Decir y volver a decir, repetir
tantas veces que la repetición se imponga, tal es nuestro deber que usa lo
mejor de nuestras fuerzas y que no tendrá fin sino con ellas.
Él, que camina
ignorando completamente el fingido objetivo de dirigirse a alguna parte para
darle a su recorrido no el sentido de una búsqueda precisa, sobre la cual no
aporta rruebas, sino una apariencia de orientación, aun cuando la ruta
luminosa jovialmente tomada al partir ya no sea más que tinieblas donde se
hunde cada día más hacia el lugar enigmático de su destino, un lugar tanto
menos accesible en la medida en que por más que vaya hacia adelante aumenta la
distancia con respecto a él y duda que lo alcance alguna vez, llegando incluso
a dudar de su realidad, de modo que la sensación de haber tomado el camino
equivocado es reemplazada por la creencia de que ninguno sería mejor que otro,
que todos conducen, ni buenos ni malos, a veces a pesar de largos desvíos que
inducen al error, a quedar entre la espada y la pared, frente a la muerte.
El pensamiento gira en torno al mismo motivo obsesivo con
tan pocas variantes que se diría sometido a ese movimiento orbital y como
embrujado por él. Sin embargo, persiste en él la esperanza de que le será
devuelta la capacidad de lanzarse fuera del círculo y escaparse, pero una
esperanza que disminuye día a día y corre el riesgo de apagarse a corto plazo,
tal vez mucho antes que aquel que habría esperado en vano su realización y no
conocerá otra evasión mental más que perdiendo' su vida -salvo que atribuirle
ese conocimiento y la facultad de gozar de él es jugar con las palabras, pues
el error de perspectiva que no hay que cometer sería proyectar de antemano lo
que depende de la vida en aquello que es su negación absoluta.
Separarse tanto
como sea posible de lo más pesado de cargar que sobrevive en el ser, que torna
doloroso y frena el avan-
ce, aun si aquello que lo obstaculiza es en buena medida
lo que lo motiva, asegura su continuidad, aunque se haya vuelto casi
imperceptible y sin pausa como a punto de romperse.
¿Por qué lamentar que esta
conjunción laboriosa de.la memoria y el lenguaje tenga un pregusto de muerte?
¿No pasa lo mismo con toda cosa animada, con mayor razón aquellas que uno se ha
encomendado la tarea de rescatar del olvido, reactivándolas e integrándolas al
presente? Su resplandor es efímero en cuanto se manifiesta allí un retorno a
la vida y por eso mismo una doble intimidad con la muerte, que sería una
ilusión creer que no tendrá en esta caso, como en otros, la última palabra.
Hacerle trampas enmarañando la cronología no la vuelve menos cercana, ni hace
menos ineluctable su llegada, tanto es así que nada recobra una forma viva que
no deba perderla un día u otro, y esta vez de verdad, ya sea que nuestros
esfuerzos se hayan mostrado demasiado deficientes y hayamos renunciado a asumir
el papel de reanimador sin embargo insustituible, ya sea que aun antes de
haberlo decidido de repente se nos sustraiga la vida, en cuyo caso la cuestión
no hubiese debido plantearse en términos de elección -perseverancia o abandono-
sino de fatalidad.
Semejante ley, sea que uno se le
oponga o la acepte, no tolera excepciones. Toda reencarnación verbal no resulta
menos vulnerable y fugaz que las realidades del momento, y hace falta una gran
presunción combinada con cierta ingenuidad para imaginarse que no tendrá que
sufrir la misma suerte tarde o temprano.
Pero si algo hay que lamentar,
alégremonos de que su tiempo esté igualmente contado, que la muerte activamente
lo haga su presa y que, liberado como una vieja obsesión, se apacigiie nuestro
espíritu vuelto casi indiferente a su propia pérdida, por inminente que nos
parezca, pasada cierta edad. Una indiferencia que tampoco subsistirá, porque el
tormento regresa bajo muchas otras formas a ocupar el campo del pensamiento
para desaparecer y reaparecer transmutado y volver a desaparecer siguiendo las
inflexiones del ser en busca de su inhallable unidad.
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