kurupí akärakú paraguay akärakú kurupí paraguay akärakú paraguay akärakú paraguay

KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

martes, agosto 17, 2010

Klostridium botulinux: Tuzut

Klostridium botulinux by Tuzut

En veinte años de relato enfermo, es obvio que Tuzut nunca llegó a curarse (y de ahora en adelante es muy difícil que llegue, con suerte lo que logre sea enfermarse más y lograr infectar a otros). En cambio, más parecido a los hilos como filigranas que cuelgan en las partes calentitas de los sueños de enfermeros afásicos y sucios, Tuzut reverdece libando el potaje de arándanos del mundo multiespejado en la vergüenza del enfrentarse al dedo mayor infecto de un crío que pregunta señalando al diputado que gusta de comerse las bolitas con sabor a tierra, mandarina y jabalí que crecen de sus axilas de pollo con vidrios polarizados, ¿ESTE mundo pretende que YO madure? Como entrada triunfal a la estupidez sublime de que es parte toda obra bella (que es lo mismo que decir horrible); este prólogo señala la muestra fotográfica momias, dedicada a las pasas de uva que iban a cobrar su jubilación enfrente de la YMCA en Montevidreo, monto irrisorio de basura que gastarían luego en caramelos a sus nietos o que sería confiscada según la costumbre local por gluekids de la edad de esos nietos. Empresas que no conducen a nada, relatos que otros fracasados hubieran querido escribir y no supieron. Henry Charles Bukovski se lamenta en uno de sus relatos de intentar y no poder escribir un cuento sobre monos voladores que hacen orgías. Tanachián, Tuzut, los escribió todos (incluso con banda sonora escrita x Isao Tomita con vokoder ufourusei yatsura), y escribió otros que fracasados anteriores no se pudieron imaginar como probables siquiera. Mientras todas las organizaciones sociales que no se fundaron hablaban de contaminar todas las redes de saneamiento del mundo con dietilamina de ácido lisérgico como única solución a la crisis y estupidez que ha sido desde siempre la historia del mundo; Tuzut escribía relatos que bien pueden ser leídos como la traducción en derretimiento literario de ese gesto seudorrevolucionario hermoso y vacío. Klostridium botulinux es una selección de textos que trata de no dar cuenta de ese patern que se traza desde la marginalidad dentro de una generación de imbéciles (1990s) camino a la marginalidad en otra generación de idiotas (2017s).

http://felicitacartoneranhembyense.blogspot.com/2010/08/tuzut.html

aka 1 fragmento ke desfragmentará tu disko duro, baby!:

Fue entonces que enfermé y se me ocurrió algo horroroso. Creí estar prisionero y que nunca iba a poder escapar de ahí, o que en todo caso al salir ya sería un anciano. Y me sorprendí haciendo planes para entonces, con setenta y seis años. Lo primero que quería llevar a la práctica era lo que estuve proyectando esa misma mañana antes de caer en esa celda, uno de los interrumpidos proyectos fabulo­sos: calentar los puños en el rostro del ciego que está a la entrada de la galería Bartolotti.

Sí, el parásito invidente de la Galería Bartolotti -que todavía sigue ahí- no pide, sino que exige, con aullidos de monarca furioso, que se lo socorra por su ceguera y su indigencia. Esa impertinencia me indigna, me escandaliza, porque hay cientos de ciegos por ahí que no fastidian con alaridos y a esos no les guardo rencor. Pero a éste sí lo detesto, porque en su fétido discurso apela a la senilidad e invalidez a modo de chantaje emocional, a la espera de la caridad que le permita continuar existiendo inútilmente. ¿Es que esa rata ciega y arrogante pretende estar más tiempo entre los seres vivos? Y yo quería que sí, que continuase viviendo, porque cuando pudiese escapar del departamento quería encon­trarlo ahí, centenario gracias a la idiocia de los transeúntes incautos que lo alimentan. Harto de que esa grieta que tiene por boca tan sólo se dedicase a insultar y a mascullar basura propia de quien no ha tenido jamás ninguna vivencia válida, a desquitarse con los que lo alimentan, injuriándolos, quise destruirlo. ¿Por qué ese despojo merece ser cebado, sustentado por los propios destinatarios de sus insultos de cucaracha de ojos mutilados? Acurrucado en un desvencijado sillín playero y debajo de una manta mohosa y sucia, recibe la monedita que preservará eternamente esa vida grotesca y taimada. Quería masacrarlo. Con su hórrido semblante oculto atrás de esas gafas negras empercudidas de tocino, completamente inmerso en su innata podredumbre y malicia, el ciego nefasto despide haces de energías oscuras y se la pasa conjurando para perjudicar a miles de ciudadanos que se detienen cerca de su trono. Es el Sultán Ciego del Odio, La Desidia, La Sinrazón, La Malaventura. ¡Había que detenerlo a tiempo ¡¡Alguien tenía que ayudarme a salir de ahí mientras pudiese valerme de mis propios pies! La pasividad de los transeúntes que lo engordan como a un cerdo, convertirán al Sultán en un ejemplo para otros contrahechos que lo erigirán en su propio prócer, en su caudillo. Los deformes se lanzarán a las calles a aullar igual que él hasta convencer a todo el mundo que quienes nacieron sin taras son los verdaderos culpables; los sanos serán culpables por todas las sorderas, enanismos, deficiencias cere­brales, mutilaciones, hidrocefalias, cojeras, afasias, acromegalias. El impertinente ciego precursor abrirá el camino a una revuelta sin antecedentes, a un motín de monstruos furiosos y resentidos, a una asonada de espantajos envidiosos. Esta cruzada del horror acabará por reducir a los sanos a un estado de pintoresca esclavitud imperceptible para muchos, pero no para mí. Tenía que salir de ese departamento, pero la velocidad y la fluidez de mis pensamientos era inversamente proporcional a las de mis signos vitales más prácticos. Creí haber perdido el pulso y que la sangre no se movía en mis venas. Sólo vivía el cerebro, obsesionado con el ciego, un cerebro activo en el interior de un cadáver que se descomponía.

Y ella sin callarse. Y el pollo no llegaba, y tampoco aparecían otras personas, así que ella sólo podía estar dirigiéndose a mí, con su monólogo chato y enajenante. El sonido que emitía parecía salir de una red de altavoces que ocupaban cada rincón de la habitación. Mientras el cuerpo de ella se estremecía y vibraba con cada palabra, con cada nueva confesión, apareció uno con el pollo. Pero yo ya estaba tan duro que no pude ni extender las manos para hincarle el diente.

Alguien encendió un televisor chiquitito, en blanco y negro, que soltó unos ruidos chirriantes e imágenes turbias, duplicadas. Ella seguía sin callarse, pero pude enterarme que lo que se estaba viendo era el informativo dando la misma noticia de siempre: unas cochambres humanas de uniforme revol­cándose por la posesión de un terruño mugriento; un paisaje desértico de cagarrutas que no sirve ni para plantar un yuyo es el escenario de una bacanal de tanques, niños degollados, fanáticos con pañoletas y soldados de narices ganchudas. Aún no podía desembarazarme de lo del ciego -era mi única defensa- y puse atención en el aparato sólo para ver si se reventaban todos de una vez y no ver nunca más esa misma noticia que ocupa todos los noticieros desde hace cuarenta años. Pero no. Parece que van a seguir sometiendo al resto del mundo a un tedio infinito. Supe que ella no podría aguantarse y que se le iba a ocurrir comentar lo que veía en la televisión, y exactamente de la manera que pensé: no iban a pasar dos minutos antes que relacionase la basura de medio oriente que había en la televisión con algo de su vida cotidiana, con algún pasaje de su biografía, que al fin y al cabo para eso se puso a hablar sin detenerse, sin respirar. Es como uno de esos creyentes fastidiosos o miembros exaltados de sectas que si se ponen a hablar del clima o de la inauguración de una cabina telefónica, siempre encuentran el modo de llevar el diálogo a su terreno y ahí meten a sus dioses o a sus mantras y los mezclan con la cabina telefónica o con la salida al mercado de un detergente. Ella ve la televisión y mezcla todo con su vida, con sus cositas: «Yo si fuera ése…», «Imagínense a mí en…», es incapaz de abstraerse, de objetivar, de extinguirse. El noticiero sin inmutarse siguió con la noticia de siempre. Un informativista hablando con el rostro compungido analizaba lo que estaba pasando, se enroscaba encorvándose sobre la mesa por lo que consideraba una desgracia. En medio segundo se le iluminó la cara y se puso radiante para anunciar una feliz noticia local. El presidente de la nación con una tijerita en la mano. Corta una cinta y se funde en un abrazo con el director de un loquero recién inaugurado. El director, emocionado, no se resigna a soltar al presidente y parece que está por asfixiarlo como una boa constrictora entre esos brazos peludos. Llegan los guardaespaldas del mandarín para despegarlos y el presidente respira aliviado mientras le traen un vaso conjugo de frutas. En la amplitud de los salones de fiestas del manicomio hay miles de globos y serpentinas, y las cámaras sobrevuelan las catorce o quince mesas rectangulares que se desbordan de tortas, pizza, jugos, pancitos adornados con rodajas de huevos y aceitunas, muñequitos y artesanías fabricadas por los internados, arreglos florales aplasta­dos y centenares de servilletas de papel manchadas del lápiz labial de veinte mujeronas de encantos marchitos que creen hacer beneficencia por ser las esposas de algún legislador cretino y petulante. Al descubrirlas ahí sentadas, las cámaras se solazan en primer plano con las efigies de las beneficentes hablando con los internados y palmeándoles las cabecitas enfermas, sin ocultar que se están cagando del miedo a que alguno de los dementes se les tire encima frente a las cámaras y se eche a perder la fiesta. Sus maridetes andan por ahí dando vueltas con el whisky hasta que alguno accede a ser entrevis­tado y todo su mascarón de proa ocupa la pantalla para ejercitarse en lo de costumbre, intimidar al votante ramplón. «Todo lo que ve aquí señora, es el fruto de nuestro esfuerzo por superarnos día a día, etc.» Detrás del curul los internados miran la comida con ojos extraviados, temerosos de acercarse a los platos y ser reprendidos por las viejas que engullen como lobos. Otros dementes prefieren atender a la música y bailan en parejas tomados de las manos, balanceándose todo el tiempo con la misma cadencia de loco, sin tener en cuenta ni el ritmo ni la melodía. La cámara decide suspender esa escena para concentrarse en la autoridad y la estampa del mico uniformado y encorvado por las condecora­ciones que nunca debe faltar en un festejo así. El mico se esfuerza por hacer su rutina televisiva sosteniendo un tenedor sin clavárselo en la frente o en las encías, arruga su bigotito y su hocico cas­trense y se despacha con una de esas glosas de primate amenazante, que a nadie interesan y a nadie asustan. La musiquita sigue sonando pero ahora los locos ya no bailan. Se entretienen con uno que se llevan a un rincón y quieren meterle papelitos en la boca, serpentinas y porquerías. El presidente, furioso, hace gestos a la cámara para que dejen de filmar eso. El periodista servil hace caso y nos quedamos sin fiesta.

No hay comentarios.: