COMO ME CONVIERTO EN UNA FATALIDAD
(Marx entre otros)
«Si una vez hecha la cosa, todo quedara hecho, convendría hacerla pronto; si el asesinato lanzara las redes sobre cada consecuencia, si se zanjara con éxito; si este solo golpe fuera todo y terminara con todo aquí abajo, en el banco de arena del tiempo, arriesgaríamos la vida futura ... »
SHAKESPEARE, Macbeth (1,7)
¡Ecce maestro!
La crítica del «viejo» maestro
pensador por su joven y poco respetuoso sucesor es habitual: hay algo al margen
de tu programa-discurso, en nombre de este algo yo derribo tu programa. Al
margen de tu Estado-racional, queda la libertad de! burgués y de la «sociedad
civil» objeta Hegel a Fichte. Al margen del burgués, el obrero, encadena Marx.
Sigue quedando fuera el mundo a dominar, sugiere Nietzsche. Y como dé un
sombrero de prestidigitador, ¿qué reconoces tu encarnado en este resto?
Precisamente tu programa apuntalado sobre las patas traseras y burlándose de ti
con las delanteras.
Los maestros pensadores se
escrutan entre sí con una temible lucidez. Si bien Hegel reconoce. a su
antecesor, Fichte, el mérito de haber inaugurado la «revolución filosófica»
alemana, el joven Hegel condena con mucha más fuerza el extraño Estado racional
fichteano en el que «la policía sabe
casi exactamente dónde se encuentra cada
ciudadano a cualquier hora del día y lo que hace». EI «domino absolutamente
perfecto de uno mismo» postulado por el
yo fichteano, Hegel lo ve realizado en el Estado de la sospecha generalizada
que pretende vigilar más que castigar, disuadir más que obligar, asegurar más
que reparar: «cada ciudadano no ocupará únicamente a un funcionario como en el
ejército prusiano donde un extraño sólo
es vigilado por un hombre de con" fianza, sino al menos por media docena
para la vigilancia, las cuentas, etc., y cada uno de estos vigilantes será
vigilado a su vez, y así hasta el infinito, de modo que el más" simple de
los asuntos da lugar a una infinitud de asuntos». Chigalov, en Los endemoniados de Dostoievski, resume
este especulativo mapa de la ternura: «salido de la libertad" ilimitada,
he llegado al despotismo ilimitado».
Si la crítica hecha x Hegel a
Fichte anticipa todas las críticas de la «burocracia china», la hecha por Marx
a Hegel pasa por dirigirse, con up siglo de anticipación, al régimen socialista
ruso: un cuerpo de funcionarios «racionales» que trabajan en “Io universal» y
cultivan allí sus intereses particulares -¿qué mejor definición para la “Nomenclatura»
soviética, este aparato político-económico, que recubre sus datchas, sus
almacenes privados y sus privilegios con el manto rojo del «internacionalismo
proletario»? -.Premonitorios a su vez aparecen los reproches de Bakunin
referentes al autoritarismo y las numerosas “faltas de delicadeza» de Marx organizador.
Siempre se ve bien, muy bien, la viga en el ojo del maestro pensador vecino.
La táctica de las sucesivas
cargadas señala dos tiempos. En primer lugar no te mereces tu corona, todo o
que propones se revela Estado policíaco.
A fuerza de citas y de comentarios desveladores. Después: has apelado a la policía porque has «olvidado”
esta amplia fracción de la población que permanece oprimida y en cuyo nombre yo
hablo. Abriendo fila interviene en este punto Bakunin, con su «flor del
proletariado» en el ojal, ya no «la capa superior, la más civilizada y la más
acomodada del mundo obrero», como entienden los «marxianos», sino «esta gran
canalla popular ( ... ) casi virgen de toda civilización burguesa (…) llevando
todos los gérmenes del socialismo del futuro». Cruzas el Estado policíaco,
giras a izquierda y te instalas maestro pensador a tu vez «extremista» durante
un tiempo.
¿Hegel hijo de Fichte, Marx hijo
de Hegel, etc.?, este movimiento que parece lineal y bíblico se desarrolla en
el universo cerrado de su programa común, si es lineal no por ello deja de
girar en redondo, si es bíblico es porque pasa eternamente el relevo de la
misma promesa científica. «Marx es un hombre de una inmensa inteligencia y,
además, un sabio en el sentido más
amplio y más serio de la palabra», afirma Bakunin en lo más encendido de
la pelea -¿acaso no permitió que Marx definiera ese socialismo» cuyos «gérmenes»
llevaba su canalla?-. El apisonamiento político de Marx dejaba su ciencia, su
economía política, fuera de tiro. Al abandonar a Marx la tarea de definir las
bazas supremas (capitalismo/socialismo), al pretender simplemente mejorar los
métodos (autoritarios/antiautoritarios), Bakunin no salía del círculo sagrado
de la ciencia revolucionaria y de su autoridad. Aunque los ajustes de cuentas
entre pensadores se revelen tan despiadados como entre los justicieros de los
pueblecitos norteamericanos, los hermanos enemigos permanecen unidos en contra
del indio.
Cada cual derriba ruidosamente a
su predecesor, cada cual habla en nombre de los olvidados es para hacerles
enunciar la misma programación científica. Cuando Marx promete volver a poner
sobre los «pies», de manera materialista, el idealismo de Hegel, utiliza la
imagen con la que Hegel saluda la Revolución francesa donde «el hombre se pone
cabeza abajo» y pretende de este modo arreglar el mundo, a lo Fichte. Al revés,
al derecho, invertido, derribado, repuesto, cada cual descubre siempre en el
otro el mismo punto de vista: la ciencia del Estado policíaco. Y que ninguno
distingue en sí mismo “Elevad vuestros corazones bien alto, hermanos míos, cada
vez más alto! ¡Y no olvidéis vuestras piernas, por favor! ¡Elevad también las
piernas, buenos danzarines, mejor todavía, bailad, pues, un poco sobre la
cabeza!» (Zaratustra).
La orden de movilización
Las generaciones de maestros que
se siguen inscriben en una superficie «virgen» el enigma solucionado de una
prehistoria referente a su fin, mientras que, para ellos, la historia auténtica
arranca de cero -¿se hablaría de generación si no se tuviera en la cabeza la
leyenda áurea de estas sucesivas «revoluciones filosóficas» ¿-. ¡Ah! La
sucesión de las cabezas venerables y más o menos barbudas en los sellos de los
países socialistas.
Pronto el movimiento lanzado por
los maestros pensadores se revela turbulento, los arrastra, briznas de paja uno
tras otro, aunque ninguno de ellos actúe. No al menos materialmente en la
medida que mentes más pequeñas, con la envergadura rimbombante del siglo xx,
han dado a las palabras acción, revolución, historia. ¿Importa? Todos habríamos
podido escribir con Nietzsche: «Lo que yo cuento es la historia de los dos
próximos siglos». Una estrategia con su lógica propia, que es una lógica de la
acción; los maestros del siglo XIX fueron arrastrados por esta lógica,
poseyéndonos por la acción que programa.
La historia que narran todos los
maestros pensadores, la del comienzo absoluto, del dominio del mundo y de la
sociedad, la cuenta Marx, el primero en hacerlo
sistemáticamente, como una historia venidera (más adelante, Nietzsche
cuestiona este poder de historiar típico de los «constructores de futuro»). Con
ello Marx se convierte en el más «operacional» de los maestros pensadores, y
también en aquel en quien todos se descubren operacionales. En efecto, no fueron
los pormenores de las «previsiones científicas» de Marx, la causa del éxito de
su doctrina. Cada cinco años pronosticaba una crisis del capitalismo siempre
más fulgurante y final que la anterior, hasta el punto de que temía por la
terminación de su gran obra El Capital ante las tareas de la revolución
inminente y mundial que debía seguir. En cuanto a sus directrices respecto de
la conducción del movimiento obrero, hay que decir que fueron suficientemente
imprecisas y contradictorias como para movilizar unos contra otros a los
proletarios de todos los países. En las guerras europeas (trincheras de Verdun
rociadas por ambos lados de agua bendita, cristiana o marxista), en las guerras
civiles, en los conflictos entre potencias socialistas. Marx no es operativo en
el «detalle», pero tampoco vale simplemente como «profeta», en lo que se
refiere a la utopía existieron espíritus más imaginativos y libres. Marx es operativo al por mayor, propone una clave estratégica para descifrar, y por
tanto organizar, los mayores conflictos del mundo moderno.
La clave es común a todos, como
un final apocalíptico, duelo napoleónico que opone los grandes principios que
polarizan el espacio y el tiempo de la humanidad: Naturaleza y Espíritu,
Esclavo y Amo, Trabajo y Capital, Socialismo y Barbarie. Quedaba por medir el
terreno, dividir los campos, ordenar las cosas y disponer los hombres, hasta
convertir a la doctrina más secreta de los librepensadores en la evidencia más
común y en el pan cotidiano de los combatientes: «Camaradas, amamos el sol que
nos ilumina, pero si los ricos y nuestros agresores quisieran monopolizar el sol, diríamos: que se apague el sol y que
reine la oscuridad, las tinieblas eternas... » (Trotski, 11-9-1918). Y para
convencerse de que el sol puede ser monopolizado,
era necesario que Marx escribiera El Capital.
Una ciencia de los grandes medios
Antes de asolar la crónica
histórica y penitenciaria, el culto de la personalidad es una actividad eminentemente
académica, práctica habitual del los doctores -de unos sobre los otros y de cada
uno respecto de si mismo-.tanto los defensores como los críticos de Marx
aceptan habitualmente la división extremadamente personalizada que singulariza
en «bien» o en «mal», es equivalente al revolucionario Marx opuesto a un Hegel
«último de los filósofos» ... por no citar a los demás maestros generalmente
Ignorados.
También Marx y su amigo Engels
sacrificaron a esta jovial tradición universitaria que exige que se estudie el
pensamiento en los límites harto circunscritos de un estado civil. ¡Qué pena no
disponer de la ficha policiaca de un Shakespeare o de un homero! ¡Cuántas dudas
sobre sus obras!¿Son uno, eran varios? Marx se preocupó de evitar semejante
confusión: primero en sumar la filosofía alemana, la política revolucionaria
francesa y la economía inglesa, primero también en extraer de ellas la ciencia
de la revolución que lega al proletariado europeo, ¿Con un derecho de
primogenitura para los obreros alemanes? ¡Indicio! toda la operación no nos
permite en absoluto salir del marco del «idealismo alemán», de esta «revolución
filosófica» encendida por Fichte en las llamas de la Revolución francesa y de
la crítica que de ella hacen los ingleses (la primera obra de Fichte contestaba
al «liberal» Burke). En realidad, tanto las doctrinas económicas de los
ingleses como las doctrinas políticas de los franceses fueron desde un
principio conocidas y meditadas por los maestros; Marx «lee» a Ricardo de la
misma manera que Hegel «lee» a Adam Smith, Steuart, etc.; con respeto y atención,
para extraer su sustanciosa médula filosófica -los ingleses son «vulgares» o.
en el caso de los mayores, «clásicos»; el maestro alemán será moderno y
científico.
La ciencia de Marx recibe en la
cuna toda la herencia dé la "Wissenschaft» -filosofía concluida como
ciencia- de Fichte y después de Hegel. Marx
no puede nacer menos que los
predecesores que él mismo se ha asignado: así, pues, propone una solución
global él los supuestos problema~ de la Revolución francesa -¿cómo (por tanto:
¿contra quién?) organizar una sociedad de hombres que aprendan a pensarse
libres, cómo puede gobernarse la plebe?-. Este carácter global de la pregunta y
de la respuesta diferencia al socialismo científico de las doctrinas utópicas,
dogmáticas y parciales, que sólo' pueden apasionar a un proletariado inmaduro.
Aquel, por ejemplo, que 'después del aplastamiento de junio de 1848 «se lanza a
las experiencias doctrinarias, bancos de cambio o asociaciones obreras, es
decir a un movimiento en el que renuncia a transformar el viejo mundo con la
ayuda de los grandes medios que le son propios sino que, muy por el contrario. Intenta
realizar su liberación, por decirlo de algún modo, a espaldas de la sociedad,
de manera privada, en los restringidos límites de sus condiciones de existencia
y, por tanto, fracasa necesariamente».
¿Cuándo escapa el proletariado a
sus límites? Abiertamente, en la revolución, En las demás ocasiones, mediante
la ciencia marxista de los grandes medios. Así, pues, la ausencia de límite
restringido parece resultar solidaria de las condiciones de inexistencia del
proletariado y de la existencia incondicional de los maestros de la teoría. Ellos
mismos se atribuirán la tarea de gobernar la internacional liquidando las
“sectas” en nombre de su saber: “estas sectas (…) significan la infancia del
movimiento proletario de la misma manera que la astrología y la alquimia
significan la infancia de la ciencia. Para que la función de la Internacional
fuera posible era preciso que el proletariado hubiera Superado esta fase»... A partir
de entonces, la clase obrera al poder, es la ciencia en el puesto de mando.
Todo el poder a la ciencia porque
existe una ciencia del poder, de la toma del poder, de la revolución. El puesto
de piloto no corresponderá a un académico sino a los Napoleones de las guerras
civiles futuras. «La industria enfrenta a dos ejércitos; cada ejército mantiene
por otra parte la lucha en sus propias filas, entre sus propias tropas. El
ejército menos debilitado por las peleas intestinas alcanzará la victoria.» Explotar
científicamente las contradicciones del Capital, organizar no menos
científicamente el campo del Trabajo -los expertos llevan un siglo acumulándose
en la portezuela entreabierta por Marx, que sigue siendo insustituible como
pintor de las batallas futuras: « ¿Hay que asombrarse de que una sociedad,
basada en la oposición de las clases, llegue a la contradicción brutal, al
choque cuerpo a cuerpo, como último desenlace?» (Subrayado por Marx). Es
inapreciable también por las letras avaladas sobre un futuro que, sin realizar
ninguna de sus promesas, le asegura sin embargo, mil millones de fieles,
voluntarios o no. A menos que, por un efecto del auto anticipación, la promesa
del último desenlace» no se realice finalmente
en un «choque cuerpo a cuerpo» bajo la dirección -igualmente de choque- de
generales rusos y chinos, marxísticamente contradictorios.
La elección de los jefes se
realiza al borde del abismo, a la sombra de la catástrofe apocalíptica, en
nombre de la ciencia- guía. En todos estos puntos Marx no rompe el hilo del
«idealismo alemán» sólidamente anudado bajo la evocación de los terrores
revolucionarios y sobre la meditación de las grandes batallas napoleónicas. Los
maestros pensadores producen enjambres de doctores Folamour en los cuatro puntos
del planeta, hasta las aldeas mas recónditas de Asia y de África: «el paraíso
está a la I50mbta d~ las espadas -he ahí un símbolo más, una de estas fórmulas
terminantes en las que se traicionan, en las que se adivinan las almas de
extracción noble y guerrera» (Nietzsche).
Aprender a jugar el Gran Juego
Para movilizar grandes medios es
preciso un objetivo grandioso, para arriesgar el todo por el todo era necesario
que, el todo se convirtiera en baza, «el Capital aparece como una fuerza social
cuyo agente es el capitalista y que ha abandonado toda suerte de relación con
lo que el trabajo de cada individuo es capaz de crear; pero se manifiesta como
una fuerza social alienada y autónoma que se enfrenta a la sociedad... ».
Hay con qué satisfacer intelectualmente
a toda la «sociedad»: al desesperado que quiere hacer compartir sus sentimientos
publicando la causa de su desesperación y al esperanto que exorciza el único
objeto que separa su sueño de la trivial realidad -la culpa es del sistema-o El
jefe que toca a retirada antes del sálvese quien pueda y el mismo cuando
explica retrospectivamente su fracaso: ¡dale al capital! El intelectual que de
golpe corta la historia en dos y el que se adapta tranquilamente: el Capital es
el «viejo mundo», y es un mundo, por consiguiente todo en este mundo. Y el
burgués que se cree todo, y el obrero a quien se pretende que se crea nada, y
los militantes que paren la historia y el héroe que le hace el niño. Al hacer
brillar El Capital con todas las luces con que la filosofía alemana ilumina sus
realidades supremas, Marx ha promovido un objeto extraordinariamente gratifican
te: «el capital es la fuerza económica de la sociedad burguesa que domina todo.
Constituye necesariamente el punto de partida y el punto final... ». ¡El todo!
¡La necesidad! ¡El punto de partida obligado! ¡La llegada, final de trayecto
todo el mundo se apea! ¿Qué pide el pueblo?
El mundo moderno en su conjunto
se halla bajo el corte de un único sistema de dominación: el Capital es el Amo,
el vampiro; más sobriamente: «el capital no tiene más propiedad que la de
reunir la masa de brazos y de instrumentos que haya frente a él. Los aglomera
bajo su mando, es todo 10 que acumula realmente». Marx se empeña en subrayar
esta unidad universal de dirección. Se dirá: es para derribada mejor. Sí, pero
para derribar es preciso unirse, sólo la unidad de mando acabará con la unidad
de mando. El Estado para hacer desaparecer el Estado, dicen idénticamente
Fichte y Lenin. Las buenas sucesiones se operan por la lucha y la «prueba
suprema por medio de la muerte» funciona una vez más como una transmisión de
poderes.
El poder del poder
separador
En su omnipresencia el sistema de
dominación anula cualquier intento “local» de emancipación (inmediatamente
calificado de parcial, parcelario, sectario); al margen de la confrontación
central con el capital no hay salvación. Esta estrategia en el centro puede
permanecer durante mucho tiempo imprecisa, contradictoria, funciona desde su
inicio reivindicando para ella la apropiación exclusiva del Único punto de
apoyo que permite levantar el mundo. Excluye cualquier otra vía. Al proclamar
su oposición'. irreconciliable, marxismo reformista y marxismo revolucionario
se entienden perfectamente en este punto: el centro decide acerca de todo. El
capital se revela un doble vampiro, explota pero además «recupera» todas las
luchas concretas emprendidas contra él por personas concretas. La condena (en
nombre de los «intereses generales del movimiento») del economicismo espontáneamente egoísta de los obreros o del
nacionalismo «pequeño burgués» de los pueblos que luchan por la liberación
llegará después. Ya está contenida en germen en el análisis hecho por Marx de
las libertades del 89. Su análisis de los Derechos del hombre del ciudadano equivale
a traducir un lenguaje aparente y engañoso en una lengua exacta: el formalismo
de los derechos tiene por contenido real el sistema de dominación (sistema del dinero anuncia el joven Marx en La
cuestión judía, sistema del capital, precisa el viejo Marx). Las «aguas glaciales»
del circulo capitalista lo determinan todo: Libertad, Igualdad y Pro piedad.
Cabe afirmar este análisis con cantidad de
sutilezas metodológicas, epistemológicas y pedagógicas, entre la
infraestructura económica y la sobreestructura jurídica se hace funcionar en
ambos sentidos el ascensor de la «interacción dialéctica», o bien se, descubre
en el derecho la presencia de una «causa ausente» (entiéndase el capital) -sean
cuales fueren los juegos de palabras que articulen este discurso siempre se
encuentra al final, en «última instancia», el que siempre da el la y la palabra final, el sistema de
dominación uno e indivisible aparecido sin afeites con el 89:, «la revolución
política descompone la vida burguesa en sus elementos ... ».
Este sistema de dominación
-analizado a partir de ahora como
burgués y capitalista- reproduce exactamente el «reino del
entendimiento» predilecto de la filosofía alemana, imagen propuesta por Fichte y después por Hegel: de un mundo
revolucionado políticamente por los franceses y sumergido repentinamente en una
confusión abismal. Viviendo en la espera de la «revolución filosófica». Marx,
que habitualmente explica que la filosofía~ alemana refleja en la desgracia las
exigencias de la situación política francesa, se pierde de repente en estos
juegos de espejos. AtropelIa la cronología, remonta el tiempo y supone que los constjtuyentes
habían leído lo que Fichte escribiría cinco años después: «la Igualdad no es
otra cosa que el Yo = Yo alemán traducido en forma francesa, es decir
política». ¿Quién traduce a quién? ¡POCO importa si el capital es este
traductor simultáneo que habla económicamente inglés, filosóficamente alemán y
políticamente francés!
Y
que dice siempre lo mismo: «El dinero se ha convertido en la potencia
mundial (Weltmacht) y el espíritu
práctico de los judíos se ha convertido en el espírítu práctico de los pueblos
cristianos». Hasta la economía política de los ingleses deberá ser inyectada de
filosofía alemana: el sistema que Smith y Ricardo plantean como «natural» será
desvelado como radical y antinatural, «judío» en el sentido hegeliano:
provocando la disolución de toda comunidad humana y la reducción del individuo
a su soledad atómica frente al amo absoluto. Las sociedades primitivas no conocen
ni el capital ni el trabajo (general, abstracto) porque «es precisamente la
comunidad planteada antes de la producción lo que impide al trabajo de los
individuos ser trabajo privado y a su producto ser un producto privado». Inversamente
«el prodigioso poder de lo negativo» que Hegel proyectó en la religión judía y
después asumió como «energía del pensamiento», Marx reencuentra su
manifestación privilegiada en el dinero: «el dinero es directamente la
comunidad real de todos los individuos (...). Pero en el dinero la comunidad
sólo es una abstracción pura, una cosa absolutamente fortuita y exterior al
individuo». En suma, es la «muerte» que conviene «mirar de frente».
Marx interpreta el hegelianismo
mediante la economía política (la lógica de Hegel es «el dinero del espíritu,
el valor especulativo pensado del hombre y de la naturaleza... »). No sin haber
encontrado bajo mano en el espíritu del dinero esta misma lógica de la
dominación de la que Hegel habría hecho el dinero del espíritu.
Al emprender la transformación
del mundo, la filosofía alemana no deja por ello de interpretarlo. Al poner en
escena, título en juego, su gigantesco mano a mano: el Capital contra el Trabajo,
¿Marx se ha limitado a oponer Hegel a su doble?
La propiedad es la violación
Más allá de la «esfera ruidosa»
de la alienación recíproca de las mercancías, «el laboratorio secreto de la
producción»; por debajo de la circulación del dinero y de su «prostitución universal»,
la explotación del capital y la violación. Toda relación de dominación supone
un dominante y un dominado, esta elementalísima y primaria disimetría no aparece
en el mercado donde la reciprocidad de los intercambios convierte a todo regador
en regado y a todo ladrón en un robado. Al dar a considerar una relación de
dominación en su disimetría inicial Marx no repetirá a Proudhon: la propiedad
(capitalista) no es el robo sino la violación (de la «fuerza de trabajo» del
obrero).
La violencia de la relación
obrero-patrón no es primitiva ni bárbara sino organizada y racional. Ahí se
desvelará finalmente el gran secreto de 'la sociedad moderna: la explotación
del obrero, c6mo se extrae de él la «plusvalía», «no sólo cómo el capital
produce sino cómo es producido».
Al igual que toda relación de
dominación moderna, la fábrica sólo conoce libertades; ni esclavo, ni siervo,
el trabajador dispone del derecho de vender su fuerza de trabajo (y esta condición
histórica única descubre todo un mundo nuevo». De la manufactura del sistema de
la fábrica y la gran industria, la «organización
del trabajo» -las relaciones de dominación y de servidumbre en el interior de
la fábrica-, acaban por formular la respuesta problema de los tiempos nuevos. ¿Cómo
es posible, que la plebe, sabiéndose libre, pueda seguir sometiéndose a las
presión de un gobierno? preguntaban los demás maestros pensadores. Contemplad
la fábrica, responde Marx.
En un principio patronos y
obreros se encuentran «libremente” al igual que las consciencias hegelianas
antes de luchar a muerte. Evidentemente, Marx no da a leer la lucha que
inaugura como lucha de «consciencia» pero tampoco hablando con exactitud como
lucha de clases; convierte a la constitución de las «clases» en el sentido
moderno del término en el resultado de esta lucha. Acumulación «primitiva»,
organización progresiva de la sociedad europea como continuación de la lenta
disolución de las relaciones feudales y de la expropiación de los campesinos,
disciplinarización de los mendigos «sin hogar ni lugar» y solidificación del
sistema de fabricación: éstos son algunos de los presupuestos históricos que
permiten la construcción de la fábrica, «laboratorio secreto» de la sociedad
moderna. Las descripciones de esta prehistoria piojosa y sangrienta de la Europa
contemporánea son especialmente fuertes
en Marx y habrá que esperar un siglo para recuperar esta interrogación sistemática
de los orígenes más inmediatos del mundo moderno (con La historia de la Locura de Michel Foucault). Marx carga con una
parte responsabilidad de este Silencio restablecido
en torno de los laboratorios históricos del laboratorio fabril. Ha levantado la
liebre para dejarla inmediatamente brincar en un «adelante» que ya no nos
concierne.
Al término de este martirologio
del productor se.: desvela la relación de dominación en su verdad moderna, el
poder del capital se convierte en «autocracia inmediata». Se debe a Marx un
magistral y profético análisis de la estrategia del poder en la gran industria.
En su aspecto «disciplina de cuartel» primero, con sus grandes y pequeños
jefes, «mandos» (directores, gerentes) y «oficiales» (vigilantes, inspectores,
contramaestres). Que estos cuadros sean asalariados no impide en absoluto que
estén del lado del poder: «El mando en la industria se convierte en el atributo
del capital»...
Más notable aún el cuadro
anticipado de la disciplina intelectual que se convertirá en la gran estrategia
de la organización del trabajo en el siglo xx. Medio siglo antes de que Taylor
«racionalizara» la cadena reagrupando a los obreros. sin cualificación
(se-piensa-por-vosotros), Marx había subrayado esta tendencia a «la separación
entre trabajo manual y las fuerzas intelectuales de la producción que [la gran
industria] transforma en poder del Capital sobre el Trabajo». La promoción del
trabajo intelectual es inversamente proporcional a la desintelectualización del
trabajo manual; al peón que no «sabe nada» se enfrenta el cuadro que sabe y
decide acerca de 'todo. La lógica de la violación realizada y produciendo su
reproducción.
Individuo totalmente aislado,
enfrentando a todas las fuerzas del orden material y mental, el obrero moderno
vive en la inseguridad absoluta y trabaja al borde del abismo. Esta es, al
menos, la situación que le prescribe la estrategia patronal descifrada por Marx
como buen entendedor. Y en la que él mismo piensa movilizarle. Queda por saber
si en esta soledad atómica, a partir de la cual todo maestro pensador inicia su
discurso, subsiste alguien.
La fábrica hegeliana
El único material que Marx toma
en consideración cuando escribe El Capital refiere el punto de vista de los
organizadores y de los amos de la
producción (los “burgueses”). Es el punto de vista de los economistas ingleses
clásicos, y también el de las restantes fuentes utilizadas por Marx. Incluso al
establecer «el martirologio de los productores», se basa en los informes de los
inspectores del trabajo, consejeros liberales e iluminados de los principios
despóticos de la fábrica moderna. Marx o ignoraba en absoluto la resistencia
obrera tal como se expresaba en libelos, diarios, discursos, epistolarios,
canciones, poemas, al mismo tiempo que en acciones “salvajes” o no..No es sobre
tales documentos cómo construyó su gran obra, corta en lo vivo y corta de una
vez por todas. Que nadie sueñe en reprochárselo: ¿no es una condición
indefectible de cualquier investigación más o menos científica tener que
seleccionar su material sin esperar a agotar todos los temas? Formulando de
este modo su investigación Marx decidía de qué hablaría y de qué no hablaría El Capital, incluidos los detalles de la
vida fabril, trata de la estrategia patronal y solo de ella .
Las anticipaciones de Marx siguen
siendo geniales cuando se limita su objeto: la gran industria, pesada, como
estructura de dominación y vista del lado de la voluntad de dominar, de «sorber»
la «fuerza VIva» del obrero. Marx previó cuán «endeble parece la habilidad del
obrero ante la ciencia prodigiosa, las enormes fuerzas naturales, la grandeza
del trabajo social incorporado al sistema mecánico que constituye el poder del
Amo»; pero ¿con qué mirada contempla al
obrero endeble, cada vez más endeble.
¿No será con la mirada futura del Amo, su voluntad cada vez más realizada que
contempla al más que endeble obrero del futuro?
Se ditá: ¡nada de eso! Marx juzga
objetivamente, ve los dos lados de la cuestión, anuncia el «trabajo en
migajas», la descalificación del peón, la miseria del obrero especializado
llamado así por antífrasis, la doble miseria del trabajador inmigrado.
¡Precisamente! Esta imagen de la jerarquización absoluta redobla el punto de vista
del amo. En el punto inferior de la escala industrial moderna, está el
trabajador inmigrado o el campesino que acaba de convertirse en obrero. Pegado
a un trabajo especialmente duro y embrutecedor, cuya dureza y embrutecimiento
han sido con frecuencia calculados de manera de llevar las fuerzas al límite y
aniquilar las resistencias al máximo. Todo ello corresponde simultáneamente a la
estrategia patronal más cruelmente trivial y a lo que sobre ella anticipaba
Marx. Decir, por consiguiente, que eso corresponde a la realidad equivale a confundir.
En lo más bajo de la escala, en el trabajo más desintelectualizado, la
industria moderna instala ... al obrero más intelectual de los obreros, un
individuo que generalmente habla lenguas, ha conocido diferentes países, ha
atravesado varias épocas históricas, que no se deja encerrar en un horizonte
mezquinamente local, que posee a menudo un sentido de la colectividad y de la
solidaridad desconocido a quienes le rodean: el inmigrado.
La
imagen de la jerarquía industrial procede de un proyecto estratégico, no de una
verdad descriptiva, no tiende a corresponder a la realidad, tiende a que la
realidad le corresponda reduciendo al infinito la resistencia obrera. No basta
con verificar, al socaire de las explosiones sociales, que la inteligencia del
peón no se deja reducir a lo que un vacío pueblo de jefecillos piensa de él.
Jamás la fábrica funciona con la ciencia de un lado y la obediencia manual del
otro, la ciencia de los cuadros no consigue prescindir del saber silencioso del
obrero corriente -como observan los sociólogos y demás expertos al discutir la
rentabilidad real del trabajo en cadenado. Todo contramaestre medio debe contar
con ese saber silencioso del obrero al que corresponden tantas posibilidades de
resistencias discretas, de «despilfarros», de freno, etc. La historia de la
«organización del trabajo» no es más que la historia de los infinitos reajustes
estratégicos de una voluntad de dominación patronal (que Marx entendió muy bien
en su proyecto de futuro) enfrentada a una resistencia obrera que se reinventa,
penosamente, en cada etapa (y que Marx no podía prever; porque no era ésta su
intención; pero también porque lo imprevisto y la invención son los grandes
recursos de la resistencia del proletariado).
La separación de los obreros
(entre ellos y respecto de sus condiciones de trabajo), la desposesión del
individuo y su encierro en una soledad totalmente atómica, la sumisión del
trabajo «vivo» al trabajo «muerto» convertido en «autómata y autócrata», Capital
-ahí están todos los rasgos conocidos de la matriz hegeliana: lucha a muerte,
terror, angustia al borde del abismo, amo-. También es el proyecto patronal
imaginándose realizado.... Podríamos incluso generalizar y adivinar en este
esquema el designio de toda sociedad disciplinaria donde «la prisión se parece
a las fábricas, a las escuelas, a los cuarteles, a los hospitales que se
parecen indefectiblemente a las prisiones» (M. Foucault). El éxito jamás es
total, ni acabada la dominación. Sigue la resistencia. La historia tiene una
continuación y la voluntad de dominar perpetuamente algo que llevarse a la
boca, con algunos riesgos para ella.
La propiedad es la violación:
Marx lleva al extremo la investigación de los fantasmas del violador, la
interrogación de la voluntad del amo que denomina Capital. Al suponer junto con
todo el idealismo alemán que una
estructura de dominación se lee a partir de la dominación, que el dominante
posee la verdad del dominado, en otras palabras, que la violación es un éxito absoluto.
Para saber que ha existido violación, para que nada se le escape, el violador
dice al violado «lo has perdido todo»; nada se escapa si no queda nada.
Desflorar se convierte en el juego supremo para quien persuade a su víctima de
que su virginidad es todo -sólo le resta encender un cirio al dios de los
beatos-. Inclinados sobre la plebe
víctima, quien con la mirada asesina, quien con una mirada fría y médica, quien
con lágrimas en los ojos, quien con todo eso a la vez, los maestros pensadores
no dejan jamás de lanzar su veredicto: consommatus
est! todo está consumado .
El capital violador es
fetichista, quiere poseerlo «todo». Al principio de manera ingenua atesorando la moneda, amontonando una
fortuna. Luego más sutilmente acumulando de manera cada vez más ampliada,
produciendo para producir más y así hasta el infinito, «sorbiendo» a los hombres
y a la naturaleza, creyendo poseerlo «todo» bajo forma ya no de oro sino de máquinas.
O también organizador de los obreros, acumulando hombres, encerrándolos como su
«capital más precioso» (Stalin). ¿Acaso no es compartir su fetichismo creer que
posee realmente a todos y cada uno? Hay violadores y hay violados, hay diferencia
y lucha; ¿equivale a decir que hay violaciones «completas»?
.
El Capital no existe
Cien años después, comentaristas
fervientes, sabios austeros y academias de los dos hemisferios no han encontrado
el final ni el quid de El Capital de
Marx, y siguen discutiendo acerca de su índice. El montón de papeles legado por
un Marx moribundo a su mejor amigo, por
éste a Kautski, compartido después entre dos Internacionales, encerrado luego-en los museos, no ha perdido nada de su
esplendor misterioso. «No consigo decidirme a dar por concluida una cosa antes
de tener el conjunto bajo mis ojos. Por muchos defectos que puedan tener, el
valor de mis escritos está en que constituyen un todo artístico y sólo puedo
alcanzar este resultado por mi manera de no hacerlas imprimir jamás hasta que
no están totalmente acabados delante de mí» (Marx a Engels, 31/7/1865). Primero
en caer en su propia trampa, Marx hizo, sin embargo; de este «todo artístico»
su mejor hazaña; a partir de entonces laudadores, objetores, continuadores y
francotiradores de su pensamiento eternizan el bruñido de esta obra completa que
eternamente queda por completar: todo el misterio del mundo en unos borradores
amontonados. ¿Mallarmé habría resumido la historia espiritual del siglo futuro?
Imaginaba un Libro de los Libros con hojas móviles y amovibles, que nos
sumieran en la incapacidad de girar definitivamente una sola página.
Un mismo modo de inexistencia
equívoca recae en el Capital cuando adorna con su título el lomo de un volumen
esencialmente inacabado y cuando hace valer sus títulos respecto de las
realidades cotidianas. Lomo dorado o en dorados fragmentos, el Capital es tan
inexistente en el mundo de los negocios corno en el de las bibliotecas. Cuando,
confundido por este «todo artístico» que Marx imaginaba «todo entero» bajo su mirada, un
marxista cree poder designar La Mano que gobierna el conjunto y tira de los
hilos del mundo burgués, este descubridor de Drácula es amonestado por sus
colegas. Es Lenin contra el ultraimperialismo, esta monocracia mundial
imaginada por Kautsky; es Stalin presumiendo de rechazar prácticamente el
argumento por un instante trotskista de que el «mercado mundial» lo domina
todo. El capital no existe como realidad primera ni como libro.
Hay un momento en que, según
Marx, el Capital llega a encontrarse a sí mismo y a aparecer a los ojos de
todos «como el capital realmente común de la clase» (subrayado por Marx). Como
por casualidad es el instante más superficial, más efímero, ilusorio, aquel en
que el capital «portador de intereses» se juega a la banca y a la bolsa
abandonando sus vínculos con la industria y con la fábrica: el momento
universal y especulativo del capital es el del capital especulativo. Es
entonces cuando «el capital aparece como una relación en sí misma» y Marx
subraya irónicamente... «para hablar como HegeI». El capital en sí y para sí,
convertido en cosa negociable en el mercado financiero, acrecentándose a sí
mismo dando intereses, autoproduciéndose: ¡es un sueño hegeliano! El mismo que
cuenta Keynes a los hijos de la historia de la moneda colocada al 2 % en el
nacimiento de Jesús y cuyas rentas cada vez capitalizadas serían demasiado
enormes para que la tierra de hoy las soportara. El capital sólo aparece como
apariencia, fantasma de la gallina de los huevos de oro, formas del capital
dando un beneficio «cuyo origen y el misterio de su existencia están velados y
borrados».
Referencias filosóficas aparte,
esta crítica de la bolsa y de la especulación no tiene nada de exclusivamente
marxista y cantidad de expertos sitúan la seriedad de la economía en la producción
antes que en unos mecanismos financieros supuestamente autónomos. Es revelador
que sea aquí, al estudiar la nivelación de las tasas de beneficios, que Marx
justifica el empleo del singular, solamente aquí se puede mencionar El Capital
(“realmente común de la clase») y ya no los capitales. Los diferentes capitales
alcanzan el mercado financiero una tasa
de interés uniforme en el, supuesto de que participen igualmente, en función de
sus magnitudes respectivas, en la distribución del beneficio medio: por
consiguiente, cada capital es considerado parte de un «capital social global» y
admitido a este título en el reparto democrático del pastel: «mientras todo va
bien, la competencia engendra, como lo demuestra la equiparación de las tasas
de beneficio general, la ¡fraternidad práctica de la clase capitalista: se
reparte el botín proporcionalmente a la puesta de cada uno». Como indica el tono
se trata de un idilio. Basta que asome la suspicacia o la crisis, y todo se
convierte en «asunto de fuerza y de astucia», el Capital vuela en pedazos, los
capitales se enfrentan, «la compe-tenci4 se transmuta entonces en lucha de
hermanos fratricidas». Planear el capital como uno sería, pues, suponer el fin
del estado de guerra entre capitalistas, cosa que parece llevar un poco
demasiado lejos la doctrina de la coexistencia pacífica. Cuando decimos El
Capital permanecemos totalmente atrapados en la apariencia más superficial.
Esto no impide que Marx
convirtiera el planeta a la idea de esta nominación única y unitaria que
alucinaba a los maestros pensadores ¿Acaso no imaginaba «entero bajo su mirada»
a este objeto absoluto que denominó Capital afirmándolo, por si mismo,
inencontrable y mostrándolo pese a él inefable?
El trabajo tampoco existe
¿Es imposible entender el Capital
como Capital? ¡No importa, aparecerá en lo que se supone que se le enfrenta, el
Trabajo! «Todo el secreto de la facultad prolífica del capital de valorizarse a
sí misino reside en el simple hecho de que dispone de una cierta, cantidad de
trabajo ajeno que no paga.» Pero, añade Marx, y ahí estalle el quid de la
cuestión, esta «cierta» suma de trabajo el capital ~ el único en evaluarla, no
el trabajador. El capital cuenta el trabajo, el capital no se cuenta a sí
mismo, el trabajo no cuenta el capital... ¿cómo podría el trabajo contarse a sí
mismo?.
Entendido en sí mismo «el trabajo
no tiene valor”, el tiempo pasado concretamente en producir algo cuenta o no
cuenta: sucede que se pierda mucho tiempo o que, se pase haciendo cosas inútiles
o superfluas. El tiempo vivido del trabajador (su esfuerzo) no
vale como tal (por su «valor de uso») sino únicamente cuando se reconoce el «valor
de cambio» de lo que ha producido. Si la concepción del capital global es un
engaño, la concepción del trabajo en general, por su parte, es inaferrable: “El” trabajo (las comillas irónicas son
de Marx ) se revela «puro fantasma», «una abstracción». Fuera del mundo de las
mercancías, el trabajo no es nada.
Necesariamente, el trabajo
«tomado en sí es inexistente», si fuera
de otra manera se caería en el círculo del regador regado y del fundamento
fundado. Afirmar que el trabajo social, abstracto, general, «produce» el
capitalismo es olvidar que, al mismo tiempo, sólo el capitalismo generaliza,
abstrae, socializa el trabajo y a su vez produce «la indiferencia respecto del
trabajo particular» y convierte en prácticamente exacto el «trabajo sin
frases», este «punto de partida» de la economía moderna. El trabajo particular
sólo produce' cosa~ particulares. El trabajo en general produce el capital en general
y recíprocamente. Sin prelaciones, el punto de partida es resultado, el resultado
ya está en el punto de partida: «la más laboriosa de las épocas, nuestra época,
no sabe qué hacer con su trabajo y con su dinero si no es cada vez más dinero,
si no es cada vez más trabajo... » (Nietzsche).
¿El trabajo crea valor? Cierto,
pero en este caso ya no se habla del trabajo-mercancía que se compra y que se
vende sino de esta propiedad creadora que «le distingue de todas las mercancías
y que le excluye como elemento forma dar de valor, de la posibilidad de tener
alguno». El trabajo creador, esta «fuerza de trabajo», carece de precio y de
etiqueta. Recíprocamente: en la medida en que el trabajo tiene un valor (su
precio, salario) no es creador, «siempre es un trabajo determinado, no es jamás
el trabajo en general lo que se compra y se vende». Esto sería caer en el
«círculo vicioso» que Marx reprocha a Proudhon (al igual que Ricardo discute a
Smith) de pensar que el valor del trabajo debe medir los demás mientras que es
medido por ellos.
Al igual que «el» capital tampoco
«el» trabajo se deja coger aparte. Ni como valor (salario). Ni como esfuerzo,
fatiga, vivido por el trabajador. No es que estas realidades no sean sensibles,
fisiológicamente tangibles, concretas, en la sociedad actual así como antes. No
son, sin embargo, estas cualidades sensibles del trabajo las que constituyen el
valor de las cosas, sino una estimación cuantitativa de un trabajo incorporado.
Ello supone «que los trabajos se han igualado por la subordinación del hombre a
la máquina o por la extrema división del trabajo; que los hombres se borran
ante el trabajo; que la péndola del péndulo se ha convertido en la medida
exacta de la actividad relativa de lo0s obreros como lo es de la celeridad de
dos locomotoras. Entonces no se puede decir que una hora de un hombre equivale
a una hora de otro hombre de una hora ..."
Sabemos que marxomanía y
boyscoutismo han cantado muchas veces a coro la gloria del trabajo creador que
humaniza la naturaleza, naturaliza al hombre y anuncia la Sociedad del 7º día
en la que todavía se trabaja pero ... alegremente. Pese a unas cuantas
indicaciones del mismo estilo la lección de Marx orienta en una dirección muy
distinta. Cuando califica de «fuego viviente» y de «tiempo viviente" esta
fuerza de trabajo que funda el valor de las cosas intercambiadas, Marx no
pretende aislar la esencia de la historia, el principio y el fin de la
humanidad, el fondo de las cosas. Sigue hablando del trabajo del hilador: «es,
pues, en virtud de su propiedad general, abstracta, como gasto de fuerza vital
humana, que el trabajo del hilador añade un valor nuevo a los valores del
algodón y de las brocas... ». Tenemos que ver
aquí no Prometeo que enarbola el fuego
viviente sino a un capital que aviva a unos obreros. Marxista o no, la medalla
del trabajo no condecora la vida de un hombre trabajador sino al hombre de una
vida-de-trabajo.
El tiempo de trabajo contado en
el precio de las mercancías es un tiempo en mono-de-trabajo, un tiempo de
fábrica (y, pero Marx no lo dice, de prisión y de escuela y de hospital). Al
igual I que, con el trabajo «creador de valor» tampoco con el capital “portador de interés» salimos de las
relaciones de dominación. Al fetichizar «el» capital o «el» trabajo, ¿no se
pretendía evitar pensar la dominación en
cuanto tal?
Yugo contra yugo
Tanto en la gran familia de los
espíritus como en las dinastías burguesas las sucesiones se operan a lo
«Edipo», se asesina y después~ se inciensa, o bien se halaga y después se mata;
sólo cuenta la herencia. Marx, bien situado para conocer la trama, se
defendía contra sus marxistas: «he sembrado dientes de dragón y recogido
pulgas». ¿Pulgas únicamente? Con la aportación original 4 sus debilidades
respectivas los marxistas no habrían buscado con tanta porfía en Marx el gesto
augusto y solemne del sembrador de no haberlo encontrado. Se ha pedido a Karl
lo que no pensó o escribió -más aún: lo que tenía «por entero» ante los ojos,
el punto de vista del sistema de dominación universal (este poder mundial
encarnado en el dinero, después en el Capital), que lleva como añadidura el
aprendizaje del dominio de este dominio (la Revolución «que va hasta el final
de las cosas»).
De un extremo al otro de la
interminable historia del marxismo y del antimarxismo, Marx funciona como
maestro pensador. Pasa por introducir en el «laboratorio secreto» del dominio y
de la posesión del planeta, al mismo tiempo que forma los nuevos maestros y
posesores.
Descubrir que este gran libro del
mundo -El Capital jamás ha acabado de ser redactado no basta para hacer volcar
el proyecto, se completará, la humanidad es un gran hombre que escribe
incesantemente y que se relee siempre, entraremos en la carrera cuando nuestros
mayores ya no existan, besando en el polvo las huellas de sus virtudes. Hacia
1900, marxistas y antimarxistas se fatigaban en ajustar sus propias cuentas,
pues los «equilibrios» de los borradores de Marx no encajaban. Hada 1930, se
prendaron de los desequilibrios, los calculadores de la izquierda anunciando
pluma en mano, predicha por el Libro, la catástrofe final que creían tener bajo
sus ojos. HGY se pegan los pedazos sueltos con la cola de las ciencias humanas.
Si la descripción económica de la Maquinaria del Capital flaquea, se la
consolida con psico-socio-sexología, y con ello se obtendrá una prueba tanto
más irrefutable de las inevitables recuperaciones por la gran Cosa que se
supone subyuga al planeta.
Marx se ha esforzado en formular
en su «Economía» la unidad de una dominación mundial. Criticar la estrechez de
su punto de vista equivale a insinuar la promesa de una Economía generalizada
que descubre un punto de vista todavía más dominante. Para encerrarse más si
cabe en la idea fija de los maestros pensadores: hay un lenguaje que permite
dominado todo, yo he penetrado sus más secretos arcanos. Lenguaje matemático,
ciencia dialéctica, circulación universal del dinero, poder mundial del Capital,
Testamento del Doctor Mabuse.
El Capital no existe, a nadie le
importa. Lo importante es hablar de él; hablando de él se puede hablar al mismo
tiempo de todo, juzgar todas las cosas, estatuir sobre cualquier
acontecimiento, elevar las oposiciones cotidianas a la altura de los debates
teóricos, saber, por tenerlo «ante nuestros ojos», en la Economía generalizada,
lo que existe y lo que no existe. Y de ahí que los comentarios, refutaciones,
añadidos, remiendos, costuras, cortes, copias, aclaraciones, iluminaciones,
superaciones, interpretaciones, contrainterpretaciones y borracheras hechas en
torno del Capital son la continuación pura y simple aunque ignorante de sí misma de la tradicional "metafísda general".
Poco importa quien la hable, llegado el caso el representante de las
-organizaciones responsables, la Economía generalizada de ultra-Marx pretende
siempre juzgar en su lenguaje universal lo que ocurre, lo que existe, a los que
viven en el mismo momento en que ella se anuncia como la ciencia de un lenguaje
reservado a los iniciados: ciencia de los maestros y ciencia de los seres (de
lo más general que pueda ser concebido respecto de lo que sucede, saben del ser
en cuanto ser, según los Antiguos). En esta pequeña conjunción Y reside toda la
herencia de los maestros pensadores alemanes, allí se anudan ciencia de la
dominación y dominación de la ciencia
mientras que se reproyecta incesantemente el horizonte de una subyugación integral
y exclusiva del planeta acompañada de un lenguaje que se supone que la explica.
Saber de una doble destrucción. Por
una parte el sistema de dominación adelanta ISU prueba por el vacío, el
capitalismo «revoluciona~ incesantemente lo dado; «la revolución en la
industria y en la agricultura ha necesitado una revolución en las condiciones
,generales del proceso de producción social, es decir, en ,lo medios de comunicaciones y de transportes», etc.;
campesino~ expulsados, obreros en la calle deben ser programados para el cogito del hombre moderno, su: soy por
consiguiente me pienso encerrado en mi soledad atómica. Por otra parte, la
revolución, destruirá esta destrucción, dominará al Amo Capital.
¿Juegos de palabras? Quizá, pero
nuestro siglo gira incesantemente en torno de ellas: «En la sesión de tarde del
Congreso, la asamblea debe crear un gabinete ministerial. ¿ Mi-nis-tros?
¡vaya palabra comprometida! Huele a alta carrera burocrática o a coronación de
una ambición parlamentaria. Se ha decidido que el gobierno se denominará:
"consejo de comisarios del pueblo", de todos modos eso tiene un aire
algo más nuevo». ¿Un panfleto, una comedia? ¡En absoluto! La gozosa descripción
por Trotski, que fue su clavija maestra, de la instalación del primer gobierno
bolchevique de octubre de 1917. Se ha «decidido»... que el comisario
transpiraría menos la carrera burocrática, que los poderes del propietario
delegados al camarada organizador sonarían a socialista y ya no a burgués, que la «revolución en los medios
del comunicación» pasaría por popular cuando instaura el monopolio de una
pequeña minoría sobre la totalidad de los medios de comunicación (información,
circulación de los hombres y de las ideas, publicaciones, intercambios ... ).
Al describir la dominación de la
tierra y de los hombres como si estuviera acabada y realizada, al decretar
«todo el poder al capital» como la ley absoluta del «viejo mundo», Marx sitúa
en órbita la baza del siglo: todo el poder. Revolucionario, creerá ver a los
comuneros parisinos lanzarse al asalto del cielo. Partidos más prosaicamente al
asalto de la sede gubernamental -el palacio de Invierno-- los bolcheviques lo
convertirán en ese cielo donde reside «todo el poder», incluso el de decidir
que «todo el poder a los soviets» y todo el poder a los ministros bolcheviques
son la misma cosa.
El momento revolucionario del
Gran Salto hacia delante y el momento reformista de los progresos a pasos
contados alternan siempre en los «revolucionarios» y muchas veces en los reformistas
(que raras veces rechazan los ajustes de cuentas sangrientos). Hace entrar en
«su cauce» el formidable impulso del jefe marxista que fabrica su NEP y pasa
del discurso entusiasta de la revolución a la fría consideración de las
«realidades económicas». Unos años después de haber cantado a los proletarios
parisinos partidos al asalto del cielo, Marx observaba, glacial, que con algo
más de sentido común por ambas partes el acuerdo entre París y Versalles no
habría sido inconcebible. La historia se juega entre poseedores de poder, de
ese poder que el Capital ha, por decirlo así, enteramente monopolizado fuera
del alcance de los dominados. Reformistas o revolucionarios, siempre son los
cuarteles generales quienes según la teoría, desarrollan el gran juego.
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