En la historia de la ciencia, el coleccionista de ejemplares precedió al
zoólogo y siguió a los exponentes de la teología natural y la magia. Cesó de
estudiar a los animales con el criterio de los autores de los Bestiarios, para
quienes la hormiga era la encarnación del trabajo, la pantera un emblema, un
tanto sorprendente, de Cristo y la mofeta un escandaloso ejemplo de lascivia
carente de inhibiciones. Pero, salvo de manera rudimentaria, no era un
fisiólogo, un ecólogo o un estudioso del comportamiento animal. Su preocupación
principal era hacer un censo, coger, matar, disecar y describir cuantas
clases de animales estuvieran a su alcance.
Como la tierra de hace cien años, nuestra mente tiene todavía sus Áfricas
sombrías, sus Borneos sin mapas y sus cuencas del Amazonas. En relación con la
fauna de estas regiones, no somos todavía zoólogos, sino meros naturalistas y
coleccionistas de ejemplares. Es una desdicha, pero tenemos que aceptarla y
arreglarnos con ella como mejor podamos. Por lenta que sea, tenemos que realizar
la labor del coleccionista antes de abordar las superiores tareas científicas
de la clasificación, el análisis, la experimentación y la formulación de
teorías.
Como la jirafa y el ornitorrinco de pico de pato, los seres que habitan
estas remotas regiones de la mente son estrafalarios. Pero existen, son hechos
de observación y, como tales, no pueden ser pasados por alto por nadie que
trate honradamente de comprender el mundo en que vive.
Es difícil, punto menos que imposible, hablar de los hechos mentales sin
recurrir a símiles sacados del universo, más conocido, de las cosas materiales.
Si he utilizado metáforas geográficas y zoológicas, no ha sido caprichosamente,
por mera afición al lenguaje pintoresco. Ha sido porque esas metáforas expresan
muy claramente la esencial diferenciación de las tierras lejanas de la mente y
la completa autonomía de sus habitantes. Un hombre consiste en lo que podría
llamarse un Viejo Mundo de conciencia personal y, más allá de un mar divisorio,
una serie de Nuevos Mundos -las no muy distantes Virginias y Carolinas de lo
subconsciente personal y del alma vegetativa-; el Lejano Oeste de lo
inconsciente colectivo, con su flora de símbolos y sus tribus de arquetipos aborígenes;
y, separado por otro océano, todavía más vasto, en los antípodas de la
conciencia cotidiana, el mundo de la Experiencia Visionaria.
Si vamos a Nueva Gales del Sur, veremos a marsupiales desplazándose a
saltos por el campo. Y si vamos a los antípodas de la mente consciente de sí
misma, encontraremos toda clase de seres tan raros, por lo menos, como los
canguros. No inventamos estos seres, del mismo modo que no inventamos los
canguros. Viven sus propias vidas en completa independencia. El hombre no puede
gobernarlos. Lo más que puede hacer es ir al equivalente mental de Australia y
mirar a su alrededor.
Hay personas que nunca descubren conscientemente a sus antípodas. Otras
llegan a ellos de cuando en cuando. Otras más -muy pocas- van a sus antípodas y
regresan de ellos a voluntad. Para el naturalista de la mente, el coleccionista
de ejemplares psicológicos, la necesidad primordial consiste en un método
seguro, fácil y de fiar para trasladarse y trasladar a los demás del Viejo
Mundo al Nuevo, del continente de los conocidos vacunos y caballos al
continente del canguro y del ornitorrinco.
Existen dos métodos así. Ninguno de ellos es perfecto, pero ambos son lo
suficientemente seguros, fáciles y de fiar para que se justifique su empleo por
quienes sepan lo que están haciendo. En el primer caso el alma es transportada a
su distante destino con la ayuda de un producto químico: la mescalina o el ácido
lisérgico. En él segundo, el vehículo es de naturaleza psicológica y el paso a
los antípodas de la mente se efectúa por medio de la hipnosis. Los dos vehículos
llevan a la conciencia a la misma región, pero la droga tiene más campo de
acción y lleva a sus pasajeros más al interior de la terra incognita.
¿Cómo y por qué produce la hipnosis sus observados efectos? No lo sabemos.
Pero, en relación con lo que buscamos ahora, no necesitamos saberlo. Lo único
que se precisa en estos momentos es consignar el hecho de que algunos hipnotizados
se ven trasladados, en el estado de trance, a una región de los antípodas de la
mente, donde encuentran el equivalente de los marsupia1es: extraños seres
psicológicos con una existencia autónoma que se ajusta a las leyes de su propio
ser.
En cuanto a los efectos fisiológicos de la mescalina, sabemos poco.
Probablemente -no estamos seguro de ello-, causa perturbaciones en el sistema
de enzimas que regula el funcionamiento cerebral. Al obrar así, disminuye la
eficiencia del cerebro como instrumento para concentrar la mente en los
problemas de la vida sobre la superficie de nuestro planeta. Esta disminución
en lo que podría llamarse la eficiencia biológica del cerebro parece permitir
la entrada en la conciencia de ciertas clases de sucesos mentales que normalmente
están excluidos, porque no poseen valor de sobrevivencia. La enfermedad o la
fatiga pueden originar intrusiones análogas de material biológicamente inútil,
pero estética y a veces espiritualmente valioso. Cabe también que se llegue a
lo mismo por el ayuno o por un período de confinamiento en un lugar oscuro y de
completo silencio.
Una persona bajo la influencia de la mescalina o el ácido lisérgico deja de
tener visiones cuando se le da una dosis grande de ácido nicotínico. Esto ayuda
a explicar la eficacia del ayuno como
inductor de la experiencia visionaria. Al reducir la cantidad de azúcar
disponible, el ayuno disminuye la eficiencia biológica del cerebro y permite
que entre en la conciencia material que
no posee valor de sobrevivencia. Además, al causar una deficiencia vitamínica,
elimina de la sangre ese conocido inhibidor de las visiones, el ácido nicotínico. Otro inhibidor
de la experiencia visionaria es la experiencia ordinaria, cotidiana, perceptiva.
Los psicólogos experimentales han comprobado que, si se confina a un hombre en
un "ambiente restringido", donde no haya luz, ni sonidos, ni olor
alguno, y se le introduce en un baño tibio, con sólo una cosa, casi
imperceptible, para tocar, la víctima no tardará en "ver cosas",
"oír cosas" y tener extrañas sensaciones corporales.
Milarepa, en su caverna del Himalaya, y los anacoretas de la Tebaida seguían
esencialmente el mismo procedimiento y obtenían esencialmente los mismos
resultados. Miles de cuadros de las Tentaciones de San Antonio testimonian la
efectividad de la alimentación y el ambiente restringidos. El ascetismo es
evidente, tiene una doble motivación. Si hay hombres y mujeres que atormentan
sus cuerpos, no lo hacen únicamente porque esperan así obtener el perdón de
pecados pasados y librarse de castigos futuros; lo hacen también porque ansían
ir a los antípodas de la mente y tener visiones. Empíricamente, y por los
relatos de otros ascetas, saben que el ayuno y el ambiente restringido los
trasladarán adonde quieren ir. El castigo que se infligen a sí mismos puede ser
la puerta del paraíso. (Cabe también -este punto será analizado en un párrafo
posterior- que sea la puerta de las regiones infernales.)
Desde el punto de vista de un habitante del Viejo Mundo, los marsupiales
son extraordinariamente raros. Pero la rareza no es lo mismo que el desatino.
Los canguros pueden ser inverosímiles, pero su improbabilidad se repite y
obedece a leyes que cabe reconocer. Lo mismo puede decirse de los seres
psicológicos que habitan las regiones remotas de nuestras mentes. Las
experiencias que se tienen bajo la influencia de la mescalina o en una hipnosis
profunda son ciertamente extrañas, pero son extrañas con cierta regularidad,
extrañas conforme a un patrón.
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