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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

domingo, abril 25, 2010

Revelación del Paraguay: Ernesto Giménez Caballero

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SUS MUERTOS, EN Tranvía

Los muertos van en tranvía para asombro del mundo. Aquí, en Asunción.

Si preguntáis de dónde arranca esa costumbre nadie os contestará con exactitud. Hay quien quisiera demostrar que era ya tradición guaraní. Otros dicen que ese tranvía arranca del "Ande".

-¿Del Ande boliviano, como un cóndor?

No, de la Sociedad así llamada. Al final de la Avenida España tiene sus cocheras.

Allí me fui una tarde para ver ese tranvía bien cerca y sin muerto dentro. Pregunté a un guarda; el guarda me llevó a un portero; el portero tocó un pito y, viendo que no acudía nadie, me condujo amablemente a una oficina en el fondo de un hermoso parque, donde un señor con grande cortesía me acompañó hasta "ese tranvía, no precisamente llamado Deseo". y más dramático que el de Arthur Miller.

-Son tres: el de primera, el de segunda y el de niños.

“El de primera tenía más pompa. El de segunda, menos. Y el de los niños era blanco. Pero cada uno sobre sus cuatro ruedas y cada uno con su enganche para ser traccionado por el tranvía de los vivos, el que va delante tirando del muerto y lleno de viajeros, de parientes y amigos.

--¿Hay mucho servicio?

-Va habiendo menos porque la ciudad se ensancha y aumentan los autobuses y los taxis.

-Sí. Ya he visto que existe un autobús o colectivo que recoge a domicilio el cadáver sin necesidad de lIevarlo a hombros hasta el tranvía. Lo mete debajo, a un lado, como un equipaje, y la familia viaja encima.

-Hay además una carroza automóvil de lujo.

-Pues si yo me muero aquí desearía ir en tranvía, como los castizos asuncenos.

.

iAhí es nada! Tomarse el mismo tranvía para irse a la tumba que se toma uno por las mañanitas y en el que luego se vuelve a casa. Enterrarse de otro modo aquí, en Asunción, es meterse en absurdas aventuras. El colectivo puede volcar. Y la carroza resulta demasiado pomposa y no va con el carácter familiar y sencillo de esta querida ciudad que detesta todo protocolo. Además, resultaría inútil, porque en Asunción todo automóvil, por muy automóvil que sea, tiende en seguida a convertirse en tranvía. Pues, para evitar los bache y el voraz empedrado, busca, apenas puede, los carriles ; busca el hacerse tranvía y, lucha con el que, a su vez, viene por enfrente, en un torneo único y valeroso, a ver quién descarrila a quién y le echa fuera de los rieles. Hay verdaderos artistas del volante y es un encanto sentirse llevado por uno de esos equilibristas y pasar de dar barquinazos (porque cuando no se toman las vías el auto es un barco en alta mar) a deslizarse como en un patinadero, con vértigo de vals en las curvas.

El otro día acompañé un entierro --o enterratorio, como se dice aquí también- hasta el cementerio de La Recoleta, un viejo convento agustino convertido -hace un siglo-- en campo santo; al final de la Avenida Mariscal López, la más hermosa de la capital, donde vive el Presidente y se alzan muchas Embajadas y bellos chalets. Los muertos pasan por ella con todos los honores, con saludo marcial de centinelas, reverencias diplomáticas, signumcrucis de elegantes damas y la piedad del pueblo. Había en Asunción otro célebre osario, el de MangrulIo, pero hace años desapareció para ajardinarse en parque de Carlos Antonio López, un paraíso de umbrías, árboles y pájaros, donde los enamorados se encargan todos los atardeceres de demostrar que el amor vence siempre a la muerte.

Creo que también existe otro cementerio, el del Sur o de los pobres; el de la zona Salamanca de la Chacarita, por la ribera, hacia laguna Pucú.

Pero el castizo es La Recoleta. Allí bajan del tranvía el ataúd, el "cajón" (las funerarias se llaman "Cajonerías fúnebres"); lo colocan en un carrito de quirófano y lo llevan hasta la parroquia si es católico el difunto, para decirle una misa menor, corpore insepulto, porque hay otra llamada "guazú", o mayor, según anuncia un limosnero. Y luego ¡a su barrio! -no "al otro barrio", sino al suyo propio-, al español, al italiano, al alemán, al eslavo, al hebreo y al paraguayo, como en una villa medieval europea, cuando convivían y conmorían razas y religiones en un mismo recinto acuartelado, con aljama, mellah, barrio de francos y cristianía.

Hay que visitar y vivir La Recoleta --la vida de la muerte asuncena- para que se le revele a uno el genio de este país, hospitalario, acogedor, e integrador de migraciones.

El cementerio español tiene acceso particular y se entra por una lateral vía, accediendo a una avenida larga en leve cuesta, fIanqueada de panteones y de nichos, con una capilla al extremo, levantada por generosos donantes y en cuya puerta cantan, en cerámica, unos versos de Josefina PIá. Abundan los nombres catalanes, pues Asunción tiene su Centre Catalá. También los vascos. Pero asimismo los castellanísimos, como "Palazón", "Camacho" y el mío de "Giménez", con G. Su característica es ese confuso barroco que lleva lo español hasta el sepulcro. Pero que no llega a la exuberancia vital de las tumbas italianas -a continuación de las españolas-, donde el humanismo itálico aparece en efigies y retratos del muerto, en dedicatorias, en cintas, en riquezas de flores. "Nel bacio degli angioli dorme il bambino”... " I genitori e i fratelli ti piangono eternarnente”... "Egli sacrifico la vita en difesa della patria" ... Es rara la sepultura que no ostente la imagen viva del fallecido, "con volontá di Rinascita", a diferencia de los otros cementerios más orientalizados, que la evitan.

El cementerio eslavo posee un enorme panteón, como un Kremlin de ultramar, "Slavianska Sloga", El alemán está diseminado, como el francés. El japonés sólo existe en sus colonias, así como el menonita. Y el hebreo, al fondo de La Recoleta oculto con ese sentido de "pueblo electo" que tiene el milenario Israel.

Por cierto que el tipo de enterramiento israelí -un edículo con inscripción, sobre la tierra - dicen que influyó sobre la castiza sepultura paraguaya, que es sorprendente: "la peaña”.

"La peaña" es una casita como un palomar, como para jugar a las muñecas las niñas y al tiro al blanco los niños. Su conjunto, multipinto, de sube y baja por laderas verdes bajo palmeras y lapachos, con farolillos, y ventanitas con cristales, y candados, y velitas dentro encendidas. y atauditos cubiertos con un mantel, y Cruces de dos brazos y tres dedos cada brazo, y venda colgante blanca y angelotes sobre cornisillas y fustes con conchas de barro y los colores rojo-blanco-azul de la bandera nacional, y de pronto un nombre: "Mirna", y otro allá en ingenua ortografía "Ludobina Villalba", y otro: "Rubi", y otro: "Chiquita", da la impresión de un carrusel elíseo, de una fantasmática verbena, de una Feria de Vanidades, pero sin vanidad .alguna, sino de unción, de contento, de cariñosería, de humor y amor popular. Cuando se observa bien el cementerio paraguayo se comprende que nada tienen que ver sus peañas con la sequedad bíblica del Viejo Testamento. Y entonces ¿con qué? ¿De dónde proceden estas tumbitas habitables por dentro? Nadie me lo supo decir. Pero aquí es donde yo aplique la tradición local: la costumbre que tenían los ancestrales guaraníes de "dejar un espacio libre en la sepultura para que alma o añang del muerto vagase y se alimentase antes de volar al añareta o paraíso". Solo así se explica esa morada o mansioncilla que tiene toda peaña, con sus cristales y candado y su lebrillo o naé y su huertecito a los pies donde en silletas o apycas se sientan los familiares para arreglar y servir la memoria viva del querido muerto.

Yo estuve el día de Difuntos, el 1 de noviembre, que aquí es plena primavera, pleno primer verano, y me pareció entrar en un reino de resurrección más que de muerte, como creían las antiguas gentes del Guayrá que era morirse: ir hacia un Mba'everaguazú, a una gloria luminosa, deslumbrante, tropical, y adonde se llevaban los muertos esos mismos manjares que vendían a esta puerta las lindas cuñataís: chicha, sopa, naranjas y tal vez ricos helados de durazno. Entonces comprendí el rito que aún queda por algunos rincones campesinos: el del velorio con baile y comida. El fino maestro Carlos Zubizarreta quiere atribuirlo a la teología jesuita por tratarse de "angelitos al cielo". Sea lo que sea el velorio, la muerte es apacible y exuberante en este país. No es fea la muerte en Asunción. Ni tétrica, ni huesuda, ni pálida. Es cielo azulísimo, olor embriagador del aire, color lila del tarumá y rojigualdo del chivato y "mejillaylabio de mujer" que tienen las flores del mango. Y, sobre todo, no es pomposa, no es cursi, no es petulante en Asunción la muerte; no es muerte para archipámpanos ni príncipes. Es popular. Es familiar. Se va a ella en tranvía. Y cuando se la ha dejado en La Recoleta, se vuelve uno en el tranvía mismo del muerto, como llevándoselo de nuevo a casa. Y pagándole un billete a su memoria.

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