunión esparcidas entre los ángeles! Como si no hubiera los muertos de todos los días -sus muertos, docctor- y no hubiera enfermos -nuestros enfermos, colega- y no hubiera los viejos que se caen en la tina del baño y se rompen el huesito de la suerte. Esto, que no tiene ninguna base científica, puede darle al menos una idea de la tristeza.

martes, enero 26, 2010

vera Néant eterno en Guantánamo Sudaka

Calor llevadero, este verano en Guantánamo Sur, considerando que el split agremia a unos pocos en este country "Empty quartet" entre Brasil, BOlivia y Kurepilandia... Europa 51 hace que la gran dama -representada por la Bergman- de los saraos y la mundanidad olvide sus obligaciones maternales y el niño riko abandonado se suicida. La crisis produce un viraje en la vida de la frívola, ke agora frecuenta a una familia de madre soltera con seis hijos en la favela romana, cuida a una prostituta tuberculosa, protege la vida de un jovenzuelo ladrón, etc. y termina en el manicomio repudiada y abandonada por su familia. Un cambio de vida casi budista, una mirada al otro ke ella identifica fifty fifty con culpabilidad y otro tanto con una visión más solidaria en las relaciones humanas. Esto No debemos esperar después del affair zaballa, claro está. Es ficción ejemplifikadora, y una gran peli pillada gracias al buen gusto de la Sontag. Nada más. Pero podemos sí señalar el abismo entre una reacción y otra después de una crisis personal tan virulenta. El ganadero ha retomado su existencia rutinaria de rey del ganado y exportador de vakaí a la China sin mediar ningún conflicto existencial, sin cuestionarse su anterior vida, sin culpabilidad de ninguna laya...es la reafirmación del yo después del shock con el gran Otro, es increible cómo uno pueda salir tan incólume de la exposición a situaciones límites como la de un secuestro. También similares características presenta "el regreso" de la Ticio Kreis al frente de la Sub-secretaria republikana de Cultura (o como mierda se llame, antes estuvo en la municipalidad de Filizzola.). Reafirmación por la esfera públika de aquello omnipresente ya luego y hasta el hartazgo -por prepotencia presupuestaria, grupal, de infraestructura o logística arraigada desde los buenos días stronistas- , la visibilidad estridente de una politica artística delicuescente en la esfera llamada privada. De lo municipal a la gestión privada y again a lo gubernamental, este recorrido entre esferas lo ke marca es una geografía y un territorio no identificados aún a su imagen y semejanza lo más posible, y revela un elemento positivo sin kererlo: la angustia de ansiedad ante los huecos ke puede dejar eskapar esa territorialización y colonización... Mi libro del mes, como siempre, es póstumo y ancrónico: "Pasos" de Jerzy Kosinski. Necesito urgente una cámara, hay tantas cosas, ke por absurdas, tengo ke captar y atrapar capándolas con mi mirada, sino nadie me creería ke tengan existencia tan fluida y despreocupada en este mundo por lo demás ñembo muy racional, para mis nietos, dejar constancia de ciertas cosas, documentarlas... Duglas estára destapando su primera latita de red bull y tomorrow no se eskapa de la farra el Pou! Voy x yerba... en Guantánamo Sur el so Foko es pura tensión baja, más aun sabiendo ke el libro mais vendido del 2009 fue el dicción Ario Guarani-Español! One Tálamo o buen Tálamo tengas en el Sur, kerido enemigo extranjero...

sábado, enero 23, 2010

EROS Y MAGIA EN EL RENACIMIENTO: IOAN CULIANU

Aunque Ibn ' Arabi hubiera tenido el cuidado de precisar que sus poemas tienen un carácter sim.bólico, que las bellezas visibles no hacen más que evocar las realidades suprasensibles del mundo de las inteligencias angélicas, un .doctor de Alepo le acusó de haber disimulado en ellos un amor sensual para salvar su reputación de austeridad. Este personaje, real o ficticio, ocupa aquí el lugar debido: es el m.oralista que interviene para poner en duda la pureza de intención del enamorado y que suscita por parte de éste las mismas protestas que forman la explicación de la esencia del amor cortés. Más que de un personaje, se trata pues de una función en la misma estructura del género literario (y existencial) cultivado por los fieles de amor, desde los trovadores hasta Dante. Para refutar estas insinuaciones vulgares, Ibn 'Arabí se decide a escribir su largo comentario en el díwán, en el que explica lo que H. Corbin denomina el «modo de apercepción teofánico» propio de los fieles de amor. Así, Nezam se convierte en «una sabiduría [Sophia] sublime y divina, esencial y sacrosanta, que se manifestó visiblemente al autor de sus poemas, con tal dulzura que engendró en él gozo y alegría, emoción y arrebato».
La belleza inteligible manifestada en la belleza sensible del femenino es la expresión conmovedora y optimista del platonismo del místico andaluz. El corolario de esta concepción es doble: en primer lugar, lo que pertenece al inteligible está dotado de belleza femenina, como el ángel que aparece con los rasgos de una «princesa de entre los griegos»; en segundo lugar, todo lo que aparece bajo el resplandor del inteligible es partícipe de virtudes virginales, como la santa Fátima de Córdoba que, a la edad de 90 años, tiene aún el aspecto de una joven.

jueves, enero 21, 2010

POR ÚLTIMO, EL CUERVO: ITALO CALVINO

Los hijos holgazanes
Al alba mi hermano y yo dormimos con las caras hundidas en la almohada, y ya se oyen los zapatos claveteados de nuestro padre que ronda por las habitaciones. Nuestro padre hace mucho ruido cuando se levanta, quizás a propósito, y se las arregla para ir y venir por las escaleras con sus zapatos claveteados veinte veces, todas inútiles. Tal vez toda su vida es así, un despilfarro de fuerzas, un gran trabajo inútil y tal vez lo hace para protestar contra nosotros dos, que tanto lo hacemos rabiar.
Mi madre no hace ruido pero también ella está en pie en la gran cocina, atizando el fuego, mondando con esas manos cada vez más negras y cortajeadas, limpiando vidrios y muebles, revolviendo trapos. y es también una protesta contra nosotros ese estarse siempre callada trabajando y llevando adelante la casa sin criadas.
« Vended la casa y comámonos el dinero» digo yo, encogíéndome de hombros cuando me angustian con eso de que no se puede seguir así, mi madre afaándose callada, día y noche, que no se sabe cuándo duerme, y entre tanto las grietas son cada vez más largas en los cielos rasos y filas de hormigas recorren paredes y las malas hierbas y las zarzas suben desde el jardín abandonado. Tal vez dentro de poco nuestra casa no será más que una ruina cubierta de plantas trepadoras. Por la mañana nuestra madre no viene a decimos que nos levantemos quizá porque sabe que de todos modos es inútil, y ese atarearse callada con la casa que se le cae encima es su manera de perseguimos.
En cambio mi padre a las seis abre de par en par nuestra puerta y grita:
-¡Os moleré a palos! ¡En esta casa todo el mundo trabaja salvo vosotros! ¡Pietro, levántate si no quieres que te ahorque! ¡Despierta al canalla de tu hermano Andrea!
Todavía dormidos lo oímos acercarse y tenemos la cara hundida en la almohada y ni siquiera nos volvemos. Protestamos gruñendo de vez en cuando, si tarda en callar. Pero en seguida se marcha: sabe que todo es inútil, que la suya es una comedia, una ceremonia ritual para no darse por vencido.
Volvemos a hundimos en el sueño: las más de las veces mi hermano ni siquiera se despierta, tan acostumbrados estamos, y a él le importa un bledo. Mi hermano es egoísta e insensible: a veces me da rabia. Yo hago como él, pero por lo menos comprendo que no debería ser así y el primer descontento soy ya. Sin embargo continúo pero con rabia.
-Perro -le digo a mi hermano Andrea-, perro, estás matando a tu padre y a tu madre.
No contesta: sabe que soy un hipócrita y un bufón, que a holgazán no hay quien me gane.
Diez, veinte minutos después mi padre está de nuevo en la puerta, angustiado. Ahora emplea otro sistema: propuestas casi con indiferencia, bonachonas: una comedia lastimosa. Dice: «A ver, ¿ quién viene conmigo a San Cosimo? Hay que atar las viñas».
San Cosimo es nuestro campo. Todo se nos seca y no hay brazos ni dinero para sacarlo adelante.
-Hay que desenterrar las patatas. ¿Vienes tú, Andrea? Eh, ¿vienes tú? Te estoy hablando, Andrea. Hay que regar las alubias. Qué, ¿vienes?
Andrea levanta la boca de la almohada, dice:
-No -y se duerme.
-¿Por qué? -mi padre sigue representando la comedia-, ¿ le tocaba a Pietro? ¿ Vienes tú, Pietro?
Después se desata de nuevo y de nuevo se calma y habla de las cosas que hay que hacer en San Cosimo como si se diera por entendido que iríamos con él. Perro, pienso de mi hermano, perro, podría levantarse y darle por una vez ese gusto, pobre viejo. Pero no me siento con ánimos para levantarme y me esfuerzo por volver a conciliar el sueño que ha desaparecido.
-Bueno, daos prisa que os espero -y se va como si nos hubiéramos puesto de acuerdo.
Lo oímos moverse y desgañitarse abajo, preparando los abonos, el sulfato, las semillas que va a llevar, cada día sale y regresa cargado como una mula. Cuando creemos que ya se ha marchado, vuelve a gritar desde el fondo de la escalera:
-¡Pietro! ¡Andrea! ¡Por Cristo! ¿No estáis listos?
Es el último arrebato; después oiremos sus suelas claeteadas detrás de la casa, el golpe de la puertecilla y él que se aleja por el sendero expectorando y quejándose.
Ahora es posible volver a dormir varias horas se-guidas, pero no consigo conciliar el sueño y pienso en mi padre que sube cargado por el camino en herradura, expectorando, y después furioso contra los braceros que le roban y dejan que todo se vaya al demonio. Y mira las plantas y los campos y los insectos que roen y taladran por todas partes y el amarillo de las hojas y la espesura de las malas hierbas, todo el trabajo de su vida derrumbándose como los muros de los bancales que se desmoronan con cada lluvia, y blasfema contra sus hijos.
Perro, digo pensando en mi hermano, perro.
Prestando atención me llega desde abajo algún ruido de cacerolas, el mango de una escoba que cae al suelo. Mi madre está sola en la enorme cocina y la luz apenas ilumina los cristales de las ventanas y ella se des loma por gentes que le vuelven la espalda. Lo pienso y me duermo.
Todavía no son las diez y nuestra madre se pone a gritar desde las escaleras:
-¡Pietro! ¡Andrea! ¡Ya son las diez!
Es una voz muy furiosa, como si algo inaudito la sacara de sus casillas, pero es así todas las mañanas. -Síii ... -gritamos.
Y nos quedamos en la cama una media hora más, ya despiertos, para acostumbrarnos ala idea de levantarnos. Entonces empiezo a decir:
-Hale, despiértate, Andrea, hale, levantémonos. Vamos, Andrea, empieza a levantarte. -Andrea gruñe.
Al fin nos ponemos en pie con muchos bufidos y estirones. Andrea da vueltas en pijama con movimientos de viejo, la cabeza hirsuta y los ojos medio ciegos y ya está lamiendo el papel de liar y se pone a fumar. Fuma junto a la ventana, después se decide a lavarse y a afeitarse.
Entretanto ha empezado a canturrear y el canturreo se convierte en una canción. Mi hermano tiene voz de barítono, pero cuando está en compañía es siempre el más triste, no canta nunca. En cambio cuando está solo, mientras se afeita o se baña, ataca con voz profunda uno de sus temas cadenciosos. Canciones no sabe y siempre termina arremetiendo con un poema de Carducci que aprendió de niño: "Sul castello di Verona /batte il sole a mezzogiorno ... » ...
Yo me estoy vistiendo del otro lado y coreo sin alegría, con una especie de violencia: «Mormorando per l'aprico /verde il grande Adige 'va ... ».
Mi hermano sigue con la cantilena sin saltarse ni una estrofa hasta el final, mientras se lava la cabeza y se cepilla los zapatos. «Nero come un corvo vecchio/ e negli occhi aveva carboni..."
Cuanto más canta más me lleno de rabia y también yo canto con saña: «Mala sorte e questa mia / la bestia mi toccó ... ».
Es el único momento en que metemos bulla. Después nos callamos durante casi todo el día.
Bajamos y calentamos la leche, hacemos sopas de pan y comemos con mucho ruido. Mi madre nos ronda y habla lamentándose pero sin insistir de todo que hay que hacer, de las compras necesarias. «Sí, contestamos y lo olvidamos en seguida.
Por las mañanas en general no salgo. Me quedo deambulando por los pasillos con las manos en los bolsillos, o reordeno la biblioteca. Hace tiempo que no compro más libros: haría falta demasiado dinero y además he dejado pasar demasiadas cosas que me interesaban y, si ahora me pusiera, querría leerlo todo y n0 tengo ganas. Pero sigo reordenando los pocos libros de mi anaquel: italianos, franceses, ingleses, o por temas: historia, filosofía, novelas, o bien todos los encuadernados y las ediciones bonitas a un lado, y los estropeados a otro.
En cambio mi hermano va al café Imperia a ver jugar al billar. El no juega porque no sabe: se pasa las horas mirando a los jugadores, siguiendo las carambolas, fumando, sin apasionarse, sin apostar porque no tiene un céntimo. A veces le encomiendan que tome nota de los puntos, pero suele distraerse y se equivoca. Hace pequeños negocios, los necesarios para comprarse tabaco; hace seis-meses solicitó un empleo en la administración del acueducto que le permitiría mantenerse, pero no hace nada por conseguirlo; de todos modos no le falta qué comer.
Mi hermano llega tarde al almuerzo y comemos los dos en silencio. Nuestros padres discuten siempre sobre gastos e ingresos y deudas, y sobre qué hacer para seguir adelante con dos hijos que no ganan nada, y nuestro padre dice: «Fijaos en vuestro amígo Costanzo, fijaos en vuestro amigo Augusto». Porque nuestros amigos no son como nosotros: han formado una sociedad para la compraventa de bosques de leña y viajan siempre comerciando y contratando, incluso con nuestro padre, y ganan un montón de dinero y pronto tendrán camión. Son unos tramposos y mi padre lo sabe, pero le gustaría que fuéramos como ellos y no como somos: «Vuestro amigo Costanzo ha ganado mucho con ese negocio», dice. «¿Por qué no tratáis de meteros vosotros?» Nosotros con nuestros amigos salimos a pasear, pero negocios no nos proponen: saben que somos unos holgazanes y que no servimos para nada.
Por la tarde mi hermano duerme otra vez: no se sabe qué hace para dormir tanto, pero duerme. Yo voy al cine: todos los días, aunque pasen películas que ya he visto, así no me esfuerzo en seguir el argumento.
Después de cenar, tendido en el diván, leo ciertas novelas largas, traducidas, que me prestan: suelo perder el hilo y no consigo retomarlo. Mi hermano apenas termina de comer sale: va a ver jugar al billar.
Mis padres se acuestan en seguida porque se levantan temprano. «Vete a tu cuarto, que estás malgastando luz», me dicen cuando suben. «Voy", digo, y no me muevo.
Ya estoy en la cama y hace un rato que duermo cuando a eso de las dos regresa mi hermano. Enciende la luz, da vueltas por la habitación y fuma el último cigarrillo. Cuenta cosas de la ciudad, hace juicios benévolos sobre la gente. Es la hora en que está realmente despierto y dispuesto a hablar. Abre la venta na para que salga el humo, miramos la colina con el camino iluminado y el cielo oscuro y límpido. Yo incorporo, me siento en la cama y charlamos rato de cosas indiferentes, con ánimo ligero, hasta que nos entra sueño.

martes, enero 19, 2010

scanneado de THC de diciembre 2009 y reseñita de Goyeneche sobre EL CHONGO DE ROA


HOTEL SAVOY: JOSEPH ROTH

III

No tenía sueño. La campana de una iglesia sumerge sus toques regulares en la blanda noche. Sobre mí siento pasos, cautelosos, suaves, incesantes; deben ser pasos de mujer. .. ¿ era la pequeña del séptimo quien iba y venía con tanto desasosiego? ¿ Qué le ocurría?

Miré al techo, porque de pronto me vino la idea de que se había vuelto transparente. Se veían acaso las lindas plantas de la muchacha vestida de gris. ¿ Iba descalza o en zapatillas? ¿ O llevaba medias de seda?

Recordé con qué impaciencia habíamos esperado, yo y muchos compañeros, un permiso que nos permitiera cumplir el deseo de ver unos zapatos femeninos de piel de gamuza. Las sanas y robustas piernas de las campesinas podían ser acariciadas; los pies eran grandes, con el dedo gordo muy separado, acostumbrados a pisar el barro de los campos, el limo de los caminos vecinales; a los cuerpos les bastaban para el amor los duros terrones de un helado campo otoñal. Muslos sanos; amor que duraba unos minutos en la oscuridad, antes de la orden militar súbita y tajante. Recordé la maestra algo entrada en años en un poblacho de la retaguardia, la única mujer del lugar que no había huido de la guerra y de la invasión. Era una chica arisca, de más de treinta años; la llamaban « el alambre de púas». Pero no había ningún hombre que no la hubiera cortejado. Porque, en un radio de muchos kilómetros, ella era la única mujer que llevaba zapatos y medias caladas. En este inmenso Hotel Savoy, con sus 864 habitaciones, y posiblemente en toda la ciudad, quizás no hubiera más que dos personas en vela: yo y la muchacha de la habitación de arriba. Qué bien estaríamos juntos, yo, Gabriel, y una chiquilla morena, de rostro amable y ojos grandes, grises, de negras pestañas. Qué delgados debían de ser los techos para que se oyeran con tanta claridad aquellos pasos de gacela; incluso creí percibir el olor de su cuerpo. Decidí comprobar si los pasos eran realmente de la muchacha.

En el pasillo estaba encendida una• bombilla de color rojo oscuro; delante de las puertas había zapatos, botas, zapatos de señora, todos ellos expresivos como rostros humanos. En el séptimo piso no había ninguna lámpara encendida; una luz débil entraba por los cristales traslúcidos. Delgado y amarillo, se filtraba un rayo de luz por debajo de una puerta; es la habitación 800; ahí debe estar el inquieto paseante. Me acerco a mirar por el ojo de la cerradura: es la muchacha. Anda envuelta en un ropaje blanco -es un albornoz-, se detiene a veces junto a la mesa, mira un libro y reanuda su paseo.

Hago un esfuerzo por ver su cara; sólo alcanzo a ver la curva suave de su mentón, la cuarta parte de un perfil ando se detiene, un mechón de pelo y, cada vez que el albornoz se abre para dar un paso largo, un destello de su carne morena. De alguna parte me llegó una tos dura, alguien escupió en un recipiente metálico, se oyó un fuerte chasquido. Regresé a mi habitación. Al cerrar la puerta me pareció ver una sombra en el corredor; abrí la puerta del todo, para que la luz de mi habitación iluminara una parte del pasillo. No había nadie.

Arriba, los pasos cesaron. Probablemente la muchacha se había dormido. Me tendí vestido en la cama y abrí los visillos de la ventana. La tenue luz grisácea del nuevo día se posaba suavemente en los objetos de la habitación.

El golpe de una puerta y el grito brutal de una voz masculina en una lengua incomprensible anunciaban la llegada implacable del amanecer.

Entró un camarero; llevaba un delantal verde, como de zapatero, y las mangas arremangadas de la camisa dejaban ver un antebrazo musculoso y cubierto de pelos negros y crespos. Al parecer sólo había camareras en los tres primeros pisos. El café era mejor de lo que cabía esperar, pero ¿ de qué servía, sin la presencia de muchachas con cofias blancas? Era una decepción, y me puse a pensar si no existiría alguna posibilidad de trasladarse al tercer piso.