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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

jueves, abril 15, 2010

Ecuador: Henri Michaux

Un poco más tarde

Si fuera hotelero, mis habitaciones serían subacuá­ticas; qué murmullo allá dentro, qué coletazos naca­rados entre las algas soñadoras.

*

Jueves

Los ventiladores. Los del fumadero donde escribo son dos. Sería de ingratos no mencionarlos. Primera­mente, el más cercano dista de mí no más de dos metros cincuenta, y estará como una cabeza por en­cima de mi cabeza. Cuando en su movimiento llega al tope, me mira de cara, de frente, exactamente en el ojo pineal, se acerca precipitadamente, echándome la vista encima; luego, entre sacudidas, se des­vía; mediante actos irreflexivos, me desdeña, cada vez más, hasta llegar al desdén más absoluto. En fin, se arrincona. Después de un rato, mirad cómo viene poco a poco, y, como si yo mereciera un examen suplementario, me mira plenamente con todos sus ojos. Pero, siendo el desdén lo más seguro de su naturaleza, se desvía para volver a partir, y repite centenares de veces el mismo vaivén, mientras es­cribo algunas páginas. El otro, más alejado, no se deja notar, ni perturba la más mínima molécula de aire. Después de todo, da la impresión de que reto­ca, de que iguala la tarea del anterior, de que echa su mirada circular sobre la faena del otro, y trabaja, sin dejar de inspeccionar, como hacen los buenos inspectores.

Un poco más tarde

Hubiera deseado tanto tener un padre. Entiéndase bien: como una mujer... a la que se busca, a la que se elige, y que, si se la encuentra, es una maravilla.

Jueves, primero de marzo. De Guadalupe a Banos, a Suña, hacia Mera, de 2.040 a 1.010 metros de altitud, casi desde montañas desérticas al bosque tropical.

Salida a las 6 de la mañana

Pasaba por el Japón cuando sería la tercera hora.

Existía, en aquel momento, realmente, el jugueteo de la neblina como se da en el Japón, si nos atene­mos a lo que nos han descrito los pintores. El blan­co se destaca del cielo, aquí y allá, y desciende.

He aquí el jugueteo de la neblina: aquí atrapa un árbol, allí una montaña, otra en el valle, atrapa un cordero pardo, lo hace con gracia, le deja la forma, sólo la lana perdida, otra un poco más lejos atrapa tres eucaliptos, pero, poco después, ¡tchip! ... se vuel­ven a ver, se les vuelve a encontrar, helos aquí de nuevo, el tercero enterito, uno que va a ser atrapado, otro a la zaga que reaparece instantáneamente, que contemplamos del todo impresionados.

Las neblinas más leves ocultan una cuadra * O dos de cañas de azúcar, o un árbol tierno todavía blanco.

Todos los cuadros japoneses parecen resurreccio­nes. Estas neblinas llevan y enseñan especialmente a mirar, enternecen nuestra mirada, en atención a que el rostro de la Naturaleza e incluso del mineral no es tan duro, ni tan inquebrantable como se creía, sino débil, desamparado, y sujeto a tantas alteracio­nes como el cuerpo femenino, y de ese modo segui­mos con simpatía. Existe también la nubecilla pega­diza. Se queda en un agujero todo el día, o se aga­zapa en un rincón de un pastizal, y succiona una oveja, a fondo.

* En castellano en el original. (N. del T.)

Miércoles 21, por la mañana

Análogamente, me guardo muchísimo de juzgar como tales a los que son imbéciles...notorios.

Los eruditos, los sabios, son los que han aceptado, y los imbéciles e ignorantes, los que no han

aceptado.

No solo la religión, todas las ciencias son objeto de la apuesta de Pascal.

«Dad por admitido eso y veréis qué simple es todo, y que de todos modos no hay nada que per­der. Incluso si es falso, puesto que habréis adquiri­do conocimientos que, por falta de trabazón, tendríais que haber dejado allí.» Pero algunos se rebe­lan, no quieren saber nada de estos a priori, de es­tas teorías aproximativas, de estos procedimientos, silogismos, conclusiones apresuradas sacadas de apa­riencias concordantes, y, rebelándose demasiado pron­to, se cierran el camino para ulteriores conocimien­tos. Pues el aparato científico es un bloque.

No hay que ser imbécil demasiado pronto.

A eso de los treinta años, realizados los estudios, está permitido, podemos volvemos simples, y hacer descubrimientos.

Tengo observado que, en los estudios secundarios, a menudo los alumnos “imbéciles» llevaban la con­traria con gran aplomo sobre lo aventurado, lo es­peculativo y sobre el nudo de la teoría propuesta.

Ellos hacían preguntas al profesor sobre aquel punto, y éste volvía a explicarles la cosa. Sin embar­go, permanecían pensativos, ajenos a las risas y bur­las del populacho, de los fuertes en el tema.

Después, he notado que estas teorías, derribadas por sucesivos sabios, se tambaleaban precisamente por el lado donde el imbécil quinceañero había pues­to el dedo. A los rezagados de la clase, les sería necesaria solamente otra cultura una cultura genial.

Muchos de ellos, dado su natural, hubiesen com­prendido la vida, por lo más simple, por lo más bajo, y lo más seguro.

En lo concerniente a la religión católica, cuando yo la estudiaba, desconfiaba mucho de los obispos, canónigos, y profesores de Teología y Filosofía. Son muy taimados, pensaba para mis adentros. Mejores me parecían el cura de Ars, cateado en todos los exámenes y todas las cuestiones teológicas, o San José de Cupertino, apodado el asno, y Ruysbroek el admirable que todo lo hacía al revés, quienes no comprendieron en absoluto infinidad de detalles, pero sí el meollo de lo esencial: el Dios que se tenía que amar.

Miércoles por la mañana, 21 de marzo

¡Qué escasas posibilidades tiene el hombre! El don del amor es grande, pero su objeto es monótono y poco sorpresivo.

A menudo contemplo los perros, no por inclina­ciones secretas, sino por afán de meditación. Pero los transeúntes me observan con sonrisas, esto viene a estorbar mis pensamientos, y paso de largo prosi­guiendo mi camino.

En el orden de los mamíferos, el perro tiene un lugar aparte. Las perras para él son un mundo que no llegará a conocer en toda su vida.

¡El siente necesidad de todas las formas, de to­das las tallas, quince o veinte veces como la suya! He aquí una giganta. A él no le repele. Su imagina­ción erótica le lleva a todas las escaladas, a todas las penetraciones. También le interesan las enanas, las que son una especie de bebés.

Por eso se le ve fuertemente ocupado en este em­peño, y, por más que una vieja beata rompa su pa­raguas sobre el lomo del impúdico, no por eso va a desistir de su idea, que tiene profundas y vastas ramificaciones.

Miércoles por la mañana, 21 de marzo

Un espíritu de cierta profundidad no puede sentir más que odio hacia una ciudad. No existe nada más desesperante. Primero los muros, y luego todo se reduce a imágenes encarnizadas de egoísmo, de desconfianza, de necedad, de rigidez.

No es necesario conocer el código napoleónico, basta contemplar una ciudad para saber a qué atenerse. Cuando regreso del campo, del sosiego que ocurre cada vez que interiormente acabo de envanecerme, salta un furor, un odio...

Vuelvo a encontrar mi hombre, el homo sapiens, el lobo atesorador.

Ciudades, arquitecturas, ¡cuánto os odio!

Grandes superficies de cajas de caudales, que tienen por cimiento la tierra, cajas-fuertes con compartimientos, con las cajas-fuertes para comer, las arcas

de hierro para dormir, arcas de hierro para las muchachas, arcones al acecho y listos para prender fuego, y tristes, tristes...

30 de marzo de 1928

La noche anterior tomé éter. ¡Qué proyección! ¡Y qué grandeza!

El éter llega rápidamente. Al mismo tiempo que se acerca, agranda y desmesura a su hombre, que en este caso soy yo, y en el Espacio lo prolonga más y más sin codicia, sin paralelo alguno. El éter llega con velocidad de tren expreso, en su carrera a saltos, a zancadas: escalera con peldaños de acantilado.

¡De ese modo se remonta a las alturas de la atmós­fera un pájaro surcador en la cordillera de los An­des!

Iquitos

Una niña de cinco a seis años te aborda en la calle. «Mamá te llama», y te coge gentilente de la

mano y te lleva a casa de la mamá. Y mamá... mamá... cuesta dos soles (veinte fran­cos).

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