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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

sábado, mayo 08, 2010

Una Retórica del silencio: Lisa Blok

ACTUALIDAD DE LA RETÓRICA

La obra literaria tiende a constituirse en un momento de reticencia y de ambigüedad, pero ese objeto silencioso lo fabrica, por así decirlo, con palabras, y ese trabajo de anulación es un proceso típicamente semiológico, pasible como tal de un análisis del mismo orden: la literatura es una retórica del silencio.

GÉRARD GENETTE

Un proceso semiológico de anulación, de reticencia y de ambigüedad similar al que atribuye Genette a la constitución de la obra literaria se toma también aquí como punto de partida para estudiar el silencio de la lectura. Para ello se intenta elaborar una retórica, una retórica del silencio -según dice Genette- pero partiendo de las reivindicaciones con que se actualiza esta disciplina en las últimas décadas, es decir como un estudio de las especulaciones dialécticas que la mente es capaz de concebir y el discurso de representar, más que esas técnicas y prácticas de un arte oratoria que registraba Quintiliano.

A manera de prólogo a una publicación dedicada a Recherches rhétoriques decía hace algunos años Claude Bremond: "Ocuparse de retórica ya no puede pasar en Francia ni por un anacronismo ni por un desafío de vanguardia [ ... ] Sabemos que la retórica no es un adorno del discurso sino una dimensión esencial de todo acto de significación."16

A fin de conocer algunos aspectos particulares de esa dimensión esencial se tratará de aplicar aquí la retórica al estudio de algunos mecanismos de la lectura, en tanto que actividad literaria productiva. De ahí que se atienda, en el mismo sentido, a lo que dice Michel Charles con respecto a que "esta retórica no puede constituirse sino a partir de la poética. No es de un orden diferente al de la poética. En todos los casos, no existe poética sin retórica y lo contrario es verdad".17

La inversión del punto de vista es sólo aparentemente copernicana ya que de la misma manera que la retórica tradicional describe y prescribe los principios de la composición desde el punto de vista del autor, se intentará hacer otro tanto desde el punto de vista del lector. Por lo tanto no hay inversión sino -provisional y operacionalmente- una indistinción de funciones válida si se toma en cuenta que ambos, autor y lector, están comprometidos por la existencia de la misma obra: "[ ... ] la retórica no ha sido nunca la elocuencia sino una teoría del discurso." decía también Michel Charles,18

Sin embargo, y siempre a título de precaución delimitativa, se deja constancia de que las funciones del crítico no serán abordadas más que subsidiariamente aunque se reconozca asimismo -como ya lo había expresado Genette- que "no hay ningún inconveniente en admitir que la crítica tal como la concebimos sería, parcialmente al menos, algo así como una nueva retórica",19

Esta discriminación provisional contra la lectura crítica debe atribuirse exclusivamente -menos que a una condición de lector profesional, que hace de la lectura su profesión, lo que configura un estatuto bastante atípico- al hecho de que se trata de un lector que escribe, de un lector escritor que no tiene inconveniente en afirmar: "Escribo -o reescribo- el texto que leo, mejor y más lejos de lo que su autor lo ha hecho." 20 Sobre todo -y la cuestión es bastante complicada-, porque su función crea una entidad ambigua, intermedia e intermediadora, una intermediación que sigue siendo objeto de tantas discusiones, de enfrentamientos, de resentimientos (el malentendido, origen del lugar común que simplifica como "frustración" la fecunda relación del crítico con la literatura). Se verifican equívocos de diverso género pero que pueden ser explicados en forma general por la necesidad de mantener un equilibrio difícil, entre dos aguas, de quien lee y escribe a la vez, quien cumple en una sola instancia dos funciones rivales por competitivas pero, sobre todo, por limítrofes, solitarias solidarias, independientes pero complementarias.

Contraria a la indistinción autor-lector que acabamos de señalar como necesaria a nuestro objeto retórico, la relación del crítico con la literatura implica la reunión, en una misma función, de actividad y producto, de recepción y realización. "[ ... ] el crítico no puede sustituir al lector en nada", decía R. Barthes hace algunos años, por tratarse precisamente el crítico de un lector "que encuentra en su camino un mediador sospechoso: la escritura".

La lectura-escritura crítica supone una relación de la misma índole que la que se verifica en la consecutividad intertextual, tomando como referencia básica al trámite translingiiístico que reconociera Julia Kristeva en sus famosos estudios incluidos en Séméiotiké ya que también en esa lectura-escritura el autor, el crítico, desarrolla un texto precedente, un texto ajeno del cual deriva y al cual -por vía hermenéutica- transforma: "[ ... ] todo texto se construye como un mosaico de citas, todo texto es absorción y transformación de otro texto".2l

La derivación intertextual de la escritura crítica resulta más clara y expone más su dependencia que otros textos literarios, presentando además características que le son específicas. De ahí que sea más adecuado aplicar a la derivación crítica una de las necesarias variantes que ha establecido Genette a partir del mismo paradigma -tan transitado por las contribuciones teóricas de los últimos años- precisando las características que diferencian las diversas modalidades del fenómeno general de transformación textual: "El tercer tipo de trascendencia textual, que denomino metatextualidad es la relación, designada corrientemente como 'comentario', que une un texto a otro texto del cual habla sin necesidad de citarIo [ ... ] Se trata, por excelencia, de la relación crítica." 22

Si se soslaya la lectura-escritura crítica de estas aproximaciones a la retórica del silencio, se debe en gran parte a esa razón metatextual; la labor hermenéutica ocurre de manera similar al discurso metalingüístico que interviene en la comunicación verbal haciendo explícitos elementos pertenecientes al código -el lingüístico- que existe necesariamente como el primer implícito indispensable, a partir del cual se da el acontecimiento social por la palabra. Se sabe que la comunicación es posible gracias a la existencia de un código que utiliza el hablante, que también utiliza el oyente y, sobre todo, porque implícitamente es el que comparten ambos. Roman Jakobson advertía sobre el carácter diferencial de la función metalingüística pero sin ignorar su asimilación a la función referencial, colocándolas ambas en lugares opuestos simétricos de su famoso esquema. No es difícil comprender que por medio de la función metalingüística se está cumpliendo una función propiamente referencial, aunque especial por la naturaleza de su referente.

En efecto, la función metalingüística "transgrede" circunstancialmente el principio silencioso del código, traspasa la presencia implícita que es su naturaleza. Pero ésa es una función regular. Por su parte el discurso crítico cumple un desarrollo metatextual y, por tanto, hace explícitas referencias que el texto literario comprende implícitamente aunque también suele referir de manera explícita lo que ya es explícito en el texto. Se trata de una metatextualidad compleja porque atiende a un referente por lo menos doble: por vía de citas y paráfrasis refiere lo que el texto dice, refiere lo que el texto no dice y, además, de acuerdo con las doctrinas teóricas que aplica y el vigor de sus convicciones, formula consideraciones relativas al sistema de la obra -y no es lo mismo-, al sistema al cual la obra se remite. Exterioriza así los datos conjeturales de una lectura subyacente, la suya, un modelo textual a partir del cual el crítico se pronuncia, decide, porque ésa es su función. Se aparta de la función silenciosa del lector. Decía Barthes al final del pasaje que ya he citado:

"Así anda la palabra alrededor del libro: leer, escribir: de un deseo al otro va toda literatura."

No se trata de describir las etapas de una consecutividad mecánica, dos instancias sucesivas de la diacronía literaria (se escribe porque se lee) sino, sin descartarlas, de observar un fenómeno por el cual esas etapas consecutivas -como consecuencia más que como continuidad- son asimismo las dos caras constitutivas que se encuentran en el núcleo de toda generación, gestación literaria, resolviendo acrónicamente su temporalidad, espacializándola en una dimensión diferente, una a-dimensión tal vez, un lugar sin lugar y sin tiempo de la obra.

Tal como aparece en Les mots: Leer y Escribir son efectivamente los episodios de un itinerario biográfico, la historia literaria del autor (la particular de Sartre) o las épocas de cualquier otra biografía literaria, pero, al mismo tiempo, constituyen las dos partes contrarias, recíprocas y necesarias que dan origen a la obra. Son los dos ejes que se cruzan generando en su acción la obra literaria.

La transtextualidad literaria se cumple según mecánica de imitación y transformación: la presencia positiva o negativa de un modelo que se respete o se refute está ahí. Ahora bien, la metatextualidad) en tanto que consecutividad crítica, se basa -según las diversas categorías que había tipificado Genette- en una acción diferente. El comentario transtextual deriva de un texto antecedente, su modelo, pero en el recorrido transtextual que describe la lectura-escritura crítica se produce una especie de décalage según el cual la consecutividad se registra pero en otro plano: el metatexto vale como una explicación del texto anterior, una explicación conceptual, la indispensable Auslegung por la que Friedrich Schleiermacher reconoce el talento y la condición específica de una actividad hermenéutica que no tiene por qué ser exhibida.

Se observa así, metatextualmente, en forma explícita, un aspecto del deslizamiento natural previsible (y reversible) de lo estético a lo teórico, de la imagen a la idea, de lo especular a lo especulativo, de la reflexión a lo reflexivo, deslizamiento que es fatalidad de toda teoría porque ya (en griego) theoria reunía contemplación y conocimiento, ambas a la vez; una ambigliedad original.

La interpretación -y justo esa palabra- también acumula polisémicamente esas dos tendencias transtextuales: interpretación es realización y análisis. Por un lado, una recreación que lleva a cabo un intérprete, un intermediario (J.. L. Barrault interpreta, Glenn Gould interpreta) porque sin esa interpretación la obra no existe como tal, permanece como pura virtualidad. Se trata de una interpretación artística y por lo tanto el término designa el aspecto estético de la significación.

Por otro, interpretación es lo que se entiende, una operación receptiva y analítica, que hace al texto o a la obra, a su voz o a su verdad inteligibles, la "traducción" de los oráculos de la pythia que sin dejar de ser estética (o "estésica" por marcar la distinción requerida por Paul Valéry) es también explicativa, intelectual. Ya en griego érmenéia se entendía así, y el pensamiento occidental, a pesar de las precisiones rigurosas de la ciencia y de su lenguaje, y del arte y del suyo, heredó esa ambigüedad, esa confusión etimológica que afecta las diferentes expresiones de decir y pensar, identificación y dualidad a la que difícilmente se sustrae el hablante que siente, que padece, la unidad original indisociable del logos su condición simbólica.

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