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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

jueves, enero 07, 2010

El Ayudante: Robert Walser

¡Qué maravilla!
Había invitados a almorzar.
A propósito de esos invitados, diremos lo siguiente: el predecesor de Joseph en la oficina había sido un tal Wirsich. Los Tobler le habían cogido mucho cariño al tal Wirsich. Descubrieron en él a un hombre fiel y valoraban sus capacidades. Era un hombre cumplidor, pero sólo cuando estaba sobrio. Mientras lo estuviera, poseía casi todas, o, mejor dicho, todas las cualidades de un empleado. Amaba extremadamente el orden, tenía conocimientos tanto de tipo comercial como jurídico, era trabajador y enérgico. En todo momento y en casi cualquier caso sabía representar a su jefe de manera fiable y conveniente. Tenía, además, una escritura impecable. Dotado de una inteligencia clara y una curiosidad muy viva, Wirsich no tuvo dificultades en llevar totalmente solo los negocios de su jefe, con gran satisfacción por parte de éste. En la teneduría de libros era incluso ejemplar. Pero todas estas cualidades podían desvanecerse de improviso bajo los efluvios del alcohol. Wirsich ya no era un jovencito, debía de andar por los treinta y cinco años, edad en la que ciertas pasiones, si antes no se ha aprendido a dominarlas, suelen adquirir un aspecto horrible y una intensidad aterradora. A veces, es decir, de vez en cuando, el alcohol convertía a ese hombre en una bestia salvaje e irracional con la que, comprensiblemente, no se sabía qué hacer. Herr Tobler le había señalado la puerta en varias ocasiones, ordenándole hacer sus maletas y no volver a presentarse más por ahí. Wirsich se iba de la casa lanzando maldiciones e improperios, pero en cuanto volvía a ser él mismo regresaba, con cara de pecador arrepentido, al umbral que dos días antes, en los excesos y locuras de su embriaguez, había jurado no pisar nunca más. Y ¡oh milagro!: Tobler volvía a aceptarlo siempre en esos casos le soltaba una jugosa reprimenda, como las que se echan a los niños mal educados, pero luego añadía que podía quedarse, que él deseaba correr un tupido velo sobre el pasado y darle otra oportunidad. Esto ocurrió cuatro o cinco veces. Wirsich tenía algo irresistible que se manifestaba sobre cuando abría la boca para formular un pedido o una excusa. Parecía tan perfectamente infeliz y arrepentido en tales casos que a los Tobler se les ablandaba el corazón y lo perdonó sin saber muy bien por qué. A esto se sumaba la extraña y, según parecía, honda impresión que el tal Wirsich sabía ejercer sobre las personas de sexo femenino. Cabe suponer con bastante certeza que Frau Tobler tampoco pudo resistirse a esta fascinación curiosa e inexplicable. Lo respetaba mientras se mantenía sobrio y juicioso, y por el bárbaro depravado sentía compasión que ni ella misma lograba explicarse. Su aspecto exterior ya parecía especialmente creado para que las mujeres lo juzgaran. Sus rasgos perfilados y viriles, más agudos y severos aún por la blancura de su tez, los cabellos negros, los ojos, grandes y muy enclavados en las órbitas gustaban tan instintivamente como cierta sequedad perceptible en toda su persona y comportamiento. Un aspecto tan trivialmente doméstico suele dejar, en general, cierta impresión de bondad de firmeza de carácter, dos atributos a los que ninguna mujer sensible es capaz de resistirse.
Y así pues, volvían a recibir a Wirsich cada vez. Lo que una mujer dice en la mesa a su marido en tono ligero, festivo y susurre siempre algún efecto, y mucho más en este caso, el mismo Tobler «siempre había sentido cariño por ese lado». La madre de Wirsich subía regularmente a la villa para dar las gracias en nombre de su hijo cuando lo readmitían. También a ella le tenían cariño. Corno, en general, queremos siempre a quienes hemos hecho sentir nuestro poder e influencia. El bienestar y la buena posición burguesa se complacen humillando; no, tal vez no sea esto, pero sí miran muy gustosos y de arriba abajo a los humillados, sentimiento al que no se le puede negar cierta benevolencia, pero también cierta ruindad.
Una noche, sin embargo, Wirsich llevó las cosas demasiado lejos. Gritando y echando pestes volvió a casa, totalmente borracho, desde la hostería La rosa, situada junto a la carretera y muy frecuentada por toda suerte de vagabundos y mujeres casquivanas. Corno le negaron la entrada en la casa Tobler, destrozó, con ayuda de un bastón ganchudo que llevaba consigo, el cristal de la puerta de casa y también, en la medida en que pudo, la verja de la misma. En un tono de voz espantoso e irreconocible amenazó asimismo con «incendiar todo el nido» -así se expresó en medio de la brutal devastación de su cerebro-, rugiendo de tal modo que no sólo lo escucharon los vecinos, sino también la gente que. vivía en los alrededores; por último, se divirtió lanzando vituperios y maldiciones contra sus benefactores. Secundado por la fuerza física propia de todos los insensatos e insensibles, había casi derribado la puerta -la cerradura y el cerrojo se bamboleaban ostensiblemente-, cuando Herr Tobler, que al parecer había perdido finalmente la paciencia, abrió la puerta desde dentro y descargó sobre el borracho una lluvia de bastonazos que dio con él por tierra. Ante la orden precisa de Tobler de poner inmediatamente pies en polvorosa si no quería recibir otra andanada similar, Wirsich se aprestó a deslizarse, a gatas, fuera del jardín. Varias veces cayó a tierra la figura del beodo, iluminada por la luna -los que estaban arriba pudieron seguir cada uno de sus siniestros movimientos-, pero volvía a levantarse hasta que por último, con la torpeza de un oso, salió a la carretera, donde se perdió en la lejanía.
Dos semanas después de este incidente nocturno, Tobler tenía entre sus manos una voluminosa carta de Wirsich en la que el malhechor le pedía excusas y, en un estilo que hubiera podido pasar por clásico, prometía enmendarse y rogaba a Herr Tobler que le diera una nueva oportunidad para reintegrarse al trabajo, de lo contrario quedaría a merced de la peor de las miserias. Ambos, tanto él como su anciana madre, imploraban que una vez más, aunque fuera la última, le hiciera aquel viejo benéfico favor que él, Wirsich -lo confesaba con sincero dolor,- había escarnecido tantas veces. Concluía la carta diciendo que añoraba hasta tal punto la casa y a toda la familia, para él muy valiosa y querida, así como el lugar donde había desarrollado sus actividades, que se veía obligado a pensar una de dos: esperaba un retorno de todas estas cosas y se alegraba de ell, o el cerrojo se corría de una vez para siempre, sumiéndolo en la desesperación, el arrepentimiento, la vergüenza y la amargura.
Pero ya era demasiado tarde. El cerrojo, en efecto, había sido corrido: en la casa había un sustituto. La mañana que siguió aquella violenta escena nocturna Tobler se dirigió a la oficina de empleo de la ciudad y contrató aJoseph. La carta arriba mencionada llegó a casa de los Tobler el mismo día que Joseph. Pero los huéspedes dominicales no eran otros que Wirsich y madre.
Refrescado por su actividad durante el baño, Joseph saludó cordialmente a su predecesor. Ante la anciana hizo una leve reverencia. A la primera ojeada se dio cuenta de que la atmósfera en aquella mesa era bastante opresiva. Se habló poco, y las escasas palabras intercambiadas versaron sobre generalidades. Un aura de lamentable afectación se había instalado en torno al mantel blanco, los platos humeantes y olorosos y las caras de los comensales. Herr Tobler tenía "los ojos más abiertos que nunca": se mostró amable y de buen humor, y en un tono de la condescendencia animó a sus invitados a servirse. No hay comida, incluso al aire libre, que no guste después de un baño: cualquier plato sabe bien bajo un cielo tan azul, pero aquel almuerzo, pese a su sencillez, le pareció francamente exquisito aJoseph. A los demás también parecía agradarles, muy en particular a la anciana Frau Wirsich, que se había arropado aquel día en un halo de refinadísima mundanidad. ¿Dónde viviría la pobre señora? ¿Y cómo? ¿En qué habitaciones y ambientes? ¡Qué aspecto tan mísero y descarnado el suyo! Se la veía en cierto modo escatimosa, escatimada o desheredada junto a la próspera y burguesa Frau Tobler, nacida y educada en medio del calor y la abundancia. ¡Frau Wirsich y Frau Tobler! Si existen diferencias en el mundo, la existente entre ellas era una de las más claras y precisas.
Frau Tobler adopta siempre cierto aire de arrogancia, pero ¡qué bien se aviene ese tierno y constante rastro de arrogancia con las líneas de su rostro y de su cuerpo! Es algo que nadie desearía separar de su figura, pues forma parte de ella como esa magia sonora e inefable que es propia de la canción popular. Esta canción sonaba delicadamente y en los tonos más altos: Frau Wirsich lo sentía y entendía muy bien. ¡Qué escuálida sonaba una de las canciones y qué pletórica la otra! Herr Tobler sirvió el vino tinto. Quiso servirle también a Wirsich, pero la madre cubrió rápidamente el vaso de su hijo con una mano vieja y huesuda.
-¡Bah! ¿Por qué no ahora? Algo tiene que beber -exclamó Tobler.
Los ojos de la anciana se llenaron al punto de lágrimas. Todos lo advirtieron y se estremecieron. Wirsich quiso susurrarle algo a su madre, pero una fuerza rígida, pétrea, de la que no podía liberarse, le paralizó la lengua. Y allí se quedó inmóvil, como de piedra, fijos los ojos en su propio plato. Frau Wirsich había retirado su mailo como para explicar que, forzosamente, ahora le daba igual que su hijo bebiera o no. Su gesto significaba: ¡Sí, sírvale sin miedo! ¡Ya todo está perdido! Wirsich bebió un sorbito: parecía sentir una aversión irresistible hacia ese líquido que lo había precipitado de lo alto de una posición muy agradable para él.
¡Oh Frau Wirsich: tus ojos llorosos empañan los pocos modales brillantes que has adoptado! Te habías propuesto actuar con refinamiento y has sucumbido a tu aflicción. Tus viejas manos surcadas de arrugas como las frentes, tiemblan muchísimo :¿Qué dice tu boca? ¿Nada? Ah, madre Wirsich, en las reuniones sociales hay que hablar. Mira, mira cómo te observa esa otra señora,
Frau Tobler miraba a Frau Wirsich ligeramente de soslayo, ojos preocupados, pero fríos, a la vez que acariciaba los rizos de su hijo menor, sentado junto a ella. ¡Una dama realmente acaudalada! Por un lado le llegaba la ternura y obsequiosidad de los niños, por el otro la rodeaba el dolor de una hermana. Ambas cosas, lo agradable y lo triste, halagaban a la que musitó unas palabras de consuelo a Frau Wirsich. Ésta se limitó a menear la cabeza, con gesto defensivo pero humilde. Terminada la comida, Herr Tobler hizo circular su cigarrera y los hombres fumaron. ¡Qué sol! ¡Qué maravilla de paisaje de montañas, lago y praderas! ¡Y luego la parca y cautelosa conversación de aquel grupito! ¡Sí, había que ser considerado: también los otros son seres humanos! La expresión de la dueña de la casa lo decía a las claras. Pero justamente esa manera tácita de dar a entender que se quería actuar con consideraciones carecía de ellas. Era aniquiladora.
Las dos señoras hablaron luego de los niños Tobler; ambas contentas de haber encontrado un tema de conversación alejado de cualquier tono ofensivo. Y llegaron a él espontáneamente. olvidándose un poquito de sí mismas. De rato en rato, la mirada de la anciana se posaba en el rostro, el cuerpo y los modales de ]oseph, como para estudiar sus ventajas y debilidades y, mentalmente, compararlas con la figura de su hijo: Los chiquillos saltaron pronto de sus sillas y se fueron a jugar al jardín; las niñas los siguieron, de suerte que los adultos se quedaron solos en torno a la mesa. Entretanto se presentó la criada con una bandeja de madera para recoger la mesa. Todos se levantaron. Tobler encargó a ]oseph que «sacara la bola al jardín», y éste se dispuso a cumplir la orden. La bola de cristal era el orgullo de toda la villa Tobler.
Sujeta por cadenitas y bisagras a un delicado soporte de hierro, era multicolor, de modo que las imágenes circundantes se reflejaban allí en verde, azul, marrón, amarillo y rojo, ofreciendo una perspectiva circular y, en cierto modo, superpuesta. Tenía aproximadamente las dimensiones de una cabeza humana de volumen superior al normal, pero junto con el soporte debía de pesar sus ochenta o noventa libras y era difícilmente transportable. Cuando llovía, no debían dejarla nunca fuera, a la intemperie. Iba siempre de dentro afuera y de fuera adentro. Si alguna vez se mojaba, Herr Tobler despotricaba con gran violencia. La bola mojada le dolía de verdad, pues hay personas que tratan y quieren ver tratados a ciertos objetos inanimados como si fueran algo totalmente vivo. De ahí que Joseph se precipitara hacia la hermosa bola de cristal multicolor, pues ya había tenido ocasión de observar el cariño de Tobler por ella.
Después de satisfacer el deseo, el capricho y el placer que el buen tiempo había despertado en su jefe, se sustrajo ágilmente a las miradas de los otros, subió a toda prisa las escaleras y desapareció en su alcoba de la torre. ¡Qué silencio y tranquilidad allí arriba! En ese cuarto se sentía liberado: ¿de qué?, no lo sabía, mas le bastaba con tener la sensación; la verdadera cau-sa, según él, se hallaba oculta de algún modo en un punto cualquiera, pero ¡qué le importaban las causas en ese momento! Algo dorado parecía flotar a su alrededor. Se contempló un instante en el espejo: su aspecto aún era totalmente juvenil, no como el de Wirsich. No pudo evitar reírse. Le entraron ganas de coger la fotografía de su difunta madre, que estaba sobre la mesita. ¿Por qué no cogerla y contemplarla? La contempló un rato largo, o al menos tuvo esa impresión, y volvió a ponerla en su sitio. Luego sacó del bolsillo de su chaqueta otra imagen, más juvenil: era el retrato de una alumna de danza, una joven a la que había conocido «en la gran ciudad», esa gran ciudad lejana y populosa. ¡Qué remota se le antojaba aquella imagen alta y vivaz, qué perdida en un pasado remotísimo! Ante esta idea le fue imposible no reírse otra vez involuntariamente. Dio algunos pasos graves de un lado a otro de la habitación, fumando, por supuesto. ¿Hacía falta llevar todo el tiempo uno de esos tallitos en la boca? ¡Qué delicia ese viento fresco del lago y de las montañas que soplaba entre las cuatro grandes paredes de su alcoba! ¿Conque allí había vivido Wirsich? ¿El hombre del rostro de sufrimiento? Joseph asomó la cabeza por 'la ventana y aspiró la libertad universal de ese mediodía de domingo. «¿Y tengo cinco francos de propina y puedo asomar la cabeza por una ventana situada y construida principescamente?"
Abajo, en la oficina, la atmósfera se había vuelto entretanto más mortecina que principesca. El tono en que conversaban Tobler y su ex empleado, Herr Wirsich, era muy, muy mortecino, casi podría decirse inaudible.
-Usted mismo deberá admitir -decía Tobler- que por ahora es imposible hablar de una reanudación de nuestras viejas relaciones. La ruptura la ha provocado usted, no yo; por mí lo era conservado con gusto. Pero no tengo ningún motivo despedir a Marti, que también trabaja muy correctamente siento, Wirsich, créame, pero el culpable es usted mismo. Nadie le obligó a tratarme a mí, su jefe, como a un chiquillo. Ahora tendrá que arreglárselas solo. Haré gustoso lo que pueda para ayudarle a encontrar un nuevo empleo. Aquí tiene otro puro. ¡Vamos, cójalo!
-No había de verdad nada que hacer?
-No, no, ya no. Recuerde simplemente las cosas que me gritó aquella encantadora noche y comprenderá que no puede haber más puntos de contacto entre nosotros.
-Herr Tobler, todo eso fue culpa de la borrachera, y no mía.
-Qué dice! ¿De la borrachera y no suya? De eso se trata justamente. Cinco o seis veces, o quizá más, me he dicho: no es culpa de él. Pero el caso es que sí ha sido usted el culpable. El ser humano no es un compuesto de doble naturaleza; si no, la existencia terrenal sería realmente demasiado cómoda. Si cada uno pudiera argüir que «no ha sido culpa suya" cuando mete la pata, ¿qué sentido tendrían aún el orden y el desorden? No, no, que cada cual sea lo que es, por el amor de Dios. A usted lo he conocido bajo dos aspectos. ¿Cree que el mundo está obligado a considerarlo como un niño o un perrito faldero? Usted es un hombre adulto, y se le exige que sepa lo que conviene hacer. No tengo por qué contar con esas pasiones ocultas, o como quieran llamarse, de las que hablan los filósofos. Soy hombre de negocios y padre de familia, y tengo el deber de impedir que la estupidez y la indecencia hagan su entrada en mi casa. Usted ha sido siempre un hombre trabajador hasta ahora, ¿por qué me vino con esas procacidades? Se reiría usted de mí, sí: se reiría simple y llanamente de mí, y tendría derecho a hacerla, si yo fuera tan tonto de volver a recibirle. Ya le he dicho lo que pienso: no hablemos más del asunto.
-¿Así que todo ha terminado entre nosotros?
-Por ahora, sí.
Tras estas palabras, Tobler salió de la oficina y se dirigió al jardín, donde lanzó a su mujer una mirada significativa y se detuvo junto a su querida bola de cristal. Con el puro entre los dientes, paseó una plácida mirada por su propiedad, ofreciendo, sin saberlo, la imagen perfecta de un reposo señorial y meridiano.
Joseph entró de improviso en la oficina donde Wirsich, inmóvil, parecía haber echado raíces en el mismo punto en que por azar se detuviera. Ambos se midieron un instante con los ojos bien abiertos, pero luego juzgaron más oportuno conversar sobre la evolución de los experimentos técnicos de Tobler, conversación que, sin embargo, degeneró muy pronto en una sucesión de silencios e interrupciones hasta disolverse del todo. Wirsich pretendió ser el que dominaba la situación e impartió a su sucesor toda suerte de consejos e indicaciones prácticas que, no obstante, fueron acogidos sin mucho entusiasmo.
Después del café de la tarde, los dos visitantes tuvieron que tomar una decisión y despedirse. Se dieron la mano, y los que se quedaron encima de la colina vieron luego a dos personas dirigirse con paso incierto hacia la carretera comarcal, bordeando la reluciente verja del jardín que, cada metro, presentaba una estrella dorada. ¡Qué espectáculo tan melancólico! Frau Tobler volvió a suspirar. Pero inmediatamente después algo le hizo soltar una carcajada, y se pudo escuchar claramente cómo suspiro y carcajada tenían la misma tonalidad, uno y el mismo timbre.
Joseph, que estaba un poco apartado, pensó: "Ya se van el hombre y la anciana. Ya no se les ve, y aquí arriba los han olvidado a medias en este momento. ¡Con qué rapidez se olvidan el comportamiento, los gestos y las acciones de los hombres! Ya se alejan tan aprisa como pueden por la polvorienta carretera para llegar a tiempo a la estación o al embarcadero. Durante su largo trayecto -diez minutos de camino son largos para dos derrotados y preocupados- apenas pronunciarán una palabra, y sin embargo hablarán, hablarán un lenguaje muy comprensivo, mudo y hasta demasiado comprensible. El dolor tiene una forma de hablar muy suya. Y ahora compran sus billetes, o quizá ya los tengan, pues todos sabemos que hay billetes de ida y de vuelta, y el tren llega rugiendo, y la pobreza y la incertidumbre suben juntas al vagón. La pobreza es una anciana de manos ávidas y huesudas. Hoy intentó hablar como una gran dama en la mesa, pero no lo consiguió. Y ahora sigue viajando al lado de la incertidumbre, en la que, si mira bien, tendrá que reconocer a su propio hijo. Y el vagón está repleto de gente contenta, de excursionistas dominicales que cantan, gritan, charlan y se ríen. Un joven sostiene abrazada a su amiga para besarla una y otra vez en la opulenta boca. ¡Cuánto daña la alegría ajena en un alma despechada! Pero la pobre vieja siente que le cortan el cuello y el corazón. Tal vez quiera pedir ayuda a gritos en ese instante. Y el tren sigue. ¡Oh, eterno rechinar de las ruedas! La mujer saca un pañuelo illo de su falda para ocultar esas lágrimas absurdas y llamativas que fluyen impetuosamente de sus viejos ojos. La gente de la edad de esa señora no debería llorar más. Pero ¿qué les importa a las cosas de este extraño mundo lo que ordene la noble decencia? Los martillos golpean ciegamente, a veces a un pobre niño, otras veces -¡recuérdalo, mujer!- a una anciana. Y ahora madre e hijo han llegado a su destino y se disponen a bajar. ¿Qué aspecto tendrá su casa?».
La armoniosa voz de Tobler lo arrancó de sus reflexiones. ¿Qué hacía allí tan solo? Que lo ayudara a terminar ese resto de vino tinto. Poco después, el dueño de la casa le dijo:
-Pues sí. He despedido a Wirsich para siempre. Espero que cualquier otro sepa apreciar mejor lo que supone poder vivir aquí arriba. No necesito aclarar a quién me refiero al decir «cualquier otro». ¿Se ríe usted? Por mí puede hacerla. Pero le advierto desde ahora que si le vienen ciertos deseos, digamos ... dominicales -cosa que no puede reprochársele a ningún hombre joven y sano- arrégleselas para bajar a la ciudad, donde hay soluciones previstas en cantidad más que suficiente. En mi casa, a ver si nos entendemos, no tolero este tipo de cosas. Por culpa de ellas, Wirsich acabó haciéndose definitivamente insoportable. Aquí ha de imperar la decencia.
Luego hablaron de negocios.
Ante todo, opinó Herr Tobler, necesitaban conseguir liquidez: era lo principal. Hacía falta conquistarse a algún capitalista que subvencionara los inventos técnicos, a ser posible un fabricante, para iniciar cuanto antes la producción en serie de los artículos patentados. Quienquiera que aportase dinero a la casa sería bienvenido. Por él, podía ser un sastre; el socio capitalista no tenía por qué ser un entendido en el asunto: para eso estaba él, Tobler.
-¡Escriba este anuncio!
Joseph sacó un lápiz y una libretita del bolsillo y anotó al dictado lo siguiente:
¡Para capitalistas!
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-Y mañana por la mañana, cuando baje al pueblo, tráigase otra caja de quinientos puros. Tiene que haber algo que fumar por aquí.
extractos pp. 28-39

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