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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

viernes, enero 08, 2010

Estado civil: Drieu La Rochelle

Capítulo II
NIETO DE UNA DERROTA
Francia, mi adolescencia te amó dolorosamente. Padres míos, no habéis sabido callaros. Una sombra nociva cubría el país donde nací. Todas las palabras caían pesadamente sobre mi corazón. No supieron callarse: a mi alrededor se derramaban las palabras que contaminaban.
Pero yo, yo velaba por nuestra vida. Y me entregaba a arrebatos de arrancar todo lo que, desde hacía mucho tiempo, sin equivocarme, había bien visto marcado por el signo de la destrucción.
Dudaba de la causa que una pasión desesperada, lo sabía, me obligaría a defender. Ignorante, me entregaba a las primeras ideas que llegaban. Había recibido una débil idea de mi patria por boca de otros que la habían aceptado. El alma, el espíritu, aguardaban. Sufría un malestar que sentía en todas partes. Estaba enfermo, y era el mal de todo un pueblo. Me habían enseñado a reconocer cualquier signo de debilidad. Los seres débiles hacen un ídolo de la debilidad. Lo cuentan todo. En el momento de actuar, destruyen sus actos delante de esa imagen.
Conocía todos los defectos de Francia y a todos era sensible. Siglo tras siglo, los ingleses nos habían superado. En primer lugar estaban las tres grandes palizas de la guerra de los Cien Años: Crecy, Poiters, Azincourt.La serie era terriblemente demostrativa. Luis XIV desapareció sin borrar los insultos ya decisivos. Hubo dos siglos en que mi nación renunció al Imperio del mar, al Imperio del mundo. LUIS XIV, Luis XV, aquellos reyes que dispusieron de una Francia tan poderosa son los que han dejado escapársenos la mayor vida, sin embargo. No supieron detener nuestra larga desgracia. Ocupó su lugar un extranjero que consumó esta inmensa caída francesa, la renuncia al mar. Y a las islas, a las Indias Occidentales, a las Indias Orientales. Napoleón vendió la Luisiana, perdió Trafalgar, lo cual es mas grave que Leipzig, Tan honorable como la batalla de Francia disputada por los alemanes contra el mundo en 1918.
Durante el siglo XIX Francia estuvo febril: masticaba su vergüenza. Las tres gloriosas, 1840, 1848, las halagüeñas esperanzas del II Imperio, la Comuna, el affaire Boulanger, Fachoda, sobresalfos de rebelión contra la suerte que se endurecía. El siglo XIX estuvo cargado de una rabia tardía y vana contra el predominio inglés. Tanto affaire Pritchard para desembocar en la desaparición de la flota francesa del canal de la Mancha. Se fue a proteger Egipto, esperando que nuestros votos acompañaran a la armada británica, la única capaz de defender nuestras costas. Sin embargo, habiendo perdido los nuevos mundos, perseguimos un consuelo abstracto en las viejas tierras de Africa y Asia.
Pero durante ese tiempo se preparaba otra catástrofe. Sedan dobló, centuplicó Gibraltar. Después del mar y de las latitudes lejanas (todavía ayer habíamos soltado Egipto, la boca del Níger, el corazón de Africa, la mitad de Siam, las parcelas de Oceanía), he aquí que perdimos en nuestra propia tierra el conquistado hacia un siglo, los mercados disputados durante dos mil años, cuya adquisición había significado la culminación de nuestra historia. Nos doblegamos ante el número, la paciencia, un orgullo más eficaz, más celoso de justificarse que el nuestro. Sedan parecía más decisivo que Jena, tanto tendía a ponerme en lo peor. Por primera vez Alemania sola, pero completamente unida, batía a Francia, que sólo ante Europa había cedido por tierra.
En un siglo perdimos la ventaja del número, de las armas, del espíritu. Recaímos en los peligros de la Galia del Bajo Imperio. Como al comienzo de aquellos infinitos disturbios de la Alta Edad Media, Francia no era más que un rincón apartado del Occidente, mientras que Alemania acaparaba de nuevo la dignidad de Imperio. El Rin fluía del sur al norte.
Todo me hablaba de nuestra pequeñez, de nuestra mediocridad entre las nuevas grandezas : el Imperio Británico, el Imperio alemán, el Imperio ruso, los Estados Unidos que tienen el águila en su escudo. Estos imperios eran muchas veces más vastos y más poblados que nuestra ciudad. Nosotros éramos angostos como Grecia en comparación con la inmensidad asiática.
Nuestros hombres eran pequeños, endebles, feos, y cedían a la influencia de sus mujeres, más fuertes, más bellas. Se arriesgaron, después de un cierto tiempo, a confrontar su coraje abstracto con la energía muscular de la raza anglosajona. Volvieron de esas pruebas doblemente deshonrados, por el desdén de sus adversarios y por la indiferencia de los suyos. Volvieron con el cuerpo marcado por la injuria más cruel que, a pesar de todo, nunca podrán conocer los hombres, la que pone en cuestión sus virtudes viriles. Y sus familias, su pueblo, no cayeron en las convulsiones de la vergüenza. ¡Ay! las lamentables veladas que siguieron a los partidos internacionales de rugby entre 1910 y 1914. Haber visto a mis hermanos apabullados por el irresistible orden de los anglosajones me quitaba las ganas de abrir mis libros. Permanecía delante del papel en blanco, enfurruñándome con la juventud, rabiosamente consagrado a la esterilidad, jurando no incomodar con ningún esfuerzo inútil la muerte de Francia que entonces sospechaba con una sorda solemnidad. El pánico se apoderaba de todo mi entendimiento. Me parecía que la ciencia, la música, las artes decorativas, escapaban de nuestras manos perezosas. Nuestra literatura era ignorada. La pintura, donde nuestra excelencia parecía inatacable, era plagiada por una multitud de discípulos arrogantes. Nuestra arquitectura era tan fea como cualquier otra del mundo. En el orden político, de 10 principios republicanos sólo sacábamos los vicios. La corrupción era más profunda que en otros sitios, fomentada por la galantería, confirmada por un desarreglo único.
He aquí la más terrible amenaza: nuestra incapacidad para gobernar, para armonizar nuestras empresas. Disponiendo todavía de buenas fuerzas, ¿no hemos perdido la facultad de establecer relaciones justas entre ellas? Entonces uno se preguntaba, con suprema angustia, si no sólo nuestra voluntad va a marcha lenta, si nuestra misma inteligencia no estará irremediablemente desajustada en sus fundamentos, irremediablemente alterada, demasiado débil de ahora en adelante para ensamblar o dividir las cosas.
Todo esto, ¿no se ha borrado?
Este libro está dedicado a los hombres de veinte a cuarenta años.
extractos de pp.107-110

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