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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

sábado, noviembre 07, 2009

Etiketa de la venganza

El sombrío Édgar Allan Poe afirmaba que la excelencia en la venganza consiste en infligir a nuestro acreedor un daño irreparable, a descubiertas, para asegurarse de que nos recuerde mientras viva. En este sentido, la más alta venganza sería la que pudiera conceder la inmortalidad. Pero es divina. Una venganza imposible para nosotros los frágiles mortales. La reivindicación del ego lastimado por el sacrificio del otro es un acto inútil para Poe, incluso lo beneficia: los muertos carecen de dificultades existenciales, no pagan arriendo por el cobijo, no tienen que preocuparse por los impuestos, y tienen resueltos un montón de problemas prácticos más o menos engorrosos), agravado para nosotros con el añadido de un fantasma acechante, las persecuciones de la memoria y los palos de ciega de la justicia. Pero es posible ir más lejos que Poe. Poe prestaba a sus adversarios una atención que tal vez desmerecieran. Después de todo, nuestros adversarios no son muchas veces, más que los espectros del delirio de nuestra vanidad, y en Poe, debieron ser los delirios de un borracho perpetuo. Poe tiene la sutileza de concederle a su lacerado la imposibilidad del olvido, lo cual es inocular veneno en otra sangre. Pero pasó por alto que quien siembra reconcomios se pone en eterno peligro y lleva una mancha en la espalda que le espanta el sueño. Constituye una incomodidad dejar abierta la puerta del desquite, un rencor vivo esperándonos en un error de cálculo, en un descuido menor, en una imprevisión menor. Poe da en el blanco al considerar la aniquilación del otro como una pérdida innecesaria de energía y de tiempo, como una acción estéril y una expresión de la falta de talento para ejercer nuestras queridas pasiones negativas. Como una debilidad dialéctica que anula la aventura del intercambio entre la víctima y su verdugo. Pero se queda corto. Es evidente que debemos conservar a nuestros enemigos como un tesoro, a salvo de las argucias y las justificaciones de la mala fe, con ternura y respeto. Ellos solos nos ayudan a vernos con precisión. Y nos vacunan contra los yerros de la autocomplacencia, mejor que el engaño del espejo y los dulces amigos del interés. Francisco Miranda, en su diario de viajes por Europa, recuerda un proverbio turco que dice: es mejor un enemigo sabio que un amigo ignorante. Debemos estarles reconocidos a quienes nos persiguen. Además, los únicos amigos verdaderos son aquellos capaces de ponernos contra nosotros mismos. No los que nos calumnian con sus alabanzas y sus halagos. La gloria siempre estuvo encaramada sobre un pedestal de contradicciones. Y la adulación es un tósigo. Lo supieron desde siempre los preceptores de príncipes, como Maquiavelo. Un buen adversario, astuto e inteligente, es saludable. Nos ayuda a mantenernos en forma, atentos y vivos. Mejor, si son muchos. Por el contrario, unos pocos amigos pueden convertirse en un estorbo indestronable. Si no le temes al éxito, témele a los amigos. Dijo un filósofo antiguo. El mundo es ancho para ponerse fuera del alcance de cualquier ofensa. Sin embargo, la huida triunfa sólo si somos capaces de domeñar la inclinación a exponerla como un sacrificio personal en aras de un bien comunitario, o como una injusticia flagrante que se comete con nosotros. Pero es difícil lograr este grado olímpico de la libertad. Es una quimera pensar que somos libres. Somos máquinas sin honor, nudos amargos de reflejos condicionados, enredos síquicos vestidos de paisanos. Niños enfermos. Desvalidos incurables. Tememos mucho parecer débiles y torpes, porque sabemos que así somos. La más soberbia forma de la venganza la encontré en Lawrence Durrell. Este escritor inglés de genio desigual recoge un proverbio árabe, en un libro de viajes titulado Limones amargos: voy a sentarme en la puerta de mi casa a esperar que pase el cadáver de mi enemigo. Es la venganza de los cómodos y de los pacientes. Cristo propuso poner la otra mejilla. Pero era suya la fortaleza. Sócrates pidió otra taza de cicuta. Mostrándose inconsistente al mismo tiempo. Había predicado toda su vida que nada es bueno en exceso. Hasta donde llegan mis humos la manera más ofensiva de ejercer este placer equívoco es la neutralidad, el refinamiento de la indiferencia, volver la espalda a la hostilidad, como hacen algunos toros con los orgullosos toreros, dejándolos plantados, en ridículo ante el tumulto, condenados a la condición vidriosa de simple metáfora de la ingratitud y la falta de modales, privándolos de su untuosa atención, hasta que decidan devolverlos al reino de las cosas visibles. Marcelo Mastroianni, el inolvidable payaso italiano, es un admirable filósofo neorrealista más que un actor sin par. Una vez, le preguntaron a quién odiaba, y respondió: soy demasiado perezoso para odiar. Otros, prefieren parodiar a Descartes y se dicen: pienso, luego embisto. Hay una forma de la venganza, más segura que todas y siempre incruenta y desenconada, que supera todas las posibles, entre la ignorancia del contrincante, la mutilación imperecedera de Poe, y la aniquilación absoluta. Es desaparecer. De todo y en uno mismo. El verdadero sabio, el hombre de Tao, en palabras del Tao Te King, misterioso breviario de cautelas atribuido a Lao Tse, es invencible, porque el tigre no halla donde hincar sus garras. Ni se puede seguir su rastro, porque no deja huella. Posee la inteligencia del silencio. Lo demás es ruido. Prosa. Las finezas de la estupidez humana. El ceremonial de los justicieros y los jueces, el sucio desorden de los redentores. La historia simula un juego serio. Pero no es más que un partido entre tontos, cuyo árbitro viste de negro. Nadie gana, por patadas de ahogado que dé. A quien viene empujando mucho, lo mejor es dejarlo pasar: llegará primero. La expresión de la venganza en Cioran, es la de una monja en los Balcanes. Lo mejor, dice Cioran, cuando se execra a alguien al punto de desear liquidarlo, es coger un folio y escribir muchas veces que es un canalla, un crápula, un monstruo. Entonces, dice Cioran, uno se da cuenta de que odia menos y apenas piensa ya en la venganza.

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