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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

martes, enero 19, 2010

HOTEL SAVOY: JOSEPH ROTH

III

No tenía sueño. La campana de una iglesia sumerge sus toques regulares en la blanda noche. Sobre mí siento pasos, cautelosos, suaves, incesantes; deben ser pasos de mujer. .. ¿ era la pequeña del séptimo quien iba y venía con tanto desasosiego? ¿ Qué le ocurría?

Miré al techo, porque de pronto me vino la idea de que se había vuelto transparente. Se veían acaso las lindas plantas de la muchacha vestida de gris. ¿ Iba descalza o en zapatillas? ¿ O llevaba medias de seda?

Recordé con qué impaciencia habíamos esperado, yo y muchos compañeros, un permiso que nos permitiera cumplir el deseo de ver unos zapatos femeninos de piel de gamuza. Las sanas y robustas piernas de las campesinas podían ser acariciadas; los pies eran grandes, con el dedo gordo muy separado, acostumbrados a pisar el barro de los campos, el limo de los caminos vecinales; a los cuerpos les bastaban para el amor los duros terrones de un helado campo otoñal. Muslos sanos; amor que duraba unos minutos en la oscuridad, antes de la orden militar súbita y tajante. Recordé la maestra algo entrada en años en un poblacho de la retaguardia, la única mujer del lugar que no había huido de la guerra y de la invasión. Era una chica arisca, de más de treinta años; la llamaban « el alambre de púas». Pero no había ningún hombre que no la hubiera cortejado. Porque, en un radio de muchos kilómetros, ella era la única mujer que llevaba zapatos y medias caladas. En este inmenso Hotel Savoy, con sus 864 habitaciones, y posiblemente en toda la ciudad, quizás no hubiera más que dos personas en vela: yo y la muchacha de la habitación de arriba. Qué bien estaríamos juntos, yo, Gabriel, y una chiquilla morena, de rostro amable y ojos grandes, grises, de negras pestañas. Qué delgados debían de ser los techos para que se oyeran con tanta claridad aquellos pasos de gacela; incluso creí percibir el olor de su cuerpo. Decidí comprobar si los pasos eran realmente de la muchacha.

En el pasillo estaba encendida una• bombilla de color rojo oscuro; delante de las puertas había zapatos, botas, zapatos de señora, todos ellos expresivos como rostros humanos. En el séptimo piso no había ninguna lámpara encendida; una luz débil entraba por los cristales traslúcidos. Delgado y amarillo, se filtraba un rayo de luz por debajo de una puerta; es la habitación 800; ahí debe estar el inquieto paseante. Me acerco a mirar por el ojo de la cerradura: es la muchacha. Anda envuelta en un ropaje blanco -es un albornoz-, se detiene a veces junto a la mesa, mira un libro y reanuda su paseo.

Hago un esfuerzo por ver su cara; sólo alcanzo a ver la curva suave de su mentón, la cuarta parte de un perfil ando se detiene, un mechón de pelo y, cada vez que el albornoz se abre para dar un paso largo, un destello de su carne morena. De alguna parte me llegó una tos dura, alguien escupió en un recipiente metálico, se oyó un fuerte chasquido. Regresé a mi habitación. Al cerrar la puerta me pareció ver una sombra en el corredor; abrí la puerta del todo, para que la luz de mi habitación iluminara una parte del pasillo. No había nadie.

Arriba, los pasos cesaron. Probablemente la muchacha se había dormido. Me tendí vestido en la cama y abrí los visillos de la ventana. La tenue luz grisácea del nuevo día se posaba suavemente en los objetos de la habitación.

El golpe de una puerta y el grito brutal de una voz masculina en una lengua incomprensible anunciaban la llegada implacable del amanecer.

Entró un camarero; llevaba un delantal verde, como de zapatero, y las mangas arremangadas de la camisa dejaban ver un antebrazo musculoso y cubierto de pelos negros y crespos. Al parecer sólo había camareras en los tres primeros pisos. El café era mejor de lo que cabía esperar, pero ¿ de qué servía, sin la presencia de muchachas con cofias blancas? Era una decepción, y me puse a pensar si no existiría alguna posibilidad de trasladarse al tercer piso.

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