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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

domingo, junio 27, 2010

Tibor Déry. Querido suegro

Sí, hace mucho tiempo que vivo solo, en compañía de mi hijo; solos los dos, unidos en mis recuerdos calcificados y cada vez más escasos. ¿Acaso hubiera sido preferible no tener a Tamás junto a mí? ¿ Quizá totalmente solo me hubiera ido mejor? ¿Solo y con la esperanza de una mano ajena y caritativa que me enjugara los mocos y las babas a su debido tiempo?

Por el momento, no necesito el apoyo de mi hijo y tampoco lo deseo. Pero me sirve de patrón, de medida para verificar la decadencia de mi cuerpo y de mi espíritu. Si aún reconozco las necesidades vulgares, si comprendo cuáles son las dudas de mi cuerpo, quiere decir que aún estoy en mis cabales y sólo lentamente, con una marcha moderada como la de la araña descolgándose por su hilo, voy descendiendo hacia las rocas de mi futuro infierno. y así, viéndole, compruebo que Tamás se convertirá en un hombre sano, con un leve aire de

suficiencia, pues será un hombre vulgar, de aspiraciones mediocres, limitado por toda clase de barreras. Al menos eso deduzco de su manera de ser, y confieso que me asusta la honradez de su palabra. Espero también que con el tiempo se cure de su devoción exaltada hacia mí y que un día descubra cuánto he mentido en mi vida, sobre todo en mi juventud, cuando aún sentía la necesidad de mentir. Y que ese descubrimiento le haga ser más sano de espíritu, con lo que le predigo una larga vida, aunque probablemente será más corta que la mía.

Me emociono pensando en lo bien que me he comportado con él, después de la muerte de su madre, cuando era todavía un bebé, y también más adelante. Como si hubiera querido reparar todas mis culpas anteriores, es decir, compensar al niño-símbolo de todos los daños que se supone causé a la humanidad. Así, todos los días, puntualmente a las siete de la tarde, yo llegaba para estar presente en el baño nocturno del chiquillo. Y muchas veces, para llegar a tiempo, tuve que saltar de la cama de mi amante o abandonar la partida de naipes. También aguardaba hasta que acostaran al pequeñín, para que así se durmiera con la imagen presente de un padre que velaba sus sueños plenos de retortijones. Para no aburrirme, de vez en cuando yo mismo bañaba a la criatura, ponía la palma de mi mano bajo su nuca y, con precaución, dejaba flotar su cabecita en el agua, mientras contemplaba con asco moderado su rosado cuerpecito de gusano, sus movimientos, pataleos y convulsiones, escuchando sus chillidos, cuya tonalidad me recordaba los que profería su madre cuando, por las noches, en mi cama, quería alcanzar el orgasmo. Por un tiempo, ese recuerdo me divertía, pero acabé por dejar de asistir a su baño, y me conformaba con permanecer a su lado junto a la cuna y, después, junto a su cama: el sitio que corresponde al padre y cabeza de familia.

El chico era ya un poco mayor. Una noche estaba yo sentado junto a su cama, contemplándole dormir y dibujando los rasgos de su madre sobre su rostro, cuando observé que, un poco más arriba de su pubis, la ligera manta de verano comenzó a levantarse. Confieso mi sorpresa. Tanto, que sólo después de algunos minutos atiné a levantarme a mi vez y salir de la habitación.

Entré en el antiguo dormitorio de mi mujer y me detuve ante el gran espejo para contemplar detalladamente mi imagen, mientras del otro cuarto me llegaba la respiración regular del niño.

«Estoy acabado -me dije, atónito-: ya está dispuesto para la procreación ... Era el fin. El mundo había sido mío hasta entonces, y ahora, de pronto, irrumpía él. Era evidente que yo estaba envejeciendo. ¿Qué iba a ser de mí?

Intenté calcular mis años pero abandoné, desanimado. Las cifras corroboraban mi suposición. Seguí contemplando mi imagen en el espejo, porque las apariencias contradecían mis sospechas: mi edad biológica era, probablemente, muy inferior a la cifra de mis años. Era todavía una cabeza y media más alto que el promedio de mis semejantes, mi cintura se conservaba delgada, y mi porte y actitud, igual que en mis tiempos de joven teniente de húsares; ya pesar de que mi largo pelo estaba totalmente blanco, de vez en cuando quebraba los dientes del peine. Mi rostro seguía liso, sin una sola arruga, ya que las de mi frente sólo atestiguaban mi trabajo, y no mi edad. Y al observar mi ir y venir frente al espejo, cruzando impaciente la habitación, advertí que mis pasos seguían siendo elásticos y silenciosos: recuerdo que en los tiempo en que mi pobre mujer todavía vivía y yo entraba en su cuarto, siempre se sobresaltaba porque no llegaba a oír mi silencioso andar tras de la puerta. También mi voz era aún firme y sonora, joven como el filo de una espada, aunque ese filo empezara a mellarse.

Ahí estaba ahora, contemplándome en el gran espejo. Comprendí de pronto todo el significado de aquella circunstancia, insignificante, y me sentí aplastado porque era una puñalada por la espalda. Temblaba de indignación y, lo confiese o no, de miedo a la muerte. Estudié mi largo pelo blanco que se reflejaba en el espejo: eso no podía engañarme, y tampoco las patas de gallo junto a mis ojos, por finas que fueran. Aquella primera erección de mi hijo equivalía a una bandera roja que se levantaba ante mí señalando una prohibición: ¡cuidado! Cuidado en el camino que lleva al abismo. Como ante el semáforo rojo: hay que detenerse. Aquel pequeño falo resplandecía ante mí como una montaña, como una roca; era un cerrojo echado ante mis elásticos y silenciosos pasos hacia el futuro, que yo creía infinito. Por vez primera, sentí que iba a morir. Hasta entonces no lo había creído, Dios es testigo de ello, pero ahora, como un volcán en erupción, el pito de mi hijo quemaba ¬mi futuro.

Me faltó poco para sentir escalofríos. En casos semejantes casi siempre logro contenerme, y m~ máximo desahogo es un suspiro de ira o, mejor, de miedo. Entonces, me ayuda el apretar los dientes o pegar un puñetazo en la mesa. Pero en aquella ocasión mis piernas temblaban: cogí una silla y me senté frente al espejo para mirarme mejor. No, por fuera nada parecía haber cambiado. Pero aquel pequeño cohete, aquel misil oculto bajo la manta y dispuesto a dispararse, cambiaba todo mi ser interior. Supe y comprendí: lo nuevo devora a lo viejo. i Era mi fin! Tan horrorosos me resultaron aquellos instantes, que no pude decidirme a salir de casa aquella noche; me sentía incapaz de soportar la compañía de la gente.

En fin, espero que la hora de mi verdadera muerte la soporte con más tranquilidad. Claro que para entonces seré mucho más viejo.

Aquella revelación me despojó de mi humor por aquella noche. Me estaba tomando en serio a mí mismo y también al mundo que me rodeaba. Por suerte, mi ama de llaves, Zsófi, entró en el cuarto para preguntarme si debía prepararme algo de cenar, en vista de que yo continuaba en casa a aquellas horas.

-¡Claro! -le repuse.

-Entonces, ¿qué preparo?

-Si no quiere, nada. Dígame, Zsófi, ¿cuánto

dinero me sisa en una comida?

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