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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

jueves, septiembre 09, 2010

LA HELADA: Andrei Siniavski

NOTA DEL AUTOR: Escribo este cuento como lo haría un náufrago para dar a conocer su propia desventura. Solo, en cima de unos restos del naufragio o en una isla desierta, lanza al mar tempestuoso una botella con el mensaje, con la esperanza de que las olas y los vientos la hagan llegar a los hombres, de que éstos lo lean y conozcan la triste verdad cuando el pobre autor ya haya desaparecido desde hace tiempo. ¿Llegará la botella a la orilla? He aquí el problema. ¿La sacará fuera la mano tenaz de algún marinero y derramará lágrimas de compasión y de piedad? ¿O bien la sal corroerá poco a poco el lacre y consumirá la carta, y la botella, llena del áspero líquido o estrellada contra las rocas, permanecerá inmóvil en el fondo del abismo sin que nadie sospeche su existencia? Mi tarea es aún más compleja. Falto de experiencia científica y literaria, quiero que mi obra sea impresa y conocida. Sólo por este medio puedo llegar a ti, Vasili. ¡Oh, Vasili! Créeme, no anhelo dinero ni gloria, sólo necesito tu comprensión. No busco más lectores que tú, aunque mi relato quizá pasará por muchas manos antes de llegar fortuitamente a situarse bajo tus ojos.

¿Qué más puedo hacer? El océano humano es inmenso, y la botella es tan insignificante; deberá navegar miles y miles de millas antes de encontrar al destinatario.

¡Perdóname, Vasili! No tengo tu dirección, ni siquiera conozco tu apellido, no llegué a tiempo para preguntártela: cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde. Pero sé que vives, perdido como yo, en medio de las olas del tiempo y del espacio, y espero que, paseando algún día por una tienda de libros viejos, puedas hallar de improviso mi viejo libro en un estante.

¿Me recordarás, entonces? ¿Se estremecerá tu corazón, resucitarás nebulosas imágenes del pasado? ¿Me tenderás una mano amiga?

Vasili, sólo te ruego una cosa: encuentra a Natasha. Piensa, vive cerca de ti. No te asombres, también ésta se llama Natasha, aunque no sea exactamente la misma, sino otra que no se le parece. Creo que los nombres coinciden. Figúrate, ¡también ella es Natasha! Y si mis descripciones no te permiten reconocerla, espero que el corazón te sugiera la persona exacta ...

Te lo ruego, Vasili, encuentra a Natasha y hazla pronto tu mujer, mientras estés vivo, antes de que sea tarde, hazla tu mujer a toda costa, aunque tenga más años que tú, aunque tenga hijos y aunque tú, creo, tengas una familia ... Poco importa, deja a tu mujer y vive con Natasha como te digo. Entiéndeme, es una ocasión única de encontrarla, y si la dejamos pasar nos perderemos de vista otra vez ...

No frunzas el ceño, Vasili. Ahora te lo explicaré todo. Te expondré las cosas tal como están, por orden, e intentaré hacerla bien, de forma artística. Espero que mi firma obtenga grandes tiradas: así será más fácil que te encuentre. Puedes estar tranquilo: he leído muchas novelas y cuentos y tengo cierta idea de lo que se debe hacer. A fin de cuentas, ¿por qué no puedo hacerme famoso en el corto pedazo de vida que me queda por vivir?

Y tú, Vasili, mientras sigas la trama del relato, presta atención. Puede ocurrir que algo resucite en ti y que puedas prestar ayuda a un desventurado que ha sufrido un naufragio ... Sentado con tu Natasha bajo algún gracioso emparrado, la atarás a la vida y le dirás con las palabras del poeta:

No me cantes, oh bella, los cantos de la triste Georgia lejana:

me recuerdan otros instantes

y otra orilla me llama.

Las fatales y queridas semblanzas al ver las tuyas olvido,

pero tú cantas, y ante ello

las vuelvo a encontrar, eterno deseo ...

A propósito, son estrofas de Pushkin, que conoces perfectamente. Me equivocaba al decir que había sido fusilado. Fue muerto en duelo, con una pistola. Puedes creerme, estoy seguro.

Otra cosa más: ¿vale la pena hacer leer a Natasha mi triste historia? Léele mejor Pushkin, ámala como la amé yo. y que seáis felices.

No te pido más.

Estaba sentado con Natasha en la Avenida de las Flores. Estábamos solos, la helada había cubierto las calles con una capa vítrea de hielo, y los transeúntes, aquella tarde, no se arriesgaban a transitar por la avenida. Natasha y yo éramos una excepción, porque nos queríamos y no teníamos miedo a caer y hacernos daño.

-Cosas del otro mundo -dije yo-. Cosas de loco. Si el tiempo no cambia y mañana no nieva, me niego a celebrar la Nochevieja. ¿Has visto alguna vez algo parecido a finales de diciembre? Yo tampoco. Es por culpa de todos estos experimentos atómicos, de la carrera de armamentos. Frío en verano, lluvia en invierno. Mira el resultado.

Quería continuar el discurso sobre las radiaciones, por culpa de las cuales empezaría de nuevo la era glacial. Cubiertos con un pelo hirsuto nos dedicaríamos a la cría de mamuts. Natasha me interrumpe. Comenzó asegurándome que había visto una vez, en su primera infancia, una nevada en pleno mes de julio. Los pájaros habían armado un griterío endiablado, los insectos se habían escondido, y la abuela les había dicho a todos que era un mal presagio. Ocurrió durante el veraneo, insistía Natasha, cerca del Saratov, en el verano de 1928.

Su relato me pareció fantástico en grado sumo. No pudo ocurrir tal cosa, por la simple razón de que Natasha tenía entonces dos años, y no podría recordar una nevada. Sabía perfectamente, por experiencia, que no era posible. La amplitud de nuestra memoria tiene límites. En cuanto a los insectos, a las mariposas, a la abuela ...

-No me marees con tonterías -le dije, resentido-. O me has engañado ocultándome tu edad. Naciste en realidad el 23, no el 26.

Naturalmente, lo dije para burlarme. Estaba algo irritado, porque creía que la conocía a fondo. Eramos amigos desde hacía mucho tiempo y ya habíamos tenido ocasión de contarnos todo lo que recordábamos de nosotros mismos, sin excluir algunos episodios que en general se evita recordar y relatar. Aunque no estábamos casados y por el momento vivíamos separados, ya hacía un año que la había persuadido de que dejara definitivamente a Boris, y que nos veíamos cada día o día sí día no. De repente descubría que la vida de Natasha era más densa en acontecimientos de lo que yo suponía. Que una vez, por ejemplo, cuando aún no sabía andar, jugando con unas cerillas se había inflamado los cabellos, los cuales habían dado una llamarada amarilla, y que ella recordaba todo esto perfectamente bien.

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