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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

viernes, diciembre 03, 2010

no será televisada

LA REVOLUCIÓN NO SERÁ TELEVISADA

Balance apud-rado de los aportes espirituales de la TV a la cultura del siglo XX.

Ya que la televisión ha sobrevivido al siglo que la vio nacer y nos acompaña todavía, hagamos un somero balance de los aportes que ha realizado en la historia de la cultura del siglo XX. Es notorio que la mayor parte de las personas, sea cual fuere su nivel socioenómico y cultural, su edad y su sexo, no concibe la vida sin el televisor, artefacto no ha mucho inexistente y hoy imprescindible; ¿nos estaremos volviendo paralíticos, y es el sofá de la salita nuestra silla de ruedas, y el control remoto nuestra muleta, o hay verdaderamente alguna importante virtud oculta tras el fulgor de la telepantalla? ¿A qué se debe la importancia, el carácter imprescindible abiertamente proclamado a coro por toda la especie, de la televisión? ¿A que es la televisión la diversión por antonomasia (pero uno se puede -o se podía- divertir de otras formas), a que es una lucrativa incitación al consumo compulsivo (pero se puede -o se podía- incitar al consumo de otras maneras), a que es un método eficaz para blanquear los cerebros de las masas (pero existen muchas técnicas de lavado de cerebro), a que es un adecuado vehículo del arte (pero no podríamos leer un poema de Baudelaire con pausas comerciales cada cinco minutos -sería completamente anti-artístico-), a qué, en fin? Todas estas pueden ser respuestas correctas, según el gusto de cada cual, pero lo desconcertante del fenómeno no está en las funciones que cumple, sino en la pomposa, la mayestática, la oracular importancia con que las cumple. ¿Qué hace que yo, a los ocho años, edad en la que el movimiento y el aire libre son los más grandes placeres, cometa la locura de perder irreversiblemente valiosos minutos de libertad para aferrarme a una transmisión de Tom y Jerry o de Los Simpsons? ¿La calidad de lo proyectado? Tiene calidad, de acuerdo, qué duda cabe, pero ése no es el punto. Esquilo, pongo por caso, también tiene calidad, pero ¿cuándo gozó de una omnipresencia semejante? Esquilo suele estar confinado a unas pocas bibliotecas, pero la televisión se mete incluso en los bares, impidiendo conversar a los pobres contertulios, ubicua como Dios. Además, cuando uno no tiene a Esquilo en su biblioteca, la gente no suele preguntarle: "Pero, ¿cómo haces para no aburrirte?" En cambio, si uno no tiene~ televisor, los asombros y los interrogatorio s están a la orden del día.

Ya no se concibe que algo pueda tener importancia si no es televisado. Lo que no se televisa nos parece que no existe. Se diría que la Parusía y el Apocalipsis no podrán tener lugar fuera de las pantallas de la T.V ¿Un nuevo monoteísmo fluorescente? ¿Volverá Cristo, encarnación del Dios Satelital, a nosotros a través de las pantallas de nuestros aparatos? ¿Y cuál será su rostro? ¿El del gatito Tom (siempre me pareció que había algo divino en su sonrisa, así como algo demoníaco en la enanesca pequeñez de Jerry), el del robot Bender, el de Betty la Fea? El día del Juicio Final, ¿seremos juzgados en nuestra propia sala (tal vez por Papá Pitufo)? ¿Qué secta salvaje y pagana nos librará de nuestra última pesadilla en tecnicolor?

Mil veces preferiríamos volver al pan y al circo del Imperio; al menos, eran pan y circo, no imitaciones virtuales de pan y de circo. Y he aquí, precisamente, el meollo del asunto, meollo encontrado por azar en las últimas frases: ¿qué es lo que hace que la televisión, por ejemplo, sea más importante que el que en apariencia es su hermano gemelo, el cine? Pues que para ir al cine uno se baña, se viste, rompe su rutina y alimenta una expectativa -la expectativa que naturalmente genera un film más o menos atractivo-; contrariamente a ello, la televisión es la tumba de toda expectativa. Vamos al cine llenos de interés; vemos la televisión sin interés alguno en sus contenidos, como lo atestigua el frenesí del zapping -se hace zappipg rumiando un ataráxico vegetar. Ir al cine es un acontecimiento, algo que enriquece el caudal del tiempo, algo que uno hace; ver la televisión es matar el tiempo, evadirse del acontecer, no hacer nada (o, más bien, hacer una nada, anonadarse, anegarse en el no ser -nada-). Ir al cine es disponerse a vivir un momento de emoción; ver la T. V. es huir de la emoción y de la vida.

La gran ventaja a la cual debe la televisión su carácter de no prescindible, la gran ventaja que la televisión brinda a las personas (además de los obvios beneficios económicos que brinda a los auspiciantes) no es sino una ventaja fundamental sobre la expectativa, la acción, la emoción, el suspenso: es una ventaja sobre la vida -la gran ventaja de la Muerte. La televisión representa la superación del ciclo de las transmigraciones, la perfecta apatía del estoico: he aquí un ideal que se ha cumplido -nuestra época es religiosa y filosófica sin saberlo-. De hecho, la Tv es todo un hallazgo: ya no necesitamos hacer amistad con nuestros congéneres -o, mejor, nuestros cotelevidentes- ni buscarles conversación: no tenemos más que ver Cristina o Mónica o Geraldo (sic), y, si tenemos la suerte de sintonizar cualquier melodrama desechable pero emotivo, ya no necesitamos tampoco reír o llorar: otros lo harán por nosotros en nuestra telepantalla. En suma, es preciso reconocerlo: ya no necesitamos vivir.

No dejemos de observar, empero, que nuestra época se caracteriza por lo efímero de sus deidades. ¡Quién sabe qué nueva divinidad destronará a la imperante en nuestros días, enviándola a formar parte del siniestro y milenario panteón de los dioses difuntos! En esos días futuros, recordaremos los actuales con nostalgia,

súbitamente transformados, por obra del tiempo que todo lo embellece, en melancólico adoradores del ídolo que nuestra furia iconoclasta quería derribar, iremos a ver televisión a los museos. Lo más probable es que la revolución no será televisada -no porque la revolución no vaya a realizarse, sino, más bien, porque la televisión ya no estará allí para poder filmarla-.

MA/CB

Circa 2001-2002, no publicado en ABC

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