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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

miércoles, enero 27, 2010

PALINURO DE MÉXICO: FERNANDO DEL PASO

18. LA ÚLTIMA DE LAS ISLAS
IMAGINARIAS: ESTA CASA DE ENFERMOS
Buenos días, doctor Palinuro. Y cuando digo «Buenos días», sepa usted que quiero decir eso exactamente. Hay días, doctor, como fábricas de sidra, que navegan sobre las nubes y espurrean burbujas y olores a manzana: son los días en que nos emborrachamos hasta matar la idea. En mi calidad de subdirector médico del hospital, he venido a darle la bienvenida a nombre de todos los doctores, las enfermeras, los oficinistas y los mozos. Otros días a uno le dan ganas de mandar al mundo por un tobogán con todas sus corresponsalías, doctor, sus automóviles, sus estadísticas románticas y el oropel helado de los pasteles de bodas: son esos días como lagartos inmóviles que se trasladan a la velocidad de la Tierra y uno se queda en la cama leyendo, dibujando un amanecer entre las ruinas, durmiendo. Hemos preparado un tour por todos los pabellones a fin de mostrarle cómo hemos realizado los proyectos que usted concibió desde su exilio en el Ministerio, doctor Palinuro, y yo me permitiré ser el cicerone de esta gira. Otros días, -quizás la mayor parte- son grises, doctor: consolidan una arquitectura desaliñada, la ciudad se espina de campanarios, un licor turbio donde flotan miles de suéteres verdes tristes inunda las calles, las apisonadoras desparraman el excremento de los perros y por un descuido espectroscópico el arco iris se cae en los charcos de petróleo: son los días sin remedio, las horas mediocres que atesoran nimiedades, inventarios inofensivos y olvidados. En nuestro recorrido por los pabellones nos acompañarán los más destacados cirujanos y especialistas de nuestro personal, entre los cuales figuran algunos patólogos que han tomado cursos de karate para controlar a los maniáticos, así como fisiólogos encuadernados a las teorías de Santiago Ramón y Cajal. Y olvidaba decirle, doctor, que hay días, también como éste, para visitar hospitales, para comprender que si existen los microscopios bañados con babas y los bisturíes que encanecen en los frascos de alcohol, también hay estrellas que se apagan en la tina del baño y faisanes que cruzan el cielo llevando en su pico las uvas con las cuales serán cocinados bajo fuentes de plata almibarada. Me parece casi inútil advertirle, doctor, que sus ideas han sido objeto de ataques enconados y abiertos por parte de numerosos higienistas y sociólogos, algunos eminentes, por cierto. La envidia crece en todos los lugares, doctor: en las agallas de los chalecos y en la profundidad de las baterías solares. Mire usted por ejemplo estos zapatos nuevos, de charol, que me compré la semana pasada. Pero permítame colgarle su estetoscopio del cuello y ponerle los guantes de hule que William Stewart inventó por amor a las manos de Carolina. Le decía, colega, que las objeciones más sólidas, naturalmente, las que tienen que ver con la asepsia, el aislamiento de los infecciosos y la moral de los pacientes. Lo que sucede, en otras palabras, es que la humanidad, mientras espera la iluminación de una limosna, ha dado media vuelta para regresar al período de la histaoria en la que ha sido más infeliz: mire usted, doctor, fotografía de cuando yo tenía 20 años. Inútil decirle los resultados obtenidos hasta ahora han debilitado esos argumentos: los contagios han sido escasos; los pacientes, en su inmensa mayoría, tienen oportunidad de paladear las enfermedades de sus vecinos de cama, y por otra parte les resulta edificante, en los desenlaces fatales, ver que los otros se mueren de enfermedades distintas y no de las que ellos padecen. Pero comencemos nuestra visita, doctor, permítame'que lo tome del brazo y caminemos por este corredor que regurgita el bullicio gris de multitudes de enfermeras y practicantes que hablan y cantan, se besan en los umbrales de los quirófanos y empujan convoyesde curación que contienen ramos de claveles, jeringas doradas y frascos tintineantes y que le abren paso a nuestra comitiva y lo saludan, doctor, y se deslumbran con su autoridad carismática. Sabrá usted que Torcuato Tasso cuenta cómo los hechiceros viajan en carros arrastrados por unicornios blancos, en medio de las nubes. Quiero decirle con esto que nuestro viaje no será, por lo tanto, me-nos maravilloso: ni las esponjas que humedecen el desvarío, doctor, ni las navajas de afeitar que me persiguen en mis sueños, echarán a perder el gusto que me causa acompañarlo: corresponda usted a los saludos, y agite su estetoscopio en el aire si así lo desea. Mientras nos acercamos al Pabellón Acústico debo agregar que los otros ataques que nemos recibido son inconsistentes y podemos por lo mismo olvidarlos, así como olvidamos la teoría de los quanta o los instantes que estallan y son astros de Octavio Paz. Hemos respondido a nuestros enemigos con mayor número de argumentos que los que usó Alberto el Grande contra los averroístas. No vale la pena, pues, mencionar que acusan a esta clasificación de grotesca, barroca e inhumana. Deberían tomar en cuenta estos críticos que lo grotesco e inhumano, por ejemplo los tumores en delitescen-cia, la sangre vertida al espacio exterior y los gusanos que estremecen a la tierra con su suavidad, se dan por sí mis-mos en muchas dolencias independientemente de nuestros afanes. taxológicos que no hacen sino dramatizarlos. Y deberían asimismo tomar en cuenta que nada hay más inhumano que las enfermedades en sí: las invasiones de microbios, las fugas del pensamiento ylas leucemias que transforman a nuestros niños en amorcillos de la escuela de Boucher y Vanloo, doctor, en fin, todo aquello que atenta contra el maravilloso mecanismo que es el cuerpo humano y perdone usted si caigo en lugares comunes, pero cuando usted dcie: el cielo es azul zafiro lo que hace usted ni más ni menos es asistir al encuentro de los gallardetes. Por último doctor, que sin dejar de ser azules y luminososo, se ponen tristes para hacer juego con nuestra tristeza. Si a usted doctor, por ser tan joven no le ha tocado uno de esos días, tiene que imaginárselo como un día sin alarmas, sin aguinaldos trágicos, muy distinto, de esos días que se caen de nubes y linóleos, de lluvias inconsolables y tranvías amarillos, o de aquellos que son tan tristes que la tristeza se transforma en algo que se puede embarrar en la cara, en los árboles y en los perros, y entonces la cara se alarga, a los árboles se les caen las hojas y los perros se enferman del mal del pinto. No doctor, tendría usted que imaginárselo al contrario, como un día en que a la tristeza no se le ve venir por ninguna parte, porque está desde siempre en las cosas mismas: si nos ponemos un sombrero rojo con plumas de avestruz, nos estamos poniendo a la tristeza. Si nos montamos en un caballito del carrusel, nos estamos montando en la tristeza. Y la tristeza está en los globos y en los rehiletes, en la montaña rusa, y en las cigueñas en sus nidos en los periscopios de los submarinos. Para decírselo de una manera más afortunada, doctor, tendría que pintárselo como uno de esos días tristes que viajan de incógnitos por la mitad del mundo falsificando la alegría natural de las libélulas y los géiseres. Como si en la tierra nada más hubiera niñas que hacen su primera comunión esparcidas entre los ángeles! Como si no hubiera los muertos de todos los días -sus muertos, docctor- y no hubiera enfermos -nuestros enfermos, colega- y no hubiera los viejos que se caen en la tina del baño y se rompen el huesito de la suerte. Esto, que no tiene ninguna base científica, puede darle al menos una idea de la tristeza.

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