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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

jueves, septiembre 24, 2009

Mentiras, lugares comunes, idolos del día a día desbaratados por Wallerstein

Mitos que propone nuestro sistema-mundo moderno, en términos del sociólogo Immanuel Wallerstein. Estos cuatro axiomas son los siguientes:

1) El capitalismo se basa en la competencia dentro de un mercado libre.

2) Los estados, esto es: nuestra estructura política, son soberanos.

3) La ciudadanía se fundamenta en la igualdad de derechos políticos.

4) Por fin, los académicos y científicos practican la neutralidad valorativa.

«Así es y así debe ser», podemos añadir como coletilla o «amén» a cada uno de los cuatro asertos que, como les digo, son lugares comunes de nuestro tiempo. Ninguno de ellos acierta, y como prescripciones, tampoco son seguidos ni por el común de las gentes que poblamos el planeta ni tan siquiera por las elites que en teoría defienden el sistema. Y esto por lo siguiente, de nuevo uno por uno:

1) El capitalismo se basa en la competencia dentro de un mercado libre. Falso, porque el mercado libre y competitivo es de suyo un mito, y su realización es como sabe cualquier capitalista imposible: si el mercado fuera verdaderamente libre en el sentido que le dio Adam Smith (es decir: una multitud de vendedores, otra de compradores, total transparencia en las operaciones de compraventa, honestidad y total conocimiento por parte de la totalidad de compradores y vendedores del estado del mercado), sencillamente sería imposible para nadie obtener beneficio alguno, ya que los compradores forzarían siempre a los vendedores a bajar el precio justo, a veces y aunque fuese momentáneamente incluso por debajo del costo de producción. Por ello es por lo que las reglas del juego precisan de algún tipo de restricciones en el mercado, esto es, algún grado de monopolio que, cuanto mayor sea mayor beneficio dejará a los vendedores. Por supuesto, los monopolios tenderán por su propia dinámica a su desaparición o, por mejor decirlo, a su desplazamiento, y aquí es donde los estados se hacen imprescindibles, como garantes o creadores de monopolios, como sus legitimadores «neutrales» y también como sus destructores. En suma: por supuesto que el mercado juega un papel importante en la marcha del capitalismo, pero los capitalistas precisan del estado mejor dicho: del estado a su favor, y no a favor de otro para obtener ganancias considerables.Verbigratia, los sojeros en Paraguay, ke no kieren pagar 15 por ciento por sus exportaciones y presionan al gobierno deskaradamente y éste se keja ke no tiene guita para salud, educación y cultura, ke joda!

2) Los estados, esto es: nuestra estructura política, son soberanos. En nuestro sistema internacional, este mito apunta a esto, a que cada estado afirme su propia soberanía al tiempo que muestre respeto por la soberanía de los demás. Nada más lejano de la evidencia cotidiana, que nos muestra estados fuertes frente a estados débiles (antes hablamos incluso, extremando las cosas, de un solo estado mundial que reconoce una sola soberanía en el mundo: la suya propia), los fuertes interviniendo regularmente en los asuntos internos de los débiles, y estos intentando adquirir más fuerza es decir, tratando de volverse fuertes para oponerse a las intromisiones y de ser posible para entrometerse a su vez. La evidencia es clara: si el mito fuera real, es decir, si todos los estados fueran soberanos, ninguno precisaría ni en consecuencia tendría ejércitos ni servicios de inteligencia.

3) La ciudadanía se fundamenta en la igualdad de derechos políticos. Ya hablamos antes de Rousseau, pero situémonos ahora en la Revolución Francesa, que fue el final de los «súbditos» y el surgir de los «ciudadanos» con derechos iguales y con igual participación en la toma de decisiones políticas estatales. Pues bien, desde el momento mismo en que se lanzó el concepto, prácticamente todo estado intentó limitar su realización. Uno de los medios más eficaces para lograr esta limitación fue la creación de una serie de distinciones binarias que, aunque construidas sobre otras más antiguas, adquirieron entonces, es decir, a lo largo de los siglos XIX y XX hasta nuestros días, una importancia política antes desconocida. Estas distinciones serían: «burguesía» (o «clase media») frente a «proletariado» (o «clase trabajadora»); «hombre» frente a «mujer»; «sustentador del hogar» frente a «ama de casa»; «hombre blanco» frente a «negro» (o «persona de color»); «ciudadanos honestos» frente a «criminales»; «normal» frente a «anormal»; «adulto» frente a «menor de edad»; «individuo culto» frente a «masas»; «pueblo civilizado» frente a «incivilizados o salvajes», etc.: cada cual puede seguir como quiera la lista. El resultado de estas polarizaciones fue que la inmediata limitación de la ciudadanía, ya que este concepto incluye teóricamente a «todos», pero este «todos» se queda a su paso por la serie binaria reducido a una pequeña minoría de la población: basta con estudiar la historia de los derechos de sufragio.

4) Por último, el mito de que los académicos y científicos practican la neutralidad valorativa. En teoría, los académicos y científicos se consagran a la verdad abstracta, a la comprensión del mundo según métodos adecuados, confiables y totalmente intrínsecos a los intereses del conocimiento, sin temer ninguna presión social ni reconocer ninguna coacción sea financiera o políticaque los obligue a rectificar sus resultados e informes. Un «bello cuento de hadas»,dice Wallerstein que verá disuelto cualquiera que frecuente una universidad o un instituto de investigación y tenga que enfrentarse a las presiones materiales, las presiones de la propia carrera y las presiones político-administrativas del medio.

Immanuel Wallerstein, Un mundo incierto, trad. de Octavio Kulesz, Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2002, pp. 77 y ss.

2 comentarios:

Giovisnita dijo...

Muy cierto, yo me asombro que haya alguien en el mundo que se digne a propagar tantas falacias pero la verdad que esa gente es mayoría... La gente que habla de cosas que suceden en serio es vista como oscuro agitador que sólo busca el caos por el caos.

Anónimo dijo...

estiMondian!
pasa pue tu texto akel, ke leistenos, te acordas?
lo publiakremos en fragmentos en el
volante del coelctivo barret como microrrelato...y en la revista puahu Ximbo de repente enterito!!!
cristino