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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

miércoles, septiembre 29, 2010

El año desnudo: Boris Pilniak

Una beldad virgen. El altar se teñirá de sangre. Y después todo arderá, y ¡el extranjero, al fuego!

-¿A qué te refieres? ¿Quieres vengar a Volkóvich? -interrogó Serguéi queda y seriamente.

-¡No, salvar a Rusia!

(... y entonces desde bajo las puertas mira con botones de soldado: China, el Celeste Imperio)...

-Bueno, y Olga Semiónovna ¿a cuento de qué?

-¡Olga es virgen! Una beldad.

-Pero, ¿a qué te refieres? ¿Será el hambre, que te ha trastornado, o qué es? Más vale que, en lugar de pócimas, ¡te cuezas una sopa de coles! ....¡Ya es hora! ...

-¡Escucha! ¡Mira!

Zílotov cogió de la mesa un grueso libro y empezó a leer:

¿Quién osará permitir cuantos crímenes avergüenzan a nuestro siglo, cuantos vicios propagan el daño a los Estados, cuantos desgobiernos, generales y particulares, obligan a suspirar a la sociedad? Desde las entrañas del polvo hasta la misma grandeza del astro diurno, todo llega a conocimiento del independiente Culpable, que sostiene la cadena de las existencias, y que es el principio único de ellas. Todo lo anuncia a un mismo tiempo al alma, a la razón, y singularmente a la sensación íntima, que jamás engaña a quien la interroga. ¡Cuanto más concentramos nuestros pensamientos, tanto más percibimos este signo de poder ilimitado, esta impronta de la grandeza, representada desde todos los lados y en todos los objetos!

Vivía Semión como el cangrejo ermitaño, y su sótano era una cangrejera. Le bastaba sacudir la pierna en el horno, y una bota de fieltro volaba al rincón; bastaba sacudir la segunda pierna, y la segunda bota de fieltro se ponía en el rincón al lado de la primera. Hubiera bastado que se moviese torpemente encima del horno para que los resecos ladrillos se desmoronasen; lo que nunca sucedía, pues el zapatero hasta en sueños solía estar echado formando una prodigiosa interrogación. Le bastaba al Semión desear en medio de la oscuridad nocturna tener consigo el «Pentagrama, o el Signo de la Masonería, traducción del francés», para descolgarse del horno y tomar infaliblemente de la mesa el «Pentagrama», a tientas sabía las páginas.

La neblina gris del amanecer desapareció de la tierra, prendió el día,

luciente y ardiente. Las grises borrinas se fueron al cielo. Serguéi subió arriba a la casa. Olenka Kunts ya se había levantado, chapoteaba con el agua, y chapoteando echó a cantar:

En aquel jardín, donde usted y yo nos encontramos...

Mas recordó al camarada Laitis y enmudeció ofendida. Serguéi Serguéievich preparaba su café de centeno tostado y, luego de entornar mejor la puerta, sacó de algún escondrijo un trocito de azúcar y un poquitín de queso; se tomó el café, eso sí, con mantelillo en la mesa. Después encendió un pitillo, se afeitó, se puso la chaqueta de seda cruda, con las sobaqueras corroídas por el sudor; y se fue al trabajo en la caja de ahorros, donde el primero de cada mes escribía en las «Nóminas»: «en el mes transcurrido no se han efectuado operaciones» ni «ingresado imposiciones». Antes del trabajo solía acudir a cierta casucha, donde trocaban gemelos por mantequilla. En el trabajo, con la canícula, zumbaban las moscas, y Serguéi, bañado en sudor, jugaba con el auxiliar -un cretino- a la préférance. Desde la oficina Serguéi iba al comedor soviético, cogía la comida para casa en una tartera; comía en casa, extendiendo de nuevo la servilleta. Después de comer dormía, y al atardecer iba a dar un paseo por el bulevar.

Y ahora, algo filosófico acerca del renacimiento y:

LA MUERTE DEL VIEJO Arjípov

otro dogmatizante, en este mismo amanecer.

Con una neblina impura y gris apuntaba el alba. Al amanecer sonó un cuerno de pastos en la borrina, dolorosa y quedamente, como la aurora nórdica de Perm. Y el hortelano Iván Spiridónovich Arjípov se levantó en su hogar al pie del monte con el pastoril cuerno. Salió a la terracilla y se lavó cuidadosamente en el aguamanil de barro. Luego se remangó la levita, y ordeñó la vaca en el establo. Pero no se fue, como otros días, a los bancales.

Con la neblina apuntaba el alba.

En la isba sin chimenea de Iván Spiridónovich, en

la sala -por cuyo techo se podría dibujar con la nuca- de ventanucos bajos, había un secreter de nogal. Un secreter bajado justamente del desván de los Volkóvich, de esa misma casa Volkóvich situada como si dijéramos encima de la cabeza, en el monte, de cuyos antiguos siervos procedían los Arjípov. Y había un diván de cuero, en el que, sin desnudarse, dormía siempre Iván. Cuando encendió dos velas en la mesa, el alba se tiñó de azul tras las ventanas. Sentóse a la mesa y, puestos los lentes, con rostro demacrado y sombrío, se entregó a la lectura de un grueso libro de medicina.

Al clarear se despertó también en su pulcra mitad de la isba Arjip, el hijo, que fue animoso a la cocina con el chaquetón de cuero puesto, tomó leche de pie y comió pan de centeno. El padre dejó el libro, anduvo alrededor, como siempre erguido, al revés de los viejos, con los brazos cruzados a la espalda.

-y ¿qué piensas de la medicina?, ¿no crees que se puede confiar en ella? -preguntó el anciano con indiferencia, mientras miraba fijamente a la ventana.

-Claro. La medicina es una ciencia. Se puede confiar en ella. ¿Y qué?

-Pues, sí. He cogido una obra de Danilo Alexándrich, estaba hojeándola... ¡Qué calores, vaya calorazo! ... Pienso lo mismo, se puede confiar en ella.

Iván Spiridónovich seguía parado junto a la ventana, escrutaba con la mirada fija en el cerro del Kremlin y en la casa de los Volkóvich, cuyo recinto descendía por el parque hasta el mismo precipicio.

A la hora del alba se marchó Arjipov al comité ejecutivo, y el viejo se echó en el diván de su habitación -como jamás ocurría- sin ponerse a hacer los bodrios. Y sólo cuando hubo salido el hijo, se acercó Iván Spiridónovich a la ventana y lo acompañó largamente con la mirada, y de los ojos, hundidos y tristes, emanó entonces aflicción y ternura. Y a las nueve (las seis y media de sol), luego de ponerse la levita nueva, quitarse las botas de fieltro y arrollarse el pañuelo blanco al cuello, metiéndose hasta las orejas la gorra con visera de hule, Iván salió para el hospital a ver al doctor Nevlenínov. El camino, cuesta arriba, cruzaba un sotillo; olía aquí a humedad y a la agrura del cerezo aliso. Iván tiró de una rama, cayeron las gotas de rocío. Desgajó un ramillete, olfateó las hojas, las estrujó entre los dedos y dijo en voz alta, pensativo y triste: -Pese a todo, la vida es cosa fascinante.

Y así, llevando el ramillete, siguió hasta el hospital, plantado de alegres y minúsculos abetos en derredor. Entró y se sentó en el gabinete del doctor Nevlenínov, a la mesa de escritorio, como en su casa; estático, hincando los codos en el albo papel secante. Danilo Alexándrovich llegó con Natalia Evgráfovna; mas ella, vestida de blanco, quedó silenciosa a su lado, junto a la ventana.

-Tú ya me conoces, Danilo; conmigo hay que hablar sin rodeos -empezó diciendo Iván, sin saludar-. ¿Hiciste el análisis? ¿Cáncer?

-Cáncer -respondió Natalia.

-¿y no habrá error en ello?

-No, lo hemos comprobado minuciosamente.

-Así que, ¡cáncer!

-Sí.

Iván entre cruzó sus nudosos dedos, sonrió tristemente, guardó silencio.

-Así, pues... He leído tu libro, Danilo. Allí se dice que el cáncer de estómago es una enfermedad incurable. O sea, quiere decirse, la muerte.

-Cabe hacerse una operación -respondió quedamente Natalia.

-Cabe operarse, totalmente cierto. Pero no es más que un paliativo, señor, usted mismo lo sabe -siguió razonando Iván, dirigiéndose siempre a Danilo-. Hágame la operación, y a los dos meses hay que repetirla de nuevo. A mi edad es difícil atormentarse. Sí, y los años, ¡ya son bastantes! -Iván hizo una pausa-. Pero tú mismo, Danilo, lo sabes... Cierto ... -y enmudeció, atragantándose.

Hubo aquí un momento penoso. Iván observaba con atención penetrante los ojos de Danilo, y estos ojos, grises, grandes, de un rostro senil, tristes y queridos, huyeron de pronto a algún sitio evitando los ojos oscuros de Iván. Éste irguió bien alta la cabeza, y dejó ver el pañuelo blanco que llevaba en el cuello en lugar de corbata.

-¡Bueno, adiós, ea!...

-Y ¿cómo anda la alimentación? -inquirió, se apresuró a inquirir Natalia.

-¿O sea, la leche? Me tomo un vaso al día. ¡Ea, que ustedes tienen la consulta por delante! ... ¡Adiós!

-¡No, Iván, espera, no tengas prisa!

-¡No, amigo Danilo, adiós! ¡Que haya mucha suerte!

Esto fue dicho por los tres a la vez. Y resultó penoso. Danilo le pidió que se quedara, pero Iván no quiso, tenía prisa. Únicamente en la antesala, luego de ponerse la gorra, Iván se volvió de pronto, estrechó con fuerza la mano de Danilo y le besó.

-La muerte pues. ¡Déjame que te bese otra vez!

A Iván se le saltaron

las lágrimas, Danilo lo apretó reciamente contra su pecho. Por la antesala cruzó Natalia. Iván se volvió a la pared, dijo sordamente:

-Somos viejos, hay que dejar el sitio a los jóvenes. ¡Que disfruten de la vida!

En este mismo día, a esta hora, Arjip Arjípov, el hijo, escribió en el comité ejecutivo la temeraria palabra: fusilar.

En su casa, Iván Spiridónovich se echó en el diván de cara a la pared; y así estuvo, echado, inmóvil, hasta la llegada del hijo. Y el hijo llegó a las cinco, es decir, a las dos y media de sol. Y pasaron el día juntos, entre los asuntos y cuidados domésticos, hasta la retreta del soldado, que siempre se toca en los cuarteles a las nueve solares. A las seis Arjip Ivánovich llevaba agua del Vologa a los bancales, regaba los pepinos y las coles. En el río comprobó los aparejos de pesca (le gustaba pescar), ensartó dos nuevas percas minúsculas; del comité ejecutivo llegó la repartidora con «Izvestiz», y Arjip se estancó a orillas del río con los periódicos. Declinaba ya el sol, se acercaba reptando amarillo el crepúsculo, del jardín de los Volkóvich se iba pasando allá abajo el aroma de las frambuesas, y en los huertos las variopintas hortelanas voceaban sus canciones. Y en la catedral sonó el reloj: ¡don-dan-don!, como la piedra lanzada a un remanso con nenúfares. A las siete y media -para una hora- Arjip marchó a la ciudad y, al volver, entró en la casa, en su pulcra mitad de la isba, sentóse a la mesa y permaneció sentado, como el padre, bien erguido. El padre ayudaba al hijo, contaba en el ábaco, sumaba las cifras con rapidez y exactitud. Oscurecía despacio, el cielo era verde, luego se tiñó de azul, hízose cristalino.

Y entonces tocaron a retreta en los cuarteles, y las muchachas en los huertos cantaron algo muy triste. Anochecía cuando trajeron arreando a las vacas, Iván Spiridónovich fue a recoger la suya y a ordeñarIa. Y cuando volvió, Arjip había terminado ya de hacer cuentas, juntar los papeles y se hallaba parado en medio de la habitación. La sala estaba oscura, y la luz de la luna caía en las crucetas de los marcos, en la ventana y en el suelo. Era el hijo, como el padre, de mediana estatura, velludo, de barba cerrada, y solía estar de pie, como el padre, cruzando atrás las manos, las pesadas manos. Iván se detuvo un instante junto a la puerta y salió, y regresó con una vela, la colocó encima de la mesa, sentóse al lado de ésta, puso los codos en ella.

-Arjip, quiero hablar contigo. Escucha -anunció el viejo con tono grave-. Cierto sabio filósofo, que tú conoces, dice que si el hombre ha de estar muriéndose dos meses, y a la vez sufrir de una dolencia mientras se muere, es mejor que de eso se ocupe uno mismo... Tú también hablabas de que estás conforme con ello, puesto que, según parece, la muerte no es de veras tan espantosa -dijo el padre, queda y lentamente, juntando con ahogo las palabras; su cabeza estaba inclinada.

Arjip cambió de sitio.

-Habla, padre, con sentido -apuntó el hijo, tranquilo-. ¿A qué viene eso? ¿Oyes? -y cabalmente, cuando el hijo articuló ese oyes, su voz tembló.

-Estuve hoy con Danilo Alexándrich, en el hospital. Y me ha dicho que tengo una enfermedad incurable, cáncer de estómago, me quedan dos meses de vida, y ese mismo tiempo que sufrir y atormentarme con horribles padecimientos. ¿Has comprendido?

Arjip describió un extraño círculo por la habitación: marchó de pronto hacia el padre, pero, a los dos pasos, 'giró de súbito hacia la puerta, mas de nuevo se volvió y quedó parado junto a la mesa de escritorio, cerca de la ventana, de espaldas al padre.

-Tú lo decías, Arjip, y yo también lo comprendo así: de suceder, bien tempranito es mejor. Lo dijiste, ¿lo piensas así?

Arjip tardó en contestar y lo hizo sordamente: -Sí. Así lo pienso -afirmó con voz apagada.

-¿O sea, que mejor es ocuparse uno mismo, morir de una vez?

-Sí -dijo sordamente.

-y yo también pienso así. Pues uno muere, y no habrá nada, todo terminará. Será la nada.

-Solamente que, padre -y la voz padre tembló dolorosamente-, siendo tú el autor de mis días, con quien he pasado toda la vida, quien me dio el ser, comprendes, ¡me horroriza!

Iván Spiridónovich se revolvió en la silla, como si buscara algo, después se levantó y permaneció de pie, y se acercó al hijo, le puso la mano en el hombro por detrás, apretó la cabeza contra el chaquetón de cuero, contra la espalda.

-Lo sé. Lo comprendo. ¡Tú eres hijo mío! Lo pensé mucho, ¿hablaría o no contigo? ...Es duro. Muy duro, ¡sopórtalo! Para mí también es duro. ¡Hubiera vivido aún, para contemplarte, hijo, para contemplar tus obras, pues eres mi hijo, mi sangre! ... Mas pudrirme en vida, hambrear, gritar de dolor, ¡no lo quiero, no lo deseo! Mírame.

Arjip se volvió, se encontraron dos -pares de ojos oscuros: unos sombríos, enfermos, de anchas y fulgurantes pupilas, en el rostro de pergamino; otros jóvenes, tenaces, libres. Callaron largamente y largamente permanecieron inmóviles.

-Espérate, padre, ahora mismo vuelvo.

Arjip salió al patio, sentóse

en la terracilla junto al aguamanil, miró al cielo, a los astros: ya se inclinaba junio hacia julio, trocando por argento sus platinadas estrellas, y había luceros como las almohadas del zar Alexéi en el terciopelo de su Asia. Mientras tanto, Iván se sentó de nuevo a la mesa, entrecruzó los dedos, miró a la vela. Apagóla de un soplido, volvió a encenderla, reflexionó:

-Había luz, y dejó de existir, y nuevamente la hay. ¡Es raro!

Arjip entró a la media hora con su firme andar, sentóse al lado del padre y habló con voz pausada, la misma de siempre:

-Yo en tu lugar, padre... Haz lo que mejor sea, padre, lo que sepas.

Iván se levantó, levantóse igualmente el hijo, callando se besaron. Iván hurgó en el bolsillo trasero de la levita, sacó el pañuelo, todavía doblado, lo desdobló, mas no se enjugó los ojos, puesto que secos estaban, y, ya arrugado, lo guardó en los pantalones.

-¡Tú vive, hijo, no abandones tu causa! Cásate, engendra criaturas, hijo...

Volvióse, tomó la vela y salió. Arjip seguía de pie, con los brazos cruzados por detrás, exactamente igual que el padre. Se acercó a la ventana, la abrió de par en par y se quedó estático hasta el amanecer. En el cinematógrafo «Venecia» del Kremlin tocaba la banda de música; mientras, alzábanse en el río las borrinas.

Iván Spiridónovich, en su negra mitad de la casa, en su habitación, se tendió en el diván, de cara a la pared, y al instante se durmió con un sueño profundo. Llegó el alba con la neblina gris, tocó un pastor el cuerno dolorosa y quedamente, y se despertó Iván Spiridónovich. Ardía la vela; tras las ventanas había niebla; la vela ahumaba, y olía a quemado. Iván pensó que en sueños no había sentido nada, y habían pasado esas horas de la noche a la aurora sin ningún temor, como un instante. Entonces se levantó y marchó a la cocina, tomó allí el revólver de una rinconera, se miró en el espejo por el camino, vio su austero y sombrío rostro, volvió a su habitación, apagó la vela, sentóse en el diván y se disparó en la boca.

1 comentario:

e. r. dijo...

Kuru!
Pilniak escribió el cuento más lindo que leí: un cuento sobre como se escriben cuentos, o una onda así.
¡El zorro es el dios de los escritores!
Saludos