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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

viernes, octubre 15, 2010

El ano de los colombiAnos asegún Andrés Escovar

Lo literario

¿Qué tienen en común lo Borgeano, lo kafkiano y lo macondiano, aparte de terminar en ano? Un primer acercamiento a la respuesta consiste en plantearse la diferencia entre kafkiano y kafkista: Mientras el primero puede ser un empleado público sumergido en la burocracia gris de su cubículo sin que jamás haya leído al autor checo, el kafkista es quien escribe como o sobre la obra del autor checo: cambia al insecto por un protozoo o a la colonia penitenciaria por una máquina que tatúa los nombres de las personas de las que habrá de enamorarse el tatuado a la fuerza.

El sufijo ista alude al que aspira una estética de manera consciente, y, a juicio de muchos críticos, no siempre de manera afortunada[1]. El sufijo ano connota inconsciencia en quien incurre en el adjetivo que es anado.

En Colombia los anos han escaseado en el campo literario. El más usado ha sido el adjudicado a Macondo; le han dicho macondiano a municipios miserables, a hechos registrados en las tapas de los diarios y a algunas atmósferas urdidas en relatos escritos con posterioridad o anterioridad a lo hecho por Gabriel García Márquez, considerándolas resonancias o premoniciones de la pretendida tradición iniciada por el ganador del Nobel literario. La capacidad que tiene el sufijo ano permite realizar operaciones que se dirigen al pasado; novelas anteriores como Respirando el verano de Héctor Rojas Erazo son leídas desde un lugar macondiano.

José Asunción Silva no ha tenido anos, o, al menos, no han sido tan enunciados. Es extraño escuchar la expresión “versos asuncionanos” o “poema silvano”. En cambio, han abundado los asuncistas que van desde conocidos biógrafos – como el propio Fernando Vallejo- hasta poetas que se adscriben a la presunta tradición iniciada por el poeta nacional cuyo rostro está impreso en los billetes de cinco mil pesos. Tampoco hay jacobianos, aunque sí biógrafos – de nuevo, Fernando Vallejo- y glosadores jacobistas. Tampoco se ha descrito algún paisaje o ventisca del sur colombiano con el adjetivo de arturiano, aludiendo al poeta más conocido de esta región: Aurelio Arturo. O quizá sí hayan jacobianos, asuncionanos y arturianos, lo que no ha existido es la disposición a acuñarles ese nombre a los sujetos que parecen salir de los versos de estos poetas.

Los novelistas también han carecido de anos: Germán Espinosa no cuenta con espinosnianos aunque para muchos espinosistas es el gran maestro de este género en Colombia, sobreponiendo su nombre al de Gabriel García Márquez. También ha sobrevenido una ola en la que los anos de Macondo han sido cosidos, vedados y defenestrados. Han surgido alusiones Borgistas como la de El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince, la cual generó polémica en Colombia pues un poeta llamado Harold Alvarado Tenorio desmintió que el poema que aparece como epígrafe y pretexto poético de la novela haya sido escrito por Jorge Luis Borges[2], como lo afirma el autor de la novela.

Si bien el macondismo ha decrecido, lo macondiano ha ingresado a formar parte de los adjetivos usados por todo colombiano (que también termina en ano).

Lo escrito

La escritura es un conjunto más amplio que el de la literatura. Para que un texto sea considerado literario se requiere del aval de la crítica, ya sea académica o de los medios. Por eso mismo, ni siquiera se ha considerado lo urdido por Aquilino Velasco (o el inquilino del infinito, como fue bautizado en algún cafetín céntrico de Bogotá). Velasco, muerto en 2009, escribió varios libros, o reescribió sólo uno que ha tenido distintas versiones, creando un cerco que encierra algo impronunciable, ocasionando que las historias narradas, cuando se acaban de leer, se difuminan y el lector –en este caso yo- recuerda con desamparo las imágenes que emergen de allí. No es vano uno de los títulos que publicó y que él mismo fue vendiendo en distintas cafeterías bogotanas: Los espejismos de la oscuridad: La penumbra nos observa, somos sus visiones.

Ese libro no fue reeditado aunque la misma historia, con variantes y distintos “errores” tipográficos, aparece en La consagración a la soledad. Recuerdo que alguna vez un par de escritores en ciernes y literatos consumados, tomaron este libro, lo leyeron en voz alta, rieron y dijeron que carcajeaban por la mala calidad del texto, juzgándolo desde el campo literario.

El inquilino del infinito tendrá en poco tiempo una página web creada por presuntos aquilinistas que harán circular sus escritos. Uno de los miembros de dicho equipo de trabajo afirmó, con cierta pretensión de pugna literaria: “Si el ejercicio de corrección infinita de Aquilino puede ser considerado Borgeano, no menos se puede decir de los textos y la postura de Borges quien es Aquiliniano”. El sufijo ano emerge sin obedecer a una linealidad temporal. Borges puede terminar atrapado en un texto de Aquilino. La operación anal consiste en vencer la fatalidad infligida por el tiempo.

Sin se haya considerado en la literatura establecida sino en un registro más marginal gracias a sus más de cuarenta libros publicados, las novelas de Hernán Hoyos, con un alto contenido de escenas sexuales explícitas, circularon entre los más enconados amantes de las masturbaciones de los sesenta y setenta. En sus páginas fulguran episodios como el de la contratación de un hombre atractivo para que penetre a una mujer esposada con un impotente (Ron, Ginger y limón). Aún se pueden conseguir sus textos en librerías de viejo. A diferencia del inquilino del infinito, Hoyos ha sido atendido por otros círculos no necesariamente literarios o literarios de la marginalidad e, incluso, se ha hecho un documental sobre él del que puede verse un fragmento en youtube.

Julián Marsella es el más joven de esta triada y del que menos datos biográficos se tienen. Se sabe de sus escritos y de su caminar pausado y fileno trazado por su propia pluma. Siempre hay algún anciano apostado en cualquier panadería de Bogotá o de Medellín que asegura haberse cruzado con él, uno de esos viejos que suelen aparecer en sus escritos. Las descripciones de su cuerpo son vagas, incluso las consignadas en sus diarios (¿póstumos?): Un día es un gordo que no sale de la cama porque no se puede levantar a pesar del insomnio que lo azota, y, horas después, es un famélico amanerado que camina por las calles de su amado Agua de Dios, clamando amor, como ocurre en las digresiones que acumula en Sobre el relativismo masculino. Marsella estaría encantado de que le nacieran más anos, quisiera ver Marsellianos por todo lado.

El sufijo ano trasciende la esfera de lo literario, el ista se queda en ella. Fuera de la literatura, estos tres escritores se pueden juntar con aquél sujeto que, en uno de los volantes que se entregan en la carrera décima de Bogotá, anunció la existencia de un brujo que puede romper los hechizos budistas de amor.

texto proporcionado x Andrés Escovar

[1] Es el caso de la mención de Coelho en el prólogo de El Alquimista a Borges o las consabidas y vendidas obras epigonales del trabajo de García Márquez

[2] Esta apreciación, fue confirmada por la propia María Kodama.

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