EL ESCRITOR
Y SU SOMBRA.
¿Hay
algo de cierto en la oposición que suele establecerse más o menos
inconscientemente en la opinión popular entre vitalidad -la
vitalidad tiene algo de salvaje, de desordenado- y "refinamiento"
-armonía y equilibrio del ánimo, mesura en los hábitos y en los
modales, etcétera-? En todo caso, a favor de ella se podría citar
más de un ejemplo -tal vez más de los que podrían citarse en su
contra-o Pensemos, verbigracia, en los cafés de Flores como
representantes del segundo y en las tabernas de Boedo como emblemas
de la primera, o, para concretar más las cosas, en Borges y en Arlt.
El uno precisa la pequeña tragedia de una contusión sobre su
delicada frente para aprender a escribir (pese a ser excelente, la
educación que brindan los colegios suizos no garantiza una reacción
emocional en los lectores de sus pupilos). El otro no recibe los
golpes, sino que los propina, con la fuerza de un cross a la
mandíbula, a su maltratada Underwood "hora tras hora, hora tras
hora". Indudablemente, Borges es el más refinado de los dos,
pero ¿cuál es el más interesante? Puede que la prosa de Borges sea
más precisa, más rigurosa, gramaticalmente más correcta, mejor
sazonada para el gusto europeo -o el de los que querrían ser
europeos-o Puede incluso que sea más inteligente. Pero, en primer
lugar, el mundo está lleno de personas inteligentes. Y, en segundo
lugar, de existir semejante agencia turística, ¿no compraríamos de
inmediato un pasaje al Buenos Aires de Arlt, dejando desierta la
boletería "babélica" de Borges? ¿Cómo no pagar gustosos
por ver morir desangrándose y pidiendo perdón por su vida de
proxeneta, con la mueca póstuma de un crucificado, al rufián
melancólico? Y, al mismo tiempo, ¿cómo dejarse estafar por una
esquina rosada y sin embargo lunfarda repleta de compadrito s
expertos en la cábala? Como dice el bueno de Piglia, Borges
pertenece al siglo XIX, mientras que Arlt inaugura el siglo veinte
-no hay nada de malo en pertenecer al siglo XIX, por supuesto,
siempre, desde luego, que se haya vivido en él-o Pero nos extendemos
demasiado en este ejemplo y ya conviene hacer un zapping. Salto a
otro párrafo.
¿Cómo
no evocar aquí la silueta desgarbada y granujienta, actualmente tan
de moda, de Hank Chinasky, o Charles Bukovsky, célebre levantador de
enaguas (si bien de enaguas mercenarias) y militante del único
partido en el que es posible militar -el del alcohol? Para buscar el
contraste, recurramos a la beat generation. Concierto de jazz en la
playa, suaves saxofones, aromático humo de cannabis, las alegres y
frescas carcajadas de las "hipsters”, los "símbolos de
libertad" estacionados en la vereda, la magia de una estudiada
penumbra. In the other hand, la luz macilenta de un foco de cien
vatios refractándose sobre las manchas de grasa y los dudosos
charquitos de la barra contra la que reposa la amargura de dos o tres
cansados cuerpos torpes de sendos solitarios. ¿La música de fondo?
No es otra que los ruidos de la calle rompiendo la atmósfera viciada
del bar en el cuadro perfecto de un Hopper más proletario que
Hopper. Pero sigamos con la comparación. Al día siguiente, los
jóvenes reyes de mayo, de largo pelo de Adán, desperezándose bajo
el radiante sol del
mediodía
de San Francisco, que hará germinar en todo la vanidosa
sofisticación de su narcisismo los aullidos de Ginsberg, los
almuerzos de Burroughs, los subterráneos de Kerouac, las Coney
Island de Ferlinghetti, más tarde lánguidamente degustados y
calurosamente ovacionado s en algún bar del Village. In
the other hand, la madrugada trasnochada e implacablemente prematura
del señor Bukovsky, en medio de una resaca de vino barato y de humo
de mal tabaco, que se incorpora para ir a la fábrica o al matadero
en busca de monedas qué cambiar por cerveza -el LSD sería,
obviamente, demasiado oneroso para tan magros bolsillos-. Y en busca
de experiencia qué cambiar por poemas, por poemas, sin embargo,
demasiado prosaicos para poder hablar de las delicias de las
expansiones del yo -sólo hablarán de banalidades, de miserias, del
músculo que se tensa para ejecutar su tarea, de las aventuras
pedestres de algún antepasado de Homero Simpson con la cirrosis como
único futuro, e incluso de cosas aún menos elevadas-o
Pero
busquemos un ejemplo más distante, tal vez dieciochesco, en la
frontera con lo decimonónico (una época encantadora)... No sé ...
¿Goethe y Von Kleist? Goethe coqueteando con la madre de
Schopenhauer, Goethe cenando con Napoleón, Goethe adornando con su
brillo los salones, Goethe concibiendo las más nobles ideas ante
alguna ruina romana bajo la mirada embelesada de toda una nación, de
cuya literatura será proclamado el padre oficial, Goethe primer
provocador en la historia de un suicidio colectivo -un Goethe
moderno-, Goethe difusor de ideas originales de amigos oscuros,
Goethe best-seller, Goethe irrumpiendo en todas las enciclopedias de
la posteridad con su versión novelada de la Fenomenología del
Espíritu de Hegel (el Fausto, claro), Goethe, por fin,
indiscutiblemente talentoso en su Teoría de los colores (¿ Goethe
homo? Eso insinúa una publicación reciente. ¡Los enigmas de los
genios!). Mientras tanto, su desdichado contemporáneo Von Kleist en
la cárcel o en el paro, o como preceptor de vástagos de amigos más
o menos intelectuales, o invocando infructuosamente algún mecenazgo
que no llegó nunca, o lanzando panfletos antinapoleónicos y siendo
apresado, o fracasando rotundamente -fracaso promovido por Goethe- en
el estreno de El cántaro roto, o siendo víctima de la censura, pero
escribiendo la Pentesilea -que Goethe no entendió (le llamó
"histérico")-, el Teatro de marionetas, el Michael
Kohlhaas (texto cuyo estilo seco y casi jurídico admirará Kafka) o
La Marquesa de O (obra que prefigura la concepción posterior de la
ambigüedad contradictoria de la vida moral), y, finalmente,
suicidándose, cansado de esperar el auxilio económico prometido por
Schiller.
¿Qué
más? Vendría a cuento citar aquí el caso paradigmático de Hegel
-uno de los filósofos más aburridos que ha producido Europa (lo
cual ya es mucho)- y su rival Schopenhauer -uno de los más
fascinantes-, pero tal vez es demasiado conocido. Por supuesto, no
siempre se cumple con rigor matemático esta fórmula de pares
dispares, esta parodia de las Vidas paralelas de Plutarco: hay
escritores sin sombra y sombras sin escritor. Ejemplos obvios: por un
lado, Bloy, el menesteroso autor de las protokafkianas Historias
desagradables, llevando su vajilla al monte de piedad o intentando
vender, entre lágrimas, al conde Robert de Montesquiou-Fézensac las
cartas que le dirigiera el dandy Barbey D' Aurevilly; por otro,
Heidegger pagando religiosamente hasta el 35 su carnet de afiliado al
partido nazi, o sufriendo un ataque de mutismo ante la destitución
de su maestro Husserl, o dictando su célebre Discurso a la juventud
alemana, o creando toda una línea de pensamiento dentro de la
filosofía contemporánea, u obligando a sus alumnos a hacer el
saludo nazi al inicio de sus clases (la anécdota la cuenta Habermas
o Farías, no lo sé).
Dejo en
manos del lector la tarea de buscar al escritor correspondiente a
Heidegger y la sombra proyectada por Bloy.
MA/CB
2002, no se publicó en ABC
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