CIERTA noche, se oyeron golpes fuertes en la delgada madera de la cabaña maltratada por la intemperie en que vivía Yo no tenía reloj, pero por la posición de la luna, deduje que era cerca de la medianoche. Esto sucedió en una aldea poblada por campesinos indios, que era conocida en toda la región como un nido de bandoleros.
Eran tiempos revolucionarios; veintenas de pequeños grupos semimilitares, que habían perdido el contacto con sus regimientos y cuyas pequeñas propiedades fueron devastadas
tenían que mantenerse vivos con sus familias como pudieran.
El hecho es -y yo debo saberlo-- que uno puede vivir a salvo en el campo de la república, en medio de los llamados bandidos, si no es indio ni mestizo y no le importa lo que está haciendo la gente o de qué vive. Además, aprendí por experiencia que uno puede vivir pacífica y felizmente en tal vecindad, si todo habitante del lugar sabe que uno tiene solamente un par de zapatos con agujeros, unas cuantas camisas raídas y un par de pantalones que ya no sirven siquiera para remendar otros pantalones. Además de esto, uno puede sentirse seguro si sólo se posee unos cuantos pesos, algunos libros y una máquina estenográfica dilapidada, sin teclado de tipo español y aparentemente a punto de hacerse pedazos en cualquier momento.
Por recomendación de aquellos discípulos conseguí cinco más en dos semanas, pues por alguna razón no conocida por mí entonces, varios aldeanos habían decidido estudiar inglés. Todos me visitaban regularmente y pagaban puntualmente por sus lecciones. Así que todos estábamos satisfechos. En tales condiciones, no tenía razón para preocuparme de si eran bandoleros o no. Me dejaban vivir sin molestarme y yo los dejaba en paz. No hay mejor modo de vivir en esta tierra.
Ahora, si en alguna parte de la provincia de la república, alguien llama a la puerta de uno cerca de la medianoche, la experiencia, la reflexión, el buen gusto y los buenos modales demandan que uno permanezca en silencio, que no conteste y contenga el aliento tanto como le sea posible, porque bien puede suceder que al abrir la puerta para ver quién llama (deseando que sea el mensajero del telégrafo trayéndole un giro telegráfico por cien dólares), uno reciba dos tiros o una docena, disparados contra uno, quien se retira ileso o cae lleno de plomo, para que después algunos hombres irrumpan y no en una forma amistosa
Algunas personas aseguran que la valentía es una gran virtud en el campo de batalla, pero en ciertos lugares de la república y en determinadas ocasiones, el valores comúnmente una señal de estupidez innata e incurable.
No se espera allí que nadie sea un juglar y que detenga con los dientes balas de revólver. Para ver hacer eso, uno va al circo.
Como han pasado muchos años desde que viajé con un circo, he perdido la habilidad para atrapar balas con las manos abiertas (o con los dientes cerrados), así que cuando oí llamar a mi puerta me mantuve tan silencioso como un arcón lleno de monedas enterrado. No recuerdo si empecé a temblar o me cubrió un sudor frío, pero no creo que haya sucedido así. Si las cosas han llegado tan lejos como para escuchar en la noche que golpean violentamente la puerta de uno y que los golpes se hacen más severos a cada segundo, no tiene objeto sudar de miedo. Cualquier cosa que vaya a suceder, lo que sea, ya se ha decidido, y sin consultarlo a uno, así que es mejor ahorrarse el sudor frío.
Después de oír varios golpes más en mi puerta, escuché unos murmullos.
Había allí tres hombres por lo menos, a juzgar por las distintas tonalidades de voces que podía percibir. Las voces tenían un matiz fuerte e inmisericorde, de hombres que sabían precisamente por qué habían ido y qué querían.
Después oí que los hombres se acercaban a la puerta y pude captar sus pasos pesados en el piso arenoso. Por los sonidos que producían sus pisadas deduje que uno de ellos llevaba botines y uno huaraches. Comprendí que mi vida se prolongaba por el número de pasos que necesitaba avanzar para llegar a la puerta.
Pensé en escapar. La cabaña que consistía en una habitación tenía, como la mayoría de las casas de esa parte de la república, dos puertas: una a cada lado. Pero yo atrancaba ambas con vigas. No podría retirarlas sin hacer ruido, y al más leve que hiciera los hombres estarían inmediatamente atrás de la puerta por la que quisiera huir.
A pesar de haber despertado recientemente de un sueño profundo, traté de pensar en alguna solución que me salvara Sin embargo, en aquellos preciosos momentos no tenía tiempo de pensar con claridad en ningún remedio. Después de todo, primero debía ver qué aspecto tenían esos hombres para poder elegir el recurso adecuado.
No tenía pistola. De cualquier modo, ésta no me habría ayudado en la situación en que estaba. Podía tener suerte y matar a los tres hombres; pero sería mucho más difícil salir de la aldea en que uno ha matado a tres ciudadanos, y particularmente escapar ileso cuando el lugar es un escondite de bandoleros. En realidad, estaba mejor sin pistola. Lo que es más: el no tenerla eliminaba mi supuesta obligación de ser valiente. Siempre y en todas partes, la valentía es mal recompensada. Son siempre, y por siempre, los cobardes quienes sobreviven a las guerras. Los que realmente son valerosos caen en los campos de batalla, para giOria de los que desfilan bajo lluvias de confeti y papelillos.
Los hombres habían llegado a la puerta. La cabaña se encontraba construida sobre pilotes debido a las copiosas lluvias tropicales anuales, y varios escalones conducían a la puerta.
Oí subir a los tipos, y como los escalones eran angostos, solamente uno de ellos podía estar junto a la puerta. Los otros tenían que permanecer en los escalones más bajos.
El que estaba junto a la puerta la golpeó duramente con lo que parecía ser la contera de una pistola o de una escopeta.
Como yo no respondiera a los golpes, gritó:
-jEh, hombre, abre, levántate, que tenemos que hablar contigo!
Eso demostró que sabían perfectamente que me encontraba en casa, de
Continuaron golpeando y llamando con terquedad. Pero yo no moví un
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