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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

martes, diciembre 08, 2009

GRECO-TRAMONTANA: Boris Pilniak

I
Los vientos soplan desde el mar. Los vientos soplan en el mar.
Siempre se puede decir de los hombres que son simples, y nunca se puede decir que los hombres son simples. Estos hombres eran severos, taciturnos, lentos; eran simples, como simple es el mar. Desde la infancia, tan bien como se conoce a la propia madre, conocían los mástiles maestros con vergas, los mástiles sencillos, sabían distinguir las balandras de las barcazas, las fragatas de los bergantines.y de los bricks, y podían guiados por el mar, con viento a favor y contra viento, de "tramontana" a levante, de "ostro" a poniente, y conocían bien el soplar del siroco desde Asia y del "maestro" desde Europa (así denominaban el este, el sur, el norte y los vientos de esos puntos). Conocían bien la sal del mar, sabían que "en mar" significa "en tem-pestad", y no les era extraño el trepar por los obenques y el enredarse en los aparejos cuando el viento se desencadena.
Muchos pueblos habían pasado por aquella tierra donde e habitaban, pero nadie recordaba qué raza habíase detenido esa costa pedregosa, en la pequeña aldea de la que los hombres sólo se alejaban por mar.
Más allá de la aldea se extendía la estepa, que, con desprendimientos de rocas y arenas, caía a pique sobre el mar, corno en la orilla del mar suele descender la gran llanura rusa.
Llegábase al mar, al pequeño puerto de piedra, por un sendero rocoso, y por este sendero iban los jóvenes a embarcarse, para no regresar casi nunca -cuando viejos-, porque tumba encontraban en el mar. En la aldea quedaban las mujeres y los niños; a veces, en el café griego, bebían vodka algunos marineros que habían cambiado el agua de mar por el aguardiente o que habían sido golpeados en los pies por Neptuno, dios del mar, quien, arrancándoles timón y amarras de las manos, llevando a la deriva bergantines y balandras, habíalos dejado en tierra.
Los pocos que regresaban ricos, paseaban por la orilla del mar y bebían café turco: habían vuelto desde lejos, y ahora, echada el ancla, descansaban, paseaban, a la espera de la felicidad y de nuevos viajes. Las mujeres no se alejaban de la aldea. Se dirigían a la pendiente poco antes del crepúsculo, cuando más diáfanas son las lejanías del mar; hinchábales el viento las faldas; con las manos hacíanse visera para los ojos, para ver mejor, para que el sol muriente no las molestase, y miraban hacia el mar, allá donde habían ido sus capitanes, sus pilotos, sus segundos, sus contramaestres, sus grumetes.
II
Dos marinos, dos capitanes de velero, dos amigos, dos hermanos por la cruz, cambiaron sus cruces durante una tormenta, cuando estaban a punto de perecer juntos. En su infancia, juntos habían visto surgir el sol de la estepa y desaparecer en el mar. Juntos habían ido por el sendero rocoso hacia el mar, para navegar, para comenzar como simples grumetes, llegar a capitanes y guiar dos bricks de tres palos. El mar los había salado de la misma manera y los había unido por el peligro.
A ambos la vida les había sonreído, porque eran respetados por sus compañeros, capitaneaban dos bricks, tenían esposas bellas y sus hijos eran buenos: porque tenían fortuna y una cabeza bien sentada sobre los hombros (Nikolai se casó cinco años después que Andrei). Eran dos amigos que habían cambiado sus cruces en grave peligro, dispuestos a sacrificar la vida en favor uno del otro: en aquel entonces, en el mar, con nieve y viento, en el mes de diciembre, cerca de la costa de Sulin, los sorprendió el greco-tramontana; ambos estaban al timón, en la noche, en el viento, en la nieve, sin brújula, ni velas, ni mástiles; no se asustaron por el agua que se enrojecía a la luz de los fanales, que impetuosa embestía el puente de mando, y solamente se aterraron al advertir que sus manos entumecidas ya no podían gobernar el timón, que sus dedos se aflojaban; fué entonces cuando cambiaron sus cruces, hacia el amanecer, cuando el velero era arrojado hacia la costa.
Uno se llamaba Nikolai; el otro, Andrei .
. . . De la vida de uno se puede decir que es simple y no se puede jamás afirmar de él lo mismo. Andrei tenía por mujer a una verdadera belleza, hija de un marinero, nieta de un marinero, libre como el mar y sus antepasados, endurecida en todas las tormentas. Tenían un hijo.
Andrei navegó durante meses enteros, por el azul del mar de Mármara, del Egeo, del Mediterráneo, hacia Constantinopla, el Pireo, Port Said, en busca de dinero, regalos, especias, alfombras. Nikolai desembarcó con su buen dinero ahorrado, chales, aceitunas. Capitán de velero, huésped predilecto. i1 de casa en casa, con ese paso característico de los marineros cuando desembarcan y cambian la cubierta por la tierra; al crepúsculo entraba en el café a tomar una copa, a ofrecer otr copa a sus camaradas; con la gorra echada sobre los ojo miraba el mar, y entonces pronunciaba frases significativas sobre Estambul, Cianaka, Mitilene, las tabernas de Esmirna, la constelación llamada el Cinturón de Jacobo, que en el Mediterráneo se alza sobre el horizonte solo una cuarta, y de nuevo se hunde en el mar, apenas en veinte minutos; relataba cómo saltan sobre cubierta los peces voladores y todo el azul que hay en el Egeo; azul el cielo, azul el agua, azules los montes.
Acercábase al mar la mujer de Andrei, María, con su niño de la mano; el mar hinchaba sus vestidos, y la pañoleta restallaba como una vela; y sus ojos eran azules, ojos .de escita, y caprichosamente es citas eran sus labios, salados de mar.
Por la tarde, Nikolái iba a casa de María; María acostaba al pequeño y luego, junto a él, bebía té, charlando de muchas cosas.
Y una noche, a hora avanzada, cuando habían sido puestos ya en seco los botes pesqueros y hasta los perros dormían, María dijo que ella no amaba a su marido, sino a Nikolái. En la estancia había una mesa redonda, con un mantel turco bordado, frente a un pequeño sofá cubierto de almohadones. Sobre la mesa había álbumes de Atenas y Estambul, y bajo los álbumes, bordados. Detrás del sofá, en la pared, colgaban en sus marcos, fotografías de marineros manchadas por las moscas. Nikolái estaba sentado en el sofá; María junto a él, en una poltrona. María, con palabras simples, comenzó a decir que él no debía volver a su casa, que debía quedarse con ella, porque ella lo amaba. María extendió sus brazos a Nikolái, y sus ojos escitas brillaron, y sus labios escitas parecían salados de mar.
Y entonces Nikolái dijo, aturdido:
-María, tu marido y yo somos amigos, más aun, somos hermanos por la cruz. Yo te quiero mucho porque eres una linda mujer y la buena esposa de mi amigo; yo, en las puertos de escala y, en la cubierta, cuando navegaba, he cometido muchos pecados, pero no pecaré nunca contra mi amigo, aunque, tal vez, quisiera pecar. Si de nuevo me repites palabras como ésas, no volveré. Olvídate de esto, María; eso no sucederá nunca; y seguiremos siendo amigos como lo hemos sido hasta ahora, y yo volveré siempre aquí para que tú no te aburras, cuando Andréi navega y yo estoy en tierra. Yo no pecaré nunca contra mi amigo.
¿Cómo referir aquella conversación nocturna -sobre ese amor de María, verdaderamente cierto- cuando María dijo .decidida a Nikolái que, si él no accedía a sus deseos, ella mentiría, lo calumniaría, diría a su marido que él, Nikolái, el amigo de su marido, había manchado a María, había manchado su honor?
-María -dijo Nikolái-, no se debe obrar así; piensa que tú arruinarás tu vida, porque yo entonces me veré obligado a decir toda la verdad a Andréi, quien me creerá más que a ti, porque me conoce mejor. Y tú ocasionarás un gran dolor a mi amigo, porque él te ama. Es mejor, María, olvidar esta noche y no hablar más de esto. Te comprenda, eres una mujer joven, y todas pueden pecar... Mañana volveré a tu casa a tomar té.
El mar soplaba hacia las playas, levantando la arena, arrollando las olas, golpeando los escollas, apurando la rueda del tiempo. Andréi navegaba aún, pero el término de su viaje estaba próximo. NikoIai iba a tomar el té y en voz baja le decía a la mujer de Andrei, con sabiduría, que no se debe romper la felicidad de los hombres, que el pan es pan y el vino es vino; le contaba que el Cinturón de Jacobo sólo se alza durante pocos minutos sobre el horizonte, de noche, y cómo danzan las bailarinas de Esmirna.
Llegó Andrei. Su brick ancló en el puerto, y él, en un bote desembarcó en la playa de la aldea. Llegó a su casa cuando la puesta del sol se reflejaba como llama en los vidrios de ventanas. Conforme con la costumbre de los marineros, nadie se acercó a su casa aquella noche, porque él estaba con s mujer. A la mañana siguiente, Nikolai llegó. Los dos capitanes se abrazaron fraternalmente, y el hermano Andrei regaló al hermano Nikolai un cántaro de Constantinopla, un barril de aceitunas, una bolsa de higos y un cajón de ron. Se sentaron junto a la mesilla donde estaban los álbumes, para beber una copita de licor y una taza de café. María los servía. Nikolai no le quitaba los ojos de encima: estaba pálida, lánguida, tarda en sus movimientos, como, casi siempre, lo están las mujeres después de una noche de amor.
-Mánia -dijo Nikolai-, ¿por qué no te sientas un poco con nosotros?
-Los amigos deben estar algunos momentos solos María y se dirigió hacia donde estaba su hijo.
Andrei y Nikolai, los dos capitanes ejemplares de la aldea, los dos grandes amigos, bebieron muchas copas de licor y luego se fueron al café. En el bolsillo de Andrei habían quedado. des¬pués del mar y el viaje, piastras turcas y leptas griegas, chelines ingleses y francos franceses, y él, Andrei, como acababa de dejar su barco, los malgastaba en el café invitando a sus compañeros, a los viejos lobos de mar, a sus camaradas de aventuras en los mares. Vestía una chaqueta nueva y mostraba a todos un revólver que había comprado al belga Haife.
III
Luego navegaron de nuevo Andrei y Nikolai; manejaban la rueda del timón, gritaban a los -contramaestres, comerciaban con sus agentes, escondían el contrabando, tenían generalmente “una tranquila navegación y un tempestuoso puerto", pero al¬guna vez luchaban también con las tempestades.
A María le nació una niña, a quien le fué puesto el nombre de la madre. Su padrino fué Nikolái. El día del bautizo, Andréi y Nikolai bebieron mucho licor y ponche y simple vodka Por ese tiempo, Nikolai había ya escogido novia, la que tomó parte en el bautismo en calidad de madrina. Esa novia era de otra aldea, y por la noche Nikolai la condujo de vuelta a barca. El mar estaba tranquilo, pero la brisa de la madrugada hinchaba las velas y empujaba la embarcación. Nikolái iba al timón; su novia descansó la cabeza en las rodillas de él.
La embriaguez confundía los pensamientos de Nikolai, la embriaguez de la boca de su novia estaba cerca: el mismo había visto crecer a su novia. Sus parientes habían fijado la boda para el otoño, y aquélla era una noche de julio... ¿Qué embriaguez dominaba a la joven? En la orilla, entre los escollos, con las primeras luces del alba, a esa hora en que los horizontes del mar, siempre nuevos, se despiertan y e: murmullo de las olas, y languidece la brisa matutina, sumaron sus nupcias sin la bendición del cura.
Mas en el otoño; se celebró el matrimonio. La ceremonia se realizó en la aldea de la prometida. Andrei y María asistieron a la fiesta. Nikolai llevaba zapatos lustrados y gabán bien largo. Sus amigas pusiéronle a la novia el velo nupcial, colocando los azahares con cuidado. Cantaba el coro en la iglesia; novia fué la primera en pisar la alfombra del altar. Después de la ceremonia, al llegar el crepúsculo lluvioso, mientras que los jóvenes iban desde la iglesia a su casa, la joven esposa, con desdén y odio, dijo, afirmó, preguntó si era verdad que la hija de María -María, la ahijada de ambos- era hija de Nikolai; porque cuando Andrei, durante el año anterior, navegaba, María había tenido amores con Nikolai.
Nikolai, en aquella hora solemne, en la noche lluviosa, juró y perjuró que ésas eran mentiras. La joven esposa dijo que ella había sabido todo esto justamente de labios de María, que María se lo había jurado; y gritaba que no quería ir al festín que revelaría aquello a todos.
El carruaje los condujo, a través de la estepa, a la aldea donde había nacido y habitaba Nikolai. El banquete nupcial era en el café, y Nikolai hizo caminar lentamente al coche por la estepa, para tener tiempo de calmar a la muchacha y de con¬tarle la verdad de todo lo que había sucedido un año antes; porque lo cierto era que, ahora, él, con sus zapatos nuevos y lustrados, el largo gabán y la gorra nueva, y una gran emoción en el pecho, no sabía qué hacer, estaba confundido, perdía los estribos, se indignaba ante aquel gran equívoco.
El banquete nupcial era en el café. El coche de los novios tardó largo rato. Cuando llegaron, se les recibió con copas de vino; María ofreció su copa a Nikolai, a la novia, a Andrei. y Andrei y Nikolai se besaron, y, mientras se besaban, Andrei retuvo sus labios junto a la mejilla de NikoIai, y dijo en voz baja:
-¡Nikolai, tú eres para mí un hermano! ¡Y yo para ti soy un hermano!
IV
Pasaron varios años. Soplaban los vientos desde el mar. Soplaban los vientos en el mar. Los hombres navegaban sobre el mar en bricks, balandras y barcazas, atareados y fatigados por los cargamentos, por el derecho a la vida, por todo el azul e hay en el mar: azul de cielo, azul de agua, azul de montes, azul de tiempo .
Andrei y Nikolai fueron afortunados; se convirtieron en capitanes de ultramar y mandaban dos vapores que conducían al Extremo Oriente, a América; que hacían escala para tomar carbón en Jamaica y Cardiff. En casa quedaban sus mujeres y crecían sus hijos. Pasaron así varios años, una docena de años: el tiempo de los hombres está hecho de nacimientos, nupcias, muertes.
Y entonces murió María. Y su marido Andrei y su amigo Nikolai llevaron el féretro al camposanto. NikoIai, que ya hacía mucho tiempo se había convertido en Nikolai Jevgráfovic, comió en casa de Andrei (convertido él también, hacía mucho tiempo, en Andrei Ivanovic), comió la kutiá, escanció vodka a Andrei, bebió él también pensando tristemente en la muerte y en lo absurdo de aquella kutiá. Al caer la tarde, los vecinos que habían sido convidados regresaron a sus casas.
Andrei y Nikolai -Andrei Ivanovic y Nikolai Jevgrafovic- fueron al dormitorio de los niños, les dieron de comer, los hicieron sentar, con poca habilidad, en los orinales, y los acostaron.
Andrei Ivanovic dijo:
-Kolia, cuida de Mánia.
Y Nikolai se sentó a la cabecera de la camita de María.
Luego reinó en la casa la noche fea, vacía. Nikolai no dejó a Andrei. Abrieron la puerta de la calle y se sentaron en los escalones del portal. Callaban. La noche era negra, y ni siquiera ladraban los perros guardianes. Andrei llevó una botella de vino. Bebieron. Callaban. Luego Andrei tomó la palabra.
-Hace ya diez años que quiero hablar contigo de algo, y no lo he hecho, porque tú no has tocado nunca el asunto y sé que no vas a querer hacerme daño. ¿Es cierto que María es hija tuya? Me lo dijo mi mujer. Entonces había vuelto yo del mar .Y llegué a la conclusión de que, si esto hubiera sucedido, ya no había nada que hacer. Yo debía matarte, pero no puedo. Te perdoné, como a María, y no habIé de eso con nadie. Es ésta la primera vez que te hablo de ello. Cuéntamelo todo.
Y NikoIai, con ardor, le contó la verdad, todo lo' que había sucedido: que nada había habido entre él y María, que él no había pecado contra su amigo y su mujer.
La noche era negra; ni los perros guardianes aullaban; hasta el mar era plácido. Y dos hombres, dos amigos, sentados en el umbral, hablaban de las cosas de la vida, del amor de los hombres, de lo que es irrevocable, de aquella mujer, de aquella hermosísima mujer, a la que habían sepultado aquel mismo día y que -mientras ellos hablaban- empezaba a ser comida por los gusanos.
-Verdaderamente, te amaba -dijo Andrei.
-Desde aquella vez, nunca volví a hablar de eso con ella, -respondió Nikolai-. La última vez que tuve ocasión de hablar fué el día de mi boda, porque ella había dicho a mi mujer, en esa ocasión, lo mismo que te refirió a ti. ¿Qué quiere decir todo eso?
-Verdaderamente te amaba –repitió Andrei.
-Aquella noche –continuó Nikolai- me dijo que no me olvidaría nunca y que ella haría de manera que yo no pudría olvidada nunca; pero desde entonces nunca más me habló de amor.
-¡Ella te amaba! -dijo Andrei.
Era una noche negra. Estaban sentados en el umbral. Bebieron el vino y hablaron del misterio de este mundo. No se oía ni siquiera el ruido del mar.
v
Aún pasaron diez años más. María, la hija de Andrei, contaba ya veinte, y era el mismo retrato de su madre; como su juventud, estaba bronceada por el sol, impregnada templada por los vientos del mar; como su madre, era caprichosa y decidida. Las sienes de Andrei Ivanovic y de Nikolai Jevgrafovic se habían vuelto grises; sus mejillas habían perdido el color; alrededor de los ojos les habían aparecido profundas arrugas; habían echado vientre; se movían con lentitud; calzaban ahora botines lustrados; llevaban desabotonadas sus chaquetillas de oficiales de la marina mercante; sus gorras lucían bordados de oro -capitanes de ultramar-; estaban doblando los cincuenta años.
La vida de los hombres está hecha de nacimientos, nupcias, muertes. Nikolai Jevgrafovic navegaba desde hacía seis meses, un vapor cargado de cereales que se dirigía al Extremo Oriente, cuando una epidemia de cólera se extendió por su aldea. En el Extremo Oriente recibió un telegrama de Andrei, que le anunciaba que su mujer y sus hijos habían muerto. Navegó tres meses más por el océano Pacífico, por el archipiélago australiano, costeó la India, costeó el África, costeó Arabia, para habituarse en ese tiempo a la idea de que en su casa lo acogerían el vacío de las estancias, el frío vaho de lo deshabitado, la soledad; a la idea de que no saldrían a su encuentro, cuando en una barca llegase él a la rada de la aldea, su hijo y su hija; su mujer no le haría señas desde lo alto de la costa; nadie le calentaría el baño antes de dormir, y su lecho quedaría vacío.
…Siempre se puede decir que la vida humana es simple, y nunca se puede decir que es simple la vida humana.
La barca llegó a la rada en las últimas horas de la tarde, cuando los pescadores hacían sus preparativos para la noche. El capitán y un marinero arrastraron a tierra la barca, la ata¬ron con sogas, recogieron las velas y los remos. Hacia arriba, en las tinieblas, se esfumaba el sendero rocoso. Y en lo alto del callejón apareció, entre la obscuridad, una mujer vestida de blanco, con pañoleta blanca, corriendo velozmente.
-Tío Kolia, ¿eres tú? -preguntó la mujer.
La hija de Andrei, María, la que era el vivo retrato de su madre, bajaba al encuentro del capitán Nikolai. Juntos caminaron por la pendiente. Llegaba una noche callada, silenciosa, de esas en que no ladran los perros guardianes.
Entraron en la casa de Nikolai. En el umbral los esperaba la vieja nodriza, que hizo una profunda reverencia a su patrón. El marinero dejó las bagajes en la entrada. María acompañó a Nikolai hasta el dormitorio, y la vieja nodriza anunció que el baño estaba listo. María volvió al comedor; preparó tazas y cucharas. En todas las estancias ardían lámparas. Nikolai Jevgráfovic descansó su mirada en María, y le pareció tener veinte años menos, le pareció que frente a él se encontraba la María de aquel entonces. Con la ropa blanca recién lavada, en sus manos, cuando se disponía a ir al baño, Nikolai Jevgrafovic preguntó inquieto:
-Entonces, ¿te ha enviado aquí tu padre?
-No, he venido por mi gusto. Viviré contigo, tío Kolia.
Nikolai no respondió nada a esto; se volvió, detúvose en la puerta, regresó de nuevo y, con las manos aun ocupadas con la ropa, estrechó por los hombros a María, la besó en la frente; y luego entró en el baño.
El baño estaba bien caliente, y era un gusto el golpearse .
En el comedor ardía el samovar; en los platos había lo que más le agradaba a NikoIai Jevgrafovic: róbalo seco, aceitunas, salame hebreo, panecillos frescos y una pequeña jarra de vodka helado. María hizo los honores de la casa y, durante el té, comenzó a charlar de todas las novedades: quien había salido a navegar, quien había muerto, quien se había casado; a quien le había sonreído la suerte, a quien le afligía alguna desgracia. Nikolai, sentado, taciturno, tranquilo, comía, bebía, escuchaba sin preguntar nada.
Después del té, Nikolai Jevgrafovic salió a la puerta, y María lo siguió, sentó se a su lado, apoyó su hombro en él. La noche era negra, silenciosa; ni siquiera se oía el ruido del mar. Los hombres que han llevado una existencia difícil, cuando lle-gan a los cincuenta años, emplean modales un poco rígidos y se complacen en ser maestros -la experiencia los hace conservadores- para todos; tienen siempre a flor de labio reglas con las que ellos mismos han vivido y con las que es necesario vivir.
Nikolai Jevgrafovic dijo que era necesario reparar el muro medianero, para lo cual debía llamarse a aquel tonto de Mitia Scerstianaia-Noga; que era necesario sazonar con aceite y li¬món las aceitunas que había traído; que los bergantines son peores que las balandras, porque, durante el mal tiempo, los mástiles con masteleros son menos manejables que los mástiles simples. María lo escuchaba sin hablar.
Luego, Nikolai Jevgrafovic se levantó para ir a dormir. María se fué al dormitorio vecino, que en un tiempo había sido de los niños. El capitán vaciló; quitóse los zapatos, despejóse la garganta, puso la vela en la cómoda, se acostó en el lecho matrimonial, tomó un libro: un suplemento del diario "Niva" llegado durante su ausencia. Desde el dormitorio de María no llegaba ningún ruido. El capitán apagó la vela, y entonces se vieron rayos de luz que venían desde el dormitorio vecino, a través de la hendidura de la puerta.
-María, ¿no duermes? -inquirió Nikolai Jevgráfovic.
-Tío Kolia, ¿puedo ir contigo? -respondió ella.
No esperó la respuesta; la puerta se abrió crujiendo; el capitán vió en el umbral a María, descalza, en camisa, con un chal en los hombros y.la vela en la mano. La vela se apagó, María sentóse en el lecho, y sus brazos y su cabeza cayeron sobre el pecho del capitán.
-Tío Kolia, padre -murmuró-, mamá me dijo antes de morir que tú eres mi padre y me pidió perdón y me hizo jurar que yo no diría nada a nadie, con excepción de ti; me hizo ju¬rar también que yo te amaría siempre y que te dedicaría todos los cuidados de mi vida. Y yo te quiero para toda la vida, padre. Tenía diez años cuando lo supe, y desde entonces me he preparado para hablarte.
El capitán, como muchos viejos, era riguroso; le importaba mucho poner las cosas en su lugar; le preocupaba demostrar que el pan es pan y el vino, vino. Y he aquí que, repentina¬mente, esa noche en que él había vuelto a su casa, de la que la muerte había arrancado a todos sus seres queridos; esa noche, aun sabiendo con certeza que veinte años antes no había habido nada entre él y la madre de María ... ; esa noche dudó de la verdad de lo sucedido veinte años antes; dudó de la verdad de los hechos, como si los hechos pudieran ser invero¬símiles, como si la mentira pudiera ser verdad. ¡María, la niña impregnada de sal, había descansado la cabeza sobre su pecho, con tanta confianza, con tal ternura! ...
El viejo capitán abrazó paternalmente a María. El viejo capitán, el vagabundo de los océanos, el lobo de mar, lloró con senil debilidad; apretó a su "hija" contra su pecho. Lloró de ternura y soledad, porque María era el único ser humano que le había quedado en la vida; lloró por la incomprensibilidad de lo que muchas veces la vida nos depara; lloró de amor por su hija, de preocupación por ella; lloró por la vejez, lloró por el pasado ...
La noche era tan negra, tan oscura, que ni siquiera aullaban los perros guardianes.
VI
Los vientos soplan desde el mar. Los vientos soplan en el mar. Siempre se puede decir de los hombres y de la vida humana que son simples, y no se puede nunca decir que son simples .
. . . Tramontana, greco, levante, poniente, mistral (así denominan los marineros a los vientos) soplan desde el mar; y soplan también en el mar: mistral, poniente, levante, garbia, ostro.
Por aquella tierra donde nació y vivió el capitán Nikolai Jevgráfovic, pasaron muchos pueblos, y nadie sabía qué raza detúvose allí, en aquella costa pedregosa, donde los hombres solamente pensaban en embarcarse. Hubo griegos, antiguos y . modernos, y levantinos, turcos, eslavos, moldavos; hablaban í una lengua barnizada de ucranio; pero en el mar, en Esmirna, en Salónica, en Jaifa, en Alejandría y en Marsella hablaban un lenguaje de este tipo:
Questa morge presto-mare, e desire twenty- un pain.
. Los vientos soplan a veces con silbidos; pero el hombre en el mar no puede silbar; en general, para un hombre serio no vale la pena silbar y silbar.

extraído y skaneado de Su Majestad, Boris Pilniak, Buenos SAires, 1946, colección Nivola de la editorial Corinto, traducción Oscar Camisasca, pp.47-61, se han suprimido las notas.

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