kurupí akärakú paraguay akärakú kurupí paraguay akärakú paraguay akärakú paraguay

KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

miércoles, octubre 06, 2010

Baudrillard sobre Oshima, Pasolini, Kierkegaard, Fowles y Borges

Es ignorar que el goce también es reversible, es decir, que puede

tener una intensidad superior en su ausência o su negación. Por lo

mismo cuando el fin sexual vuelve a ser aleatorio, surge algo que puede llamarse seducción o placer. O más todavía, el goce puede no ser más que el pretexto de otro juego más apasionante, más pasional - así era en El imperio de los sentidos, donde lo que estaba en juego, por medio del goce, era sobre todo ir hasta el final y más allá del goce - desafío que gana a la operación pura del deseo porque su lógica es mucho más vertiginosa, porque es.yna pasión, mientras la otra sólo es una pulsión.

Saló, o los 120 días, de Pasolini - verdadero crepúsculo de la seducción: toda reversibilidad ha sido abolida según una lógica implacable. Todo es irreversiblemente masculino V todo está muerto. Hasta la complicidad, la promiscuidad de verdugos y víctimas en el suplicio ha desaparecido: es un suplicio inanimado, una perpetración sin afecto, una maquinación fría (donde se percibe que e! goce es con mucho e! usufructo industrial de los cuerpos, y lo contrario de cualquier seducción: el goce es un producto de extracción, producto tecnológico de una maquinaria de los cuerpos, de una logística de los placeres que va derecho a la meta y sólo encuentra su objeto muerto).

La película ilustra la verdad de que en un sistema dominante, en todo sistema dominante (que por ello deviene masculino), la feminidad es la que encarna la reversibilidad, la posibilidad de juego y de implicación simbólica. Saló es un universo completamente expurgado de ese mínimo de seducción que es lo que pone en juego no solamente el sexo, sino toda relación, incluidos la muerte y el inter-cambio de la muerte (esto está expresado, en Saló como en Sade, por la hegemonía de la sodomía). Ahí es donde aparece que lo femenino no es un sexo opuesto al otro, sino lo que destituye al sexo de pleno derecho y de pleno ejercicio, al sexo que detenta el monopolio del sexo: lo masculino, la obsesión de algo distinto, en la cual el sexo sólo es la forma desencantada: la seducción. Ésta es un juego, el sexo es una función. La seducción es del orden de lo ritual, el sexo y el deseo son del orden de lo natural. Lo que se enfrenta en lo femenino y en lo masculino son esas dos formas fundamentales y no una diferencia biológica o rivalidad ingenua de poder.

El Diario de un Seductor es el guión de un crimen perfecto.

Nada en los cálculos del seductor, ninguna de sus maniobras fracasa. Todo se celebra con una infalibilidad que no podría ser real o psicológica, sino mítica. Esta perfección del artificio, esta suerte de predestinación que guía los gestos del seductor no hace sino reflejar, como en un espejo, la perfección de la gracia infusa de la joven, y la necesidad ineludible de su sacrificio. No es estrategia de nadie: es un destino, del que Johannes sólo es el ejecutante instrumental, en consecuencia infalible

Hay algo de impersonal en todo proceso de seducción, como en todo crimen, algo de ritual, de suprasubjetivo y de suprasensual, de lo que la experiencia vivida, tanto del seductor como de su víctima, sólo es el reflejo inconsciente. Dramaturgia sin sujeto. Ejercicio ritual de una forma en la que los sujetos se consumen. Por eso el conjunto reviste al mismo tiempo la forma estética de una obra y la forma ritual de un crimen.

The Collector (El Coleccionista), película y novela, ilustraba ese delirio. No habiendo sabido seducir a una mujer, ni hacerse amar por ella (pero -¿desea una seducción, desea una espontaneidad amorosa? Desde luego que no: quiere forzar el amor, forzar la seducción), un hombre la rapta y la secuestra en el sótano de una casa de campo, previamente equipada para ese tipo de estancia. Se instala, la cuida, la colma de múltiples atenciones, pero impide todos sus intentos de evasión, desbarata todas sus tretas, no la perdonará más que si se confiesa vencida y seducida, más que si le ama por fin espontáneamente. Con el curso del tiempo se traba entre ellos, en la promiscuidad forzosa, una forma turbia e indecisa de connivencia - una noche la invita a cenar «arriba», con todas las precauciones. y comienza verdaderamente a seducido y se ofrece a él. Quizá le ama en ese momento, quizás no quiere sino desarmado. Sin duda ambas cosas. Sea lo que sea, ese movimiento-provoca en él una angustia pánica, la pega, la insulta y la vuelve a secuestrar en la bodega. Ya no la respeta, la desviste y toma clichés fotográficos que reúne en un álbum (por otro lado, colecciona mariposas, cuya colección le ha enseñado con orgullo). Cae enferma, después en una especie de coma, él ya no se ocupa de ella, va a morir, la entierra en el patio. Y las últimas imágenes lo presentan a la búsqueda de otra mujer que secuestrar para seducirla a toda costa.

La exigencia de ser amado, la impotencia de ser seducido. Incluso cuando la mujer acaba por ser seducida (lo bastante para querer seducirle), él no puede aceptar esta victoria: prefiere ver en ello un maleficio sexual y castigarla. No es una cuestión de impotencia (nunca es una cuestión de impotencia), es que prefiere el encanto celoso de la colección de objetos muertos - el objeto sexual muerto es tan hermoso como una mariposa de élitros fluorescentes - a la seducción de un ser vivo que le intimaría a amar también a él. Mejor la fascinación monótona de la colección, que es la de la diferencia muerta - mejor la obsesión de lo mismo que la seducción de lo otro. Por ello se presiente desde el principio que ella morirá, no porque sea un loco peligroso, sino porque es un ser lógico, y de una lógica irreversible: seducir sin ser seducido - ninguna reversibilidad.

En ese caso es necesario que uno de los dos muera, y es siempre el mismo, porque el otro ya está muerto. El otro es inmortal e in-destructible, como lo es toda perversión, lo que ilustra la inevitable vuelta a empezar del final de la película (no sin humor por otra par-te: los celosos, como los perversos, están llenos de humor fuera de su esfera de reclusión, y hasta en la minucia de sus procedimientos). De todas maneras, se ha encerrado en una lógica insoluble: todos los signos de amor que ella pueda darle serán interpretados a la inversa. y los más tiernos serán los más sospechosos. Quizás se contentaría con signos convenidos, pero lo que no soporta es una verdadera solicitación amorosa: en su lógica, ella ha firmado su condena de muerte.

¿Existe parodia alguna más hermosa del carácter social que la fábula de Borges, La lotería en Babilonia, con su lógica ineludible de predestinación y de simulación de lo social mediante el juego?

«Soy de un país vertiginoso donde la lotería es parte principal de la realidad», así comienza el relato de una sociedad donde la lotería ha devorado a todas las demás instituciones. Al principio sólo es un juego de carácter plebeyo y no se hace otra cosa que ganar: en consecuencia es aburrida, ya que «no se dirige a todas las facultades del hombre; únicamente a su esperanza» Se intenta una reforma: la interpolación de unas pocas suertes adversas en el censo de números favorables - se puede uno ver obligado por la suerte a pagar una multa considerable. Ahí tiene lugar una modificación radical: elimina la ilusión de la finalidad económica del juego. De ahora en adelante se entra en el juego puro, y el vértigo que se apodera de los babilonios ya no conoce límites. Le puede tocar todo en el sorteo, la lotería se vuelve secreta, gratuita y general, todo hombre libre participa automáticamente en los sorteos sagrados que se efectúan cada sesenta noches y disponen de su destino hasta el próximo ejercicio. Una jugada afortunada puede hacer de él un hombre rico o un mago, o hacerle obtener la mujer que desee, una jugada desafortunada puede destinarle la mutilación o la muerte.

La interpolación del azar en todos los intersticios del orden social y del orden del mundo. Todos los errores de la lotería son buenos, ya que no hacen otra cosa que intensificar esta lógica. Las imposturas, los ardides, las manipulaciones pueden perfectamente integrarse en un sistema aleatorio: ¿quién dirá si son «reales», es decir, resultado de un encadenamiento natural y racional, o si no proceden de la instancia aleatoria de la lotería? Nadie lo sabrá nunca. La predestinación lo ha recubierto todo, el efecto de lotería es universal, la Lotería y la Compañía pueden muy bien dejar de existir, su eficacia silenciosa se ejerce sobre un campo de simulación total: todo lo «real» ha entrado vivo en las decisiones secretas de la Compañía, y ya no hay ninguna diferencia probable entre lo real real y lo real aletorio.

En último término, la Compañía podría no haber existido nunca, el orden del mundo no hubiera cambiado. Pero su hipótesis, en cambio, lo ha cambiado todo. Ha bastado para cambiar todo lo real, tal como es. tal como nunca hubiera sido de otra manera, por un inmenso simulacro. Lo real tal como lo cambia en sí mismo la simulación no es otra cosa que lo real.

Para nosotros y nuestras sociedades «realistas», la Compañía ha dejado de existir, y lo ha hecho sobre las ruinas y el olvido de esta simulación total posible, de esta espiral completa de la simulación que ha precedido lo real y de la cual ya no tenemos conciencia - ahí está nuestro verdadero inconsciente: el desconocimiento de la simulación y de la indeterminación vertiginosa que regula el desorden sagrado de nuestras vidas - no la represión de algunos afectos o de algunas representaciones que constituye nuestra visión trivializada del inconsciente, sino la ceguera sobre el Gran Juego, sobre el hecho de que todos los acontecimientos «reales», todos nuestros destinos «reales» ya han pasado no por una vida anterior (y aún esta hipótesis es por sí misma más hermosa y rica que toda nuestra metafísica de las causas objetivas), sino por un ciclo de indeterminación, por el ciclo de un juego regulado y arbitrario a la vez, cuya encarnación simbólica es la Lotería de Borges, que los ha llevado a esta alucinante semejanza con ellos mismos que consideramos su verdad. Esta lógica se nos escapa y es en el inconsciente de la simulación donde se funda nuestra conciencia de lo real.

Acordémonos de la Lotería de Babilonia. Exista o no, el velo de indeterminación que arroja sobre nuestras vidas es definitivo. Sus decretos arbitrarios regulan el menor de los detalles de nuestra existencia, no nos atrevemos a decir que lo hagan como una infraestructura oculta, pues su vocación es aparecer un día en tanto que verdad, mientras que aquí se trata de un destino, es decir, de un juego siempre jugado de antemano e ilegible para siempre.

La originalidad de Borges consiste en extender este juego a todo el orden social. Allí donde sólo vemos en el juego una superestructura de poco peso en relación a la buena v sólida infraestructura de las relaciones sociales, él invierte todo el edificio y hace de la indeterminación la instancia determinante. Ya no es la razón económica, la del trabajo y la historia, ya no es el determinismo «científico» de los intercambios lo que determina la estructura social y la suerte de los individuos, sino un indeterminismo total, el del Juego y el Azar. La predestinación coincide aquí con una movilidad absoluta, un sistema arbitrario con la democracia más radical (cambio instantáneo de todos los destinos: hay para satisfacer la sed de polivalencia de nuestro tiempo).

Formidable ironía de este tras tocamiento respecto a cualquier contrato, a cualquier fundación racional de lo social. El pacto en torno a la regla, en torno a la arbitrariedad de la regla (la Lotería) elimina lo social tal como lo entendemos, así como el ritual acaba con la ley. Nunca ha ocurrido otra cosa con las sociedades secretas, en cuya floración hay que ver una resistencia hacia lo social.

La nostalgia de un carácter social regido por un pacto, ritual, aleatorio, la nostalgia de estar liberados del contrato y de la relación social, la nostalgia de un destino más cruel, pero más fascinante, del intercambio, es más profunda que la exigencia racional de lo social en la que nos han acunado. La fábula de Borges quizá no sea una ficción, sino una descripción próxima a nuestros sueños anteriores, ~ es decir, también a nuestro futuro.

No hay comentarios.: