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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

viernes, noviembre 27, 2009

La eternidad de un perdedor

La eternidad de un perdedor
Acá sólo te permiten ser o asesino, o idiota”.
H.A.Murena
Soy un reprimido sexual. Soy un muchacho simple y natural que tiene deseos sexuales y no los puede satisfacer. Ante la simple presencia de cuerpos femeninos, ya me mareo y mi falo desobedece la lisura de las buenas costumbres y la sequedad de los bien pensantes. Soy sumiso e iluso; nunca pienso que la gente pueda ser malintencionada en su indiferencia. Algunas veces me asombran mis propias ocurrencias: me pregunto quién o quiénes satisfacen a tantas mujeres exuberantes y tropicales, a tanta nostalgia del pene, a tanta oquedad. Nunca he hecho un uso pleno de los beneficios que la ciudad civilizada ha creado para casos como el mío. A veces, la timidez voyeur del cine; más frecuentemente, el temblor sudoroso de las revistas brasileñas. Nada barriobajero, ni sórdido o bacteriológico. Ninguna corriente amarillenta ha conmovido mis sueños inquietos. Eso sí, he tenido incestos pre-orales, meras imágenes de tardes desesperadas. Mera literatura emocional y efímera. Soledad ante todo, angustia del falo solo, la angustia roja y salivosa obstaculizando nuestro hábitat, minando de vértigos la inercia cotidiana. Y lo peor es que soy de la generación pos-marcusiana, clase flower children, ola mayo del 68. Piso el humus tecnodemocrático del antibiótico y del condón. Pertenezco al tiempo en el que los patitos feos ya son dinosaurios. Tanto el diván freudiano como el susurro del confesionario me absolverían. Es decir, estoy obligado a habitar, no la ermita ni la prisión, sino algo más contundente y fatal: el silencio. Se me prohíbe el viejo refugio del grito –atravesando todo el convulso cuerpo en una penetración al revés– arrojado como un salivazo visceral.
Pero los momentos de lucidez me permiten salir a flote. Es como si el semen desbocado se desvitalizara momentáneamente, se enfriara y llegara a coagularse en luz, en pensamiento. Esta leve fisura luminosa es mi salvación. Para cuando la tormenta haya recrudecido, entonces ya me veréis al socaire de una nueva estrategia. Hoy soy un clipper travieso brincando en las calientes aguas de la UCA, en medio de sirenitas pequeñoburguesas, devotas de malos pensamientos, hijas de militares ansiosas de látigo, y de la generalidad carnosa, entre la monotonía del melodrama y la insipidez de la violencia machista. Soy un genio, es cierto, un genio virgen y con las manos sudadas por el trabajo de topo de la libido sobre las adrenalinas y los nervios. Pero hasta Napoleón me concedería que un general debe seguir vivo mientras tenga batallas que librar. Y yo tengo la UCA como campo de batalla. Me permito frotarme las manos mojadas, lubricar la garganta; todo es cuestión de elegir la víctima propicia. Hago pública promesa de respetar a las chicas del personal de limpieza, de no desbordar el tranquilo y pacato límite, ya sea hacia la impensable pedofilia, ya hacia el delictivo fetichismo, y de omitir a las jovenzuelas medio sórdidas que emergen de los bajos. Tal vez me permita algún pecadillo tan folclórico e inofensivo como el adulterio, o algún roce urgente resuelto en la fellatio universalmente popularizada por las memorias de Casanova, quien la restringiera, sin embargo, a los casos rigurosamente prescritos, como la vejez ya muy fofa y reseca o la noviciatura sobresaltada por una mirada más diabólica que piadosa.
En cuestión de mujeres, tengo gustos burgueses. Éste ha sido mi laberinto siempre. Burguesitas de culo apretado y duro, rubias y aburridas, soberbias en su frivolidad, sin ningún matiz complejo, de esas que se abstienen terminantemente de coquetear con Faulkner, siquiera con la mano, las de fácil allanamiento, moralmente venales, caras y hermosas, y, por último, con el imprescindible acento de la alta. Esa lenguita sonrosada, hipersensible por esencia, que omite elegantemente todo atisbo guarango, toda posible alusión a esa genealogía onomatopéyica y como salvaje y dura, a ese arrastrar de ecos e inflexiones guturales, a ese idioma más cercano al fin a los ruidos de la naturaleza que a los de la palabra. Burguesitas etéreas, encapsuladas en los autos importados de sus papis trabajadores y sudorosos, apenas un tereré al día, cristianas y delicadas, mostrando en su rutina una tendencia hacia la asepsia, no moral, desde luego, sino, diría, material, física, una hipersensibilidad no sólo hacia el sol desbocadamente asesino desde la retirada del ozono, sino hacia todo lo que huela a proletario, a pobreza, a barrio obrero, encapsuladas en el auto importado como en una ermita, persiguiendo una pureza escasa hoy en día, un tal cultivamiento del espíritu en su soledad hierática, santa y venerable. Ermitañas on the road. Un Honda modelo 90 como ermita sólo chocaría a los espíritus antiprogresistas que proliferan en este país de vagos –de paso, se puede agregar, para realzar la imagen, en este país de vagos mantenido por campesinas machistas y serviles–. Una ermita moderna, afín al espíritu práctico del pret-a-porter de fin de siglo, para aprovechar los beneficios de la técnica en pro de la superación personal. Sin mayores conflictos y sin dilemas entre la materia y el espíritu. Si primero el huevo y luego la gallina… No, la reconciliación de los opuestos, la negación recíproca de los dos elementos contrarios y en tensión resuelta en una superación conciliadora, el consenso, la mansedumbre siempre como modelo de vida, el Opus Dei como verdadera opción individual.
Burguesitas finas y hermosas. Nada de putas baratas que circulen entre la plebe en una parábola socializante y promiscua; en última instancia, acaso putas finas, al igual que quería siempre Bataille, hermosas aunque sean un tanto versátiles. Sí, entiendo a Bataille, todo sea por satisfacer al loco trasgresor que todos tenemos dentro (y a los paraguayos hay que sumarles a ese loco el indio; por descontado, los españoles no eran locos ni bárbaros, ya que les gustaban el oro y la plata, que son, como se sabe, cosas finas y de gente fina), y hay que considerar, además, que el trabajo y la civilización, el interdicto, no suele dar lugar, cito a Bataille (tipo con look erudito en rarezas, cuyos libros importados son muy caros por acá), ese hegeliano sin aufhebung, atrapado fatalmente en una dialéctica circular rarófila del humano saliendo de la animalidad y lo humano a su vez de nuevo que añora lo animal perdido, bueno, el interdicto, decía, no suele dar lugar a la manifestación de esa íntima bestia nuestra. Un laberinto sin Ariadna.
Elegida la víctima, rebobinando mentalmente toda la utilería terminológica de la promiscuidad y de la orgía (cunnilingus, fellatio, “a la Bocaccio”, “a la pompeyana”, etcétera), he asumido mi funda de cuero negro, he puesto encima una edición de bolsillo de la Venus de las pieles y me he munido de la cocaína en polvo imprescindible para que el eros pueda hablar en todos los sentidos y a todos los orificios. Tal vez un plató algo decadente y barroco, una túnica sutilísima de world music negándose en su liviandad a posarse totalmente sobre el oído y, para atenuar las intrincadas convulsiones de la epilepsia, colchones repletos de tabaco holandés. Sin olvidar jamás, como látigo, la boca desbocada y sucia pertinente para hacer piafar a la mantis religiosa escondida en toda mujer estándar de clase media con estudios terciarios –psicología laboral, concretamente. El sacrificio exige, hay que decirlo, una burocracia harto dilatada en sus repulsivas genuflexiones, sonrisas, esperas, angustias sudorosas, triquiñuelas verbales, mañas pararrománticas, subterfugios melodramáticos; exige una digresión, una curva necesariamente retórica y rebuscada, lo que definiría nuestra cultura como una sociedad protocolar, rococó, una sociedad de amantes de las máscaras en la moda y de los gongorismos en la gramática. Alicia, Lolita, Julliette, Emmanuelle… fonemas, hitos de un discurso público –nada más público que el acto sexual– que la gente se empeña en negar y ante el cual simula casi siempre asombro y temor. Como mi pobre sadomasoquista, que repitió esa mueca de asepsia física y moral en mi escenario afro-afrodisíaco y ante su decorado kitsch, cuasi glitter, almodovariano, preparado de una forma consciente como resistencia a lo profano y vulgar. En un siglo freudiano, Sigmund tiene todo el derecho de exclamar: “¿Se me ha comprendido, se me ha comprendido acaso?”
(Mueca estúpida. Si hasta el mejor teatro actual –el del absurdo, verbigracia Beckett– ha hecho retroceder las palabras ya sin fuerzas hacia el silencio y se basa en su totalidad en lo visual de su escenografía, y si la música más criticada pero más exitosa comercialmente de la primera mitad de los 70 ha sido calificada de SeeMusic, entonces cómo nosotros, cotidianos y feroces en nuestras pulsiones, podríamos rechazar la influencia decisiva de la imagen sobre la libido; es más, el magnetismo de lo iconográfico dentro de nuestra órbita sexual. Hay que decirlo una vez más: el esperma es de color rojo psicotrópico y el orgasmo es de un azul cobalto cuasi místico.)
Trece o catorce años, esencialmente sumisa, flotando en ese trajinar silencioso de la fermentación de la adolescencia, cuya inminencia sólo era transparentada por un rostro deformadamente abultado y soso: en fin, representaba toda una metafísica de la pedofilia. Para tratarse de la primera incursión de un tigre teórico-práctico, el acercamiento fue lo más logrado. Pero los perfeccionistas hubieran preferido la mano derecha fuera del bolsillo del pantalón, como para aparentar una desenvoltura atávica; en cuanto a la corriente verbal, yo sabía que era esencial mantenerla dentro de una continuidad pre-cuántica, de saltimbanqui, porque la pubertad es una época totalmente proclive a las distracciones de todo tipo, de modo que cualquier discontinuidad, ya fuera una ruptura gestual o un punto muerto de la oratoria, un balbuceo mental, una digresión visual sobre las pantorrillas pubescentes, bastaría para desbaratar el acorralamiento. Durante los primeros cuatro minutos la estuve poseyendo sostenidamente por el orificio llamado oído. Para probar si su pasividad y su atención callada se debían más que nada al encantamiento de mi logos-sexual, paré de hablar. Verificada la potencia verbal, me sentí ya a mis anchas, y entonces llevé mi perorata hacia el disco que había sido el objeto de distracción de la púber y el pretexto para la aproximación –cuya iniciativa, dicho sea de paso, había sido asumida por ella, quien diera este primer paso movida por su deseo de usufructuar el objeto mediante un préstamo–. Para precisar, se trata de The dark side of the moon, de los Pink Floyd. La convencí de irnos a tomar un par de… gaseosas (“no, no tomo bebidas alcohólicas”, me dijo, contrita, ante la propuesta inicial) a su casa escuchando Athom heart Mother (“sincretismo posmoderno”, pensé para mi coleto, súbitamente lúcido). Hicimos a pie las pocas cuadras hacia la casona, con un servidor, charlatán y desenvuelto, convertido repentinamente en catedrático ad honorem de pop music. Ya inmersos en un clima contracultural –platónicamente degradado, obviamente–, con el tocadiscos girando con los pequeños saltos que el zafiro –último galeote de la edad de piedra sobreviviendo a la tempestad de la modernización acelerada– imprimía a los surcos, y sintiéndome un poco avergonzado por la presencia de la coca-cola que la muchachita bebía bastante complacida, no me quedó, lógicamente, más opción que empezar a entrar en materia y hablar de mariguana, amor libre y toda esa cantinela anacrónica y aburrida pero siempre eficiente en estos casos.
Hoy a la tarde estuve por el video club, alquilé una película y me fui a verla a casa. Tenía que emborronar un reseñita mercenaria para el periodiquillo miserable que ni siquiera me pagaba por esa molestia intelectual. Lo que logré fueron unas cuantas notas sueltas con un tufillo a algo entre Cahiers du Cinema e Imagen y movimiento, sin los emolumentos de Toubiana ni la fama de Deleuze, y visiblemente “apiñadas” y necesitadas de “espacio” y de un más lento desarrollo, ardua tarea en la que no estaba dispuesto en absoluto a gastar energías. Las enviaría tal como estaban.
“ ‘Cazador blanco, corazón negro’, de Clint Eastwood
“John es la sensación que sólo habita en el Instante y Peter es construcción (razón, cultura), permanencia en la eternidad de la Memoria. La película que debe filmar John Wilson es postergada todo el tiempo por la cacería del elefante (el peligro y el placer: las caras del Instante). Ésta recién tiene lugar cuando la Muerte entra en escena. Hay un salto dialéctico en John desde el Instante (sensación) hasta la Eternidad (cultura, arte), desencadenado por la Muerte accidental de Kubi. John llega a ‘comprender’ el arte a través de la experiencia de la muerte (el arte como un intento de eternizar una realidad). El filme (arte, cultura) como subproducto, a pesar de todo, de la realidad, que es sensación. Como recuerdo de lo real. Como energía desvitalizada (Nietzsche). Cuando la muerte de Kubi acontece, entonces se tiene el permiso para caer en el arte. Arte: ¿piedad por la realidad que va a ser estrangulada por la muerte? Pero el Instante implica también esas imágenes siempre borrosas y obscuras que agitan al individuo. Incomunicabilidad. La eternidad del arte es la fijación de imágenes bien contorneadas y claras sobre el humus de la corriente de las sensaciones borrosas e intransferibles, imágenes necesarias para alcanzar su condición de comunicabilidad, de hecho público, de bien común. John (o Peter Verneil o Clint Eastwood, guionista y director respectivamente, cuyo alter ego o dramatis personae sería el personaje John) da otro salto: del individuo a lo colectivo, de la incomunicabilidad a la comunicabilidad. La llave es la muerte. En realidad, no hay por qué ser tan hijos del relativismo nihilista (Gorgias) o tan apologetas de la mayor vitalidad de lo real por sobre la razón y sus abstracciones (otra vez Nietzsche). No hay mayores razones para pensar en un abismo insalvable entre vida y cultura. La Sensación, encerrada siempre en el individuo, ante la presencia de la muerte, literalmente, ha sangrado y rebasado su recipiente tradicional, rompiendo su circularidad mítico-metafísica. Pero el flujo de las sensaciones, una vez cristalizado por la cultura, sigue siendo tan real, vital y verdadero, dentro de la cultura (memoria), como antes lo había sido en el individuo (olvido). En suma, hay continuidad entre vida y cultura. Entonces, Freud no tiene por qué inventar el concepto de sublimación y colocar a ésta por debajo de (o subsumirla en) la sexualidad.”

En un principio combatí el letargo asunceno-paraguayo, por ejemplo el literal de la Semana Santa, en el lejano tiempo stronista, tratando de profanarlo. Entonces practicaba con afán cismático el consumo de carne y la cópula en pleno período de prohibición. Posteriormente me percaté de que ese acto de conculcamiento carecía de verdadera fuerza, de que pecaba de ingenuidad, de una doble debilidad práctica e inerte. Comprobé que toda la mojigatería aletargada y enfangada en el tedio y el sopor animal practicaba estas profanaciones clandestinamente tanto como yo, pero con una coherencia tal que no sé cómo nunca la había imaginado, y entonces me burlé de mi mismo. Intenté una variante. Organicé el Primer Día Internacional del Ruido, en pleno corazón de la Semana santa, un Viernes Santo pacato y devotamente silencioso. Los más despiertos e inteligentes de mi generación, personas de ojos realmente bondadosos y acaso con una chispa de “espiritualidad” y de vida allá en el fondo de su pereza y de su anonadamiento, me recriminaron primero y, luego, intentaron disuadirme de mi actitud “fuera de foco” pidiéndome que omitiera, por el amor de Dios, tamaño exabrupto y acusándome de parecer un niño que armaba berrinche y bochinche por un sadismo nostálgico-narcisista atascado en las praderas más anacrónicas y zonzas. Que me enfundara por fin una vida más adulta y unos vicios más acordes a nuestra contemporaneidad. Robar, por ejemplo. O amasar una fortuna lo más rápidamente posible, sin escrúpulos o censura alguna. Sólo atiné a esbozar como defensa el gesto inútil y decadente de excusarme en mi falta de talento y concentración para el caso. Comprendí (con semejante sosegate a mis ínfulas anarcointempestivas) que la Semana Santa era la totalidad del territorio donde me había tocado en suerte nacer, vivir y sufrir, y el Viernes Santo su atmósfera habitual, su tiempo (metafísico y meteorológico) regular y constante. No me quedó otra opción que cambiar de metodología contra el tedio, el silencio y la existencia vegetativa que integraban el triunvirato de este reino y que al mismo tiempo formaban el suelo común sobre el cual resonaban mis pasos rudos y atolondrados de hijo despistado y obstinado en su egoísmo fastidioso y exótico. Me refugié en la somnolencia fantasmal que obsequian los pequeños comprimidos rosados del Neurotol. Suficiente para tapar el noise que brotaba no sé bien si de los rizomas esquizoides del cerebro o de los laberintos de mi oído. Vivir así, como los bueyes uncidos, con los ojos fijos en los zapatos, agobiado el pescuezo por la insustentable carga del Neurotol, me cansó rápidamente. En especial porque la gracia del día empezaba recién a la noche y yo a esa hora, agotado, ya empezaba a dormir como un bebé, cuando lo que me interesaba era salir volando hasta las ventanas iluminadas de alguna princesa bañándose y acceder a su visión, como los budistas voladores de que hablan ciertas fuentes. (La iluminación soltaba las amarras del cuerpo, mientras que el apego a los engaños del mismo nos atornillaba a la tierra. El Neurotol sería más bien un colaboracionista de la “dictadura de las apariencias de lo real “, en el sentido de esta secta budista. En el mismo sentido se entendía el escolio de Montaigne a Platón en el que afirmaba que el problema del griego se hallaba, no en que no pisara tierra, sino en que, en realidad, no se elevaba lo suficiente.) Quebré la estatua in progress del Neurotol (o me sacudí de ese gradual sueño pétreo, de ese entumecimiento progresivo del cuerpo), que no era otra cosa que la continuidad de ese paisajismo petrificado y paralizado que constituía la cotidianidad. Como en aquellos cuentos de hadas o en las historias medievales de viajes, el encantamiento del héroe era posterior al del topos en el que se introducía o en el que irrumpía o se arraigaba. Estúpido de mí, intenté alcanzar la fluidez de un pescado estando en el desierto. Me encontraba definitivamente atrapado en el viejo e infatigable dilema: salvar lo mínimo, el individuo y su egoísmo, o el todo, el sistema y la ley. La radio era grumo solidificado, el diario un pedazo de granito que taladraba los sesos. La gente no caminaba ni cambiaba, apenas posaban como estatuas de yeso en un jardín rococó y silencioso. Me quedaba el recurso, no de reanimarlos con inofensivas cosquillas en los sobacos, sino de rajar lo duro, de resquebrajar lo detenido, de abrir paso al dolor, de mutilar su forma preclara y neta para que lo que los renacentistas llamaban el “alma” circulara de nuevo como sangre entre la cabeza, el torso y los miembros, entre el cielo, la tierra y el infierno. Me queda aún, antes del frío final y de la inmovilidad, la opción vislumbrada en lo oscuro de la sala con el VHS rodando su sugerencia subtitulada. Camino ahora hacia ella. Mientras ustedes me acompañan hacia su posible materialización, les cuento. Su propia brillantez me hace estremecer. No termino de creer que pudiera surgir algo tan sólido y palpable de mi mísero cerebro de provinciano subcontinental que desde el principio de todo estuvo fuera de la Historia y que sólo ingresó en ella al precio de ser ultrajado en su ADN por los europeos y después por los otros, mis compatriotas. Sacrificar mi juventud, mi brillantez intempestiva o “fuera de foco”, o definitivamente imposible, mi nada, a una idea, a la realización de una idea. Como Gavrilo Princip (de la Joven Bosnia) ante el príncipe heredero del Imperio Austro-húngaro, como Bruto ante Julio César, como el italiano aquel ante Sissí, como Lee Harvey Oswald ante Kennedy, como el asesino de Lincoln ante el presidente abolicionista, quedar, a través de un acto atroz, unido de por vida a una figura del panteón de la Historia, sellar una alianza de origen espúreo, pero inderogable, con la Historia, con los poderosos que son los héroes de esa Historia. Entrar mau en esa maldita epopeya mítica sin la cual el mundo no avanza, o no simula avanzar. Lo bruto del poder o la belleza unido por la transgresión de la sangre, acaso, a lo ínfimo, a lo minúsculo, a lo insignificante, a lo irrisorio, a lo vulnerable, a lo feo (¿a lo inteligente?), conformando ad aeternum una hermandad (por una especie de consanguinidad adquirida e indeseada, o deseada unilateralmente, pues es el asesino el que elige a su víctima –y entonces se le impone, y entonces el poderoso es él–) como la de los grandes amantes que se suicidan juntos. Cuantas veces la Historia mencione, para legitimarse o engatusar, las peripecias de su Heroína, ahí, sutilmente callado, sordo pero tangible, como una sombra obstinada, como un bulto deforme o una desarmonía estética, ahí yo, el débil, el don nadie, el fracaso de la Historia, el perdedor, el alma sin cenotafio del señor Kis, el dolor obliterado benjaminiano, estaré riendo para siempre con mi risa fálica más que sádica. Inseparables hasta el infinito. Si el que mató (en su virginidad, en su esplendor juvenil pletórico de deseos e ideas, etc.), cruzando las vicisitudes de los astros y de los que los contemplan con expectativas inexplicables, atravesando las banalidades que exudan las palabras de los historiadores, logra imponer su enormidad, allí nuestra unión artificial acaso soporte los embates de la nada y aun los de los historiadores-narradores. Sí, ustedes dirán, al final se trata simplemente del Placer petrificado, eternizado, monumentalizado en ese horizonte difuso llamado Eternidad. Pero piensen que, además de divertirlos (con el morbo), por lo menos les he hecho aprender –lo que nunca ha sido función del relato–. De mí aprendieron la existencia resentida de un fracaso pujando, hozando por echar un vistazo sobre el esplendor de las porquerías que a ustedes el destino les regala y que ustedes pisotean diariamente. Es algo, ¿no?

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