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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

jueves, septiembre 16, 2010

La novela del Indio Tupinamba: Eugenio F.Granell

VERDADERA APARICION DEL INDIO TUPINAMBA

Enfurruñados, acabaron por sentarse en un mostrador de la tienda, con las piernas colgando, como si estuvieran de pesca. Al cabo de unos minutos, el señor suavizó el tono de su voz, y como quien no quiere la cosa, preguntó:

-Y dígame ahora. ¿Esta es la librería suya?

- ¿Y a usted qué le importa? -fue la respuesta del Dueño.

- ¡Hombre; si no me importase, no se lo pregunta ría a usted!

-Eso carece de lógica. A mí me gustaría saber si su madre de usted fue una gallinácea y, sin embargo, no se me ha ocurrido preguntárselo.

- ¡Vamos, vamos! Eso no tiene sentido. ¿Por qué se obstina en estar malhumorado?

-Sencillamente, porque yo no soy librero. Yo soy el Indio Tupinamba.

En efecto, el librero aquel no era un librero, ni cosa que se le parezca. Lo que sí era, y bien genuino, por cierto, era un Indio Tupinamba de arriba a abajo, tal como él mismo acababa de tener a bien manifestarlo. Era un Indio Tupinamba con el trasero al aire, como podía verse, y con una rueda de plumas de ave coloreadas puesta en la cabeza. El Señor no había dado importancia a este detalle porque pensó que tal vez se tratase de alguna costumbre regional, o de un preciado regalo de familia, en todo caso.

El Indio Tupinamba empezó a quemar los libros, con gran alborozo del Señor aquel, que era nada menos que todo un Conquistador español de los de América.

¡Dominus vobiscum!, ¡Dominus vobiscum!,

¡Dominus vobiscum! -y fijándose en lo que el Conquistador le estaba haciendo sin tregua al Indio Tupinamba, le dijo que no lo hiciese más, que ya estaba, así como estaba, perfectamente bien: y viendo que el Indio tupinamba llevaba el trasero desnudo, le espetó a bocajarro que aquello era una inmoralidad que ofendía a dios, y ordenó al Conquistador zarrapastroso que se lo tapase en el acto con un trapo.

- ¡Tápale el culo al gentil! -mandó el Cura.

- ¿Quién es el gentil, padre? -interrogó el puerco al Conquistador aquel.

- ¡El hereje! -repuso el Cura, escupiendo por un colmillo para ahuyentar a los demonios.

-¿Quién es el hereje, padre? -preguntó de nuevo el Conquistador.

- ¡El desgraciado ese! -respondió el Cura, sin cesar en sus bruscos campanillazos y dándole al Conquistador una fuerte patada en las narices, por las que empezó a chorrear abundante sangre oscura como la mugre.

El Indio Tupinamba, con la cabeza mal puesta sobre el cuello, tenía un aspecto de lo más lamentable y no podía, por mucho que lo quisiera, atizar el fuego por doquier y dedicarse a la adoración de sus ídolos paganos, unos recubiertos por dura capa de sangre reseca y otros llenos de excrementos. El Cura, viendo aquella inmundicia y abundancia idolátrica, arremetió contra las figurillas a manotazos, dando gritos estentóreos de “¡Santiago y cierra España!”

Cumplido el requisito, el Indio Tupinamba, el Conquistador y el Cura se fueron juntos a la taberna para celebrar la ocasión libando buenos cántaros de vino apestoso y cantar juntos algunas antiguas canciones normandas llenas de obscenidades y juramentos, como las que entonaban los peregrinos que a lo largo de la Edad Media se encaminaban a visitar la tumba jacobea.

El Indio Tupinamba quería a todo trance cambiar su cabeza por la del Cura, pero éste le decía:

_No, no.

Y el Conquistador del cuerno, hablándole al oído al Indio Tupinamba, le aconsejaba:

_ ¡Mira que saldrás perdiendo!

Pero el Indio Tupinamba insistía tanto, mientras se le balanceaba la cabeza de hombro a hombro, que el Cura no pudo menos que comentar, jocoso:

_ . ¡Es bien gracioso, el indio este!

Con los ojos encendidos por el deseo, aún le dijo al Indio el Cura:

-¿Te duele el falo?

A lo que el Indio Tupinamba repuso, interrogando: ¿Cuál, padre? ¿El de las piernas o el de la cabeza? -no era ni medio tonto, el condenado aquel de Indio.

El puerco del Conquistador, asqueado, se levantó diciendo:

-¡Váyase al diablo, padre! ¡Me repugna usted!

- ¿A dónde vas, hijo? -le preguntó el Cura, viendo que se disponía a marcharse.

-Voy a vender libros, que está la tienda completamente desatendida y puede llegar gente.

-Avísame, si aparece por allá alguna damita -le pidió el Cura, haciéndole un guiño-. Mientras tanto -añadió-, me quedo con éste.

- ¡Es usted un pendón, padre! -le dijo ahora, con todo respeto, el rudo Conquistador.

El Indio Tupinamba, ávido de saber cosas de la cultura nueva, le preguntó al Cura que si en España había Indios Tupinambas, a lo que el Cura le repuso que no, que lo que había era montones de apestosos, a razón, más o menos, de veinte mil por obispado. El Indio Tupinamba inquirió entonces que si los obispos se cazaban salvajes, para domarlos después, o si se obtenían mediante algún cruce. También le interrogó acerca de si le gustaba la carne de dromedario. El Cura, poniéndole bien la cabeza al Indio Tupinamba, pues se le meneaba de una manera escandalosa, y se le había ladeado exageradamente, de forma que semejaba salírsele por un hombro, le dijo que ni Cristo sabía de dónde procedían ciertas sabandijas. Preguntó el Indio Tupinamba que quién era ese al que llamaban Cristo. A lo que el Cura repuso: "Es el padre de todos". Y el Indio Tupinamba concluyó: "Entonces, ¿es España su harem?" El Cura, sin poder disimular una sonrisa ante tanto candor, le explicó que los conquistadores eran tipos muy brutos, y que él, en cambio, tenía mucha afición a los indios, porque eran gentes tranquilas como las cucarachitas. El Indio Tupinamba se estremeció, y agarrándose un piojo que le bajaba por la mejilla izquierda, se lo tragó. El cura hizo otro tanto, para mostrar amistad, con otro piojo que al Indio Tupinamba le subía por la rodilla derecha, mientras decía:

- ¡¡A la salud de su Ilustrísima, el obispo Manuel, de Cuenca!

El Cura no tenía salvación. Esta irremisiblemente condenado a purgar sus faltas en los puros infiernos. Estaba perdido, después de haberse engullido –decía el que por creer que era queso, aunque es cierto que ya le había parecido demasiado fino para serlo- cuatro kilos de hojas de oblea de las que se usan para hostias. “¡Soy un bruto!" -exclamaba, dándose palmetazos en la panza-. "¡No se puede comulgar tanto de una sola vez!" -se reprochaba, vertiendo pesados lagrimones. También pensaba, torciendo el gesto, en la cara que pondría el Patriarca de las Indias cuando lo supiese, ya que la mercancía la habían elaborado con sus propias manos unas monjas clarisas que reverenciaban al príncipe eclesiástico.

El estallido de la guerra civil salvó, por el momento al menos, al Cura misionero. El país entero estaba partido en dos, encima de lo partido que se hallaba antes del estallido. Por montes y plazuelas se alzaban barricadas. Miles de hombres y mujeres cavaban refugios y trincheras a una banda y a otra de la guerra. Los aviones arrojaban bombas que aplastaban escuelas, jardines, museos y orfelinatos infantiles. Los militarotes, junto con los aristócratas, los terratenientes, los banqueros y los señoritos, se habían alzado en armas contra los trabajadores. Decían que éstos querían ganar mucho y no se ocupaban para nada de que la misma opinión tenían, respecto a ellos, los trabajadores, sin que por eso se les hubiese ocurrido alzarse con la ayuda de las catedrales. Las gentes pudientes sublevadas habían tomado por su jefe al pequeño Gran Turco. Estaban dispuestas, y fue esto lo solo que querían cumplir y lo cumplieron, a aplastar como a renacuajos a los pobres. “¡No habría más limosnas, ea!”, tal era su lema brutal. Inmundos monstruos inhumanos se gastaban los cuartos que no habían querido ceder a la miseria comprando la más modernas armas a sus compadres de Italia y Alemania y de otras naciones de la cristiandad. Las gentes del pueblo no querían limosnas, ni querían subsidios, ni querían ayudas clericales. Querían tan sólo vivir en libertad y dignamente. Querían que sus hijos no tuviesen caries, que sus madres no viviesen en cuevas, que sus abuelos no padeciesen cáncer, que sus primos no se arrastrasen con los pulmones deshechos, que sus amigos no tuviesen torcidos los huesos de las piernas por el raquitismo; que si había tanguistas, que fuesen - ¡allá ellas!- las marquesas; que las camas no tuviesen chinches ni ratones las fábricas, ni escorbuto los recién nacidos, ni querían tampoco que las casas estuviesen atiborradas de arañas, ni que subiesen los gatos a la mesa de comer, ni que apareciese por la noche el cobrador de la luz a cobrar la luz del día no habiéndola eléctrica; no querían ir a los tribunales, y luego a la cárcel, por el simple hecho de decir que no eran mulos de carga, o bien, en ocasiones, que el canónigo tal o cual estaba gordinflón como un buey, o cosas por el estilo, extraídas de la sana observación. No querían, no, los trabajadores, que hubiese prostitutas de las suyas por causa del hambre, la ignorancia y el ejemplo de las del otro lado. No querían nada, como se ve. No querían nada ni siquiera de lo que tenían, que era nada. Esa era la nada que por nada querían. Y por no querer nada de nada, los generales, los obispos, los industriales, los rentistas, las queridas de todos ellos, los sostenidos por todos ellos, se armaron con millones de puñales y pistolas, de aviones y cañones y ametralladoras y bombas y petardos y cadenas y. presidios y tumbas para no dar limosnas y levantar en el centro de España una torre de muertos hambrientos.

Por todo ello se practicaban agujeros en los campos y los montes, se arrasaban los bosques, se hacían saltar en pedazos los puentes y caminos, se acumuló él sudor en las trincheras y en las fábricas, se acumuló el sudor con la saliva y la sangre bajo las grandes grúas, dentro de los camiones, detrás de las baterías de la artillería, en las escuelas para el aprendizaje de la guerra, en las colas de la sal, de la cebolla, de la carne de gato y de caballo podre, del pan de ladrillo y algarrobas que pudría el vientre. Por eso, por culpa de los ricos avarientos, la ley de la tacañería se impuso como la sola ley, y el único derroche fue el de las vidas. Sonaban día y noche las detonaciones de las armas en los pueblos, allá lejos en las cordilleras también; y empezó en España, toda viva y muerta y recortada en dos, un estallido que duró tres años para prolongarse luego en larga, convulsiva agonía de otros veinte. El Cura veía que habían cambiado los signos de los tiempos. Veía que era cura y no sabía qué hacer.

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