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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

sábado, diciembre 26, 2009

Una Galería de Espejos: Robert Stone

La Compañía Química Bing estaba en las afueras de la ciudad. Rheinhardt tuvo que usar dos autobuses y tardó casi una hora en llegar. Era un gran edificio de cuatro pisos, situado en una península cubierta de yerbajales del Bayou St. John. Tenía un letrero en el techo, que hacía brillar la palabra Bing con luz química azul hacia los cuatro horizontes. La luz terminaba detrás del edificio en unos cuantos metros de agua maloliente que contenía todos los colores del arco iris. Había allí árboles negros que se inclinaban hacia el fango movedizo. Empezaba allí la manigua.
Le hicieron pasar rápidamente. Quince minutos después de cruzar las puertas, tenía un casco con la palabra BING sobre la visera y un par de monos blancos. Y seguía al señor Eubanks, el capataz, por una gran habitación blanca por la cual rodaban envases de tapa roja, corno marciales granaderos, por una serie de cadenas sin fin que deaparecían en una gran tina gris que había en medio del suelo. Cerca del techo, por encima de la maquinaria, había dos hombres jóvenes, rubios, en mangas de camisa y con el cuello abierto, detrás de una gran ventana ovalada. Miraban el suelo en silencio.
-De acuerdo -dijo el capataz y se detuvo junto a una de las cadenas-, Reinhardt?
-Rheinhardt--dijo.
-Tiene que hacer esto, Rheinhardt: torne de este modo la llave y cuando pasen los envases cierre de este modo la tapa ...
Se inclinó un poco, se acercó a una de las cajas y le apretó la tapa.
- ... Así.
Rheinhardt cogió la llave y la esgrimió deportivamente para indicar que tenía deseos de aprender.
-Comprendo -le dijo al capataz.
-Tiene que estar trabajando continuamente o se le amontonarán las cajas.Basta que se distraiga mirando las moscas y -por más que se dé prisa- no podrá coger el ritmo de la cadena. Y tendríamos que detener la correa por su culpa y eso cuesta a Bing más dinero que dos horas completas de funcionamiento continuo. Le despediremos la tercera vez que tengamos que detener la correa por su culpa, ¿entendido? Cuando asegure la tapa no la vaya a dejar floja. Si no las afirma bien, cuando lleguen a la rotuladora el jabón arruinará la etiqueta y perderemos material. ¿ Entendido?
-Sí -dijo seriamente Rheinhardt, con la llave preparada en dirección a la fila de envases caminantes.
-Los ingenieros lo estarán observando -continuó el señor Eubanks, y le señaló la ventana ovalada-o ¿Me dijo que venía de Angola?
-No -contestó Rheinhardt-, de la Misión de la Gracia Viviente. Me ha enviado el pastor Jensen.
-Oh, oh. Bueno, dígale que le corten el pelo. Bing vendrá uno de estos días y le gusta que los muchachos estén presentables.
-Lo haré -le dijo Rheinhardt-. Lo haré de todos modos.
El capataz se marchó y dejó a Rheinhardt enfrente de la fila móvil de botellas de plástico. Rheinhardt apoyó con cuidado los pies en el suelo de cemento y se ocupó de las tapas. Unos quince minutos después empezó a mirar a su alrededor.
En la habitación había más de cien hombres. Todos llevaban mono blanco y casco semejante al suyo. Los había de todas las edades, según pudo advertir. Había viejos lentos de ojos hundidos y rasgos gastados y contrahechos, y también hombres con cicatrices, quemados por el sol; hombres que se movían junto a las cadenas sin fin con mirada esquiva y ademanes cautelosos ... Miraban constantemente de soslayo. Aunque entre cada uno y los demás había tres metros de suelo y de maquinaria, se movían sigilosamente, nerviosos, cuidando lo que sucedía a sus espaldas. Y había otros que parecían muy jóvenes, menores de veinte años ... Muchos usaban patillas y llevaban tatuajes y trabajaban nerviosamente apresurados, murmurando breves maldiciones, silbando, haciendo muecas. Rheinhardt miró más lejos y vio más de un par de ojos extrañamente vacíos, o más de un rostro pálido y carente de expresión alguna; se interrumpió un momento para observar, con la llave en la mano, a un hombre de la fila de atrás, un hombre cuyo rostro, mientras trabajaba con una rotuladora, pasaba alternativamente de una expresión de perpleja beatitud a otra de violencia homicida.
Rheinhardt recordó que Farley había dicho algo sobre rehabilitación.
Bueno, no estaba tan mal, pensó; podía haber sido peor, sin duda. El tapar botellas era una ocupación más bien exenta de alicientes; pero era un trabajo cálido en comparación con otros más fríos y era, también, un trabajo nocturno, apto para sacar a los jóvenes de las calles. Lo que importaba era tranquilizarse y seguir trabajando. Aún tenía el traje guardado en la maleta e incluso contaba ahora con la promesa de la acción de Farley, fuera ésta lo que fuera. El Asunto Político. La Gente Química le estaba pagando un dólar por hora (menos los gastos de limpieza). «¡Qué diablos! -pensó mientras empujaba una cálida caja de jabón hacia la rotuladora-; de cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades». Esto le bastaba para financiarse el traslado de la Misión a otra parte. Si sólo bebía cerveza y trabajaba los fines de semana, podría ahorrar más de veinticinco dólares por semana. Y si no bebía nada, quizás hasta treinta y cinco. El año anterior pasó una época en que se iba a dormir después de una ducha caliente y de comerse un paquete de galletas. «La cuestión no es fisiológica en realidad -se dijo-; sólo se trata de ajustar el temperamento». Ahí estaba con una llave y un mono blanco, y cualquier hombre que tiene una llave y un traje blanco de faena debe estar en paz con el mundo. Si había un modo de robarse el mono blanco, decidió, lo robaría para utilizarlo de traje de anonimato. Resultaría una verdadera capa mágica. Y se puede ir a cualquier parte con un mono blanco.
Evidentemente. Y en cualquier momento volvería a trabajar. Pero experimentaba una pizca de tensión ... Esto, en realidad, no era nada distinto a lo de otras veces, sólo que ... el estilo era malo. Tenía que aceptarlo; había algo que presagiaba males en ese estilo. Todo eso que caía ... eso olía a malo, como a dormir bajo un puente. Era un estilo malo .
Pero se encontraba muy bien por el momento. Incluso tenía hambre, cosa que se podía considerar muy buen síntoma. No podía afirmar que deseara específicamente un trago ... , a menos que, por supuesto, se quedara pensando un rato en ello.
Durante las dos horas siguientes continuó con los envases y pensó lo menos que pudo. Se interrumpía de vez en cuando para mirar a su alrededor y después trabajaba de prisa para evitar que los envases se apilaran. Cada vez tenía más hambre y el olor a jabón caliente lo estaba mareando.. El mismo efecto le producían las bambas palpitantes que había junto a la tina. Parecía que el jabón se suscitaba en silencio ... Nadie hablaba a excepción del capataz, que, de vez en cuando, bajaba y pasaba entre las filas, hablaba brevemente a alguno y volvía a desaparecer.
Una vez, en algún sitio, tuvieron que detener una cadena. Apareció el señar Eubanks, hubo gritos y movimientos en un extremo de la habitación y un altavoz farfulló:
-¿Qué se ha detenido allí?
Rheinhardt alzó la vista y advirtió que las hombres jóvenes de la ventana miraban severamente la cadena parada. Uno o dos minutos después, un altavoz dijo un nombre y uno de las hombres de blanco, seguido del capataz, pasó par una puerta de metal y volvió a aparecer arriba, detrás de la misteriosa ventana. Siguió una breve conversación -visible como pantomima desde abajo-, conversación en que el llamado se quedó de pie con el ceño fruncido y la cabeza gacha mientras uno de los hombres jóvenes le hablaba sin mirarle. Finalmente el llamado y el capataz volvieran a desaparecer para reaparecer casi instantáneamente otra vez en el suelo.
Esa pequeña ventana, pensó Rheinhardt, parece todo un escenario de espectáculos. Volvió a mirar a los hombres que estaban detrás del vidrio. Los dos se parecían, los dos llevaban el pelo corto; eran rubios, casi de la misma edad de Rheinhardt. No parecían agradables, pero eran muy limpios. Con toda seguridad, recibían jabón gratis.
Eran ingenieros. ¿ Qué clase de ingenieros serían? ¿ Qué estarían ingeniando?
Dejó que los envases pasaran tranquilamente y pensó en los dos hombres. Al poco rato se le ocurrió que por lo menos uno de los dos había empezado a mirarle ... y en un momento se sorprendió sonriendo al de la izquierda. El hombre lo miró preocupado y Rheinhardt se apresuró en volver a prestar atención al jabón.
¡Los ingenieros! Los ingenieros siempre te están observando por detrás de una ventana de vidrio. Lo mismo sucedía en las radioemisoras. Era posible imaginarles viviendo en cubículos de vidrio, prescindiendo de toda cansideración sanitaria o de comodidad. Pero, por supuesto, no vivían allí. Vivían en casas muy lejos de la ciudad, allí donde viven todos los otros hombres jóvenes y limpios.
Tal como ese tipo, pensó Rheinhardt y volvió a observar la ventana, que seguramente vive lejos de la ciudad. y en una agradable casa pequeña, sin duda. Es ingeniero. Tiene esa casa pequeña y una pequeña esposa que va al supermercado con pantalones ceñidos y un niño pequeño, y un coche pequeño. Todas las tardes, como un zumbido, se despide y conduce su pequeño coche como un maníaco para no llegar tarde a situarse detrás de una ventana de vidrio a observar una habitación llena de autómatas peludos. «El mundo es muy extraño -pensaba Rheinhardt-, hay tantas cosas que funcionan continuamente y uno nunca se entera. Como los ingenieros». Tendría que preguntárselo un día a Farley. Farley siempre sabía todo lo que estaba sucediendo.
«Magnífico -pensaba, sin dejar de mirar a la ventana-. El Microcosmo. ¿A qué lado del vidrio empieza el acuario? ¡Pero no sería magnífico poseer una ventana como ésa! ¡Sería mejor que poseer un par de monos blancos! De modo estático, claro.»
El jabón, advirtió súbitamente, empezaba a apoderarse de la mejor parte de su tiempo. Los envases se estaban apilando, se apretaban unos contra otros, retrocedían y se empujaban en busca de espacio como refugiados presa de pánico. Las filas se estaban rompiendo. Empezaba el desorden. Uno de los envases cayó al suelo y rodó silenciosamente. La cadena se detuvo antes de que terminara de recogerlo. <<¡Voto al diablo!», se dijo. Se volvió. El capataz venía a la carga por su fila. Pero no se detuvo a su lado. Siguió adelante. Tocó ún silbato de plástico blanco y alzó los brazos para llamar la atención a todos. Los hombres de la fila de Rheinhardt empezaron a seguirle. Rheinhardt dejó sus cajas de jabón en la rotuladora y caminó detrás de los demás.
extractos de las pp. 90-94

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