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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

viernes, enero 15, 2010

Yo Recuerdo: Boris Pasternak

5
Nuestra casa se alzaba en el patio, frente al portón de un pequeño jardín con árboles viejísimos, en medio de las dependencias, de los servicios comunes, de las bodegas.
Abajo, en el sótano, se proporcionaba almuerzo caliente a los alumnos. Siempre flotaba en la escalera olor a pastelillos de tocino y a cótelettes fritas. La entrada de nuestro departamento se hallaba en el descansillo que seguía al sótano; el secretario de la Escuela habitaba el piso de más arriba.
He aquí, cincuenta años después, lo que acabo de leer en la época soviética en el libro de N. S. Rodiónov: Moscú en la vida y la obra de León Tolstoi (pág. 125): "El 23 de noviembre (1894) Tolstoi, acompañado de sus hijas, fue a casa del pintor Leonid O. pasternak en la Escuela de Pintura, Escultura y Arquitectura -de la que Pastérnak era director- para asistir a un concierto en el que participaban la mujer, de Pastérnak y los profesores de violín y violoncelo del Conservatorio: L.V. Griimali y A. A. Brandúkov".
Todo esto es cierto, salvo que el director de la Escuela era el Príncipe Lvov y no mi padre.
Recuerdo perfectamente la noche descrita por Rodiqnov. A medianoche, me despertó un dolor suave y punzante, tal como nunca había sentido. Empecé a gritar y a llorar de angustia y terror. Pero la música ahogaba mis sollozos y sólo me oyeron cuando terminaron de ejecutar la parte del trío,que me había despertado. La cortina, tras la cual yo estaba acostado y que dividía la pieza en dos partes, se apartó.
Apareció mi madre, se inclinó sobre mí y me tranquilizó pronto. Probablemente me llevaron a ver los invitados o tal vez yo divisé el sal6n enmarcado por la puerta abierta. Estaba lleno de humo. Las bujías parpadeaban como si el humo les irritara los ojos. Lanzaban un vivo reflejo sobre la barnizada caoba del violín y del violoncelo. El piano era negro, y negros los trajes de los caballeros. Las damas emergían de sus vestidos escotados hasta la espalda como flores de un canastillo de cumpleaños. Las nubes de humo se fundían con los cabellos grises de dos o tres ancianos. Con el tiempo llegué a conocer bastante a uno de aquellos ancianos y a verldo frecuentemente. Era el pintor N. N. Gué. La figura del Otro personaje marcó mi vida entera así como la de gran parte de la gente, sobre todo porque mi padre lo había dibujado, iba a menudo a verlo, lo veneraba y su espíritu había penetrado enteramente nuestra casa. Era León Nikoláyevich Tolstoi.
¿Porqué yo lloraba así?, ¿por qué aquel dolor permanece tan vivo en mi memoria? En casa, yo estaba habituado al sonido del piano,. que mi madre tocaba con arte. La voz del piano me parecía formar parte de la música misma. El timbre de los instrumentos de cuerda, sobre todo en un conjunto de música de cámara, no me era familiar y sus modulaciones me conmovieron como verdaderas llamadas de auxilio y anuncio de una desgracia que me llegaría desde afuera, a través de los postigos .
Según creo, fue aquel el invierno en que murieron Anton Rubinstein y Schaykóvski. Posiblemente era el famoso trío de este último el que se ejecutaba.
Aquella noche separa como un hito fronterizo mi primera infancia sin recuerdos de mi infancia posterior, desde esa noche mi memoria entró en actividad y mi conciencia se puso a trabajar; sí, desde entonces, sin más cortes ni interrupciones que en un adulto.
3
En la primavera de 1903 mi padre alquiló una casa de campo en Obolenskoi, cerca de Maloyaroslavets, en la línea de Briansk, hoy línea de Kiev. Nuestro vecino resultó ser Scriabin. En aquella época todavía no frecuentábamos a los Scriabin.
Las casas de campo se hallaban en una colina, a cierta distancia unas de otras, en la linde del bosque. Siguiendo la costumbre, llegamos a primera hora de la mañana. Los rayos del sol se desmenuzaban sobre las hojas de los árboles, que se inclinaban muy bajas sobre la casa.
Los bultos de arpillera fueron descosidos o rotos. De ellos se extrajeron la ropa de cama, los comestibles, las estufas y los baldes. En cuanto a nií, me escapé al bosque.
¡Señor Dios, de qué cosas no estuvo llena aquella mañana! El sol la atravesaba en todos los sentidos, la movediza sombra de los árboles cambiaba incesantemente su adorno, ora de un lado, ora de otro. En las ramas ascendentes, los pájaros. se desgañitaban con aquel piar siempre sorprendente, al que uno jamás puede habituarse y que, primero fuerte e impetuoso, se calma luego poco a poco, evocando cón su insistencia fogosa y persistente los espesos árboles de un bosque que desaparece a lo lejos.
Y tal como alternaban en el bosque la luz y la sombra, tal como cantaban los pájaros, volando de rama en rama, se expandían y resonaban bajo los techos frases y trozos de la Tercera Sinfonía -llamada también Poema Divino- que se componía al piano en la casa vecina.
¡Señor, qué música! La sinfonía se derrumbaba y hundía sin desaparecer, como una ciudad bajo salvas de artillería, y resurgiendo de los escombros se rehacía completa. Resucitaba de una materia trabajada hasta la locura, tan nueva como era nuevo el bosque respirando vida y frescura en el atavío matinal de su follaje de la primavera de 1903. Y no de 1803, ¿no es cierto? Y así como en este bosque no había la menor hojita de papel impreso o de hojalata pintada, tampoco había en e~ta sinfonía nada falsamente profundo ni enfáticamente respetable "como en Beethoven", "como en Glinka", "como en Iván Ivánovich " , "como en la Princesa María Alexiévna"; pero la fuerza trágica de lo que allí se creaba hacía estirar solemnemente la pata a todo lo que era caduco, admitido por todos y majestuosamente obtuso. Era una música audaz hasta la locura, hasta la chiquillada, espontánea y libre y traviesa como un ángel caído.
Podía suponerse que el hombre que creaba una música tal sabía quién era y que, terminado su trabajo, quedaría sereno y limpio, calmo y tranquilo como Dios cuando al séptimo día descansó de sus obras. Y así me pareció, en efecto .
A menudo se paseaba con mi padre por la carretera de Varsovia, que cruzaba la localidad. A veces yo los acompañaba. Después de haber tomado impulso, a Scriabin le gustaba continuar corriendo bajo su vuelo, saltando como un guijarro lanzado sobre el agua que roza la superficie rebotando; un poco más, y se hubiera ha que se desprendía de la tierra y nadaba en el aire. En general, cultivaba en él, bajo diferentes formas, una ligereza espiritual y un movimiento libre de pesadez que tenía algo de vuelo! Con esta clase de manifestaciones debe relacionarse su encantadora elegancia, la urbanidad con que en el mundo evitaba los temas serios esforzándose por parecer vano y superficial. Sus paradojas, durante los paseos en Obolenskoi, eran aún más notables al respecto.
Discutia con mi padre acerca de la vida, el arte, el bien y el mal, atacaba a Tolstoi, preconizaba el superhombre, el amoralismo, el nietzscheísmo. Ambos sólo estaban de acuerdo én un punto: en su concepción del arte, de su esencia y de su objeto. Divergían en todo lo demás.
Yo tenía doce años y apenas comprendía la mitad de sus discusiones; pero Scriabin me conquistó por el frescor de su espíritu.
Lo amaba con locura. Sin penetrar el sentido de sus opiniones, estaba de su parte. Pronto partió para Suiza, por seis años.
Aquel otoño tuve un accidente que retardó nuestro regreso a la ciudad. Mi padre meditaba su cuadro Pastoreo nocturno, donde aparecían, al crepúsculo, varias doncellas de la aldea de Boscharov arriando al galope un grupo de caballos hacia los prados pantanosos que se extendían al pie de nuestra colina. Úna tarde yo traté de seguirlas y, al saltar un arroyo ancho, me caí del caballo que -iba a galope tendido- y me qúebré una pierna (que me quedó más corta que la otra, lo que más tarde me liberó de toda obligación militar).
Antes de este verano pasado en Obolenskoi, yo tocaba vagamente el piano y machacaba más o menos algunos acordes de mi invención. Ahora, bajo el influjo de la adoracion que tomé a Scriabin, mi debilidad por la improvisación y la composición se inflamó hasta el delirio. Desde aquel otoño, y durante los seis años siguientes -los de mis estudios secundarios-, me entregué al estudio de los fundamentos teóricos de la composición, primero bajo el control del teórico y crítico musical de entonces: el distinguidísimo Georges Engel, luego bajo la direcciórt del profesor R. M. Glier.
Nadie dudaba de mi porvenir, la suerte ya estaba echada, mi camino bien escogido. Se me destinaba a la música. Se me perdonaba todo por la música; toda clase de jugarretas para con mis mayores, al Iado de los que yo no valía el dedo meñique, la tozudez, la desobediencia, la indiferencia y las extravagancias de mi conducta. Incluso en el liceo, cuando, durante una clase de griego o de matemáticas, era sorprendido resolviendo el problema de una fuga y de un contrapunto en un cuaderno de música abierto sobre mi pupitre e, interrogado, me quedaba como un leño sin saber qué responder, mis compañeros me soplaban al unísono y los profesores se hacían los desentendidos. ¡Ya pesar de todo, yo abandoné la música!
La dejé cuando ya tenía derecho a jubilar y cuando todos los que me rodeaban me felicitaban. Mi dios e idolo volvía de Suiza con Extasis y sus últimas obras. Moscú festejaba sus victorias y. su regreso. Cuando estaba en pleno triunfo, tuve la audacia de aparecer en su casa para ejecutarle mis obras. La acogida superó mis esperanzas: Scriabin me escuchó, me alentó, me dio alas y me bendijo .
Pero nadie conocía mi secreta infelicidad, y aunque la hubiera revelado, nadie me habría creído. A medida que avanzaba exitosamente en el dominio de la composición, me volvía más incapaz en el dominio práctico. Sabía apenas tocar piano y estaba lejos de leer música con cierta destreza. Este desajuste entre un pensamiento musical nuevo que nada podía satisfacer y su desfalleciente sostén técnico, transformaba el don de la naturaleza, que habría podido ser una fuente de alegría, en un objeto de continuo sufrirmiento, que a la postre no pude soportar.

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