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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

sábado, septiembre 25, 2010

Rostros Ocultos: Salvador Dalí


                Dedico esta novela a Gala, que permaneció constantemente a mi lado mientras la escribía, que fue el hada buena de mi  equilibrio, que disipó las salamandras de mis dudas y fortaleció los leones de mis certidumbres ...
Gala, quien con su nobleza de alma, me inspiró y me sirvió de espejo que reflejó las más puras geometrías de la estética de las emociones que han guiado mi labor.


LARVATUS PRODEO (Camino enmascarado.)
 DESCARTES





PROLOGO ESPECIAL PARA LA EDICIÓN ESPAÑOLA
        
Se ha repetido y se repetirá aún muchísimas veces a propósito de aquella frase célebre de que «la naturaleza imita a los artistas».
¡Port-Ligat, la geología delirante del Cabo Creus imitan a Dalí!
También se ha escrito bastante aquello de que pintores muertos tos ya imitaban a Dalí, y que en efecto sólo en el momento de Dalí, tal o cual obra del pasado toma súbitamente, como por una «truculenta significación Daliniana» que nadie había podido. ¡Oh, esto o aquello, es Dalí cien por cien!
También se suele insistir en aquello de que «a Dalí le divierte embobar  a los bobos», pero la verdad es que ya quedan en el mundo pocos capaces de sospechar de plagio a Dalí cuando éste, recurriendo a uno de los procedimientos de transformación poética que le han hecho célebre, transformó casi imperceptiblemente una cromolitografía representando los archiconocidos tres caballos con los cuales Dalí triunfó en uno de sus decorados Vagnerianos y Dalinianos hasta el paroxismo hizo Dalí con otra imagen también bastante conocida, el Ángelus de Millet, cuadro que es de esperar algún día sea descubierto con alegría en los establos tristísimos de ciertas redacciones.
Pero no sólo Dalí es capaz de tales sensacionales plagios, sino que  es capaz del don de los profetas, y esto se repitió también mucho en su tiempo, en el momento de corroborar que, un año antes de  terminarse la última guerra mundial, Dalí había ya escrito todo cuanto iba a ocurrir, con una versión enigmática de la muerte de Hitler que es la correspondiente, al menos simbólicamente, con lo que pasó.
Y para terminar: mucho se ha escrito y se escribirá sobre los dos onanistas de la presente novela, ya que sus rostros respectivos están refinadamente encubiertos que los unos han dicho que bajo personalidad diabólica del conde de Grandsailles se esconden las apariencias perversas de la tierna edad de los diecinueve años del propio Salvador Dalí en persona, y otros que, al contrario, el Dalí se esconde aún más hipócritamente bajo la personalidad semiangelical  de la protagonista femenina Solange de Cléda. Lo cierto es que al principio de los días nublados de octubre, en las planicies solitarias de las dunas de Ampurias, del lado sur de las excavaciones, y a veces en pleno mediodía, se puede oír una voz angustiadísima que se parece mucho a la voz aceitunada de Salvador Dalí y que dice:
¿NO ME CONOCES? ¿NO ME CONOCES? ¡GALA!

SALVADOR Dalí


PRÓLOGO DEL AUTOR


¡Más pronto o más tarde, todos están destinados a venir a mí! Muchos, inconmovibles por mis pinturas, conceden que dibujo como Leonardo. Otros, en pugna con mi estética, reconocen que mi autobiografía es uno de los "documentos humanos» de la época. Y otros más, mientras discuten la autenticidad de mi «Vida Secreta», han descubierto en mí dotes literarias superiores a la habilidad que revelo en mis cuadros y en lo que denominan la «mixtificación de mis confesiones». Pero nada menos que en 1922, el gran poeta Federico García Lorca predijo que yo estaba destinado al cumplimiento de una misión literaria y sugirió que mi porvenir reposaba precisamente en la «novela pura». También quienes detestan mis pinturas, mis dibujos, mi literatura, mis joyas, mis objetos surrealistas, etc., proclaman que poseo un don especial para el teatro y que mi escenografía última ha sido una de las más interesantes que se han visto en el escenario del «Metropolitana»... De este modo, resulta difícil de evitar el caer en mi zona de influencia, ya sea en una o en otra dirección.
Sin embargo, todo esto tiene mucho menos mérito de lo que parece poseer, pues una de las razones más importantes de mis éxitos es muchísimo más sencillo aún que la de mi multiforme magia; hela aquí: que soy probablemente el más perseverante en el trabajo de todos los artistas de nuestros días. Después de haber pasado cuatro meses en el retiro de las montañas de New Hampshire, junto a la frontera del Canadá, escribiendo implacablemente durante catorce horas diarias y terminando la composición de Rostros ocultos en el término proyectado -¡pero sin bastardear mi obra jamás!-, regresé a Nueva York y volví a hallar a algunos de mis amigos en «El Morocco». Sus vidas habían continuado exactamente en el mismo punto anterior, como si me hubiera separado de ellos el día precedente. Al día siguiente visité diversos estudios, en los que los artistas habían esperado pacientemente por espacio de cuatro meses el momento de su inspiración... Un nuevo cuadro había sido comenzado a pintar. ¡Cuántas cosas habían sucedido en mi imaginación durante aquel período! ¡Cuántos  personajes, cuántas imágenes, cuántos proyectos arquitectónicos,  cuántas realizaciones de deseos habían nacido, vivido, muerto, sido resucitados, conformados! Las páginas de mi novela son solamente una fracción de mi último sueño. La inspiración y la fuerza son cosas que solamente pueden,  ser poseídas y conquistadas por la violencia y por el duro y amargo trabajo de cada día.
¿Por qué escribí esta novela?
En primer lugar, porque tengo el tiempo preciso para hacer todo lo que se me antoje, y porque quería escribirla.
En segundo lugar, porque la historia contemporánea ofrece un marco único para una novela que trate sobre el desarrollo y el conflicto de las grandes pasiones humanas, y porque la historia de la guerra, y  más principalmente, del acerbo período posbélico, tenía, inevitablemente, que ser escrita.
En tercer lugar, porque si yo no la hubiera escrito, lo habría hecho cualquiera otra persona en mi lugar, y lo habría hecho malamente.
En cuarto lugar, porque es más interesante, en lugar de «copiar la historia», anticiparse a ella y permitirle que intente imitar, de la mejor manera que le sea posible, lo que se haya inventado... Porque he vivido Íntimamente, día a día, con los protagonistas del drama prebélico en Europa; los he seguido en el período de su emigración a América, y por esta causa me ha sido fácil imaginar cómo habrá sido el de su retorno ... Porque desde el siglo XVIII la trilogía pasional inventada por el divino Marqués de Sade ha permanecido incompleta: Sadismo, Masoquismo ... Era preciso descubrir el tercer término del problema, el de la síntesis y la sublimación: el Cledalismo, nombre que se deriva del de la protagonista de mi novela, Solange de Clééda. El sadismo puede ser definido como el placer experimentado a través del dolor infligido al objeto; el masoquismo, como el placer producido a través del dolor infligido por el objeto. El cledalismo es el placer y el dolor sublimados por una absoluta identificación trascendente con el objeto. Solange de Cléda restablece la pasión normal; es una santa Teresa profana. Epicuro y Platón ardientes en una sola llama de eterno misticismo femenil.
En la época presente, las gentes se hallan atacadas de la locura de la velocidad, que no es sino el producto de una efímera y fugaz observación, de la aparición de lo «grotescamente empequeñecido". He querido reaccionar contra esto escribiendo una «verdadera novela», larga y aburrida. Pero nada me aburre jamás. Tanto peor para los que se hallan expuestos al aburrimiento. Quiero aproximarme, desde este mismo instante, a los nuevos tiempos de responsabilidad intelectual en los cuales hemos de entrar con el fin de esta guerra... Una verdadera novela de culminación, de introspección y de revolución, de edificación de pasiones debe ser (como siempre ha sido) exactamente lo contrario de una película del ratón Mickey o de la ofuscadora sensación de un  «parachutista». Es preciso, como en los lentos viajes de la época de Stendhal, ser capaz de ir descubriendo gradualmente la belleza de los paisajes del alma que se cruza; las nuevas cúpulas de la pasión deben hacerse gradualmente visibles hasta alcanzar su plenitud en el momento debido, de manera que el espíritu de los lectores pueda disponer de la sazón inapresurada que es necesaria para «saborearlas» ... Antes de que mi libro estuviera concluido, se decía que yo estaba escribiendo una novela balzaciana o huysmansiana. Contrariamente, es una novela estrictamente daliniana, y quienes hayan leído atentamente mi Vida secreta irán descubriendo prontamente bajo la estructura de la obra la presencia continuada y familiar, vigorosa, de los mitos esenciales de mi propia vida y de mi mitología.
El año 1927, hallándome sentado al sol primaveral en el café-bar «Regina», de Madrid, en compañía del llorado poeta Federico García Lorca, planeamos conjuntamente la composión de una ópera de gran originalidad. La ópera era una de nuestras pasiones comunes, pues es el único medio que permite la amalgamación de todos los géneros líricos en una perfecta y triunfante unidad, con toda su grandeza y su máximo de estridencia necesaria, e iba a permitirnos expresar la sublime confusión y el caos viscosos, compactos, colosales e ideológicos de nuestra época. El día en que recibí en Londres las noticias de la muerte de Lorca, quien fue una víctima de la ciega historia, me dije a mí mismo que yo solo haría nuestra ópera. He continuado desde entonces en mi firme decisión de realizar este proyecto algún día, en el momento de la madurez de mi vida, y mi público sabe y confía siempre en que hago aproximadamente todo lo que digo y prometo.
Por lo tanto, haré «nuestra ópera»... Pero no ahora, inmediatamente, ya que una vez concluido este libro me retiraré a California por espacio de un año con el fin de dedicarme exclusivamente a la pintura y a poner en ejecución mis últimas ideas estéticas, con un fervor técnico que no tiene precedentes en mi profesión. E inmediatamente después, comenzaré a tomar pacientemente lecciones de música. Todo lo que necesito para dominar por completo la armonía, es un plazo de dos años; pues, ¿no la he sentido fluir a través de mis venas por espacio de dos millares de años? Proyecto hacer todo lo necesario para la representación de esta ópera: el libreto, la música, los decorados, los ropajes... Y, además, yo mismo la dirigiré.
No puedo garantizar que este fragmento de sueño  haya de ser bien acogido. Pero una cosa es cierta: con la suma total de mi  polifórmica y fenomenal actividad, habré dejado impresa en la dura piel de la inclinada y perezosa espalda «artística» de mi época inconfundible y el anagrama, sellado por el fuego, de mi personalidad; y en la sangre de Gala toda la fecundadora generosidad de mis “invenciones poéticas». ¡Cuántos existen ya que han sido espiritualmente nutridos por mi obra! Por lo tanto, permitid al que «tanto" ha realizado que arroje la primera piedra.


JE SUIS LA DAME

Solange miró entonces más atentamente la imagen en su conjunto y sorprendió en ella un significado antropomórfico. Había descubierto que del centro del follaje emergían el rostro de una mujercita y un torso desnudo que formaba parte del tronco del árbol, que se había despojado de su corteza, en tanto que el vestido de corcho cubría púdicamente el resto de su figura a partir del ombligo, con sus tres raíces clavadas en el suelo.
Del mismo modo, en la parte superior del árbol-mujer los hombros desnudos desaparecían a su vez y se perdían en las rugosas superficies de la corteza, se transformaban en ramas empenachadas que, a pesar de la confusión de sus entrelazamientos, conservaban un carácter inequívocamente humano en los brazos abiertos y suplicantes.
El viejo criado, Prince, entró silenciosamente en la estancia y anunció a Grandsailles que el alcalde de Libreux deseaba hablar con el vizconde D'Angerville. Este último, decidiendo detenerse en el despacho del alcalde durante unos momentos, prometió a Solange que volvería, recogerla con tiempo suficiente para que pudieran emprender la marcha a las seis y media; Maître Girardin aprovechó para retirarse la ocasión que se le ofrecía. En tanto que Grandsailles acompañaba a D'Angerville, así como a Maître Girardin, hasta la puerta, Solange, después de haber colocado nuevamente el azucarero sobre la mesa, fue a sentarse sobre un pequeño taburete que había en un rincón del gran balcón. En el mismo momento en que Prince entró para hacer el anuncio, Solange había mirado el reloj de la chimenea furtivamente. Inesperadamente, iba a sostener con el conde una entrevista a solas de tres cuartos de hora de duración, y no quería por nada de este mundo que la conversación tuviera lugar en el frígido y excesivamente ceremonioso centro de la habitación.
Con los ojos fijos en la llanura, Solange se encogió, se acurrucó y apoyó la barbilla en las rodillas tan violentamente, que llegó a hacerse daño. Oyó los pasos desiguales de Grandsailles, que se aproximaban lentamente, y luego sintió el contacto de sus labios al besarla en la cabeza y el de sus manos al introducirse bajo los brazos de ella en un intento por levantarla.
-No está usted cómoda aquí -dijo Grandsailles-. Venga á estirarse en mi lecho.
Solange inclinó hacia atrás la cabeza para ofrecerle la plenitud de su rostro y preguntó:
-¿Tengo mucho aspecto de estar muriendo?
-No: está usted hermosa, divinamente hermosa, pero parece estar
cansada, muy cansada.
Y con estas palabras, Grandsailles pasó un brazo bajo las piernas de Solange, la levantó fácilmente hasta la altura de su pecho y la llevó de este modo hasta el lecho, donde la instaló suavemente, cuidadoso d" que su cabecita descansase exactamente en el centro de una almohada pequeña y delgada, cubierta de seda de un color gris acerado.
Grandsailles fue a continuación en busca de la mesa y la colocó junto al lecho. Solange estiró perezosamente ambas piernas y los huesos de sus rodillas crujieron uno tras otro exactamente del mismo modo y en el mismo momento que los tocones, que Prince había arrojado al fuego unos momentos antes para reanimarlo, comenzaban a arder y chasquear en la chimenea.
_ ¡Está usted completamente agotada! -dijo el conde mientras acercaba la mesa-. ¡Tuvo que hacer unos esfuerzos muy dolorosos anoche para encandilarme!
-¿Por qué lo supone usted? -preguntó Solange sin poner mucho énfasis en la pregunta.
-¿Cómo podría ser de otro modo -contestó el conde con acento de diversión-, si hace escasamente unos momentos ha intentado usted hacerme creer, delante de Angerville, que tenía una invitación para una comida, lo que no es en modo alguno cierto y ha sido inventado exclusivamente con el fin de excitar la flaqueza de mi curiosidad? Mas, desgraciadamente para mí y a pesar de mí mismo, he visto tantas cosas parecidas, que es imposible que me sienta engañado en cuanto a la existencia de una comida real o imaginaria. En mi propio mundo, soy como uno de esos aldeanos que, en el suyo, solamente cogiendo un huevo con la mano pueden decir exactamente si de él saldrá un polluelo o no.
Solange no contestó. Era tan feliz al sentir su propio cuerpo, que
constantemente se dolía del papel sobrehumano que desempeñaba; es-taba descansando tan dulcemente en el lecho del ser al que adoraba, que las importunaciones provocativas del conde resbalaban sobre su corazón sin dejar en él ni siquiera la más insignificante huella de encono. Grandsailles podría haberla ofendido en aquel momento, y ella no se habría inquietado absolutamente nada por ello.
En el deleite de su abandono, Solange cerró los ojos y continuó percibiendo la presencia del conde, que estaba inmóvil a los pies del lecho, ante ella, mirándola con ojos escrutadores y que, sin embargo, parecía no veda.
-¿En qué estamos pensando? -preguntó Solange en voz baja y soñadora-o Yo pienso en nosotros dos, puesto que habría sido hermoso el intento de creer en nuestro deseo. Usted está pensando en su bosque.
-Es cierto -contestó Grandsailles-. He estado pensando en mi bosque. Y, ¿por qué no hemos de probar los dos a descubrir, con toda sinceridad, lo que es natural en nosotros? Después de todo, es verdaderamente estúpido que intentemos a toda costa convencernos, por medio de un irritante esfuerzo de nuestras imaginaciones, de que hemos sido devorados por una pasión mutua a lo largo de los cinco años que nuestro coqueteo ha durado. Si lo hubiéramos deseado, aun cuando solamente hubiera sido algo tan insignificante como esto, podríamos haber hallado un centenar de ocasiones en que hacer el amor y deshacerlo. Hasta habríamos tenido tiempo para seguir el consejo de D'Annunzio, cuando dijo -y Grandsailles recitó en tono sonoro y un poco burlón-: «Los dos debemos matar este amor cinco veces con nuestras propias manos para que este amor renazca cinco veces y cinco veces tan violento... »
Solange, herida en lo vivo por la mofa de él, creyó hallarse a punto de morir; y Grandsailles continuó en un tono amistoso y de hipócrita dulzura:
-Y, dicho sea de pasada, desearía hacer una pequeña advertencia a Madame de Cleda: Ha llegado a un nivel de belleza tan refinada, de' elegancia y de distinción, que resulta extremadamente lamentable que continúe, con una desvergüenza pueril y romántica, intentando crear en torno a sí misma una atmósfera pueril y poética que solamente sirve para descubrir con excesiva claridad la hilaza de su origen burgués.
-Es exactamente el mismo caso del conde de Grandsailles -replicó Solange imitando el tono de voz de él-: la senil desvergüenza con que hace alarde de su prosaica mediocridad descubre con excesiva facilidad la hilaza del caballero rural.
Y subrayó estas dos últimas palabras con una expresión apasionada de ironía.
Grandsailles se volvió de espaldas a ella y cojeando un poco ridículamente se aproximó a la puerta del balcón, que abrió por medio de un movimiento lleno de violencia, como si el aire de la estancia le estuviese asfixiando.
- ¡Caballero rural! ¡Es cierto! -gritó Grandsailles-. ¡Compréndalo! -añadió mientras señalaba con un dedo el boquete abierto en el bosque de alcornoques-  ¡Esos pocos árboles que faltan allá, tienen mucha más importancia para mí que la vida de usted! Por causas como ésas nacen las guerras. La sonrisa de nuestros padres muertos se desvanece de la memoria con el paso de los años, pero no es posible olvidar jamás un pedazo de tierra arrancada a nuestras posesiones, o un árbol desarraigado. Es posible olvidar también cinco años de estúpido y exhibicionista coqueteo... ¡pero la sencilla huella de una rapiña en el corazón de nuestras propiedades... no! Eso no se olvida jamás.
Todo esto lo dijo Grandsailles con la espalda vuelta a la habitación, de frente al paisaje, mientras intentaba arrancar el musgo que había brotado entre la juntura de dos piedras de la balaustrada. Final-mente, el musgo cedió y arrastró consigo un trozo del cemento que llenaba las fisuras de la piedra. Cogiéndolo con la mano, Grandsailles lo arrojó con fuerza en dirección al bosque.
Repentinamente, Solange dio rienda suelta a un estallido teatral de risa que se interrumpió con la misma brusquedad cuando Grandsailles giró y se aproximó al lecho con el rostro asolado por la emoción, y tan lleno de expresiones amenazadoras, que Solange se asustó. Jamás habría podido creer que el conde fuese capaz de abrigar un rencor tan apasionado. Pero era demasiado tarde para cambiar de actitud, y la ex-presión de Solange se fijó en una despectiva sonrisa que Grandsailles no pudo soportar ni un solo momento más, por lo que decidió borrada por .la fuerza. Bajó las manos hacia ella, la enterró el rostro en la almohada, y apretó con todas sus fuerzas.
Solange permaneció inmóvil, con los ojos dilatados como los de un animal acorralado.
_ ¡No quiero volver a ver esa sonrisa en su rostro! -gruñó Grandsailles-. ¡Idiota! ¿Qué sabe usted acerca de mi mundo?
Y mientras hablaba y apretaba, a cada momento un poco más convulsivamente, su dedo meñique se introdujo involuntariamente en la húmeda abertura de la boca de Solange y el gran anillo de oro golpeó duramente contra las encías de la mujer, que comenzaron a sangrar en el acto. Recobrando súbitamente el dominio de sí mismo, el conde cayó arrodillado, con la conciencia atormentada, al pie del lecho y pidió perdón.
Solange se puso en pie, para lo que tuvo que apoyarse momentáneamente en el hombro del conde y, a su vez, se dirigió al balcón; pero, en lugar de salir al exterior, se quedó en un rincón, protegida por la sombra oscura de la gruesa cortina. Inmediatamente, sus hombros, levantándose y bajando a causa de la atropellada respiración, comenzaron a verse agitados por unos sollozos convulsivos.
Entonces, Grandsailles se aproximó a ella, se inclinó y tomando entre las manos el rostro de, Solange con infinita dulzura, la besó en la boca. Era la primera vez que la besaba de aquel modo, y lo hacía solamente con el fin de obtener el perdón, pensó Solange. Y cesó de llorar.
_ ¡Olvídelo todo, querido! -dijo ella-. He sido demasiado feliz hace un momento, en el lecho de usted ... No quiero seguir jugando ni un solo momento más ... Le quiero locamente lo mismo si le agrada a usted que si le disgusta.
En aquel momento, oyeron los pasos de Maitre Girardin, quien acompañaba a Dick d'Angerville, que venía en busca de Solange. Solange se retiró hacia el espejo que había sobre la chimenea y fingiendo arreglarse el cabello, se limpió la sangre que le manchaba la mejilla, en tanto que Grandsailles hablaba con D' Angerville y el notario acerca de la visita que éstos habían hecho al alcalde.
Cuando Solange estuvo dispuesta, el conde los acompañó hasta la puerta de la habitación, donde se despidió de ellos. En el patio, Prince ayudó a D'Angerville, que tenía una obsesión por la colocación e insistía en cargar él mismo el equipaje y en utilizar la menor cantidad de espacio que fuese posible. Madame de Cleda paseaba de acá para allá, y llegó junto a un banco semicircular de piedra que estaba situado bajo un ciprés muy viejo y sobre el cual alguien había puesto una cesta de paja con huevos frescos. Dobló la rodilla para apoyada en el banco, cogió un huevo, lo rompió y lo tragó. Luego, tragó otro, y otro más, y así hasta cinco.
Debía comer más. Tan pronto como regresara a París, comenzaría
a cuidarse como jamás lo había hecho. Comprendiendo que se hallaban a punto de iniciar la marcha, Solange cogió un último huevo, lo cascó
En el castillo de Lamotte, abandonados a su habitual soledad, el conde y su notario se preparaban para la cena. Aquella mañana, Grandsailles había dicho a Prince:
-Me gustaría tomar esta noche una salade au coup de poing.
Y Prince había situado sobre la mesa todo lo necesario para preparar aquella «ensalada del puñetazo», como era denominada en la región.
Cuando el conde y su notario se hubieron sentado, Prince colocó
y lo sorbió en un abrir y cerrar de ojos. Hasta aquel momento, había realizado estas pequeñas operaciones con extremado cuidado y sin derramar ni siquiera una gota; pero en la última ocasión un poco de la clara del huevo resbaló por su barbilla y cayó al suelo. Como no tenía pañuelo, se limpió con el dorso de una desnuda mano, permaneció inmóvil durante un momento, con la cabeza inclinada hacia delante, en la misma actitud que había adoptado para impedir que la clara del huevo pudiera mancharle el vestido, y extendió los brazos con los dedos abiertos para que se secasen.
En aquel momento oyó el ruido que produjo la portezuela del departamento de equipajes al ser empujada de modo violento, un segundo golpe con más fuerza y más decisión. Ansiosa de conducir el coche,  Solange ocupó el asiento del conductor, e inmediatamente comenzaron a entrar en la prematura noche de un inmenso bosque de castaños gigantes que formaban un túnel en la carretera, como en el famoso cuadro de Fragonard de la colección Chester Dale. Transcurrieron veinte minutos en silencio. Solange tenía las manos ocupadas en el volante y sentía la clara de huevo seca sobre la barbilla, que le obligaba a hacer periódicamente un gesto que ponía en su rostro una expresión infinitamente conmovedora y desolada.
Dick d'Angerville, observándola discretamente, tuvo diversas veces en la punta de la lengua su habitual expresión: «Bonjour, tristesse!»; pero en aquella ocasión, no habiéndole pasado inadvertidas las lágrimas de Solange y la pequeña herida que tenía en un labio, decidió reprimirla y poner en marcha suavemente el aparato receptor de radio., Solange se dejó arrastrar por unos sueños intrincados, tenaces, absorbentes, rotos y recomenzados de nuevo más de cien veces con creciente insistencia. A través de un millar de heroicas aventuras, se vio a sí misma comprando los dominios tradicionales de Grandsailles, devolviéndoselos y evitando de este modo la industrialización de la llanura de la Creux de Libreux gracias a su incansable perseverancia. Al fin, volvía a plantar los alcornoques que cubrían los trescientos metros del terreno talado. Y, merced a su sacrificio, Solange de Cleda veía, al fin, el heráldico alcornoque de los condes de Grandsailles crecer y desarrollarse nuevamente y perpetuarse.
Pues, ¿no era ella la dama, el alcornoque?
ante el conde una gran fuente de la cual surgía el áspero reverso de medio pan campesino que había sido empapado, por espacio de cierto tiempo, en un jugo de color rojo oscuro compuesto de una mezcla de aceite, vinagre, morcilla finamente triturada y un poco de chocolate rallado. Maitre Girardin cogió una gran cebolla pelada que le entregaba Prince, envuelta en una servilleta doblada, la colocó en el mismo centro del pan y continuó sosteniéndola con las puntas de los dedos para evitar que se cayese. Grandsailles cerró el puño, lo elevó y lo mantuvo amenazadoramente sobre la cebolla para tomar puntería. Luego, la golpeó verticalmente con un vigoroso puñetazo que la partió en muchos fragmentos y la extendió sobre la corteza del pan, el cual, a su vez, se redujo a pedazos que se dispersaron. En este punto el conjunto fue salpicado con sal, escarola fresca y pimienta. El puñetazo fue la señal que sirvió a Prince, que había seguido el ritual practicado por su señor con extremada y ansiosa atención, para regresar a la cocina, convencido de que todo marchaba a las mil maravillas, mientras el notario, como si hubiera sido objeto de una súbita alucinación y sin retirar la hechizada mirada de la ensaladera, exclamaba:
- ¡Un milagro! Del puñetazo del conde veo surgir la entera llanura de la Creux de Libreux. Dígame: ¿es una locura... o es cierto? -y aproximando las candelas para que arrojasen más luz sobre lo que deseaba mostrar, Maitre Girardin comenzó a hacer una descripción de la ensaladera que tenía ante sí, con un encendido entusiasmo estimulado por el hecho de que se sintió honrado por la atención y la admirada perplejidad de Grandsailles, a quien aquellas caprichosas e ingeniosas humoradas del notario tenían el don de comunicar una repentina jovialidad-. Mire, mi querido conde -añadió Girardin mientras señalaba con las pálidas puntas de sus delgados dedos las onduladas y rotas protuberancias del pan-. ¿No es ésta la misma configuración de nuestras costrosas y doradas colinas de Libreux, con sus suaves inclinaciones, sus abruptos e inesperados cerros, sus profundas barrancas en que fluyen cascadas de cebollas frescas? Esas rebanadas delgadas, brillantes, de forma de serpiente, representan la dura y opalescente tensión de nuestros rápidos arroyos, con su espuma plateada cuando huyen de las nieves amontonadas en el extremo más lejano de la ensaladera. La frondosa escarola representa el primer plano de la fértil y bien regada vegetación de la llanura y, mientras, más allá, surgiendo de las selvas verde lechuga, aparecen las primeras y solemnes ondulaciones pastorales, donde los granos de centeno, hundidos en la corteza, representan la vida, la rumiante actitud de los inmóviles y meditativos ganados, en tanto que los brillantes cristales de la sal repartidos en las iluminadas alturas representan, a su vez, las ventanas de los pueblos lejanos, centelleantes bajo el sol de la tarde. Aquí hay un gran grano de sal, solitario y mate, junto a una ribera inclinada: es la ermita, blanca, de San Julián. Y aún hay más; mire, mi querido conde, las diminutas partículas de pimienta, molidas irregularmente, ligeramente alargadas... algunas, hasta parecen tener cabeza... Andan, son nuestros campesinos, vestidos de negro; llenan los huecos de los caminos y de las carreteras retorcidas, en fecunda procesión al regresar de practicar su labranza cotidiana ...
Grandsailles estaba fascinado y melancólico.
-Todo lo que dice usted es hermoso como la Arcadia de Poussin-dijo suspirando. Y luego, ávidamente, se lanzó contra la ensalada
con toda la energía de su tenedor y su cuchillo, que habían permanecido inactivos durante la larga perorata del notario.
Después de la ensalada, Prince sirvió trufas cubiertas de ceniza, en su envoltorio s de papel inmaculadamente blanco, y llenó las copas de vino de la cosecha de 1923, el cual, como Girardin afirmó, tenía un perfume de luz de sol. Comieron las trufas en silencio, y cuando fue servicio el queso de cabra, el conde dijo a su notario:
-Bien, mi querido Girardin; ahora, hábleme de Madame de Cleda. E hizo la petición en el mismo tono con que podría haber pedido que se interpretase su pieza de música favorita.
-Estaba, precisamente, pensando en ella -contestó el notario- mientras comíamos las trufas. Cada uno ve las cosas con arreglo a sus propios sentimientos e inclinaciones. Sin duda, el vizconde D'Angerville imagina que el cuerpo de diosa de Madame de Cleda encierra el alma de una reina; y muchos de sus admiradores, interpretando equivocadamente el fuego permanente de su mirada, le atribuyen el temperamento huraño  de una cortesana. Yo, por ser notario, debería verla sobre todo, desde mi punto de vista profesional, como una hermosa compañera, o desde el punto de vista de mi rústica y poética ingenuidad, como a un hada. Pero nada de esto me satisface. Veo a Madame de Cleda más bien como a una especie de santa.

Y, como Girardin sorprendiera una sombra de ironía en los ojos del conde, continuó su explicación.
Por la gracia de Dios, las santas poseen muchas veces cuerpos hermosos como el de Afrodita. Esta tarde, observé a Madame de Cleda durante todo el tiempo que empleamos en tomar el té. Iba vestida de una manera tan exigua, que no había posibilidad de engañarse de la perfección de su cuerpo; y, sin embargo, salía permanecer con los brazos cruzados sobre el pecho, como si tuviera frío, con lo que sugería al mismo tiempo la pose escultural de una mujer desnuda que saliese del baño y la de una santa que estuviese escuchando un mensaje de los Cielos. Mientras la observaba, me sorprendió la pureza que se refleja en el óvalo de su rostro. Y tenía los labios tan pálidos que solamente pude pensar en la monja de la canción que todavía se canta en Libreux: El día de fiesta es la fiesta de San Julián.
-No la conozco -dijo Grandsailles.
-Según la leyenda local -explicó Girardin- cuando san Julián cruzaba la región acompañado de los más fieles de sus discípulos, descubrió la tumba de una monja que había sido célebre por su belleza. Al abrirse el ataúd, se vio que todo el cuerpo se había convertido en cenizas, y que en su lugar habían crecido cardos y tréboles. Solamente la cabeza de la monja, cubierta de la blanca y deslumbradora cofia, permanecía intacta; pero la boca se había vuelto tan blanca como la cal, y unos jazmines crecían en las comisuras de sus labios.
-¡Comprendo! -exclamó el conde en un susurro, como si hablara para sí mismo-. Las trufas bajo las cenizas... los envoltorios de papel. .. La cofia...
_Y el refrán de la canción -concluyó Girardin-, que se canta con una inflexión melancólica, con acompañamiento de flauta, gaita y tamboril, dice así:
Sus pechos eran como dos vivas piedras. Sus piernas eran la verde hierba, y sus labios eran jazmines...
-Cántemelo. Creo que conozco la melodía -le suplicó Grandsailles.
Girardin no tenía necesidad de que se le acuciase y, después de haber tomado un sorbo de vino y de chascar la lengua, con voz de falsete y con la perfecta Y gorgoriteante entonación característica de los aldeanos de Libreux, cantó fragmentos de la balada de la monja de San Julián; y después, cantó la canción entera Y volvió a cantada, esta vez acompañado por la voz profunda del conde, que marcaba el ritmo golpeando con su anillo de oro contra un plato de cristal que sostenía en la otra mano para producir un sonido agudo y sin resonancias.
Cuando llegaron al estribillo, Maitre Girardin se oprimió la punta de la nariz con los dedos para agudizar y refinar la quejumbrosa inflexión del canto con el tono estridente de su voz nasal.
-Sus pechos eran como dos piedras vivas -exclamó Girardin con
voz tan delicada como el zumbido de un mosquito en tanto que suspiraba.
-¡Pum, pum, pum! _respondió Grandsailles marcando el último « ¡pum!» con un golpe más duro del anillo.

¡SUS piernas eran la verde hierba!,
¡pum, pum, pum!,
 labios eran jazmines,
¡pum, pum, pum!,
¡pum, pum, pum!,
¡pun, pum, pum!

Girardin siempre se marchaba a las diez y media. Por esta causa, se puso en pie y se despidió. El conde permaneció por espacio de diez largos minutos en el comedor escribiendo la canción en su cuaderno de notas tan lentamente como le fue posible; y luego, no supo qué más hacer. Durante unos momentos, proyectó decir algo a Prince, quien parecía entretenerse intencionadamente, como si tuviera esperanzas de que se iniciase una conversación. Pero el silencio no fue quebrantado. Y Prince sonrió con una sonrisa insignificante y triste, como si quisiera pedir perdón porque Grandsailles no hubiera encontrado nada que decirle.
Recogió las últimas piezas del servicio, dio las buenas noches, y se retiró. Después, levantándose y subiendo lentamente la ancha escalera, Grandsailles se dirigió a su habitación.
La luz eléctrica del Cháteau, siempre un poco débil, temblaba de un modo casi imperceptible, y la única lámpara, que colgaba hasta muy baja altura desde el centro exacto de la estancia del conde y exactamente sobre el centro del lecho, estaba tan gastada, que su ambarina y moribunda palidez apenas arrojaba un débil resplandor sobre él.
Bajo la doblada sábana superior del lecho, estaba cuidadosamente plegada una camisa de dormir blanca. Según tenía costumbre de hacer todas las noches, el conde puso sobre ella su cuadernito de anotaciones  y se desnudó. Cuando estuvo absolutamente desnudo, permaneció así dllllll1te varios momentos, acariciando distraídamente un moretón que se había producido bajo la tetilla izquierda con un botón al aplastar cebolla de la ensalada poco tiempo antes.

El cuerpo del conde era perfecto, alto, hermoso, y para formarse una idea de él, será preciso recordar el famoso dibujo de Apolo ejecutado por Rafael y que se guarda en el museo de Milán. Cuando el conde hubo puesto la camisa de dormir, que era solamente un poquito más larga que su camisa de día, recogió el librito de anotaciones y se  dirigió al extremo de la habitación en que había un gran armario de caoba, muy estrecho, pero tan alto, que llegaba hasta el techo.

Este rígido armario descansaba sobre cuatro pies humanos de largos y delgados dedos de estilo egipcio, labrados en bronce dorado y brillante. Grandsailles abrió sus dos puertas; el interior del armario estaba vacío, con excepción de los estantes centrales en los que había al alcance de la mano una serie de objetos: a la izquierda, una pequeña calavera de una niña coronada de una delicada aureola en oro, atribuida a Sainte Blondine, que Grandsailles conservaba desde que comenzó la restauración de la capilla del Chateau; junto a esta reliquia de la niña mártir, un violín y un arco; y junto a estos objetos una llave negra, adornada, con un crucifijo incrustado, que pertenecía al ataúd que encerraba los restos mortales de la madre del conde. Como hacía todas las noches, Grandsailles dejó allí el cuadernito y cogió el violín; mas en el momento en que inclinaba la cabeza para oprimir el instrumento entre la barbilla y el hombro, oyó un ruido que le obligó a volverse. El rostro sonriente de una mujer vieja apareció en la puerta, que estaba abierta parcialmente.
Era la fiel ama de llaves, a quien el conde llamaba siempre «La Canonesa de Launay», en recuerdo de La Cartuja de Parma, de Stendhal.
-Buenas noches, canonesa -dijo el conde abandonando el violín y depositándolo sobre el lecho.
La canonesa entró, portante en una mano de un plato con dos alcachofas hervidas, para satisfacer la manía del conde cuando le atacaba el insomnio en las altas horas de la noche; en la otra mano, llevaba un guante peludo hecho de piel de gato con el cual frotaba regularmente la pierna defectuosa del conde en las ocasiones en que sufría agudos dolores de reúma. La canonesa era casi diabólicamente fea, pero suscitaba cierta atracción con su despierta vivacidad y su expresión inteligente. Era limpia hasta un punto exagerado; tenía la piel fina, aunque monstruosamente arrugada, y su ojo derecho manaba constantemente, lo que la obligaba a limpiárselo frecuentemente con el blanco delantal de encaje que vestía.
El conde no tenía secretos para su canonesa. Era la única persona que estaba autorizada a entrar en su habitación y salir de ella sin anunciarlo por medio de una llamada. Decidía acerca de todo en el Chateau, y comoquiera que el conde no podía vivir sin sus servicios, la llevaba consigo siempre que iba a París. La canonesa, que aún no había abierto la boca, se arrodilló y comenzó a frotar concienzuda y pacientemente la pierna del conde. Luego, apoyó la otra mano en la rodilla del conde para levantarse y cargó sobre ella el pleno peso de su cuerpo.
-Debería usted quitar la cabecita de Sainte Blondine del armario -dijo en tanto que comenzaba a retirarse-. Yo jamás podría dormir si la tuviera en mi habitación.
Al llegar a la puerta, se limpió con gran lentitud el ojo enfermo, que ya había tenido tiempo para humedecerle el cuello de arriba abajo mientras estuvo arrodillada, y repitió por dos veces esta frase a modo de conclusión:
-Pues nada aleja el sueño tanto como el pensamiento continuo de la muerte.
Y, cuando caminaba a lo largo del corredor, el conde oyó que la mujer murmuraba:
-¡Bendito sea el Señor! ¡Bendito sea el Señor!
El reloj dio las once. El conde recogió nuevamente el violín y oprimiéndolo con fuerza bajo la mejilla, inició con su virtuoso arco el Aria en Re Mayor de Bach. Estaba un poco inclinado hacia delante, con la pierna herida apoyada en el borde de la cama; la abertura lateral de su camisa de dormir desnudaba parcialmente el muslo, que se había tornado rosado como consecuencia del estimulante del frotamiento. En el centro de la zona de piel de este modo irritada, la vieja cicatriz extendía sus ramas, como las de una berenjena oscura.
La mirada de Grandsailles se posó sobre la cabecita de Sainte BIondine, que tenía los menudos dientecitos intactos y tan blancos como las piedrecitas de un río. Su pureza le hizo pensar en las rodillas de Madame de Cleda, y el recuerdo de su rostro macilento, ennoblecido por el brillo de las lágrimas, pareció prestar decisión y divina belleza en la melodía.
Grandsailles respiró profundamente, movió la cabeza al compás de las inflexiones melódicas de la ardiente sonata; pero su rostro, impasible y exento de contracciones musculares, dio fe de que las emociones de su corazón, a pesar de su debilidad, no tenían derecho a enturbiar In cristalina limpidez de su interpretación. Y cuando el aria se aproximaba a sus notas finales, en las que toda la angustia de la noche parecía alcanzar un punto geométrico en el cual quedaba prendida para toda la eternidad, pudo sentir la yema del dedo pequeño de la mano con que sostenía el arco como si todavía estuviera húmedo de la cálida y deseable saliva de Solange de Cleda.

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