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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

jueves, enero 14, 2010

Visiones del País de las Maravillas: Braulio Arenas

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En cambio el monarca del ajedrez es ciento por ciento vieja raza.
Podrá dirigírsela cantidad de epigramas acerca de su comportamiento hogareño, o palaciego; podrá echársele en cara su carácter sedentario; su desinterés por la vida privada de su mujer; su despreocupación por la suerte de sus súbditos; su apego a la comodidad y al famoso: "a mí que me dejen tranquilo"; su poco valor para afrontar a los enemigos que rondan amenazadora mente por el interior de su reino; sus prolongadas siestas; su incomprensión frente a los problemas de la vida (" ¡tan fuera de la realidad que lo han de ver!"): todo esto es cierto, es lastimosamente cierto.
-Pero -él mismo se justificará, monologando- el rey no es ni militar, ni paisano, ni eclasiástico, ni nada: es rey ...
Cuidado entonces, según estas palabras suyas, con atribuírsele un papel que no sea específicamente el de "alma" del tablero.
Todas las otras piezas así lo reconocen, y tienden un cerco alrededor de su real persona, para protegerle de cualquier asechanza: ellas (las otras piezas) son el "cuerpo" de la partida y, por tanto, sujetos perecederos.
El rey, no.
Confinado en su recóndita morada, por ella deambula con sus menudos pasos, y mantiene en su aislamiento una atmósfera hamletiana, pensando no tanto en "ser o no ser", sino en "comer o no comer", o más bien, en que sus partidarios se coman a sus enemigos antes de que sus enemigos se lo coman a él: that is the cuestion.
Quiere estar solo, cada vez más solo en su soledad.
Se sabe sin amigos, sin confidentes, solitario en su propia grandeza.
Apenas si puede confiar algunas de sus cuitas a una pieza, aparentemente sin mayor contacto con su real persona: esta pieza es la torre, y el monarca la prefiere a cuantas hay en el tablero, aunque ésta viva bastante retirada de él, en otro aposento del palacio.
¡ Y vaya si esto no contraviene cuanto se sabe de prelaciones, de ordenanzas y de etiquetas, cuando el monarca quiere entrar en contacto con esa lejana confidente!
No es que la torre acuda presurosa al primer llamado, sino que espera, llena de dignidad, que el rey del ajedrez se decida a dar el primer paso.
Dónde se ha visto, en qué manual palaciego, que sea el soberano quien deba acudir al encuentro de su súbdito!
Sin embargo, es así, aunque también es cierto que, apenas la torre observa que el monarca va a visitarla, ella corre presurosa a su encuentro.
Tal visita extraoficial (llamémosla con este piadoso eufemismo, para salvar los fueros de la realeza) es conocida en los anales del palacio con el nombre de enroque.
Es en aquella ocasión la única vez que se ve al monarca dar dos pasos, en lugar del único paso habitual de sus cortas piernas.
(No es ésta la sola oportunidad en que el rey entra en acción, y al escribir estas líneas quisiéramos reparar una injusticia que acaso hayamos cometido con esta augusta y simpática figura, pues si bien es cierto que el rey del ajedrez tiene alguna semejanza con la contextura moral del famoso Ubu Roi, de Alfred Jarry, sobre todo en su preocupación por insistir en que se mantenga entre él y sus enemigos la mayor distancia posible -así como la reina del ajedrez tiene un no sé qué de Lady Macbeth-, no es menos cierto que no en todas las partidas mantiene una tan pasiva actitud.
Hay momentos difíciles y angustiosos en algunas de ellas, y casi siempre hacia el final del juego -cuando las tropas están diezmadas y el campo de batalla presenta un sombrío cuadro de desolación y muerte-, que obligan al rey a salir a la intemperie, al pleno combate, y espada en mano se esfuerza entonces por contener a las hordas invasoras.
Estas merodean amenazadoramente por los contornos del palacio, como los hunos, si es que ya no se han introducido hasta los mismos aposentos reales.
Entonces es "la hora del monarca", y éste abandona su condición de tal, deja el manto de armiño en el respaldo del trono, para convertirse democráticamente en una pieza más, es decir, en otra pieza combatiente, en otro soldado que también lucha por la supremacía del tablero.
Con sus menudos pasos, no sabiendo mucho de estrategia, por lo menos no tanto como esos adiestrados enemigos, anima a su exigua tropa, marcha al frente de sus peones (o a la retaguardia, cuando las condiciones así lo exigen), echando miradas de impotencia a los otros peones de su ejército (si los hay), a aquellos que están desarraigados, desamparados y lejos del control suyo.
i Y vaya si no pelea entonces!
Intrépidamente, aunque sabiéndose frágil y perecedero como sus mismos súbditos, sigue las avenidas o las diagonales del tablero, resuelto a triunfar frente a tantas vicisitudes que le depara el destino, o a morir en la demanda.
Conmovedor ejemplo el suyo: el rey se ha despojado de sus fueros de soledad, y se alía con sus súbditos más insignificantes, los peones, dispuestos a llevar a alguno de ellos hasta la octava casilla, en la que éste pueda abandonar su mísera condición para alcanzar la real alcurnia.
Ejemplar lección, repetimos, la de este monarca que no trepida en secundar a un mínimo peón -el más alejado de su dignidad en la jerarquía del reino- para llevado a los más altos destinos.)
Pero volvamos al enroque: el rey podría solicitarle el traspaso de lugar al caballo o al alfil, sus más cercanos compañeros de fila, pero éstos ya están lejos, envueltos en el remolino de la batalla.
Por esa razón se dirige a la noble torre, la que casi siempre consiente en la permuta: " ¡cómo negarle algo a este rey tan frágil como un niño, y que siempre solicita cualquier favor con lágrimas en los ojos!"
Entonces, una vez convenido el cambio, ambas piezas ejecutan unos rudimentarios pasos de ballet y van a quedar juntas, codo a codo, aunque la torre se mantendrá, en virtud del cambio, un poco más afuera, y el rey un poco más adentro, más protegido en el interior de la esquina.
Todo este cambio, este enroque, el rey lo explica a quien quiera oírle, que lo hace por razones de buen gobierno, para que la torre se desplace más velozmente al centro del campo de operaciones, pero no es así.
O, más bien dicho, ésta no es la única razón.
La otra, y casi la verdadera, sería la del amor del monarca por los rincones, donde le dejen en paz, sin esas majaderías de aperturas y defensas, de gambitos y de contragambitos, de filidores y de capablancas.
-Y por otra razón -arguye-. Yo, a pesar de mi majestad, una majestad a la que, entre otros, Gengis Kan, Harún Al-Rachid, Carlomagno y Napoleón rindieron pleitesía, a pesar de mi alcurnia que incluso va más lejos que la de todos esos reyes que he nombrado, no puedo contar con una dotación de fieles domésticos, pues los peones que deben estar a mi servicio son los primeros en partir a la batalla, con una manía guerrera, con un arribismo que la reina les ha inculcado, soplándoles a la otera que si siguen valerosamente adelante, podrán, en la octava casilla, ser tan nobles como ella misma ...
El rey sueña y sueña, y cuando todos creen que está lleno de preocupaciones por la suette de las armas del reino, no, ¡qué esperanza!, nada de eso: él está durmiendo a pierna suelta.
Sueña, pero como su horizonte es muy limitado, sueña con las restantes piezas del ajedrez.
Alicia, tú formas parte de su sueño.
Pasa en puntillas por su lado, ya que puede despertarse, y entonces tú desaparecerás, ya que eres un personaje de su sueño.
(Nada conseguirás con decir que el rey, al unísono, forma parte del sueño tuyo, apoyándote, para afirmado, que tú sueñas que el monarca sueña contigo. No, no es así. Si tú despiertas, por mucho que todas las piezas del ajedrez desaparezcan, también se borrará el gran juego que tú juegas con la infancia.)
Desaparecerá el tablero, desaparecerán las piezas del ajedrez, desaparecerán los jugadores.
¡Pasa en puntillas!
La única arma de que dispone el rey es el sueño; por eso es la única pieza que contempla la partida más con interés de espectador que de actor.
Así se lo comunica a la muchachita, regocijadamente, invitándola a presenciar la pelea:
-Y lo más divertido de la historia es que ellos (recalcando en ese "ellos" la distancia sideral que media entre los otros y su inalcanzable majestad), es que ellos combaten por "mi" corona ...
Y agrega a renglón seguido, con un interés de espectador y no de actor del drama que en el tablero se representa:
-Vamos a verlos luchar, vamos pronto ...
XII
Vecina al alfil se nos presenta la simpática cara del caballo, e inmediatamente surge la pregunta: ¿dónde está el jinete pues no lo vemos por parte alguna?
¿O será que el caballero se ha desmontado para volver, cuando llegue su tiempo, por los fueros de la andante caballería?
No nos preocupemos mayormente por averiguado, pero sí comentemos que el hada Urganda al encantar a los guerreros y a sus duIcineas, según lo sabemos por las páginas finales de "Las sergas de Esplandián" -prometiéndoles el desencantamiento una vez que la numanidad volviese a precisar de sus servicios-, no se cuidó de encantar a los caballos conjuntamente con sus andantes amos, y es posible que estos que ahora vemos caracoleando por las praderas del ajedrez, mien-tras piafan de impaciencia, sean los mismos que un día medieval montaron los Amadises y los Tirantes.
Ahora bien, tanto tiempo ha pasado, desde aquellos de la andante caballería hasta el presente, que es muy posible que los caballos se hayan aburrido un tanto, no mucho, aguardan-do por siglos a sus amos, y se hayan decidido a entregarse a sus propios juegos, acompasándolos con este del ajedrez, y hayan creado su propia autonomía dentro de las cláusulas de la partida, considerándose como dueños absolutos para ir y venir.
Imaginemos: del mismo modo que el alfil posee una visión tan. personal del tablero, una interpretación oblicua (por caracterizarlo así), ¿las restantes piezas, cada una por su cuenta, no se forjarán también una descripción personalísima de él?
Por ejemplo, reyes y peones, con su tan limitado poder de desplazamiento, ¿no se lo imaginarán como una inconmensurable selva virgen, toda poblada de hipogrifos, panteras, basiliscos y tigres?
La dama, por su lado, con el tremendo poder de ir de un lugar a otro, corriendo por donde le venga en gana, y pudiendo estar casi en ,todas las partes a la vez, ¿no entenderá el tablero como un sitio único, más allá del cual nada existe salvo el espantable vacío, o, para decido en jerga astronómica, no entenderá el tablero como una estrella enana, cuyo peso específico (comparado con el de nuestro modesto sol) es tan enorme que su luz debe curvarse en sí misma, sin dispararse lejos, y sin permitirle otra visión que la de su propio espacio cerrado?
Y el caballo, que con su salto parece tararear una partitura de dos. por uno (dos casillas rectas yuna a la izquierda o a la derecha), o de uno por dos, ¿ no concebirá el tablero como un alegre pentagrama musical?
(¡Ay del día, digamos entre paréntesis, ay del día en que la dama -a la cual todo le está permitido en su ir y venir, todo menos conseguir saltar como un caballo de ajedrez-, ay del día en que logre montarse firmemente en el impetuoso corcel, como una amazona en el picadero!)
De ahí que salte, corra y se encabrite, de ahí que vuele por encima de las restantes piezas, y si estos corceles contienen en su interior el mágico mecanismo que hacía volar a sus congéneres de las mil y una noches, es posible que su desplazamiento se deba más a lo maravilloso que a lo real.
Es curioso, hay muy pocos caballos libres en la tierra, ¡para qué decir en las ciudades!
Acaso sea Franz Kafka el que nos transmita el triste y melancólico testimonio del ultimo de ellos: este caballo pasaba mil angustias todos los días para evitar que los transeúntes repararan en él, es decir, que lo consideraran un "animal libre, sin dueño ni freno, cuando andaba por las calles.
Logró esquivar por un tiempo las humanas asechanzas; fingiendo que salía de un establo todas las mañanas para encaminarse a su trabajo, como un ciudadano normal.
Así las cosas, hasta que una mañana sintió que una mano imperativa e interrogativa se posaba sobre su cerviz.
Este caballo parecía escapado del país de los Houyhnhnms, descubierto por Swift en sus poéticas correrías, y donde los hombres son regidos por los nobles brutos ("los Houyhnhnhms hablan al mismo tiempo por la nariz y por la garganta; y su idioma se parece más al holandés o al alemán que a ningún otro lenguaje europeo, pero es mucho más expresivo: el emperador Carlos V había hecho la misma observación al decir que si tuviera que hablarle a un caballo, lo haría en alemán").
Pero después de este kafkiano corcel y de su paso libre por las calles de la ciudad, de ningún otro caballo sin propietario se han tenido noticias.
Todos han partido hacia las praderas del ajedrez, en las cuales la libertad parece soplar sus vientos en todas -direcciones.
Ellos se saben libres ahí, libres, libres por fin, aunque su libertad alcance sólo el tiempo de una partida.
Están en la campiña ajedrecística, lejos de los hipódromos, de las plazas del mercado, de las carnicerías, de los arados, de las heladas noches en las que es preciso, por largas horas, dormitar con un solo ojo, uncidos a las riendas de la desvenciiada victoria.
Tanta certidumbre de libertad no cabe dentro de su pecho, y aunque traten de imitar la conducta desdeñosa y ausente, y como aburrida, de los alfiles y las torres, no pueden contenerse, y apenas comenzada la partida se encabritan, saltan por encima de todas las piezas sin respetar ninguna jerarquía y -dando zapatetas en el aire- resoplan por sus narices y lanzan relinchos de entusiasmo.
Los caballos del ajedrez tienen siempre el aire de morir muy jóvenes, consumidos por su propio brío, por su propia llama, por su propia juventud.
Ellos se creen libres, absurdamente libres, parece que no comprendieran que están dentro de una partida, jugando el gran juego de la vida y de la muerte, y hasta consideran a las restantes piezas tan libres como ellos mismo, sin saber que entre todas las fíguras del ajedrez (comprendido el rey) se establece una mutua dependencia.
Hasta su salto es la definición del brío, de la llamarada, de la juventud.
Nada de las diagonales escurridizas del ominoso alfil o de la marcha rectilínea de las torres.
Nada, tampoco, de los tímidos pasos del rey o de los peones.
Ni siquiera nada de la gran autonomía de vuelo de la reina, tan semejante a la autonomía de vuelo de la luz.
Parece ser que los caballos van a marchar en una dirección, mas, de pronto, una nadería los alucina, y saltan de lado, con un movimiento totalmente sorpresivo.
Un nuevo salto, y un nuevo viraje, y ya los tenemos olfateando las líneas enemigas; más que eso, ya están peligrosamente rodeados por los adversarios.
Se acercan al redil enemigo, y por mucho que permanezcan inmóviles por algún tiempo (o por varias jugadas), husmeando la libertad más que el heno, el enemigo no los pierde de vista, y en el momento menos pensado tal adversario exclamará: "¿Qué hace tanto rato por los alrededores? Me parece que ya es hora de pedirle explicaciones a este caballo" (según el ingenioso decir de René Letelier).
Acaso si amasen menos la libertad, estos equinos podrían subsistir más tiempo en ese tablero lleno de quimeras.
Pero no es así.
Como los niños, ellos, estos conmovedores corceles del ajedrez, cónsideran el abismo, no como un lugar de muerte, sino como un espejo sobre el cuial van a reflejar su propio vértigo, su propia caída.
extractos de pp. 59-63 y 66-69

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