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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

sábado, enero 30, 2010

EN MI JARDÍN PASTAN LOS HÉROES: HEBERTO PADILLA

PRÓLOGO CON NOVELA

Estaba yo acostado en uno de esos tablones de madera, típicos de los calabozos medievales, adosado a la pared por dos gruesas cadenas, en la estrechísima celda del Departamento de Seguridad del Estado de Cuba, cuando senti que crujía y se abría la gran puerta de acero al tiempo que un policía me ordenaba que me pusiera de pie. Debió ser muy de madrugada, pues de los barrios vecinos no llegaba la menor señal de vida. Me sorprendió una vez más que el hombre estuviese fuertemente armado en aquella fortaleza llena de innumerables pasillos, donde para atravesar cualquier puerta era imprescindible recibir la autorización de los respectivos guardianes. Volví a caminar el largo tramo que me separaba de la pequeña, fría y excesivamente iluminada oficina del teniente Álvarez. Yo era su caso. Cada detenido es interrogado siempre por el mismo oficial. Esto constituye el más singular aporte del mundo socialista a la jurisprudencia: policía, investigador y juez de instrucción son la misma persona. Tal vez lo hagan para aligerar el trabajo a tribunales cuya única función consiste en oír los cargos acusatorios y dictar la sentencia, sin poner jamás en duda la probidad del proceso investigativo y sus conclusiones. El abogado de la defensa se limita a pedir clemencia en nombre de la generosidad de la Revolución.
Antes de entrar en la oficina, repetí la ceremonia de degradación, simple y breve, a que son sometidos todos los presos políticos. El policía te agarra por los hombros desnudos, pues la vestimenta del preso es una suerte de mono sin maás, color caca infantil, elegido al azar, así que una semana puede el cuerpo y la otra ceñirte como una camisa de fuerza; te coloca con la nariz apretada a la pared y se cuadra frente a la puerta cerrada. Entonces, engolando la voz con un tono que supone marcial, pero que sus dificultades fonéticas hace incomprensible, exclama:
-Ten'te, edetenío soisitao poute hasuntante tacatrás.
El párrafo memorizado es muy pomposo para el temperamento nacional; el policía hace una pausa relámpago y termina casi ahogado.
-Pío pedmiso pasedlo pasá.
Claro que si uno es cubano y lo ha oído más de una vez, puede llegar a descifrarlo del siguiente modo: -Teniente, el detenido solicitado por usted hace un instante está aquí atrás. Pido permiso para hacerlo pasar.
Desde dentro se oye un remedo de la voz de Fidel Castro, pues lograr, por lo menos, una inflexión que se le parezca constituye el objetivo estético y emocional de todo policía cubano.
-Concedido el permiso, compañero. Puede hacerlo pasar.
La primera vez que me llevaron a su oficina, Álvarez tenía puesto el uniforme de gala y actuaba con la ceremonia que se adopta para recibir a un general cautivo, después de un largo combate; pero hoy vestía el uniforme de descanso del ejército norteamericano, con la chaqueta ajustada al talle por un imponente cinturón verde, del que colgaba la no menos imponente pistola. Temí que algo estuviese ocurriendo en el país, pues daba la impresión de estar preparado para entrar en combate; su silencio y semblante turbado aumentaron mi inquietud. Además, esta vez no me ordenó que me sentara. Estaba de pie, nervioso, frente al escritorio situado entre las sillas que habitualmente ocupábamos. A sus espaldas, por primera vez entreabierta, vi la puerta que me inquietó desde el principio y a través de la cual se escuchaba el incesante teclear de varias máquinas de escribir, que sin duda copiaban los interrogatorios grabados para someterlos después al análisis de los expertos.
-Aquí tenemos hace un mes a Mesié Pier Golendor, connotado agente del enemigo. Sabemos lo que dijiste sobre su detención «para demostrarme que Pier es culpable tienen que ofrecer las pruebas de su culpabilidad». ¿Y quién eres tú para tener que demostrarte prueba alguna?
Guardé silencio, pero Álvarez no se detuvo.
-Tenemos en nuestro poder todas las libreticas donde hasías tus apuntes «literarios», que no son otra cosa que informes al enemigo .. ¿ Lo dudas?
Dije que Golendort era miembro del Partido Comunista Francés y un amigo de Cuba.
-Como tú, ¿no?
Gritó entonces y extrajo abruptamente del cajón del escritorio el manuscrito de mi novela En mi jardín pastan los héroes. La reconocí en seguida por las dos gruesas y duras tapas plásticas que las empresas de exportación soviética emplean en sus catálogos y que yo utilicé corno cubiertas. Eran inconfundibles.
-Y aparecieron todas las copias. Hiciste más ejemplares es que el periódico «Granma», sólo que «Granma» difunde las ideas de la Revolución, y tú el veneno de la CIA.
Acarició las tapas relucientes y sonrió mientras miraba hacia la puerta.
-Y tu mujer debía estar aquí también contigo. Los dos están cortados por la misma tijera. Dice que padece de claustrofobia, ya el médico la ha calificado: es una histérica.
Dije que ella no tenía nada que ver con lo que yo hablaba, hacía o escribía, no tenía por qué sufrir mi misma suerte y mucho menos ser detenida sin razón alguna.
-¿ Nos retas?
Dije que no, pero sabía que era superfluo lo que estaba diciendo, que seguramente la habrían detenido momentos después que a mí. Y así era. No pude evitar que un frío helado me recorriera de pies a cabeza cuando oí su voz surgiendo de una cinta magnetofónica, impugnando, tensa y angustiada, las acusaciones que este mismo oficial lanzaba contra ella. ¿Qué relación tenía ella con mis poemas, mi novela o mis opiniones? ¿ Por qué se la encerraba injustamente en una de aquellas celdas? En realidad, nunca pude imaginar que recurriesen a tales procedimientos, únicamente dictados por el más injustificado de los odios. Lo más grave era que si mi encarcelamiento por «conspirar contra los poderes del Estado» era una patraña incalificable, el hecho de encerrada a ella, cuyos padecimientos, nerviosos conocían perfectamente bien, sólo era concebible como resultado de una política que es el término que se utiliza para tomar decisiones de altos niveles que, aunque injustas, son consideradas necesarias. De hecho era la venganza, dos años después, por no haber logrado impedir que se me otorgara por unanimidad el premio nacional de poesía de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba.

(...)
Entonces respondí, convencido de que no me serviría de nada, que yo estaba dispuesto a asumir mi responsabilidad histórica. Alvarez gritó: «Los contrarrevolucionarios no tienen historia»; insistí en que nadie podría nunca pobrar que mi mujer o yo éramos agentes de nadie, que la novela que tanto irritaba la había entregado al rector de la Universidad de La Habana, baj0 cuyas órdenes trabajaba, para que la leyera y me diera su opinión, que no tuve más propósito al escribirla ke reflejar algunos caracteres y conflictos que solo surgen en un proceso revolucionario y que incluso nuestra prop1a detención, por una obra literaria inédita, ilustraba mejor que anda mis palabras. «Usted sabe -agregué- que yo conozco casi todos los países socialistas, en dos de los cuales he trabajado, y en todos puede verificar que el aparato policial termina por convertirse en una fuerza de autoridad indiscutible, que aísla de la base popular, indefectiblemente, a la dirección política. En vez de estar aquí encerrado en una celda, con mi mujer, como si fuésemos criminales, debería estar discutiendo mi libro en la Unión de Escritores, con mis compañeros y los dirigentes políticos de mi sector, pero no con la policía.»

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