Malina de Ingeborg Bachmann…
Estamos a fines de los 80, tiene que ser después de febrero de 1988 –cuando
empecé a laburar por el centro en la ofi de un importador de vacunas para vacas
afiliado al partido liberal, pues los colorados que hacían de intermediarios
siempre me sometían a una especie de interrogatorio sobre mis inclinaciones políticas-
cuando habilitaron la biblioteca del Paraguayo-Alemán; o el año siguiente, un
poco depois del golpe, pero no más allá del 91, cuando ya me expulsaron los
alemanes alegando destrucción de propiedad pública (decían que subrayar en los
libros -dejar mensajes- era una acto flagrante de patoterismo y vandalismo!!!).
Ese deseo de comunicación en el desierto asunceno me costó muy caro…
De los 3 personajes de la novela semi-autobiográfica de la poeta austriaca
se sabía vox populi de dos de ellos: uno, la autora misma, y el otro era Paul
Celan, el poeta judeo-rumano en lengua alemana (la lengua de los asesinos de
sus padres). Dos suicidas. Estaba editado
por Alfaguara, el Alfaguara bueno aún, cuyo catálogo de destape español de
los 80 incluía los libros de: Zama de
Di Benedetto, Los reconocimientos de
Gaddis, Petersburgo de Bieli, El ayudante de Walser, El imitador de voces y Trastorno de Bernhardt, Handke, Queneau,
Max Frisch, Hubert Fichte, Blanchot como narrador, Benjamin, …
También recuerdo el artículo que Cahiers
du Cinema le dedicó al rodaje de la versión cinematográfica del libro por
esa época, a cargo del recientemente fallecido Werner Schroeter y el guión de
la entonces aún desconocida Elfriede Jellinek…
Había un ambiente de falso entusiasmo con respecto a una realidad
prometedora y propiciatoria que muy pronto veríamos fue mera ilusión y fata
morgana. Habíase desmoronado el régimen que coartaba todas las leyes civiles liberal-democráticas,
es cierto, pero quedaba esa excrecencia antediluviana casi en su
inquebrantabilidad: las leyes más flexibles, invisibles, del capitalismo…De
ningún modo uno podría sentirse a sus anchas…Claro, Paraguay, país estoico par
excellence, acostumbrado a vivir con las orejas gachas, ya vegetaba contento
ante su nueva situación, y por avatar nacional se adaptaba al medio ambiente sin
apenas cuestionarlo: vivir trabajando era parte de su esclavitud existencial..
Era por lejos la mejor biblioteca pública de Asunción, por lo demás si
queríamos leer autores y obras no alemanes (ponéle que venía la moda italiana,
el posmodernismo, Vattimo & company): todo era fotocopia. Nuestros ojos
tienen la veladura producida por las letras dubitativas, desleídas y difuminadas
de las malas copias. Y nuestras manos y piel impregnadas del veneno de la tinta
barata y trucha. Y consiguió influenciarme
a la larga pues mis filósofos preferidos casi todos son alemanes:
Schopenhauer, Stirner, Benjamin, Hoffmansthal, Lichtenberg, Panizza, Reich o
relacionados a ese mundo y cultura: Cioran, Caraco, Agamben…Y mi lista de escritores admirados
incluye libros alemanes (en lengua alemana) como Retrato de grupo con señora de Böll, Corazón de piedra o La
república de los sabios de Arno Schmidt, El hombre sin atributos de Musil, El malogrado de Bernhardt (también en Alfaguara 80’s), El juego de los abalorios de Hesse (que
descubrí hace poco, increíble cuando Demian
y Steppenwolff –el modelo transparente
de la historia, chica salvaje e intuitiva y hombre ultra racional e
intelectualizado en crisis, que subyace al caos formal de Rayuela- era pan comido para cualquier profano en literatura
entonces…), La pianista de Jelinek, y
un largo etc.
Mucho cine en la Alianza Francesa: Alain Jessua, Jean-Pierre Melville, ciclos
de Buñuel (pega), de Godard (que hoy ya no me gusta, por su sofisticación y intelectualismo
aburridos…), etc.
El Juan de Salazar tenía una biblioteca de muy difícil acceso entonces pero
solía frecuentar sus sesiones de cine: Bardem, Saura, Berlanga, Erice… (Almodóvar
era el más popular, pero a mí nunca me movió ni una ceja convulsa).
La de los brasileros era al modo europeo: tenías que leer allí y no te lo
prestaban para leértelo en la casa. Yo solo leía los suplementos de los
jornales allí.
Preferentemente comprábamos libros –caros pero buenos y actualizados- en Libro abierto, extinta librería que
quedaba sobre General Díaz casi Alberdi, propiedad del malogrado Peroni. Allí compramos
ahorrando litros y litros de ñoño de nuestro haber etílico e etnopotaiesko: Malone muere, Lecciones de cosas (Claude Simon), Silogismos de amargura, Pour
Paul de Man (Derrida)…
Y los quioscos mejoraron: Benjamin, Adorno, Cioran, Bergson…
Mi Eliot Poesía Completa la
adquirí de uno de los varios locales que tenían entonces las librerías Maita o Internacional (hoy extinta, pero Maita
sigue como papelería nomás).
La poesía, toda una historia aparte…
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