Los
ángeles de Dios
"La
tristeza es eterna".
Este
parece ser el único pensamiento que me recorre mientras estoy
sentado en el sucio banco de cemento de la estación de tren, mirando
el vacío de una de las vías.
Todos
los días solo ccntemplo la mañana para darme cuenta de todo lo
indescriptiblemente horrible que sucederá en esa jornada. Todas las
frustraciones, todos los abandonos, todas las muertes que se
extenderán como las vías mismas en todas las direcciones posibles,
recorriendo la ciudad por dentro como los ángeles de Dios lo
hicieron en el Egipto de Ramsés, aniquilando la vida de todos los
primogénitos locales. Todo es tan idiota. Existir es solo
acostumbrarse al dolor lo mejor que s-e puede, solo para esperar un
deceso falso en algún lugar no deseado, como tu casa, como el patio,
como un restaurante, como la estación de tren o la parada de
colectivo.
Di
os y yo somos lo mismo, porque comemos del mismo cuerpo.
~.
Las
trampas del mar
En
cada esquina que doblo caminando, estiro un poco el cuello para ver
si descubro en el horizonte el mar. Esa es la trampa del mar; creo
que te la conté un día. Volvemos de nuestras vacaciones y estiramos
el cuello todo el tiempo en cada calle, miramos el fondo de la
avenida para ver si están las olas, y solo encontramos el cemento
vil que se chupo en el mayor de los calores a cada auto.
Ahora
que estoy mirando a través de la ventanilla el crudo paisaje de las
casas desechas, estoy pensando en eso. No puedo dejar de recordar, es
como si cada momento reclamara que yo recuerde algo de vos, o de
cualquier otra cosa que sé que terminará en vos, porque de vos nace
el Universo.
Tampoco
puedo deja r de escribir. Mi
mano derecha me exige sentir la presión de la lapicera entre mis
dedos, arañando el papel, destruyéndolo cada vez un poco más. Pero
no traje papel, nunca lo tuve, y menos una lapicera. Estoy
.escribiendo en mi cabeza, estoy satisfaciendo a mi mano ya los
recuerdos con mi pensamiento, que van tan rápido como el paisaje, a
toda velocidad, y que sólo se detienen en las estaciones para juntar
fuerza y seguir en esta caída que- termina en Lacroze, o quizás más
allá, en el río.
Hablar
de vos. Sí, ahora quiero hablar de vos, aunque creo que es lo único
que he estado haciendo.
La
obra manca
Dejando
pasar el vidrio y los pestillos, el matafuegos y los carteles de la
estación, descubro una pantalla donde apareces levantando cosas del
suelo. Me cuesta horrores reconocer que estás alzando papeles, y
mucho más tarde me doy cuenta de que esos papeles son textos míos,
hojas tatuadas con la irregular forma de mi errático trazo de
lapicera. Los
tomabas como enojada a aquellos pedazos que constituían mi obra
manca. mi parapléjica literatura de indecisión.
No
puedo escribir. No sé escribir. Cada
pal abra que garabateo no es propia, pertenece a otra oración de
otro libro de un autor cuyo nombre es cifra del mío. Cada verso o
idea es sombra del verso o idea de otra persona, y tan solo en el
espacio vacío que los amplios anaqueles de la lectura universal
pueden dejar mínimamente abiertos, te colás vos como secreto, como
fuente de toda verdad: verte era leer, porque vos eras literatura,
levantando los desparramados restos de una
,
novela que trate de empezar, pero que termina en tus brazos largos
largos, en tus piernas, en tu olor, en el sonido fantasma que el
subte produce cuando, chirriando. me
acerca más al puerto.
Tan
solo faltan tres estaciones.
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