11 de febrero de 1821
No hay quizás nadie que te sea tan indiferente que al despedirse de ti por marchar a cualquier lugar o por dejarte de cualquier modo, y al decirte: "No nos volveremos a ver más", por muy poco que lo sientas, no llegue a conmoverte, no produzca en ti una sensación más o menos dolorosa. El horror que le inspiran al hombre por un lado la nada y por otro la eternidad, se manifiesta en todo, y ese "jamás" y ese "nunca", no se pueden oír sin un vago temor. Los efectos naturales hay que buscarlos en las personas simples, naturales, que no han sido todavía alteradas, mucho o poco, por la vida. Tales son los niños: son quizás los únicos sujetos en los cuales se puede hoy explorar, distinguir anatomizar las inaclinaciones, los afectos verdaderamente naturales. Yo, de niño, tenía esa costumbre. Al ver partir a una persona, aunque fuera para mí la más indiferente, consideraba en seguida si era posible o probable que volviera a verla otra vez. Si juzgaba que no, no me alejaba de ella; la miraba, la escuchaba, la seguía con la mirada y el oído todo lo posible, revolvía en mi interior, me adentraba en mi alma y desarrollaba en la mente este pensamiento: "He aquí la última vez; no la volveré a ver más; o acaso no la vuelva a ver más". Otro tanto me sucedía ante la muerte de alguien que yo conocía y que jamás me había interesado. Sentía cierta pena, no tanto por él o porque me interesara después de muerto, sino merced a esta reflexión que yo rumiaba continua y profundamente: "Se ha ido para siempre. ¿Para siempre? .. Sí. Todo ha concluído para él. No le veré más. Nada de él tendrá algo de común conmigo". Poníame entonces a rehacer, si me era posible, la escena de la última vez que le había visto o escuchado, y me dolía no haber sabido que ésa era la última vez, y no haber obrado de acuerdo con tal pensamiento.
pp.107-108
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