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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

jueves, noviembre 26, 2009

Lenin

Lenin••••
Muchos hombres y mujeres como yo, ahora pasados de cincuentones, acariciamos alguna vez en la vida la imagen del guerrillero heroico y justiciero. Distribuimos los plegables de la prensa clandestina, con grave peligro para la libertad y para los huesos, escribimos poemas extremos que lindaban con el incendio de la epilepsia, y firmamos manifiestos hasta que se nos encalambró la mano. Pero jamáspudimos evitar que Lenin nos resultara antipático, sospechoso, a pesar de la reputación de su genio filosófico y como obstinado hombre de acción. Tuvimos que hacer esfuerzos supernumerarios, en el sarampión del mate-rialismo, para confiar a pesar de todo en el hielo de sus ojos de hipnotizador de feria, llenos de ironía, en su barbilla mefistofélica y en la ausencia de sensibilidad que acobardaba. Leímos sus libros por disciplina intelectual, bregando con toda el alma por encontrarle el lado bueno a su prosa de un pragmatismo desalentador para la poesía, a su lógica esteparia y a su obsesión por el poder absoluto. Además de odioso Lenin parecía imprescindible. Tratando de entenderlo terminamos en Trotski. A ver si salvábamos la fe en el futuro revolucionario del mundo. Pero ni siquiera su biografía de Lenin consiguió corregir la imagen despiadada y farragosa del hombre sin amigos, que convirtió a quienes lo quisieron bien en camaradas o en alfiles de su juego. Activo. Maloliente. Duro como el acero. Más tarde, durante las opresiones de la burocracia estalinista, cuyo germen estuvo en el absolutismo de partido de Lenin, hicimos los oídos sordos, por necesidad y piedad con nuestros propios sueños, ante los defectos infames del proyecto de libertad internacional de los bolcheviques. Y al fin acabamos aferrándonos a modelos del revolucionario más cargados de valores emocionales, de tintes más románticos y catadura de anarquistas, como el Che Guevara, los líderes más o menos opacos de las guerrillas de los pobres latinoamericanos, Sendic en Uruguay, Juan Carlos Marighela en Brasil y poetas como Ho Chi Minh o Mao, para aliviar el espíritu de la sombra oprobiosa y prosaica, de apariencia esterilizante, de Lenin, y tomar cierta distancia saludable con el hombre. Eso no quiere decir que Lenin no hubiera seguido siendo Lenin. Lenin era Lenin objetivamente, en el lenguaje de la cábala de la burocracia del internacionalismo comunista, por repulsivo que resultara para la subjetividad. Las opiniones de Lenin sobre la música de Beethoven y la poesía de Maiakovski acrecentaban la antipatía. Para Lenin, Maiakovski era políticamente correcto, nada más, según dijo. No un gran poeta futurista, para quien la barca del amor acabaría rompiéndose contra la vida cotidiana, como escribió el propio Maiakovski en su última carta antes de descerrajarse el tiro. Además, Lenin, según su propia confesión, mantenía a raya a su vez a Beethoven, como nosotros lo manteníamos a él, porque, dijo, lo humanizaba y temía que le mordieran las manos. Esto significa en suma que Lenin era un deprimido, un autómata que ahogaba en germen sus emociones, que funcionaba según el rigor de la lógica implacable del poder. Su incapacidad para entregarse a la belleza y las emociones espanta. La belleza y el arte, eran para Lenin superestructuras vacías, malformaciones sociales, apéndices o vehículos de la propaganda partidista nada más. Por eso jamás llegó muy lejos en sus ejercicios de piano. Ahora lo sabemos. Lenin fue uno de esos monstruos que, como es fama, engendra la razón a veces. No era el filósofo que creímos. Era a lo sumo el publicista de una utopía siniestra, de una idea fija; el profeta de un realismo atroz basado en la astucia y el odio. Y como carecía de corazón, su revolución culminó en un imperio de emperadores ateos, en el absolutismo de la mediocridad puesta bajo la protección religiosa de la Santísima Trinidad Materialista: Marx-Engels y él mismo. La disciplina del militante explica que hubiera mantenido un lugar de honor en nuestro corazón revolucionario aunque fuera a regañadientes. Lenin representaba en el fondo todo lo que nuestra generación aborrecía. La idolatría de la Historia y la sacralización judaizante del trabajo, la reducción del ser humano a fenómeno económico y político y del individuo a servidor del Estado. Su idea de la felicidad como la electrificación unida a la incongruencia del partido único, el realismo sin hígados, la falta de calor, el aire espartano, su Parusía del obrero, resultaban inaceptables para nuestra intimidad. Pero nos negábamos a aceptarlo. Y creíamos que era un rezago malsano de una educación pequeñoburguesa y equivocada. Las perversiones de la voluntad de poder, del profesional de la política, encarnan en este devorador de periódicos, sombrío gacetillero él mismo, que leía todos los que se publicaban en Europa en el mismo café de Zurich donde James Joyce descansaba sus ojos de la gestación del Ulises. Ahora Lenin no es más que el icono de un episodio del siglo veinte, experto en crueldades e imagineros infames. Sus herederos quisieron imponerlo como un hito en la carrera humana, como el fundador de una era, igual a Jesús. Y acabó convertido en el santón de una burocracia atroz y voraz, cuya momia manicuraban y maquillaban pandillas de teólogos a sueldo. Sus apóstoles ensangrentaron la Tierra en vano, a lo largo del siglo, en nombre de su ilusión de una justicia de hierro. Agradezcámosle una cosa. La animadversión que nos inspiró, nos salvó a muchos de la amusia del dogmatismo de izquierda, de sus paranoicos aparatos aparatosos, de sus himnos y de sus banderas. Que entierren a Lenin a la profundidad del olvido. No importa ya. Es historia pasada. Para recordar su empeño, bastan Natalie y el café Pushkin, cantados por Gilbert Becaud, el charango triste de la chilena Violeta Parra, el canto de Stalingrado de Neruda y por sobre todo, las espléndidas imágenes de Maiakovski que Lenin ni sus comisarios entendieron. El poeta Eduardo Zalamea, me dijo un día, cuando ya comenzaba a adentrarse en la lucidez de la demencia, cagado y temblando, la mejor definición del proyecto de Lenin. El comunismo, me dijo Eduardo, no es más que el cambio de cómics.

2 comentarios:

Hankista dijo...

Como me gusta el guarani, el sol, los mosquitos, el nihilismo, el odio, la opinion el arte. Y Adelante, mi casa es su casa.

Francisco dijo...

Todo el aparato ideológico de la izquierda socialista se basa en el odio a la humanidad y el rechazo de la individualidad. La enfermedad no es exclusiva de Lenin. Por eso los socialistas fracasaron en cambiar el mundo. Los partidos socialistas deberían cerrar en todo el mundo y ver si los partidos verdes tienen mejor suerte.