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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

jueves, enero 28, 2010

EL DERRUMBE: DINO BUZZATI

24 DE MARZO DE 1958
En determinadas condiciones de luz, de hora y de atmósfera, podemos ver aun a simple vista los tres pequeños satélites artificiales que el hombre lanzó desde la Tierra hacia los espacios interplanetarios entre 1955 y 1958; Y allí se han quedado suspendidos, probablemente para siempre, girando alrededor de nosotros. En ciertos crepúsculos de invierno, cuando el aire es como un cristal, los tres minúsculos puntos brillan con un esplendor fijo y ardiente; dos contiguos que casi se tocan, y uno a un costado, solitario. Pero si empleamos un buen anteojo, o un telescopio de cierto aumento, podemos observados mucho mejor, casi como aviones que vuelan a una altura discreta. (Tendido sobre la silla plegadiza frente a su casa de campo, el anciano Forrest, el hombre que los ideó y los quiso, ya octogenario, pasa sus noches insomnes de asma esperándolos. Y cuando el primero de los tres asoma por el borde negro de la cornisa, Forrest se lleva a los ojos el pequeño telescopio suspendido de un soporte elástico especial, y mira, mira, durante horas.)
Allí está el primero, denominado Hope por la esperanza que en aquel mes de setiembre memorable inundó a la humanidad entera, haciéndole olvidar la maldad en que se consumían sus días (no obstante fué un propósito odioso, una inconfesada avidez de dominación, la fuerza que con un largo silbido lo proyectó verticalmente hacia el cenit, mientras alzaban al mismo tiempo la vista los trescientos mil hombres reunidos en White Sands, a las 4.53 de la mañana). Viéndolo así de lejos, Hope tiene la forma de un lápiz grueso y corto, de color plateado, resplandeciente su parte iluminada y el resto en la oscuridad. Está torcido, y realmente parece haber sido colgado allí donde está; colgado, olvidado y muerto. Pero se necesita siempre un esfuerzo de la imaginación para creer que en su interior se encuentran los cuerpos de William B. Burkington, Ernst Shapiro y Bernard Morgan, los héroes, digamos, los pioneros, que giran ininterrumpidamente, y ya han pasado veinte años.
Muy cerca de él está el satélite mayor, segundo en orden de tiempo; es por lo menos cuatro veces más grande que el primero; pulido, hermosísimo, en forma de huevo, de un fabuloso color anaranjado. Hacia la cola se entrevé una cantidad de tubos como de órgano; los tubos para la retropropulsión, según he oído decir. Este satélite se llama L. E., iniciales de Lois Egg, que en español quiere decir el huevo de Lois; se llamó así en honor de la señora Lois Berger, amada esposa del constructor, que partió con él, y con él se quedó allá arriba, girando, girando eternamente; y no tenemos que olvidar a sus siete acompañantes.
Luego corremos veinticuatro grados el telescopio y en-contramos el tercero, Faith, tercero también en orden de sucesión. Fué bautizado así para simbolizar la fe que impelía a los hombres a intentar nuevamente lo que había sido dos veces un fracaso. Su silueta es semejante a la de Hope, pero un poco más grande. Está pintado a rayas amarillas y negras, que aún hoy se distinguen perfectamente; y justamente esas rayas contribuyen actualmente, más que todo, a convencernos de que fuimos nosotros quienes construimos el satélite, que no se trata de un errabundo fragmento de algún ignoto cataclismo sideral. Faith partió con cinco tripulantes: Palmer, Sough, Lasalle, Cosentino y Thompson. En cinco diversos cementerios, dispersos sobre nuestro pequeño mundo, cinco tumbas vacías los esperan; pero ellos siguen girando, probablemente incorruptibles; la última humanidad se extinguirá, y ellos seguirán girando todavía.
El 24 de marzo de 1958 es la fecha terrible de esta tercera ascensión. No es festejada como fecha nacional, y sus aniversarios pasan en silencio, como si se temiera subrayarlos. Además, en los libros de escuela sólo se la menciona fugazmente. Sin embargo, ni Zama ni Valmy, ni Kulikovo ni Waterloo, ni el descubrimiento de América ni la revolución francesa pueden comparársele (en todo caso se podría quizá compararla con el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo). Desde ese día -¡oh, también recuerdo como se vivía antes!- los hombres han cambiado; pensamientos, el trabajo, los deseos, las costumbres, las diversiones, el amor son distintos. Sin confesárselo a sí misma, por una especie de vergiüenza, la gente ha tomado otro camino. ¡Mejor o peor? No hace falta preguntarlo, basta mirar en torno, escuchar las conversaciones. observar los actos en este año de gracia de 1975. (N0 obstante el viejo Forrest, clavado en su cama, no se cansa, si la noche es clara, de contemplar los tres extraños vehículos; como si lo royera una especie de rebelión contra lo que ha ocurrido, una protesta contra el descubrimiento fatal que modificó nuestras vidas.)
:Recuerdan? Rape estaba provisto de poderosos aparas de radio. Perfecta la partida, perfecta la trayectoria, el viaje fué controlado desde tierra con absoluta precisión métrica. De pronto se vió que se inclinaba, que asumía esa cómica posición torcida, y allí quedó, como una velita mal colgada del árbol de Navidad. Ni un mensaje, ni una señal de vida. El silencio selló todo.
Disipado el primer desaliento, Faith y L. E. fueron construídos en una especie de carrera. El más rápido de los dos fué L. E. La idea de los tres muertos, sepultas en el vacío interplanetario, aumentó la solemnidad de la ceremonia. Partió en noviembre de 1957, y se calculó su trayectoria de modo que pasara cerca de Rape, esa ruina inerte de los cielos. La señora Lois Berger entró última en el proyectil a chorro. Y antes de que la portezuela metálica se cerrara definitivamente, asomó la cabeza graciosa, saludando a la multitud delirante. Luego el estallido, el regurgitamiento atómico, ese lúgubre retumbo que no olvidaremos.
Ya el Huevo era una minúscula llamita que rápidamente disminuía de tamaño. "Todo va bien" comunicó al instante la radio de a bordo, "sacudida minima, temperatura regular ... temperatura regular", repitió después de cierto tiempo. Luego se oyó el misterioso mensaje: "What a sound (qué ruido)" observó la radio, "an odd ... (un extraño)" y allí se interrumpió la trasmisión. Luego el silencio. Y el valiente huevo quedó suspendido sobre el abismo (y gira y gira silenciosamente sobre la Tierra todavía viviente).
No bastó esta experiencia mortal para impedir la ter¬cera expedición. ¿Habrá que contar aquí cómo emprendió vuelo Faith, cuatro meses después? ¿Y cómo también él devoró los espacios exactamente como se había previsto? ¿Y cómo Thompson, el operador de radio, comunicó ra-diotelefónicamente las primeras noticias, y cómo en cierto momento dijo: "Damn it, but here wo have got in ... " y luego nada más? (Si ustedes desean oírlos, están en venta los discos que reproducen exactamente la famosa trasmisión. La voz es límpida y tranquila, aun en el momento de exclamar" Demonios, pero hemos llegado al ... " y a continuación se oye el rasgueo de la púa, nada más, un espantoso silencio.)
Ahora, después de diecisiete años, sólo unos cuantos obstinados se empeñan en discutir el significado de esos dos mensajes de muerte. Si bien el primero parecía indescifrable, bastaron menos de veinticuatro horas para comprender el segundo; y al mismo tiempo se reveló el enigma que el Huevo había dejado tras de sí. De tal modo que hoy nadie duda -excepto algunos obstinados irreductibles que quisieran mantener en alto el orgullo humano-, nadie duda que los tres proyectiles se hayan encontrado en ese sonido que nuestra pobre alma no puede resistir. "An odd music (una extraña música)" es lo que quiso decir el telegrafista del L. E.; pero justamente en ese momento le falló el corazón. "But here we have gol in Paradise (Pero si hemos llegado al Paraíso)" quiso decir el lamentado Thompson, pero también a él se le hizo trizas algún órgano vital.
Entonces, durante algunos días, imperó el asombro en el mundo, luego las polémicas, esa especie de ira insensata, un largo y detallado mensaje del Presidente de los Estados Unidos; finalmente, cuando lo pensaron bien, un verdadero e indudable pánico, como si hubieran anunciado la llegada del Mesías. ¡Qué vulgaridad -dijeron los sabios rebelándose ante la absurda hipótesisya no estamos en la Edad Media! ¡Qué vergiienza!, dijeron los teólogos ofendidos por la temeraria idea de que el reino de los cielos se encontrara tan cerca, suspendido directamente sobre nosotros, de modo que casi bastaría levantar la cabeza para darse contra él. No obstante, los sabios y los teólogos han terminado por callarse, y hace tiempo que no se atreven a levantar más la voz.

Pero el mal es éste: que los hombres, en vez de alegrarse jubilosamente por esa maravillosa cercanía de Dios, Omnipotente y de su Reino, en vez de celebrar fiestas y danzas, han perdido la alegría de vivir. Ni tamooc siguen combatiéndose, ni siquiera se odian más; y entonces uno se pregunta: ¿dónde está la sal de la vida? Dijo el Eterno: de aquí no pasaréis, ésta es mi morada. Y en consecuencia la Tierra se ha vuelto pequeña como una nuez, una prisión entristecedora de la cual no podría huir nunca más. El hombre está triste. Nunca como ahora fijó la mirada en las profundidades de los eternidad, perdiéndose en el hormiguear de los astros. Hasta la Luna, que anteriormente nos parecía cosa nuestra, ha reconquistado la severa majestad de las mpntañas inaccesibles. Escuadras trasparentes de Beatos -finalmente lo sabemos con certeza- fluctúan sobre nosotros cantando (IY creíamos que Dante Alighieri lo había inventado todo por su cuenta!).
Tendríamos que estar orgullosos: la casa de los Ángeles se encuentra en nuestra periferia, justamente en las puertas del viejo y maligno planeta, la Tierra, pulga de las pulgas diseminadas por el Universo. ¿No es quizá una prueba de que somos los predilectos entre todas las criaturas? En cambio, tengo la impresión de que, de cierta manera oscura, todos nos hemos sentido ofendidos; como el perrito vagabundo que se siente amo del mundo hasta que se encuentra al lado del formidable danés de pura raza; o si no como el mendigo, que no encuentra ningún placer en la comida si está sentado al lado del sátrapa lleno de joyas; o si no también como el campesino que advierte un día que justo detrás del bosquecito, a cien pasos de su tugurio, el rey ha construído su palacio. Además, el peligro mortal de esa música divina. Allá arriba tocan y cantan. Y no existe recinto suficientemente grueso -aun cuando fuera tan grueso como la muralla china- para cerrar el paso a esaS' notas, mucho más hermosas que lo que nosotros podemos soportar.
Por eso las lamentaciones del anciano Forrest durante sus fatigosas noches de asmático, tendido al aire libre en la galería. Por eso nuestra aflicción. Porque ésa es la Roca del Cielo, el Reino del Eterno Triunfo, el Empíreo, el Divino Elíseo. Pero también es nuestra última frontera, que nos cierra el paso; y nosotros somos hombres vivientes. Decimos con sinceridad: una cúpula de hierro y mampostería no podría ser más pesada (más pesada que el Paraíso). ¿Es esto una blasfemia?
RIGOLETTO
En la revista militar del aniversario de la independencia desfiló por primera vez ante el público una división de armas atómicas.
Era un día claro pero gris de febrero, y la luz uniforme caía sobre los polvorientos palacios de la avenida, donde flameaban muchas banderas. Desde donde me encontraba yo, el paso de los formidables tanques que abrían el cortejo, retumbando estrepitosamente sobre el pavimento de piedra, no tuvo el habitual efecto electrizante sobre la multitud. Pocos y desganados fueron los aplausos, al aparecer los magníficos vehículos erizados de cañones, los hermosísimos soldados que se asomaban en lo alto de las torrecillas con sus cascos de cuero y de acero. Las miradas se dirigían todas hacia abajo, hacia la plaza del Parlamento, de donde partían las columnas, esperando la novedad.
El desfile de los tanques duró unos tres cuartos de hora; los espectadores tenían los oídos abombados. Finalmente, el último mastodonte se alejó con su horrible estrépito y la avenida quedó desierta. Reinó el silencio, mientras las banderas flameaban al viento en los balcones.
Por qué no avanzaba nadie? Hasta el retumbar de los tanques se había perdido ya en la lejanía, entre confusos ecos de trompetas remotas, y la avenida vacía seguía esperando. ¿Habría habido una contraorden?
Pero de pronto, del fondo, sin el menor ruido, se adelantó una cosa; y luego una segunda, una tercera, y muchísimas más, en larga fila. Cada una de estas cosas tenía cuatro ruedas de goma, pero en realidad no eran ni automóviles ni camionetas ni tanques, ni ningún otro tipo de vehículo conocido. Más bien eran extrañas carretas, de aspecto inusitado y en cierto modo miserable.
Yo me encontraba en una de las primeras filas, y podía observarlas bien. Algunas eran en forma de tubo, de marmita, de cocina de campo, de ataúd; por lo menos esto puede dar una idea aproximada. No eran grandes ni expresivas, ni tampoco fuertes, con esa robustez exterior que a menudo presta nobleza a los vehículos más pobres. Los elementos metálicos de carrocería que las revestían parecían más bien "improvisados"; recuerdo una especie de portezuela lateral un poco abollada que evidentemente no se podía cerrar bien y golpeaba contra el vehículo con un ruido de lata. El color era amarillento, con curiosos dibujos verdes que parecían helechos, con fines de mimetismo. Los hombres, de dos en dos, estaban casi todos encajonados en la parte posterior de los coches, y sólo asomaban el busto. Los uniformes, los cascos y las armas eran absolutamente los ordinarios; igualmente los rifles automáticos de modelo reglamentario, que los soldados llevaban sin duda con fines decorativos, así como hasta hace pocos años se veían todavía jinetes de caballería armados con sables y lanzas.
Dos cosas causaron inmediatamente gran impresión: el silencio total en que avanzaban estos aparatos, impelidos sin duda por una energía desconocida; y sobre todo el aspecto físico de los militares que los ocupaban. No eran vigorosos jovencitos deportivos, como los de los tanques, no estaban tostados por el sol, no sonreían con ingenua petulancia, ni tampoco parecían encerrados en una hermética rigidez militar. La mayoría eran delgados, extraños tipos de estudiantes de filosofía, frentes espaciosas y narices grandes, todos con auriculares de telegrafista, muchos con anteojos gruesos. Y a juzgar por su comportamiento parecían ignorar su condición de soldados. Una especie de resignada preocupación se leía en sus caras. Los que no atendían al manejo de los vehículos, miraban en torno con expresión incierta y apática. Sólo los conductores de ciertos furgones chatos en forma de caja respondían un poco a la expectativa: una especie de pantalla trasparente en forma de cáliz, abierto arriba, circundaba su cabeza, produciendo el desconcer. tante efecto de un mascarón.
Recuerdo a un jorobadito, en la segunda o tercera carreta, sentado un poco más alto que los demás, probablemente un oficial. Sin fijarse en la multitud, se volvía constantemente hacia atrás para controlar los vehículos que l0 seguían, como temiendo que se quedaran por el camino.
-¡Dale, Rigoletto! -gritó alguien desde un balcón.
El oficial alzó la vista y con una sonrisa desanimada agitó una mano, saludando.
Fué justamente la extremada pobreza de los aparatos -cuando todos sabíamos la potencia infernal de destrucción contenida en esos recipientes de lata- que provocó el desconcierto y el asombro. Quiero decir que si los mecanismos hubieran sido mucho más grandiosos, probablemente no habrían suscitado una impresión tan in. definida y poderosa. Esto explica la atención casi ansiosa de la multitud. No se oía ni un aplauso ni un viva.
En medio de tanto silencio, me pareció, ¿cómo expresarlo?, que un leve crujido rítmico surgía de los misteriosos vehículos. Se asemejaba al grito de ciertas aves migratrices, pero no era un grito de ave . Al principio extremadamente débil, poco a poco más distinto, pero siempre conservando el mismo ritmo.
Miré al oficial jorobado. Vi que se quitaba los auriculares y discutía animadamente con su compañero, sentado más abajo. También en las otras carretas advertí señales de nerviosidad. Como si ocurriera alguna irregularidad.
En ese momento seis o siete perros de las casas vecinas comenzaron a aullar juntos. Como los balcones estaban llenos de gente y casi todas las ventanas abiertas de par en par, los ladridos resonaron ampliamente por toda la avenida. ¿Qué les pasaría a esos animales? ¿A quién llamaban con tanto furor, como pidiendo socorro? El jorobado tuvo un ademán de impaciencia.
Al mismo tiempo -lo advertí con el rabo del ojo- un objeto negro pasó detrás de mí. Me volví, y tuve tiempo de ver tres o cuatro ratas que salían del respiradero de un sótano al ras del suelo y huían precipitadamente.
Un señor anciano, al lado mío, levantó un brazo con el índice tendido hacia el cielo. Y entonces vimos que por encima de los vehículos atómicos, en medio de la avenida, se erguían verticalmente unas extrañas columnas de polvo rojizo, semejantes a las trombas de aire en los tornadas, pero firmes, perpendiculares, sin remolinos. En pocos segundos asumieron una forma geométrica, adquiriendo mayor consistencia. Describirlas es difícil: imagínense el humo contenido en una alta chimenea de fábrica, pero sin la chimenea circundante. Las inquietantes torres de polvo denso, como fantasmas, se elevaban ya una treintena de metros, sobrepasando los techos de los palacios, y de una punta a la otra vimos formarse otros tantos puentes de la misma materia nebulosa, color de hollín. Se formó así una especie de columnata de inmensas sombras rígidas, que se prolongaba hasta perderse de vista, en correspondencia con el cortejo. Y los perros encerrados en las casas seguían aullando.
¿Qué ocurría? El desfile se detuvo, y el jorobado, descendiendo de su vehículo, recorrió a la carrera la fila de coches, lanzando a gritos órdenes complicadas que parecían en un idioma extranjero.
Con mal disimulada ansiedad los militares trataban de arreglar algo en sus carros.
Ya los minaretes de niebla o polvo fino -evidentemente emanaciones de los carros atómicos- se alzaban altísimos sobre la multitud, con un rigor de líneas más siniestro que nunca. Otra banda de ratas saltó fuera del respiradero, entregándose a una fuga loca. ¿Cómo era que esos pináculos de mal augurio no oscilaban al viento como las banderas?
Aunque inquieta, la multitud seguía callada. Delante de mí, en un tercer piso, se abrió de pronto una ventana y apareció en ella una joven con los cabellos en desorden. Permaneció allí un instante, extática, contemplando los picos de niebla inexplicable y los puentes aéreos que los reunían. Se llevó las manos a la cabeza, con un ademán de espanto, y un grito desolado surgió de su garganta:
-¡Virgen Santa!
¡Qué voz! Tratando de dominarme, retrocedí. Con una última mirada, vi que los militares se agitaban febrilmente alrededor de sus aparatos, como si ya no pudieran dominarlos (más tarde comprendí que, aunque pálidos y feos, también ellos eran verdaderos soldados). ¿Tendría tiempo? Con paso veloz al principio, tratando de no llamar la atención, rápido, cada vez más rápido, me alejé hasta emerger de la multitud, tomando por una calle lateral.
Oía a mis espaldas el rumor de la muchedumbre, finalmente horrorizada, presa del pánico. A trescientos metros más o menos de allí tuve el coraje de volverme hacia atrás y mirar: sobre el tumulto negro y salvaje de la multitud en fuga, las torres de sombra rojiza se tambaleaban ahora, retorciéndose lentamente los puentes tendidos entre una y otra: en un esfuerzo supremo, al parecer. Su movimiento alucinante se aceleraba cada vez más, volviéndose frenético. Entonces un clamor tenebroso y atroz estalló entre las casas.
Luego ocurrió lo que todos saben.

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