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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

sábado, octubre 31, 2009

El Envigado de los Escobar

El Envigado de los Escobar

Apología de Envigado

Mi frondosa familia, Escobar y envigadeña, ha padecido los inconvenientes de las dos cosas. Los servicios de inteligencia allanaron muchas veces los hogares de mis hermanos y chuzaron sus teléfonos en tiempos de las guerras del narcotráfico. Y uno de nosotros, más bueno que el flan, estuvo detenido en el excusado de un aeropuerto centroamericano, mientras probaban que sólo estaba tomando unas vacaciones de pobre en Costa Rica. Porque era Escobar. Y había nacido en Envigado. No nos importa. Estamos hechos para sobrellevar los defectos de la vida. Para caminar como nos despatarramos al caminar. Y orgullosos del apellido problemático, semillero de artistas, locos y santos. Para empezar, somos conscientes del parentesco pánico que nos une con Daniel Escobar, llamado El Hachero, un muchacho envigadeño lleno de excelencias personales y virtudes sociales, menos la tarde miserable de 1873 cuando visitó a unos parientes suyos, comió con ellos, charlaron en santa paz a la sobremesa y después los picó con un hacha de leñatero. Así de simple. No se salvaron los tíos. Los primos. Ni la servidumbre. El hijo de una sirvienta sobrevivió, ocultándose debajo de un jergón, para contar el cuento. Nadie creyó en el alegato de la defensa. Era increíble que el ángel de dieciocho años sufriera un ataque de locura repentina. Las virtudes que lo adornaban en vez de ayudarle pesaron en su contra. Condenado, Daniel escapó de la cárcel valido de un recurso artesanal propio de la paciencia de los tiempos: por una escalera de huesos de marrano ahorrados al sancocho del presidio.

El cine era desconocido en la apacible llanura católica como en todas partes todavía. Sería injusto acusarlo además de plagiar el truco de una película de John Ford. La leyenda dice que herró una mula al revés para despistar los remordimientos y a las autoridades. Y que paró en Urrao. Donde se quedó a vivir el resto de una vida ejemplar. Dejando a su muerte un grato recuerdo como vecino, amigo, esposo y padre. Un buen hombre siempre. Menos aquella fecha enigmática. La tradición, para subrayar la bondad del carácter del asesino inexplicable, pone una nota piadosa en la biografía de mi absurdo antecedente: mientras huye hacia las vegas del Penderisco, el río más hermoso del mundo, fabrica una cuna de madera para el recién nacido de unos pobres que le ofrecen posada una noche de truenos; una cómica: cuando muchos años más tarde abrió su corazón secreto al médico de Urrao, dijo, relumbrando sus ojos azules y viejos y la voz helada, tuve una sed insaciable de sangre, y el doctor saltó por la ventana; y una técnica: habría inventado y construido una bomba de agua para la comunidad que lo acogió.

Ahora las ceibas que hicieron famosa a Envigado parecen menos altas, alegres y verdes. Antes, los palomares eran más abundantes y activos. Hoy se pierden en el retumbo urbano las voces de las viejas campanas del toque de ánimas en las torres blancas de Santa Gertrudis. En el pasado, los envigadeños hacían un alto en sus costumbres para paladear la eternidad y pronunciar una jaculatoria. Los primeros europeos encontraron en el pequeño valle poblaciones bien construidas, de gentes vestidas, a pesar del clima acariciador y los hábitos de sus vecinos desnudos. Pacifistas pero obstinados, se dejaban morir de hambre o se ahorcaban con sus mantas, por horror de la esclavitud, o por un agudo sentimiento de la debilidad de la belleza ante la alternativa de una guerra inútil y desigual. Y los miríficos aduares, como los llamó un historiador provincial, quedaron a la postre para un puñado de familias asturianas.

Los anales de la ciudad comienzan en 1775. Los documentos más viejos registran el nacimiento del esclavo Ángel de la Calle, un negro con nombre de radionovela, la sepultura de un tal Sánchez y el matrimonio de María Rodas con Pedro Cavaría. Amores. Nacimientos. Entierros. El ciclo eterno de la vida en cualquier parte hasta hoy. Con una diferencia. Que en Envigado todo es distinto. Por un montón de razones filosóficas, históricas, poéticas e inescrutables. Los antiguos imagineros envigadeños eran capaces de contar en un pedazo de palo una novela de Balzac. Pero para saber por qué, debemos olvidar los biscochuelos de la leyenda culinaria, las morcillas rabelesianas y el prestigio folclórico de los carrieles envigadeños.

Alguien dijo que si Beethoven no hubiera existido el mundo sería distinto. Colombia no sería igual si no hubieran fundado a Envigado en un cementerio de suicidas. Envigado no cuadra con ninguna de las máscaras de fantasía del subdesarrollo para consumo de las nostalgias internacionales de inocencia. En el canon del pueblo tórrido, aunque tuvo río y es exuberante e hiperbólica; en la atmósfera andina de los pueblos de tierra fría porque nunca deprime; ni en el idilio pintoresco y trivial de la joven novela urbana, aunque tiene ritmo y un bosque de chimeneas contra el cielo azul. Y a pesar de la experiencia de El Hachero y del cuento de José Cura, el primer sacristán, cuando Envigado recibió la digna visita de la comitiva de emisarios de una corte africana en busca de su príncipe sucesor, vendido en el supermercado de negros de Cartagena, llevado a Bogotá y regalado el día de su ordenación al padre Cristóbal Restrepo. El primer párroco de Envigado habría contado, pues, con el privilegio de un sacristán de sangre real. Y de fidelidad a toda prueba. Que cuando supo los motivos de la embajada, es decir, que pedían que fuera manumitido por el protocura y privado de la sacristía, José Cura contestó con la insolencia de la alcurnia que prefería ser esclavo de cristianos a reinar sobre infieles. Y los comisionados debieron regresar a su erial en Nigricia con los crespos hechos. Hasta hace veinte años, cuando murió el último Cura, en Envigado todos seguían saludando con el mismo respeto a los descendientes del príncipe Abdul Alí. Que era el nombre verdadero del sacristán.

En las postrimerías del siglo xix, con seis mil habitantes, Envigado conservaba la sencillez del xviii. Producía unos aguacates soberbios de los que se ufanaba, los más aguacates de este extremo de la Vía Láctea. Pero el 11 de septiembre de 1900 Rafael Lotero robó la custodia del templo, vendió la pedrería, enterró el armazón debajo de un árbol de preseas gratísimas y desde aquel año, el de la muerte de Federico Nietszche, los aguacates botan las flores sin fructificar. Algunos achacan el infortunio gastronómico a la malicia del diablo. Otros, al desgaste del potasio en los suelos y a la contaminación industrial. Todo cabe. La teología. La química. Y el humo inmisericorde del progreso. Envigado se parece a los otros pueblos antioqueños en los aleros de tejas españolas y las casas de tierra pisada. Sin embargo, debajo de la superficie de la arquitectura criolla, que subsiste a tramos, de la audacia y la urgencia modernas, del lustre de suburbio industrial, y de la violencia de fachada, resiste un vigor místico. En su destino de enredos, lo menos evidente es lo único que importa: la singularidad de haber sido en América el lugar donde el cristianismo dejó de ser trasplante arisco, sincretismo fatuo, forma estéril, norma muerta, para convertirse en una experiencia y un camino.

El milagro está realizado en la obra de Fernando González. Su cronista genial. Expresión de la inteligencia de la tierra. González, predicador nuevo con una túnica nueva, se llamó a sí mismo, cuya irradiación impregna el paisaje desde el museo abandonado de su casa en las afueras, pensaba que Dios había creado a Eva de catorce años y medio en un solar envigadeño. Y que Envigado merecía el honor y el pavor de ser la capital de la Colombia ilusoria de Bolívar. Lo primero, debe tomarse como una licencia poética. En cuanto a lo segundo, queda la impresión dantesca de que una vez en verdad le hubiera tocado la suerte incalificable de ser la capital invertida del país, el espejo deformante de la legitimidad: la celda del finado Pablo Escobar, en la cárcel de veraneo que le construyó a todo costo el presidente César Gaviria, ostentaba el número del avión presidencial: 001.

Abriendo un abanico de insondables analogías tragicómicas y de reflexiones arrevesadas acerca de las quimeras del poder y de la libertad. Contra los infundios de la desinformación universal que la satanizaron un día con el rango de enemiga de la humanidad, de Persia de las degeneraciones, Envigado pasa por la Mónaco de Sudamérica, se da ínfulas de ser el primer municipio colombiano sin huecos en las calles y la única ciudad de los Andes con analfabetismo cero.

Así, trata de sacudirse el sambenito de Wall Street de la cocaína, tan negativo que un alcalde yanqui llegó a considerarla digna del bombardeo imperial, como la venerable Hanoi y Bagdad y Panamá.

La notoriedad de Envigado data del día de su fundación (que los historiadores nativos comparan con candidez evidente con la de Roma, por las discusiones que la precedieron), junto a las corrientes minerales de la Ayurá, un riachuelo de cualidades genésicas comprobadas: Lucas de Ochoa, uno de los fundadores, engendró veinte hijos; honrando su nombre, doña Concepción Soto, parió treinta y tres; y un siglo después de que llegara el primer Uribe se contaban por cientos. Poco importan los cacharros de Peldar, la planta de vidrio plano, ni el sapo envigadeño que descubrió el tesoro de Pedro Luis Restrepo en los escombros de una cocina por las lomas de El Chocho.

Que antes de la fatalidad de verse asociada con los desatinos del narcotráfico, exportara flores cerámicas, lámparas, ideas, telas, zapatos de trabajo, músicos, imagineros, profetas, poetas, generales y sabios. Importa el aura insensible bajo el tráfago actual y la comedia de equivocaciones de la codicia, que sigue atestiguando la memoria de los tiempos cuando fue una aglomeración de familias entrecruzadas; los mendigos eran llamados por sus nombres y protegidos por la comunidad y había fantasmas y tranvía y un brujo escribiendo en extramuros, crucificando el estilo, reflejándola en prosa maestra, para que Envigado sobreviva a cualquier adversidad futura, ya que todo lo demás será un añadido a su gloria: incluso si se disuelve en la impersonalidad ramplona de las concupiscencias de la modernidad que amenazan todo con su contagio. En un sentido misterioso que trasciende el sentimiento por la patria chica, Envigado es simbólico para los que nacimos allá, no sólo la añoranza de la infancia de donde todos venimos. Y cuando debemos vivir lejos, flotamos en un morbo de exilio. Y nos preguntamos por cuál arcano, cuya clave conocía él solo, el doctor Francisco Restrepo Molina, partero de la mitad de los envigadeños que aún ruedan por este mundo, sonreía tan poco, y asistía los alumbramientos de luto riguroso.

de eduardo escobar

Editorial: Villegas Editores. Autor: Eduardo Escobar. ISBN: 958-8160-34-0. Presentación Tapa rústica. Número de páginas 480. Edición 2003.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy bueno el texto, que tono nostalgico... Pero falla en algo: los descendientes de Abdul-Alí aun existimos y vivimos en Envigado, y al igual que él seguimos prefiriendo esta tierra: aquí se manifiesta la magia.