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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

viernes, septiembre 04, 2009

Tiranos y sus novelas

El concepto de tirano en La república y su (nefasta) influencia sobre la novela «latinoamericana» de dictadores

*Cristino Bogado

Asistente impuntual, y más bien esporádico, a las lecturas platónicas de los luneró de Sergio Cáceres y su kreis en la UNA, se me ocurrió que la descripción del alma del despreciado tirano, por lo menos vista así, desde una perspectiva sabia y aristocrática, era análoga a la del estereotipo del dictador, i.e., en la última novela de la «saga dictatorial» que tan relevante ha sido en nuestras letras, La fiesta del chivo (2000), de Mario Vargas. Mientras la lectura del clásico platónico pasaba de una voz a otra, de una inflexión a otra, de una edición a otra distinta (EDAF, Alianza, Gredos) (1), de una traducción a otra, en un círculo de postas iluminadoras, pero con leves reminiscencias del raga hindú o del rosario católico —al menos para el dueño de la cabeza sonámbula y alucinada por el garbullo de la cotidianeidad, voluntariosamente capitalista pero aún, ¿gracias a Dios?, imperfecta de Asunción que era yo en ese momento—, vi que Trasímaco era muy «realista» y también por cierto muy próximo y muy moderno en su enunciación paradojal de la crueldad y la felicidad como dos líneas paralelas, para leerlas como apareables, pero que, pese a sus limitaciones euclidianas, sí podrían llegar a coincidir, y no apenas en un teórico infinito, sino en el tiempo de Aión, erigiendo en esta confluencia su propio jardín perverso a la manera de una fantasmagoría medieval. Vi y comprendí (con Cioran) que la crueldad de Tiberio era su raro privilegio y su más suntuoso lujo, vi y comprendí que el anarquista coronado llamado Heliogábalo por Artaud (2) aportaba pruebas a favor de Trasímaco y en contra de Platón. Vi y alcancé con la memoria, aún embotada por el atiborramiento producido por el boom, que el corpus total del «mester de tiranía» (desde Tirano Banderas hasta el ya citado «Chivo») era deudor de la ideología «tiránica» de Platón. Vi y aluciné que Platón podía fumar cannabis sativa y que al mismo tiempo, en otro jardín, no en este fijado por la historia, podría ser el autor de la carta VII y haber aullado sobre las miserias del mundo griego. Vi y abarqué todo el mester de tiranía del pasado siglo XX, desde El señor Presidente hasta el Chivo vargasllosiano, para ver que repetía como un disco rayado las ínfulas idealistas del Libro IX y su condena del tirano cruel e infeliz, o, mejor dicho, infeliz puesto que cruel, y viceversa, por supuesto. Vi y desprecié la simetría matemática, inderogable y a todas luces fantástica, establecida en dicho texto entre la opresión social (exterior) y la crueldad del alma (interior) en el sujeto platónico denominado tirano. Vi y lamenté que, ya desde Facundo (o desde La sombra del caudillo), el tirano apareciera inmerso, encenegado, en ese círculo monstruoso, tan íntimamente que su monstruosidad comenzaba ya en ese ústeron próteron que con su elocuencia figurativa de tropo de la retórica clásica remite al perpetuum mobile de la retroalimentación viciosa del que sufre y por eso mismo hace sufrir, circularidad inquebrantable del hacer sufrir y del sufrir como consecuencia del propio sufrimiento que se había apoderado, consciente o inconscientemente, del personaje dictatorial erigido en el actor principal y la figura merecedora de lo que en muchos casos ha sido tal vez la denuncia más creativa producida por el arte llamado «latinoamericano». Vi y reparé en que el «ciclo tiránico» —El dictador suicida (3), El recurso del método, Yo el Supremo, El otoño del patriarca, Oficio de tinieblas (aun Nostromo)— me seguía hablando con la lengua de la Weltanschaung platónico-occidental y su pretendida simetría entre lo particular y lo universal, entre lo micro y lo macro, entre el alma y la ciudad, sobre la fuente del mal y sus secuelas. Vi y recordé a Abu-l-Walid Muhammad b. Ahmad b. M. Ibn Rusd (Averroes)(4) con su «zángano alado» aparentemente omitido en la traducción desde un hebreo español adoptado por la coyuntura. Vi y volví a mi época de estudiante, a mi explícito desprecio de aquel entonces hacia las matemáticas, estúpidamente engreído como era yo en esos días, por considerar que eran la materia más antipoética que había producido jamás la mente humana, tan fértil sin embargo en cosas aberrantes, y sucumbí a esa idea según la cual «729 veces más desgraciado» es el tirano con respecto al rey (p. 374, EDAF). Vi y amé, en cambio, la simetría animal entre el apelativo de Trujillo en Varguitas: el «Chivo», y cierta criatura de ese bestiario-í, híbrido de león, monstruo y hombre, de la p. 376, EDAF, y evoqué a Stirner, que «toma el oro injustamente dando rienda suelta al animal» anticapitalista, el más despreciable bicho que se agita hoy en día. Vi y enhebré la zoología fantástica de la historia de la filosofía, la del león, la serpiente y el mono de la p. 378 de la edición de EDAF, y la del camello, el león y el niño nietzscheano-zarathustrianos, con su peculiar e inquietante evolución anti-darwiniana. Vi y grité (mentalmente): «¡Por el Perro!», para no ofender al Olimpo (y estar a la altura dictatorial), tan puro, tan desanimalizado, tan libre de toda posible fisura tiránica, tan parecido si se lo mira bien a esa fortaleza inexpugnable para todos los asaltos del caos y lo irracional que es la polis utópica que Sócrates diseña verbalmente, sitio tan impermeable al desorden (aunque para ello tenga que expulsar a los poetas). Vi y compadecí al tirano-mujer encerrado en su prisión reverberante de temores y paranoias (¡horrible casa de los espejos!) con la morfina anímica de verse perdido, como el hombre de la multitud, milyunnochescamente, entre la felicidad de sus súbditos (p. 361, EDAF), compadeciendo al Chivo, interminablemente atormentado por los achaques de sus desenfrenada y crapulosa existencia: su imposibilidad de excretar sin pujos y dolores (secuelas de sus ultrajes tanto morales como físicos a cientos, miles dice la leyenda, de niñas sometidas al derecho de pernada); su poético insomnio —el insomnio tiene siempre una cualidad poética, puesto que su raíz suele ser un misterio, y un misterio que suele sugerir perversión—, padecimiento siempre asociado monotemáticamente a figuras negativas, tanto a los dictadores latinoamericanos como a los endemoniados ateos de Dostoievski (aunque haya excepciones a esta convención: así, en el filme de Clouzot El cuervo (1943), por el contrario, asociando el ateísmo no con la mala conciencia ni con las noches en blanco, sino con la firmeza del ánimo, se nos dice aquello de «tiene usted el aplomo del ateo»), seres a los cuales la inquietud de las culpas no expiadas impide todo reposo. Vi y enumeré las manifestaciones platónicas —epifenómenos textuales— de la maldad y la infelicidad, presentes ya en el lema de «Religión o Muerte» que se leía en la bandera facundista y reiteradas en tantas obras del canon del «mester de tiranía»: Estrada Cabrera en El Señor Presidente (6) (en donde el tirano aparece sólo seis veces), Obregón y Calles en La sombra del caudillo (7) (1929) de Martín Luis Guzmán (1887-1976), y presente incluso en La rebelión de los colgados (1936), del enigmático B. Traven, manifestación de una dictadura a la manera feudal. Vi, aun en medio del cabeceo que hasta al más devoto fiel le produce el rosario, tanto el cristiano como el platónico (se parecen tanto los dos, por otra parte), el puente entre Platón y la novela de dictadores en ese grupo grecolatino llamado «El ateneo de la Juventud», dentro del cual se formaron las ideas de Guzmán: además de poseer un físico intachable conforme a cánones clásicos, unas proporciones estatuarias, en su obra el personaje de Aguirre también posee los atributos del príncipe aristotélico, es decir, los del ideal griego aristotélico, en contradicción con todo lo que de tiránico hay en el caudillo; éstos, por su parte, los caudillos, en cambio, son opacos, y, aunque muchas veces su mirada sea luminosa, esa luminosidad es sospechosa, porque lo oscuro, lo infame, lo excesivo, lo indígena, la opacidad y, en suma, lo tiránico es lo más esencial en el Caudillo (algún vivillo podría objetar acá que la piedra lunar, utilizada en la hidromancia siríaca en tiempos de Heliogábalo y la puta de su madre Julia Semia, estaba dotada de una luminosidad oracular, propiciatoria, sagrada). Los ateneístas forman parte de una vieja tradición polémica que en América, y desde la Conquista, ha opuesto lo racional a lo bárbaro, tradición defendida más tarde por los grandes próceres latinoamericanos —por ejemplo, Sarmiento—. Dentro de este espíritu, volviendo al engañoso resplandor de la mirada del caudillo, esa luminosidad huidiza, réplica especular obtenida gracias a otra luz, de la cual es reflejo, revela sólo lo más primitivo de su ser, el instinto natural, en este caso un instinto de defensa: cuando brillan los ojos del bárbaro, lo hacen por ambición o por temor, y si su brillo material es bello, esta belleza física no manifiesta una belleza espiritual, sino que esconde una fealdad secreta. Instinto que Guzmán, como buen ateneísta, reprueba, pero que sin embargo reconoce como superior al de los otros jefes de la Revolución, quienes actúan no en defensa propia, como Villa lo hace, sino en ofensa ajena. Es la luz la que produce el brillo, la transparencia; es la luz la que destruye la sombra, pero es al abrigo de la sombra que la luz proyecta que se agazapan las fieras, esos seres opacos de la política nacional (mexicana) que hacen de la oscuridad su hábitat natural. Y en este punto agradecí a la señora Margo Glantz (8) por las iluminaciones en su ensayo concienzudo acerca de las bases ideológicas de Guzmán en su novela de 1929. Entonces añoré la escritura, ese fluir de la conciencia impregnando el poroso papel, para escribir este texto y poder preguntar: ¿Habrá alguna novela dentro del «ciclo tiránico» que escape a este esquema —la de la tiranía dividida (signada) entre la crueldad y la infelicidad—, que es el dominante, y quizá no sólo en su avatar novelesco latinoamericano, sino más allá de él, desde hace 25 siglos? El otoño del patriarca (1975) es, claro está, y así se la considera unánimemente, la denuncia de un dictador infeliz y cruel, pero Gabo coquetea con ellos, y hay allí un indicio para levantar ciertas cuestiones de sospecha elemental, por lo menos, de que su obra está traspasada de cierta fascinación por los ejecutores de la crueldad, o, si no, ¿por qué perder el tiempo contemplando un alma infeliz? ¿Para sacar la felicidad de la escritura de la infelicidad del alma de un dictador? El autor de El recurso del método (1974), Alejo Carpentier, vivió desahogadamente en Venezuela en la época de otro «animal tiránico»: el «Cerdo» Jiménez. Respecto a La novela de Perón (de Tomás Eloy Martínez, 1934), ¿se trata de una novela de denuncia o de un intento de monumentalización fantasmal, como la interviú de Oliver Stone al «joven de 80 años» Fidel Castro? Ese borrador de la barbarie rosista (Juan Manuel Rosas, 1793-1877) —el caudillo por antonomasia— Juan Facundo Quiroga, es claramente representante de la Barbarie que hay que extirpar en nombre de la Civilización en la dicotómica novela de Sarmiento Facundo (1845). El rosario platónico sigue exorcizando la música infeliz de la crueldad tiránica y canta en versos anti-homéricos, de fanfarria grotescamente marcial, al estilo de la pompa fascista, la sideral felicidad musical del sabio. Pero el «morbo» que supone aceptar la felicidad del anarquista coronado, ese Heliogábalo que ha pasado por el filtro gnóstico de Apolonio de Tiana (o por la sofística de Filóstrato, el autor de la biografía) hasta llegar a las manos de un desquiciado Artaud, ¿pertenece ya al siglo XXI, como al siglo XX perteneció todo lo relativo a la episteme de la denuncia de la asimetría del alma, más animal que humana, aún demasiado humana para aspirar a ser divina, en el sentido en el que era llamado «divino» Platón y del «mester de tiranía»? ¿Un neo-boom cruel y feliz sería rentable, sería respaldado, en caso de que se lo cultivara, por ejemplo, por un Herralde? La década del 70 dio cuatro novelas de dictadores (las más famosas): en 1974 (dos), en 1975 (una) y en 1976 (una más). La década de los 20 sólo produjo dos obras del mismo tenor: en 1926, Tirano Banderas (9), y en 1929 la de Guzmán. Del año 1946 es la de Asturias. La primera del siglo data de 1904, y es la de Conrad. Y la del peruano Vargas es la última de ese mismo siglo XX, publicada en el 2000. Estos «amigos de nadie» (p. 355, EDAF), con las rentas agotadas (p. 352, EDAF), usurpadores de los bienes de sus padres (p. 353, EDAF), en cuya alma domina la parte concupiscible (p. 363, EDAF), y de carácter interesado, avaro (p.364, EDAF), este personaje alucinado, perseguidor de fantasmas (p.368, EDAF), este (judío) errante vertical que pasa constantemente de la región baja a la media y de la media a la baja (p. 371, EDAF), este hombre tiránico, paralizado por un número plano (?) (p. 374, EDAF), este descarriado de toda guía sabia y divina (p. 379, EDAF), este borracho, loco y enamorado (p. 352, EDAF), este ser desgraciado y cruel, sin raciocinio ni inteligencia, ha dominado toda la bibliografía o la historiografía de la novela de dictadores latinoamericana desde sus inicios hasta ahora. Aquí es apropiado un pequeño impasse semiconclusivo, mero y fastidioso epojé didáctico, en medio del borboteo de palabras que se desaguan hacia su final inapelable, y elemento de ordenación que precisa la claridad de la mente humana, recurrimos a la numeración arábiga (no vendría mal, en este apartado parentético, una celebración de la cultura árabe, aunque sea por mera crueldad anti-occidental, aunque sepamos que que en realidad son de origen indio): 1) No se puede escribir sobre lo que se odia; no se puede escribir odiando. Tal era, por lo menos, la conclusión de Lacan acerca de la obra de Duras (10), 2) De la felicidad de la escritura, y la felicidad del lector, trata el último texto de Barthes sobre Stendhal. El perverso en primer grado (el escritor), como Barthes lo llama, reduciendo la geografía estética de la novela a la denuncia de todo tirano/dictador, y el perverso en segundo grado (es decir, el lector), glorificando la altura ética de esa labor, han asimilado las enseñanzas de la República. La felicidad queda fuera de esta asimilación. Todo en el «mester de tiranía» es infeliz, como crueles e infelices fueron sus modelos históricos. Sus lectores, lectores infelices, crearon esos libros. Hay una alternativa que aquí aparece: o no se trata de literatura (todo el ciclo dictatorial), sino de «pedagogía platónica», o Trasímaco, Heliogábalo y Artaud tenían razón, y es posible ser cruel y ser feliz. ¿Somos crueles parasitariamente al revivir, en la impunidad de la ficción, la crueldad del escritor dictatorial, que a su vez copia en su escritura la crueldad que el dictador realiza en sus actos? Entonces, tendremos que concluir que el dictador dicta al escritor nuestra crueldad y nuestra felicidad. Todos los escritos del «ciclo zoológico»: los del «Cerdo», el «Chivo», el «Saurio», etc., son infelices. Seguirá siendo así hasta que alguien muestre o demuestre que delante de nuestros ojos vivillos y miopes ha circulado la crueldad feliz pese a que nadie se ha animado a verla. El incienso de Platón, entonces, se evaporaría como ahora el rosario infeliz de su escritura. Salir de la ficción dictatorial sería retomar la vía paradojal, monstruosa, del entrevero bestial de la crueldad y la felicidad, tan impura como la confusión del guaraní y del español en el jopará, doblemente teratológica para la mente de un lector no-macarrónico. Sería tomar en serio a Trasímaco, y no solamente a él: también a Mach, a Hilbert, a Musil, a Borges y a Leibniz. Hoy somos crueles e infelices. Mañana, acaso, seamos felices y crueles, liberados al fin de las «cuentas» del rosario platónico, del bisbiseo digital que suena desde la antigüedad cíclica, desde los días en que hombre y ciudad, alma y mundo, opresión y maldad, eran la misma cosa, como en la novela latinoamericana son por su parte lo mismo crueldad e infelicidad. La carcajada que estalla en el Sergio Kreis (más bien debería ser llamado el «Sergio Rombo», figura más adecuada que el círculo, porque los rombos o las losanges (11) que salpican la uniformada figura de Arlequín, inquietante y bufo personaje de la Comedia del Arte, por el humorismo alejado de todo acartonamiento solemne que lo caracteriza, haría con plenitud más honor al grupo) cuando viene aquello de «hablas como un oráculo, Sócrates»(12) (p. 372, EDAF). Esto expulsa la ilusión de anestesia y barre con su risa al dictador que el adversario de la dictadura, Sócrates, es sin saberlo, despojándolo de su chanterío infeliz que, solapado por la estructura monologal del género platónico, acalla, relegándolo cruelmente, a Trasímaco arrinconándolo en un tan oscuro como anecdótico destino de estrafalario que proclama enormidades, como lo hiciera Shakespeare con Bruto en su Julio César, a pesar de que el cisne de Avon ha pasado por la difícil prueba de una lectura tan perspicaz como la de Montaigne. Para descabezar este ejercicio verbal, aún quedaría otra veta por explorar en esta materia: la sugerente veta del recuerdo del presente, que, de una forma tan actual como invisible, actúa cotidianamente en nuestras percepciones y opiniones, contaminando de nubes nocivas la atmósfera de nuestro pensamiento, enrareciéndola al anular el futuro y remitirlo todo a un pasado que, como todo lo inmutable o lo ya sido, esclaviza. Tal vez nuestra postura misma esté peligrosamente expuesta a este influjo uniformizador y nihilista. Les dejo con unas reflexiones sobre el punto de Paolo Virno, que creo que pueden ser leídas en perfecto cut-up con nuestro propio punto de partida, aunque corramos el riesgo de anularlo: Recordar el presente (13) significa considerar el «ahora» como un «entonces», introduciéndolo en un pasado sui generis (no cronológico, indefinido, formal). Este pasado, en el cual el recuerdo ubica el evento que estamos viviendo en este momento, es la potencia o la facultad subyacente al mismo evento (la lengua si se trata de un diálogo; la fuerza de trabajo si está en juego un proceso productivo, etc.); recíprocamente, la potencia es un pasado no cronológico, indefinido, formal. El recuerdo del presente permite, por ende, tomar en el evento un curso tanto al acto como a la potencia, tanto a la ejecución determinada como a la facultad genérica (14)

*Nacido en Asunción, Paraguay, en 1967, ha sido editor de Susobicho (1990) y de Tiempo Indigente (1991), revistas de pensamiento, creación y cultura de corta duración. Articulista habitual del ABC Cultural de Asunción, es también colaborador en revistas extranjeras como Gazeta do Povo (Brasil) o Fahrenheit y Pauta (México), entre otras. Autor de los poemarios La copa de Satana (Asunción, 2002) y Dandy ante el vértigo (Asunción, 2005). Ha colaborado en las obras colectivas: Asunción despierta (2000, poesía) y Asunción habita (2002, poesía y prosa). Ha participado en encuentros internacionales como «Poetas en la bahía»: Asunción, 2000 y 2001, o las «V Jornadas de la Universidad Nacional del Nordeste en Humanidades y Literatura», Corrientes, Argentina, 2003. En la actualidad, dirige el sello Jakembo Editores. Correo electrónico: jakemboeditores@gmail.com.

Notas 14- Dentro de este tren de ideas, pensamos que las figuraciones del dictador en la llamada «novela de dictadores» han sucumbido a esta «patología posmoderna», reiterando ad nauseam un modelo unánimemente juzgado el más, o el único, plausible y olvidando en tan monótono salmodiar los matices de la felicidad, pese a que la felicidad es un fenómeno quizá demasiado raro y muy complejo para tener que ser siempre intachable, matices a veces diseminados sobre las rudas aristas del bloque áspero de la crueldad, ese gran lujo de los poderosos. Acaso estemos cayendo en un déjà-vu al remitir toda la variopinta originalidad de las figuras dictatoriales a la más simple del tirano platónico. O, en mi descargo, quienes han cometido tal acto involuntario, presas del olvido del presente, han sido los narradores que han fungido de maestros de la novela dictatorial. [1] 13-Paolo Virno, El recuerdo del presente. Ensayo sobre el tiempo histórico, Paidós, Buenos Aires, 2003, p.123. 12-Platón, La República o el Estado, trad. de Patricio Azcárate, Edaf, Madrid, 1990; Ib., La república, trad. de José Manuel Pabón y Manuel Fernández-Galiano, Barcelona, 1988; Ib., Diálogos, IV, República, trad. de Conrado Eggers Lan, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1992. 11- Figura de rombo colocado de suerte que uno de los ángulos agudos quede por pie y su opuesto por cabeza»: Diccionario de la Lengua, Madrid, 1992, p. 889. 10- Elizabeth Roudinesco, Lacan. Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento, F.C.E., Buenos Aires, 1994, T. II, p. 366. 9-[1] «…la costumbre de rumiar coca»: Valle Inclán, Tirano Banderas, Opera Omnia, Vol.XVI, s/ed., Madrid, 1927, p. 22. 8-[1] «La sombra del caudillo: una metáfora de la realidad política mexicana», en Esguince de cintura, Conaculta, México, 1994, pp. 45-60. 7-[1] Los arquetipos del general Ignacio Aguirre, el ministro de gobernación Hilario Jiménez y Axkana González anticipan los dictadores que figurarán como personajes de novelas posteriores. Esta obra es una de las más destacadas de la escuela conocida como Novela de la Revolución, e inaugura en México la veta de la novela política. 6-[1] Más que de una novela de dictadores, en este caso prefiero hablar de una novela con dictadores, por los motivos señalados arriba. La novela no se centra exclusivamente sobre la psicología del tirano, sino sobre la del brazo ejecutor de sus caprichos. 5-[1] «Mi propiedad se extiende hasta donde alcanza mi mano»: Max Stirner, El único y su propiedad, Sexto Piso, México D. F., 2003, p. 295. 4-[1] Este libro, a pesar de no ser una novela, es incluido aquí por la consonancia de sus motivaciones, la crítica sistemática del tirano. «El tiranicida, si sobreviviera, tendría su estatua en vida, de mármol y de bronce. Si los sicarios del tirano lo mataban en el evento, también», Augusto Céspedes, El dictador Suicida. 140 años de historia de Bolivia, Ed. Universitaria, Santiago, 1956, pp. 116-117. [1]3- Averroes, Exposición de la «Repúblic»a de Platón, Tecnos, Madrid, 1986, p. 140. 2-Antonin Artaud, Heliogábalo o el anarquista coronado, Argonauta, Buenos Aires, 1972. 1-[1] Platón, La República o el Estado, trad. de Patricio Azcárate, Edaf, Madrid, 1990; Ib., La república, trad. de José Manuel Pabón y Manuel Fernández-Galiano, Barcelona, 1988; Ib., Diálogos, IV, República, trad. de Conrado Eggers Lan, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1992. [1]

3 comentarios:

Rain dijo...

Xtino estoy en una cabina y te saludo al fin de un día de choques. Llegar a esta zona es vitalizador. Me re-impulsa en la ruta que prefiero. Un inmenso salute Xtino.
Leeré el post como me gusta: sin prisa.

:)

e. r. dijo...

Hola, Kuru
solo quería decirte que disfruté enormemente de esta lectura. Tengo una visión bastante superficial de esta tendencia de la novela del dictador, aunque más por instinto que otra cosa siempre me dio una onda de repulsión, o por lo menos fastidio, y tampoco me gustó mucho eso de hagamos una novela del tema de la onda ahora, todos juntos, cumpleaños feliz!
Pero el punto que tocás, no sé, me gustaría ahondarlo más. Pero es la primera vez, y mirá que me fijé en retamar y jitrik, la onda de esa época, que leo, en un escrito, una visión que trata de ir a una parte detonante de toda esa onda.
¿por qué no puede ser feliz un tipo que se coge a todas las vírgenes y vírgenos, que vive en mansiones, de traje blanco, que es como un símbolo de la impulsividad de la vida, de su parte cruel, que es también la más hermosa?
aunque, claro, cómo iba a uno a decir que todo eso de torturar y matar iba a hacer feliz a uno. por eso lado tampoco convence nada: por qué la literatura, tierra de posibilidades, debe someterse a un énfasis (poder + soledad + bajón total)?
en fin, quizá para agregar a eso que contás de heliogábalo un dato más, que va por ahí aunque no es exactamente lo mismo (me parece que más intenso todavía es), está también ubú rey, de alfred jarry, que es julio césar rebosante de exultació´n y magia, que manda descuartizar, drogar, sonriente, haciendo feliz no solo a su sí mismo sino también a nosotros, sus lectores.
va un abrazo, chera'a

kurubeta dijo...

rain, kerida, me enkanta ke siempre lluevas sobre el kurupi, con tu agua limeña!
Ever, yes, ubu es un ser infantilmente cruel especialmente en las representaciones titiriteskas!
En realidad no tenía + ke una iluminación primera. rtelacionar el tirano platóniko con los tiranos de las novelas...i el resto ..nada!
pero la crueldad y la infelcidad...la politika y la interioridad, se van juntando y separando..El boom y el placer o infelcidad crreole o cruel y feliz del lector...Aporías surgían a cacharrata..ojalá los próximos textos sobre el tópikos ean más profundos y cuestionadores
un saludo!