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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

jueves, diciembre 31, 2009

La Educación de Patrick Silver: Jerome Charyn

CAPITULO II
-Las botellas oscuras, Sammy, hazme el favor. Están en el cubo de siempre. Tengo una sed capaz de acabar hasta con un hipopótamo .
Patrick Silver bebía la «Guinness» templada. La cerveza venía de Dublín en botellas muy pequeñas que se apretaban religiosamente unas junto a otras detrás del mostrador. El «Kings of Munster» no podía fallarle al principal cliente que tenía. Un bar irlandés de la calle Horatio nunca se quedaría sin «Guinness».
Silver necesitaba veinte tragos. Solía entrar dando tumbos en el «Kings of Munster», agotado a causa de las tribulaciones que le ocasionaba la sinagoga. El barman siempre le tenía una copa preparada después de las oraciones de la tarde. A Patrick le tocaba la tarea de reunir un minyan (un quórum de diez judíos honrados) para su sinagoga. Patrick tenía una curiosa forma de captar judíos. Solía apostarse en los escalones exteriores de la sinagoga y piarles a los viandantes, ya fueran niños, hombres o muchachos.
-¿Es usted judío, caballero?
Si uno vacilaba aunque sólo fuera un segundo, estaba perdido. Patrick le echaba mano desde las escaleras, lo agarraba por un brazo y lo metía dentro a empujones. Era capaz de transportar de esta guisa a dos hombres o tres muchachos en un solo viaje. El hecho de tener allí a Jerónimo se lo ponía todo más fácil. Le clavaba a el Nene en la cabeza un chal de oración y lo incluía en el minyan. Los aullidos de Jerónimo echaban a perder la música zumbona del minyan. Si le faltaba un judío, Patrick tenía un libro de plegarias. Lo envolvía en las orlas del chal, pronunciaba una bendición y el libro de oraciones se transformaba en el décimo hombre de Patrick.
Pero la tensión de tantos minyans estaba empezando a afectar a Patrick, que tenía que ocuparse de la sinagoga y de el Nene. Así que se sentaba en su taburete preferido en el «Kings of Munster», lejos de la ventana y de aquella mierda de perro de la calle Horatio que viajaba tan de prisa en julio; resultaba peligroso para un irlandés estar en la calle.
-Dios lo bendiga -le dijo a Sam el barman antes de beber de la jarra.
Silver mimaba las botellas. No le salía el bigote de «Guinness» hasta que le servían la quinta botella. El «Kings of Munster» no era un bar para tragones. Patrick le daba muerdecitos a la cerveza, recogiendo la espuma amarga con la lengua. Aborrecía la cerveza americana, un agua rubia como orines que habría podido estar elaborada en una paja de hacer pompas. Silver se había criado con «Guinness», había nacido con una botella negra en la boca. Su papá, que fabricaba lápices en Limerick hasta que un cura loco echó de allí a todos los judíos, lo llevó al «Kings of Munster» cuando Patrick tenía un mes de edad y lo sentó sobre la barra. Patrick aprendió a gatear de aquella guisa, sobre una plancha de metal toda llena de bultos que estaba galvanizada a base de whiskey y cerveza de Dublín. No tenía que meter la nariz a escondidas en la jarra de algún caballero. Lamía la «Guinness», animada con un ligero gusto a cinc, directamente de la barra.
Cuando iba por la decimosegunda botella Patrick ya tenía bigotes en tres lados de la cara. Empezó a canturrear las canciones que le había enseñado su padre acerca de las brujas, gigantes y sapos de Limerick, y de la quema de la calle Wolfe Tone. Bien remojado en el interior de la cabeza, con la «Guinnes» saliéndole por las orejas, vislumbró un perverso «Chrysler» que pasó tres veces por delante de la ventana del «Kings of Munster». Patrick se escupió en la mano a fin de espantar a cualquier ángel vengador que pudiera andar revoloteando cerca de la calle Horatio. Conocía muy bien al dueño de aquel coche y a su principal pasajero. Le dijo adiós a Sammy, recogió los britches y salió cojeando del bar.
Era peligroso cruzar solo y en calcetines la esquina de la plaza Abingdon. Pero a Patrick le resultaba imposible llevar zapatos. Sentir aquellos pedazos de cuero en los pies le producía unas ampollas atroces. Cuando era policía había estado a merced de sus superiores. El Comisionado de Policía no permitía detectives descalzos cerca de su despacho. Patrick tuvo que rellenar con bolas de algodón todos los zapatos que tenía en el armario. Se pasó trece años caminando sobre algodones y aullando a causa de las múltiples ampollas que se vio obligado a soportar. Los médicos del hospital «Bellevue» nunca se habían encontrado con un detective de pies tan sensibles. Patrick esquivaba a los podólogos y a sus charlas acerca de los poderes milagrosos de los pies. Tenía que andar a saltos, muerto de dolor, cada vez que intentaba dar caza a un ladrón.
Ahora Patrick se andaba con mucho ojo para no pisar mierda de perro. Fue haciendo repetidas reverencias al acercarse a los bancos del parque de la plaza Abingdon, receloso de las zonas verdes que había entre una farola y otra. Por la noche Patrick se volvía un poco corto de vista. No se percató de la presencia en el parque de aquella cabeza más bien calva hasta que ésta le siseó.
-Ven aquí, Silver.
Patrick lanzó un gemido.
-Ya sabía yo que era usted el que iba en el coche del Primer Adjunto. ¿Por qué cojones me está siguiendo?
El hombre del banco era Isaac, Isaac el Bravo, que se había dejado los mofletes en el Bronx. Y también la mayor parte de la guapura. Tenía unas arrugas en la frente que no desaparecían ni en la oscuridad. La mandíbula se asentaba torcida sobre los ejes del cuello. Algún Guzmann debía de haberle hundido los dientes a Isaac de una bofetada.
CAPITULO III
Isaac el Bravo se bebió el trago de aceite de ricino y entró en el retrete. Formaba parte de la rutina de los miércoles por la mañana. El retrete pertenecía al «Hospital Presbiteriano». Isaac tenía que donar especímenes al laboratorio de enfermedades tropicales. Los médicos le examinaban la cámara una vez a la semana. El Jefe tenía un gusano en las tripas, un gusano malévolo e inteligente de tres metros y medio de largo, todo lleno de ganchos y ventosas.
El gusano de Isaac era el premio de las enfermedades tropicales. Los médicos y los técnicos no recordaban otro gusano que hubiese medrado de una manera tan espectacular dentro de un hombre. Le inyectaban tintes a Isaac para hacerle fluoroscopias al gusano.
-¿ Seguro que no ha pasado usted una temporada en Sudamérica, inspector Sidel? Ya no estamos en mil novecientos cinco. Ahora nadie se coge una tenia en Manhattan sólo por comer carne de cerdo.
El Jefe ya empezaba a cogerles miedo a aquellos paseos hasta el retrete. Salía del hospital debilitado a causa del aceite de ricino. Pero no tenía que arrastrarse hasta el Cuartel General como un oso herido. El chófer le llevaría hasta el centro de la ciudad.

El detective sargento Brodsky le estaba esperando a la puerta del hospital junto al enorme «Chrysler» de Isaac. Brodsky no podía acoger con calor el nuevo aspecto del Jefe. Isaac había entrado en el Bronx con patillas rizadas. Y había salido con cenizas en la nariz y los tir:antes marroquíes hechos una ruina; tenían los broches metálicos incrustados bajo capas de chocolate blanco. Los dientes se le habían puesto marrones al Jefe. El pelo había adquirido ese mismo tacto desordenado que las plumas arrancadas de un pollo. El Jefe se había vuelto todo gris. Seis Guzmann en una tienda de dulces habían conseguido absorberle el seso. Aquello no había sido de ninguna manera un pequeño invierno para Isaac. Papa Guzmann no toleraba hibernaciones en la calle Boston.
extractos de las pp.31-40
http://jeromecharyn.com/

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