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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

lunes, agosto 24, 2009

nadaísmo II: los ensayos de Eduardo Escobar

Eduardo Escobar -del mismo pueblo ke el famoso Pablo Escobar- hoy en día muy cercano al pro-yankee Uribe según Juan, de Eloisa cartonera- es uno de los ensayístas en lengua española mais purétes!

Ya los lectores kurupinianos de la primera hora lo conocen en su ímpetu paradojal i sin temores para desbaratar efigies y nombres divinizados, verbigratia, esta bazzoka anti-Borges:

http://kurupi.blogspot.com/2005/06/nadaista-propina-cross-al-santo.html

Aká sigue una super-selection para vibrar y cur(e)tir:

Enigma de la mujer

  • Vinicius de Moraes, el prolífico poeta brasileño, autor de la letra de la “Chica de Ipanema” y de un montón de libros de versos fantasiosos y fáciles, escribió una “Receta de mujer” que abre con una injusticia flagrante. Las feas, que me perdonen, pero la belleza es fundamental. Dice. Sommerset Maugham parece concederle la razón cuando escribe en sus cuadernos, 15 cuadernos escritos entre los 18 y los 70 años: una mujer puede ser tan perversa como se quiera, pero si no es bonita, no le servirá de nada. Sin embargo, quién puede hablar de mujeres feas. El filósofo francés Jean-Paul Sartre definió a la mujer como una ilusión. Queriendo decir, tal vez, que es una quimera del deseo. Además, para fortuna de las peores, existen las sombras, el vino y el amor, para disminuirles los lunares. En uno de sus reputados sonetos, que nadie sabe a estas alturas si fueron escritos en homenaje a una morena, o a un señor, o a ambos, Shakespeare confiesa: en ti mil errores discierno. Mis oídos no se deleitan con tu voz ni el gusto ni el olfato me invitan a gozarte. Y a pesar de todo mi corazón ama lo que mis ojos no aprecian. De vez en cuando, adquiera el color único del tercer minuto de la aurora. Precisa el poeta brasileño en su receta de la perfecta, es decir, la adecuada a los gustos del bohemio irredimible de playa que fue según deja entrever su obra. Que surja, no que venga, dice. Y que sea alta o, si baja, que tenga la actitud mental de las altas cumbres. El Arcipreste de Hita, en el Libro del buen amor, pensaba otra cosa: siempre me pagué de pequeño sermón y de dueña pequeña y de breve razón. Del mal, mejor tomar lo menos. Dice. Un tiempo cuando las mujeres estaban tan cerca del diablo. De las mujeres, concluye, la menor es mejor. En contra del sentir popular que asegura que caballo grande ande o no ande. Breve razón, dice el Arcipreste. El poeta moderno proclama al contrario: más ideas y menos pestañina. Desde Salomón, los poetas han indagado por la imagen de la hembra ideal sin ponerse de acuerdo. Baudelaire cantó las negras antillanas y a una judía calva. A Paul Verlaine, lo visitaba en sueños, una que lo quería y que él quería, y no era cada noche la misma ni otra. Rubia o morena, lo ignora. Aunque sabe que tiene la voz grave, lejana y dolorida. Ni siquiera conoce su nombre. León de Greiff debía recordar a Lelián cuando cantaba: venías de tan lejos que ya olvidé tu nombre. O a Apollinaire, fundador de la vanguardia poética moderna, que dijo: abrazo tu recuerdo como tu propio cuerpo. He soñado tanto contigo que has perdido tu realidad. Me he acostado con tu fantasma tantas veces... Dice el francés Desnos en su poema “A La Misteriosa”. Unos las prefieren de ojos celestes. Otros, de ojos negros como cuervos. Unos, rubias. El nadaísta Jaime Jaramillo Escobar en “Alheña y Azúmbar” afirma que las blancas aunque se desnuden siempre tienen algo que las cubre, aunque sea un concepto. Morena soy, porque el sol me ha mirado, dice la amada en el poema inmortal de Salomón. A yegua de los carros de faraón te comparo, hermosas tus mejillas entre pendientes, tus ojos como palomas, como lirio entre espinas mi amada. Tu voz es dulce. Quién es esa que sube como columna de humo del desierto. Responde el poeta en El Cantar de los cantares. Jacobo de Parma, poeta y teólogo muerto en 1301 en Venecia, resaltó la importancia de la espalda de la mujer. Callejón de mil salidas, por donde se puede vagar, de sorpresas multiplicadas, la espalda nunca fatiga, afirma. Y que cuando se pontifica que los últimos serán las primeros, es por los traseros. ¡Oh, los sabrosos huesos del espinazo! Una espalda hermosa puede ser motivo de orgullo tanto como una cara bonita. Asegura. La actualidad ama las mujeres con muchos huesos que cantara Serrat, impuestas por publicistas de gustos dudosos muchas veces. En tiempos de sensualidades más altas, gustaban más las más voluminosas. Francois Villon, cantó a la gorda Margot. La espalda que bien resalga y muy parisiense nalga, era la fórmula entonces. Miguel de Montaigne, que apreciaba las cojas, afirma que el mejor olor femenino es el de la mujer sin olor. En Francia, y en épocas de bárbaras higienes, resulta comprensible. Otro, exigió, a cuatro siglos de distancia: dame tu axila, leche con canela. Almad el Qalyubi, poeta egipcio, prescribe a su modo: que al sentarse parezca grande, al levantarse delgada y al caminar estremecedora. Que suscite admiración de lejos y que de lejos seduzca. Todos los que viven cometen la torpeza de hacer diferencias demasiado netas, escribió Rainer María Rilke. Y Pedro Salinas: se te está viendo la otra: qué difícil saber quién no eres. La teoría vieja de que servir a una sola mujer es amar a todas las demás, tiene reversa: sirviendo a todas se rinde homenaje a la Única, a la Mujer, con Mayúsculas. A la Diosa del deseo, aunque sea bizca. Entre los mayas, mientras más bizcas eran más apreciadas. Una poeta de la corte del rey Munja declaró. Todos los hombres aman siempre a la misma mujer. Todos los poetas escriben el mismo poema. Por eso hubo siempre tantos errores en el mundo. Maugham, en sus cuadernos, incluye una píldora corrosiva, de misógino: una mujer no vale un billete de cinco libras, a menos que uno esté enamorado de ella: entonces, vale todo lo que cuesta. Y añade esta otra impertinencia: la mujer es un animal que orina una vez al día, defeca una vez por semana, menstrua, pare cada año y copula cuando se le presenta la oportunidad.
Del amor y su huella
  • Después del terremoto del nadaísmo que pretendió una ruptura tajante con el pasado, una reinvención radical de la vida y el arte, y la reivindicación de lo maravilloso cotidiano, la poesía colombiana retomó los vientos de la tradición y la mesura, después de los desórdenes de la fiebre. Somos un país conservador. Mientras en Perú, Argentina, Brasil, Venezuela, Cuba y México, los descubrimientos de la vanguardia encontraron un desarrollo y desbordaron sus límites hacia nuevas formas, en Colombia regresamos, muy campantes, a las modas del siglo xix y aun del xviii. Plagaron y plagan las revistas de poesía los émulos de Jorge Luis Borges y del surrealismo culterano de Octavio Paz, los románticos del tipo nocturno, los discípulos desvergonzados de Trakl y Blake. Esto no quiere decir que la poesía colombiana haya muerto. Ni que no podamos darnos el lujo del eclecticismo, a caballo entre dos siglos. Este país con fama de poético y atrabiliario, nunca dejó de secretar sus sueños de belleza. Hombres como Raúl Gómez Jattin, Jaime Jaramillo Escobar y Mario Rivero, los tres unidos al nadaísmo de un modo entrañable, permanecieron apartados de los vicios del romanticismo y el modernismo y las greguerías de Gómez de la Serna. Algunas personas destinadas a navegar el Mar de la Bilis, piensan que los aportes del movimiento nadaísta pueden ser ahogados en silencios de celo. El tiempo agradecerá a su pesar, a los profetas de la nueva oscuridad, como los nadaístas se autodenominaban, haber encendido algunas estrellas y señalado algunos caminos nuevos y el hecho de crear un aire propicio para el florecimiento del milagro de la poesía moderna en Colombia. En los ya sobreponderados años sesenta apareció en las librerías una antología de pasta dura, con un horrible fondo magenta, ilustrada con un dibujo de Malmgrem Restrepo. Se llamaba: Trece poetas nadaístas. En el barullo experimental figuraba un poeta discreto, de un lirismo singular. Con los nadaístas lo emparentaba la fascinación por el paisaje urbano, el común denominador de buscar la verdad de la poesía en la vida corriente, en el júbilo opaco de existir bajo un cielo de astronautas muertos, en ciudades sembradas de semáforos como flores, por donde pasan secretarias pintándose los labios, y no más los hombres abstractos de la estética vieja, sino mendigos, oficinistas, cocacolos en sus motocicletas y obreros con el almuerzo magro bajo el brazo de pulpo. Con la antología de los trece poetas comenzaba para cada uno una vida, una obra, un camino. Unos llegaron al autodesprecio por la escritura y eligieron el crimen, el calvario y el suicidio. Otros derivaron hacia un texto vivo donde todo puede ser significado: la frustración y la perplejidad y el absurdo y el chiste flojo. Rivero inicia su marcha hacia su corazón, hacia la soledad donde el vacío y el ser se revelan y se reconocen, con esos poemas primerizos, registros de camarógrafo, encuesta de los sabores inmediatos del mundo, noticiarios del día, aparecidos en Trece poetas nadaístas. Cosas de cada día. Baladas. El ojo, o el alma, ha de saltar al interior y entrar en el significado de las cosas, en lo que hay detrás de la marcha insidiosa de las ciudades modernas de saltimbanquis atafagados. Mario Rivero indagó entonces en la vida de los héroes del siglo. Los ídolos cinematográficos. Los de la parroquia de la infancia y la juventud como Juanito Góez. Continentales como Simón Bolívar y el Che Guevara. Y enigmáticos y lejanos, como Ho Chi Minh. De la vida del arte y el espíritu como Villon y Van Gogh. Pero Mario estaba buscando a Mario. Y en los Poemas del invierno, empieza a contar los verdaderos secretos que enclaustraba, después de fatigar las calles y de contar y cantar hazañas ajenas. Allí aparece la casa. Lo cerrado. El patio, la ropa lavada en el patio. El poeta deja de ambular y de hurgar en los fantasmas alegres y tristes de sus prójimos para deletrear al hombre que contenía su aventura: al testigo. Y hace el balance de lo visto y lo aprendido. En Del amor y su huella, profundiza la introspección. Ahora, incluso la casa desaparece. Y las paredes al disolverse encuentran sombras. Los recuerdos personales, la familia. Y el miedo de todos los hombres cuando descubren que su acción los juntó, pero no los pudo unir a los otros, según confiesa, desencantado. Este fracaso es lo que explican los poetas auténticos, con distintas voces. Mario, desde el primer verso, es claro que quería superar el simple juego literario. Que andaba detrás del silencio, de la sabiduría del abismarse. Mario es un poeta de peso pesado en muchos sentidos. Tiene nombre de procónsul romano de los tiempos de Calígula, para empezar. Y la corpulencia de un gladiador. El apellido inventado, de prosapia tanguera, no es un seudónimo para ocultar nada, sino para revelarse mejor. Si uno lo tropieza en la calle sin conocerlo, seguro pensará que es un boxeador retirado en la tristeza después de una vida de golpes malos y triunfos desdeñados. Él mismo contó alguna vez que en la adolescencia de muchacho pobre había cargado mercados en la plaza de Envigado. Más tarde, se sabe, fue trapecista de circo. Y se desempeñó como cantante de tangos y milongas con acento de malevo de la Boca, y todo en el barrio Guayaquil de Medellín y en otros antros de mayor prestancia pero peor reputación. Cuando lo conocí andaba muy orondo en el papel del joven galán vanidoso, según me acuerdo, que lo complacía, y como un moderno Narciso, en serio y en broma, se miraba en las vitrinas de los almacenes la pinta abacanada, mientras susurraba el verso de un tango. Era evidente también que el desdén olímpico por el mundo, y el corpachón, el aire deportivo y ufano, envainaban un alma de buenazo y una inmensa melancolía que poco a poco se convirtió en la bandera cenicienta de su vida y en el elemento primordial de sus poemas, que susurraba a los amigos en las esquinas del tráfago de la carrera séptima de Bogotá. Para ganarse la vida, o el pan, vendía colecciones de libros, enciclopedias y novelas rosa a las recepcionistas de los despachos de sus amigos. Las mismas que después pasaban tongoneándose por sus versos, en premio. Escribía unos poemas transparentes, económicos, descriptivos, esenciales, desadornados. La antipoesía. Que es la poesía de las calles de nuestros tiempos ruinosos, fantásticos, fatídicos. Sus amigos lo admirábamos. Y él sabía. Y fingía que le importaba un carajo. Si cargaba mercados en la plaza de su pueblo y el mío, debió hacerlo para mi abuela y mi madre. Cuando le pregunté a mamá, sólo dijo: yo qué me voy a acordar del muchachito que cargaba los mercados, después de tantos años. Sí me acuerdo de que había unos Cataño que cantaban muy lindo. De ellos debió venirle a Mario la afición por los tangos. Que canta con sensibilidad y conocimiento y de los cuales cuenta con un lúcido repertorio que desahoga ciertos días liliáceos al oído de sus pretendidas. En un cafetucho de muy mala muerte y muy buena discoteca de música porteña, que hubo hace años al lado del viejo Teatro Popular de Bogotá, tenían copias de los tangos que grabó Mario en su juventud, en el estilo de Edmundo Rivero, con los Caballeros del Tango, según recuerdo. Mario, además, mantuvo un programa con esa música torcida en una cadena radial de mucho prestigio. Pensándolo bien, sus poemas tienen mucho de las canciones de obreros que lo alimentaron al comienzo. Hay un poema suyo memorable, que algunos consideran el más bello poema de amor de la poesía colombiana contemporánea. Me iba a besar Cuando sonó el pito de la fábrica. Minga, mi tío Domingo, el hermano calavera de mi padre, figura en una de las Baladas sobre ciertas cosas que no se pueden contar, libro ganador de un premio de poesía en la Casa de las Américas. Cuándo pensó Minga que caería en el campo visual de un poeta niño que sólo quería irse con un circo a Nueva York. Mi abuela jamás debió imaginar que el muchacho robusto que se echaba encima un montón de canastos, del barrio de Rosellón donde Minga, su hijo, vivía con una gitana, sería maromero, tanguista y uno de los grandes poetas colombianos del siglo veinte. Ni que iba a encontrarse con su nieto más tarde, en un Monteblanco en Bogotá, para tomar café y hablar de poesía y de tangos y de la pintura de los amigos. Una vez, le dijo: lo malo de tus poemas es que se vuelven cada vez más herméticos. Hay que abrirse al mundo. Desde la nostalgia del Envigado natal a la carrera séptima de Bogotá que retrató en sus primeros poemas, publicados en los Trece poetas nadaístas, la poesía de Rivero es la del hombre de la calle, aún cuando gime en la intimidad y ora atemorizado, como en sus últimos poemas. Está hecha con imágenes vaciadas, entrecortadas, fragmentarias, como el móvil paisaje urbano, en formas simples. Y las muchachas esperando el cambio de semáforo y las estrellas de cine, los bandidos legendarios, los vividores de parroquia, del principio, se parecen en últimas al último hombre Mario que envejece y lo sabe, y lo divulga en salmos penitenciales, que lloran el Apocalipsis y claman contra las amarguras de la guerra insensata. Poeta del amor, sus poemas de amor transcurren en cuartos tranquilos de hoteles modestos, de rato, entre hombres y mujeres comunes, que se tocan con asombro y piedad mientras afuera cruje la ciudad y revienta de fatiga. Buscan y encuentran la concisión de la moderna poesía de habla inglesa, la norteamericana sobre todo: palabras feas y hermosas, ricas y pobres, todas le sirven, confiesa. Y al mismo tiempo, una nota china y el sabor sentimental del tanguero. Hasta cuando recurre al motivo del gran hombre, al poeta o el mártir, lo hace vulnerable, un cualquiera. En sus últimos poemas predominan el sentimiento místico y apocalíptico, pero en esencia el lenguaje del comienzo permanece: el de las cosas pequeñas de la vida, el de los pequeños acontecimientos personales que le dan forma a un destino. El antihéroe es el protagonista de su relato del siglo veinte. Porque, confiesa también, siempre está con el perdedor. Y tampoco ha sabido qué hacer con su vida, interesándose en cosas como el vapor que sale de las narices de un caballo. O la golondrina de humo negro De los trenes de carga que corren en la noche Con sus engranajes y sus calderas doloridas. Debajo de la envoltura física de boxeador, del cascarón desdeñoso y del seudónimo de tanguista, un hombre ha santificado su errancia en el ejercicio de la poesía, a la que llegó, como asegura, no como un pavo real, Sino yendo de un lado a otro confuso Como una polilla atraída por la lámpara. Enriqueciéndonos la vida arisca, bajo un velo de belleza, de nostalgia y de pena.
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  • Apología de León

  • texto de: Eduardo Escobar.
  • Cuando apareció el nadaísmo en 1957, en la católica ciudad de Medellín, con el propósito explícito de hacer tabla rasa en la literatura colombiana, y revisar la vida, los nadaístas se encontraron con dos problemas: Fernando González y León de Greiff. Estos dos grandes escritores que la mayoría de los colombianos consideraba poco menos que incomprensibles, abstrusos, disparatados o impotables, nos obligaron a condescender con el indulto y la admiración, tan rara en la pandilla hipercrítica. Muchas noches los habitantes de la ciudad de la eterna primavera entonces, eterna balacera ahora, murmuraban que los nadaístas celebraban en los cementerios, con cadáveres desenterrados, orgías fantásticas. En realidad, se entregaban a ejercicios más inocentes. A escuchar a Mozart y a Bonporti o alguna oscura canción francesa, a hablar del brujo de Otraparte y a desentrañar las claves y las anfractuosidades de estilo de León de Greiff. Tango vos pandero mío, tango vos si pienso en al. León de Greiff, descendiente de una familia llegada de la helada Suecia a la templada y remota Medellín, a trabajar en cosas de minas, fue para los arrogantes nadaístas el mayor poeta colombiano anterior a la fundación del movimiento. Contaron al bardo huraño desde el principio entre los grandes maestros de la lengua. Fueron injustos, en cambio. con algunos nombres mayores, como Tomás Carrasquilla, por prurito de vanguardistas diletantes. Desde Tergiversaciones en 1915 hasta los “relatos”, de Greiff construyó una obra festiva, alegría del idioma, una danza movida e incalificable, comenzada con ritornelos y acabada con las zarabandas felices de sus relatos en prosa. A veces, De Greiff parece un modernista. Un romántico tardío. Hasta juanramoniano, en ocasiones. Pero cuando es él solo, señero, distinto, distante y magnífico, incomparable, es una bárbara charanga, como tituló uno de sus libros. Un tiempo algunos críticos extremos del realismo socialista hicieron esfuerzos por desenterrar, para enfrentarlos a León de Greiff, a quien acusaban de escapismo lujurioso, de anacrónico y despistado del materialismo dialéctico, otros vates ilustres como el Tuerto López, que no era tuerto sino bisojo, y como el bueno de Luis Vidales, porque el uno ignoraba qué hacer con un fusil en la ardiente Cartagena y el otro escribió una Obreriada, y como Jorge Zalamea, un lexicógrafo engolado, plagado de grosuras innecesarias. Los moderados, según la discreción de la escuela, expusieron en deshonor suyo un puñado de hojas tímidas en representación del país llamado Aurelio Arturo. Mucho más tarde, un filólogo esforzado, logró rescatar a de Greiff para la izquierda literaria, al encontrar este hemistiquio: Lenin, el rojo, porta la enseña. Que reconcilió a los escrupulosos del contenido social con la exuberancia verbal de De Greiff, de apariencia inútil, superflua, impopular. Hasta lo llevaron a Cuba a festejar el verso que parecía inencontrable en el fárrago de mamotretos de su obra profusa, y que lo ponía, por fin, a salvo de la sospecha de pertenecer a las filas de la reacción, como Eduardo Carranza, o de los indiferentes del arte por el arte, como los nadaístas. En compensación y honor, un grupo de guerrilleros de la nueva izquierda lo encartó además con la espada de Bolívar, gran majadero y libertador de lo irredimible, la que habían robado de un museo, en plan de propaganda. Al parecer, el poeta la metió distraído debajo de una cama. Y siguió en lo suyo. Bebiendo. Y envejeciendo, entregado a su escritura y apartado. De Greiff es revolucionario aunque no sea el bardo de los desterrados de la tierra. Tuvo la dignidad de burlarse de este mundo y de sí mismo y la humildad para aceptar que un escritor es siempre más modesto que las cosas que secreta y que la función del poeta es desdoblar la lengua, redimirla de los intereses romos y los desgastes del uso, no los discursos políticos ni los lacrimógenos memoriales de los agravios de los pobres. Además, alcanzó el privilegio de ser un poeta popular, a pesar de todo, y de sí mismo. El “Relato de Sergio Stepanski” y algunos ritornelos de juventud, formaron parte de la memoria colectiva de los borrachos nacionales, del repertorio de las últimas cantinas de estudiantes de la clase media, de las tertulias de los poetas cultivados de club y de los antros de los zapateros y sus siniestras bohemias. Los escritores de comienzos del siglo veinte fueron proclives a la invención de sosías. Fernando González y Fernando Pessoa los crearon, por el gusto barroco por la máscara y el disfraz. Pero no existe un poeta que como de Greiff haga un uso más sabio y más rico de sus heterónimos, regidos con precisión matemática. Lo cual atestigua que no fue tan solo un veleidoso aficionado a las asociaciones libres, un simple inventor de estructuras arrevesadas e insólitas. De Greiff era dueño del orden que creó y responsable por las sombras contradictorias que albergaba: era consciente de la dispersión de los yoes en las fantasías de la personalidad. No existe en la escritura moderna en castellano un escritor con una riqueza plástica, valores rítmicos y un vocabulario semejante, ni con una obra tan sugestiva y festiva. Ni con una actitud hacia las cosas tan clara, desilusionada y amorosa al mismo tiempo. El país, hecho de ingratitudes y de olvidos, desde los tiempos de Colón, el ñato Heredia y la india Catalina, se hace el olvidadizo con el poeta que mejor lo representa. A de Greiff no debe importarle, dondequiera que esté. Sus mayores virtudes fueron el desapego del escéptico y la discreción, que desmentía, contra su voluntad, la boina ajada que usó, la altivez de la marcha de miope absoluto y la fulgurante figura de vikingo, en nuestras calles mestizas y agachadas.
  • Eva negra

  • Texto de: Eduardo Escobar.
  • Conocí las mieles del erotismo en los brazos de una negrita antioqueña de Puerto Berrío que se vendía por un precio razonable en el peor barrio de Medellín. Me gustaban los seres nocturnos, de otra raza y mejor si venían de tierra caliente. No la amé. No se trataba de eso. Y supongo que ella tampoco me amaba, aunque me cobró desde la primera vez por debajo de la tarifa y nos gustaba estar juntos. Sobre todo los lunes, cuando andaba suelta de la clientela y usaba una chaqueta amarilla de falso cuero y unos zapatos que le quedaban grandes, y yo mandaba el colegio a la mierda. Fuera de la ternura que ponía en la cosa, de la estrapada de costumbre que me acercaba a las estrellas negras del espacio exterior y del clamor del clímax, estaba hecha con los lugares comunes a todas las negras jóvenes en los relatos y poemas de negras. Los tópicos. Bailaba con entusiasmo aunque no hubiera música porque sentía sonar orquestas por dentro, sonreía con dientes anchos que contagiaban la felicidad porque carecía de ambiciones superfluas. Ni menuda ni gruesa, usaba una corona de trenzas cuando estaba de asuetos y tenía los huesos largos, los dedos largos, los hombros estrechos, el ombligo intrincado, los codos suaves y las teticas de cabra, y un pubis modesto y las brasas de los genitales irradiaban un rojo triste en la medialuz del hotelito de pobres donde paraba. Pero con ella calmé la nostalgia de una tierra negra. Femenina y salvaje. De todas sus cosas la que más me gustaba era la voz. Lo que decía carecía de importancia. O la perdía, en el tono de canto y en la cadencia de las palabras cuando hablaba. Recuerdo también que olía a humo de canela. Con un toque de coco detrás de las orejas. Nunca le pregunté su nombre. Sí. Una vez. Y me dijo, si no es un falso recuerdo, este halago: no importan nuestros nombres. Yo tampoco quiero saber cómo te llamas. Así me dolerá menos cuando me dejes. El siglo pasado borró muchos límites y canceló muchas certezas. Pero por alguna razón, las feministas, flores híbridas de Occidente, fueron siempre blancas. Y no reconocieron el aporte de la negra a la liberación de lo femenino como frenesí, como felicidad y forma, fuerza e instinto. Aunque una de las grandes rebeliones del siglo veinte, que fue una contradicción perpetua, una revuelta formidable, fue la revelación de la negra. Las negras no sólo conquistaron el derecho de usar los aguamaniles de las mujeres blancas. También coronaron el estrellato entre las divinidades modernas del deporte y el espectáculo, en un cielo de astros lívidos. Y hechizaron el mundo con arrullos de músicas mezcladas de himnos de iglesia, trenos de funeral, melodías de prostíbulo de esclavos y nostalgias del desierto africano. La negra liberó la hembra, es decir, la hembra negra que existe en todas las mujeres cuando valen la pena, aunque sean blancas como la leche. La pintura alemana nos habituó a una Eva albina, pelirroja, para aumentar la perversión. Sin embargo, la ciencia se acerca todos los días más a otra certeza: Eva debió ser negra. Y se parecía poco o nada, a la mujer de la fábula del paraíso de blancos en que nos obligaron a creer los libros de los blancos y los sermones de benedictinos caucásicos, capuchinos zarcos, escolapios de Valencia, con tufos de ajos, y jesuitas franceses expertos en lenguas muertas y en cismas. Incluso, es probable que no haya sido una manzana sino un ñame, lo que la pitón ofreció a la madre mítica. El racismo blanco, como todos sabemos, sin atrevernos a divulgarlo, es la envidia de los blancos por la negra que se acuestan los negros. Expresa el horror del blanco ante la fuerza primigenia y la sexualidad superior que atribuye al negro. Y a la negra, por extensión, deseada y temida. Hace tiempos leí en un libro misterioso, una teoría peregrina que sin embargo no me cuesta aceptar, y que tal vez sea corroborada en el futuro cercano, como ha pasado con tantas hipótesis peregrinas antes: las negras serían oriundas de Sirio. La negra desaparece por completo cuando apagamos la luz, con excepción de la sonrisa. La mujer blanca, sobre todo la demasiada blanca, porque la blanca perfecta no existe, se queda brillando en la sombra como un fuego ciego, como un fango dulce. Afirma una antiquísima diatriba tántrica en contra de las pelirrojas. El racista sabe que una sobredosis de melanina lo salvaría del hielo de la culpa, de la cárcel de sí mismo, del foso de sus prejuicios y del enredo de sus razones, de la arritmia. Pero prefiere la artritis del prejuicio, mantener reprimido el deseo de negra, aunque le cueste en perdición y violencias, contra los negros y consigo mismo. Occidente ha hecho infinitos esfuerzos por crear un modelo de mujer opuesta a la negra, la rubia de senos como zeppelines llenos de leche condensada o de silicona, artificial, modosa, suicida potencial. Que debe desnudarse antes de resultar interesante. O que parece interesante porque siempre estamos aguardando que se desnude. Civilización pura. Cosmética pura. Baudelaire, poeta, francés, católico y transgresor de oficio, cantó a la negra y al diablo al mismo tiempo. El Cantar de los cantares, oasis en el libro catastrófico que es la Biblia que nos guía, canta la negra y descansa de castigos. Sólo Hollywood pudo hacernos creer que la reina de Saba se parecía a Liz Taylor. En Colombia la poesía de la negra estuvo a cargo de poetas negros siempre o que se las tiraban de café con leche, de corte costumbrista, sentimental, folclórico y llorón, hasta Rosa pícara, del campamento de ingenieros lujuriosa hada, de León de Greiff, negra de tetas estrábicas, como sus ojos. Pero es el poeta nadaísta Jaime Jaramillo Escobar el que ha expresado más largo y hondo la nostalgia de la negra que mata al blanco. A propósito el nadaísmo es negra. No es que las blancas tengan nada malo, ni más faltaba. Pero una blanca que no contiene una negra aunque sea en ciernes, no vale un desvelo. Todos los secretos de una mujer blanca caben en su bolso. Y su verdad en la polvera. Greta Garbo, de hiperbórea belleza, confesó una vez que era muy voluminosa allá abajo. Hay quienes creen que el enigma se refería a sus juanetes. Otros piensan que hablaba de alguna deliciosa característica berebere. Y que la divina se hacía la sueca. Hay negras negras. Negras intermedias. Y blancas casi blancas perfectas. Estas parecen un jingle junto a la canción de una negra que calla. Para salvar la desventaja, la blanca, lunar, que devuelve la luz que recibe, se soasa en la playa, se lampariza en el gimnasio. Pero no basta una insolación para adquirir las cualidades solares de un buen pan negro. La blanca se parece más a un mandamiento sacrificial que a una invitación a una fiesta. Lo que hace deseables a algunas rubias es la negra que disimulan. Pero Dios, que a propósito, según ciertos exegetas extremistas, también es negra, nos libre de denigrar las trigueñas, estado crepuscular de la hembra, y las pecosas, que en realidad son negras con intermitencias. Entre las especiosas decepciones que he venido acumulando en esta vida blanca y negra con tesón de buey y paciencia de coleccionista, entresaqué unas pocas sabidurías. Esta quizás resulte útil para todos: No vale la pena ponerse al amparo de las virtudes de nadie. Si uno no está seguro de que es un santo o un genio. O negra.
  • El tiempo de los asesinos

  • texto de: Eduardo Escobar.
  • En una carta a la madre, Isabel Rimbaud dice que ha muerto como un justo, un santo, un mártir, un elegido. Los que lo conocieron mejor piensan que vivió y murió como un réprobo. Uno de sus biógrafos afirma que personificó el abandono del hombre moderno. Que su existencia fue una prueba de que si Dios existe, en todo caso ya no se comunica con nosotros. El coche fúnebre fue seguido por las dos mujeres. Había escrito en sus poemas de juventud, antes de abandonar la poesía, a los veinte años: al volver tendré miembros de hierro, la piel oscura, los ojos furiosos. Por mi máscara se me creerá de una raza fuerte. Seré ocioso y brutal. En realidad había vuelto rico, con una gran bolsa llena de francos de oro, pero podrido. Un tumor enorme se le comía la pierna izquierda. Los poetas de mi generación, la del nadaísmo, quisimos distinguir entre la mera literatura, como goce y belleza, y la escritura viva, patológica. Apreciábamos el mandato nietzschiano: escribe con sangre, que la sangre es espíritu. Homero, si existió, Borges, si era Borges, y Baudelaire y Cardoza y Aragón, Breton, Gaitán Durán y hasta el divino Shakespeare en su singularidad extrema, representaban el arte, para nosotros. Michaux, Artaud, Nietzsche, Rimbaud, sobrepasaban sus dominios. Eran otra clase de seres. Desgarramientos monstruosos de lo humano. Sobre todos los monstruos del oficio, nos admiraba la figura de Rimbaud. Recuerdo que el poeta Amílcar Osorio solía traer en la axila a nuestras citas, sus obras completas en francés, perfumadas en Vetivert de Carven, que traducía con lentitud reverencial. Una temporada en el infierno. El barco ebrio. Las cartas. Y recuerdo también que cuando Gonzalo Arango vendió sus cosas para morirse más desnudo, el plan consciente era viajar a Inglaterra, conservó sus libros de Rimbaud y Nietzsche. Y las obras de Fernando González. Rendimos a los tres culto de amor. Aunque suene incongruente en una cofradía de iconoclastas. Los poetas viejos hacían burla de nuestro entusiasmo. Lo atribuían a las efusiones de la pubertad. Era, decían, la admiración de unos adolescentes que se sentían poetas, por un poeta que representaba al adolescente eterno. Se ufanaban de conocer mejor y de antes, como si la vida fuera un concurso de jerarquías absolutas, o una cuestión de prelaciones temporales, a quien para nosotros era un hallazgo sagrado, ni más, ni menos. La ternura y la furia que necesitábamos para sobrevivir en el desorden nacional. Todos conmemoraban en octubre un montón de cosas distintas en todas partes, vagas y contradictorias. Los geógrafos el hallazgo de América por un aventurero italiano. Los leninistas la revolución de octubre que fue un noviembre. Los cantantes de despechos bohemios y los aficionados a las canciones se acordaban de Edith Piaf, el gorrión de París. Los cheístas de la caída del Che Guevara en la quebrada de Yuro. Los modistillos surrealistas, los intelectuales sofisticados y los opiómanos cultos de Jean Cocteau. Los poetas nadaístas, el alumbramiento, o el deslumbramiento, de Juan Nicolás Arturo Rimbaud, en Charleville, Francia, calle de Napoleón, el 20 de octubre de 1854. Segundo de cinco hijos de Vitalie Cuif, una señora insoportable, rígida, con alma de metrónomo, conservadora, clerical y plagada de escrúpulos. Y de Frederic Rimbaud, un oficial encantador con veleidades literarias que preparaba una traducción anotada de El Corán, que estaba casi siempre ausente de casa y que termina por abandonarla del todo. El niño ostenta al nacer las gracias del cielo, un talento inusual. Parece contener un lujo de hombre, un intenso porvenir. Es inteligente y vivaz. La leyenda dice que gateó el primer día. Intemperante. Que escribió poemas a los ocho años. Se sabe que a los doce dedicó unos hexámetros al emperador. Dulce y huraño, intenta contener sus ímpetus, se somete a los dictados del orden para complacer a la madre. En el colegio, brilla entre sus condiscípulos. Nadie sospecha que su espíritu extravagante se burla de las condecoraciones de la mezquindad ambiente. Que albergaba un proyecto soberbio que lo salvara, así dice en secreto y espera, de la vida imperfecta, humorística, inexplicable, amarga de la ciudad natal. Hay que reinventar el amor, cambiar la vida. Exclama. La verdadera vida está ausente. Escapa a París. Escandaliza París. Los fotógrafos se complacen en retratar el adolescente con rostro de arcángel. La madre vuelve a llevarlo a casa. El impulso hacia la libertad es más fuerte. Él vuelve a irse. Embarca. Lo ponen preso. Intentan apartarlo de sus libros. Y hasta de sus decepciones. Se queja, con amargura. Prueba el acomodamiento, el periodismo, hacer algo útil. Pero el joven genio no puede dominarse. Es un problema, aún para sí mismo. Pasa días enteros encerrado en un armario para huir de las rutinas familiares. Allí estudia ruso, árabe, alemán, italiano, español, perfecciona su griego, versifica en latín. Y se ampara del furor del verano hinchando las narices en las frescas letrinas. Según confiesa. Es un relámpago. Un visionario. Un vidente. Alquila un piano. Pero además, es el paciente anticipado de un porvenir de desmesuras. Mortifica su obra con crueldades insólitas, con fantasmagorías extremas. Sus poemas hablan por jeroglíficas claridades de un porvenir farsesco que adivinan, infestado de calamidades espirituales aterradoras y de prodigios técnicos, como el presente, ahora. En guardia con nosotros, desconfiaba de nuestras virtudes carniceras, antes de que pensáramos en nacer. En el satanismo disfrazado de heroísmos morales de su tiempo, vislumbró los ultrajes del nuestro, este escapismo lujoso, este espectáculo triste que ofrecemos. Los ruidos atroces que escandalizaban las visiones del adolescente provinciano con los zapatos gastados y el chambergo en pedazos, eran nuestros escándalos anticipados. Es extraño, sentirse realizando los densos presentimientos de un niño lejano con el alma llena de rimas. Sentir que la fanfarria que ofuscaba las pesadillas de un muchacho remoto, es nuestra locura y nuestro método. Ahora, sólo suceden maravillas en el escenario. Separados de la naturaleza, del cuerpo natural, en la machacona supervivencia de gloriolas vulgares, esplendor monetario y zozobras, así nos vio Rimbaud. Tal como somos. Esclavos a la venta en el mercado satánico de las oportunidades. Para la madre fue el fruto de un matrimonio sin amor, dice un biógrafo. Por eso fue un excéntrico. Un desorbitado. Se admira en los niños el don poético, el desdén, la falta de tacto, la sinceridad y la brutalidad. Él teme con razón, que la insolencia y la inocencia terminen por convertirlo en una ofensa mortal para el medio. Y luego de un tránsito de fugas por los cafés literarios de París, destruye su único libro editado y vuelve la espalda a la literatura, para siempre, antes de que Francia lo mande de embajador poético a la isla del Diablo. E inicia la andanza de miserias de un rey de quebrantos. Con una medida genial y generosa. Tiene la lucidez de los martillos, el paria. La perspicacia de los demonios. Había propuesto una alquimia del verbo. Pero, dice, como este escepticismo es impracticable de ahora en adelante y por otra parte estoy entregado a una nueva inquietud, espero convertirme en un loco muy malo. Intenta cumplir con el propósito, con honestidad y grande empeño. No escapó a la acción para librarse del tedio casero y la madre tiránica, como algunos piensan. La fuga no es de todo, sino a todo: moderno, práctico, activo, repudia el gran poeta que fue. Ve su pasado literario como una bufonada decepcionante. Se entrega al aturdimiento que había asignado a los condenados en sus poemas infernales. ¿A quién alquilarme? ¿Qué bestia adoraré? ¿Qué imagen santa debo atacar? ¿Qué corazones tengo que destrozar? ¿Qué mentira es preciso sostener? ¿Sobre qué sangre es necesario que camine? Se ofrece todo, con toda la fuerza de su alma, en el gran mercado de las herejías modernas. A los veinte años cierra una obra literaria incomparable que ejercerá una honda influencia, enriquecedora en Occidente, abandona los ideales estrambóticos de la infancia y cambia su hermosa poesía por las empresas comerciales. Vende, compra, intriga. Quiere irse a Panamá. Escribe al cónsul de los Estados Unidos con el fin de ser alistado en la marina norteamericana. Pone su alma en compraventa, y su pata, que incuba una gangrena vengativa, donde no la había puesto un europeo antes. Adiós poemas: marfil, café, dejan ganancias. Hay que ser eficientes. Busca armas especializadas para cazar elefantes. Se compromete a ser implacable, abominable. Lo único que importa es el lucro. Recorre los reinos de Menelik como traficante de armas. La leyenda sospecha que estuvo vinculado también con el infame comercio de esclavos. Una vez hace seiscientos kilómetros a caballo en once días. Proyecta, emprende, fracasa, vuelve a empezar con coraje de loco. Lo domina el afán, el ansia de cambiar. Y sobre todo, de encontrarse en algún mundo. A veces, la ambición se le cansa y se horroriza de sí mismo. Entonces, suspira por una vida pequeña y burguesa, se arrepiente de no haber sido el ratón almidonado que su madre quería, siente que merece una patria, una familia, un sueño común para compartir. Sin embargo, resiste. Acumula al menos 45 000 francos que mantiene amarrados en la pretina hasta cuando consigue dormir y que terminan por reventarle los intestinos con su peso. Decididamente convertido en un bruto muy feo, el gran poeta purga el abandono, la estupidez del caníbal de sí mismo que había entrevisto en los ensueños de ajenjo y hachís y en los ayunos forzados de su pasado bohemio en París. Experimenta el extremo fracaso en un alma y un cuerpo. Redime con su sacrificio el cinismo del tiempo de los asesinos de sus fantasías de juventud. Es decir: esto. El desierto parece seguro porque escasean los hombres. Pero el Mal corroe desde el interior, no basta ausentarse para ganarle la partida. Comienza a dolerle una pierna. Y el dolor acaba por inmovilizarlo. Tengo el pelo completamente gris. Me imagino que mi existencia declina. Escribe a casa. A los 34 años. En Francia todos lo han olvidado. Menos su madre y su hermana Isabel. A ellas regresará, rico y derrotado. Los francos ahorrados con saña de cicatero, alcanzan para pagar los gastos de la amputación, costear el funeral y liquidar la deuda con su criado. ¡Ay, si pudiera ganarme la vida honradamente! delira la grande alma en el cuerpo paralítico. Y sus hermosos ojos azules parecen más vivos y hermosos mientras más cerca ven la muerte. En medio de la inmensa putrefacción, insiste en embarcar en un barco imaginario. Escribe una carta: ¿a qué horas debo pasar a bordo? De su obra, ni se acuerda. No sabe ni le importa, que pronto comenzarán las aclamaciones al más enigmático de los poetas de nuestro tiempo, el aguacero de las interpretaciones de su destino, sus reveses, sus poemas oscuros, de símbolos, alusiones, maldiciones y pesadillas de profeta. A finales de octubre, se sumerge en los delirios de la agonía. A principios de noviembre, se desprende por fin de su cuerpo y es enterrado. Su madre y su hermana Isabel forman el cortejo. Para nuestra generación, Rimbaud es distinto de Superville, Hugo o Verlaine, el mayor de los poetas malditos para Borges. Es un fenómeno espiritual. No un literato tan solo. Rimbaud es un animal de otra especie. Su obra excede los límites de la estética. Es una experiencia totalizadora, de catarsis y purificación. Y además, profética de los peligros del alma del hombre contemporáneo. Su lenguaje extremo, el sarcasmo, las simas y los vuelos heroicos de sus poemas, sus blasfemias exactas, la sinceridad brutal de su advertencia, deslumbran y abruman. Su obra está unida al escándalo bohemio, como la de tantos poetas, pero por la violencia de su sacrificio es paradigmática, única, magnífica y extrema. No fue tan solo la figura del adolescente heroico, del Niño Bizarro, lo que nos atrajo en Rimbaud. Algunos piensan que le faltó compasión aunque predicara la caridad. Para otros, sus desarreglos expresan la repugnancia ante la incapacidad ajena para vivir según un ideal. Alguien dijo que su misión absurda y fallida fue mantener la ternura en el infierno, la esperanza de recuperar la inocencia, en la edad de oro, en una isla dorada de niños, en un sueño de bondad. Había querido reinventar el amor y transformar el mundo. Y elevó las palabras a la condición de llamaradas, revolucionando la poesía occidental con su gesto rotundo. Místico en estado salvaje, lo llamó Paul Claudel. Enid Starkie, en una amorosa biografía, lo compara con San Juan de la Cruz. Ives Bonefoy, en un estudio titulado “Rimbaud por sí mismo”, concluye: la grandeza de Rimbaud consiste en haber rechazado la poca libertad que pudo hacer suya... para testimoniar la alineación del hombre y llamarlo a pesar de su miseria moral al enfrentamiento trágico de lo absoluto. Por eso, su poesía es la más liberadora y una de las más bellas de nuestra lengua. O también una tumba: la de las salvaciones frustradas, la de las humildes alegrías aplastadas, la de una vida separada por su exigencia misma de todo equilibrio y de toda dicha. Pero el fénix de la libertad, el que forma su cuerpo con sus esperanzas quemadas viene a agitar aquí el aire con sus alas nuevas. Había abandonado la poesía a los veinte años. Muere a los 37, recién cumplidos. Sus últimas cartas de enfermo están llenas de lamentaciones. Los últimos días, encontraba algún consuelo reaprendiendo a volar, valido de unas horribles muletas, como un ángel caído. ¿No tuve una vez una juventud amable, heroica, fabulosa, para escribir en letras de oro? ¿Por qué crimen, por cuál error, he merecido mi debilidad actual? Vosotros, que pretendéis que los animales sollocen de pena, que los enfermos desesperen, que los muertos tengan malos sueños, intentad contarme mi caída y mi sueño. Yo no sé explicarme mejor que el mendigo con sus continuos Pater y Ave María. Ya no sé hablar. Había escrito. Y también escribió: sin embargo... hoy creo haber acabado la narración de mi infierno. Porque era en verdad el infierno, el antiguo, aquel cuyas puertas abrió el hijo del hombre. Y también: desde el mismo desierto, en la misma noche, mis ojos siempre cansados se despiertan con la estrella de plata, sin que se conmuevan los Reyes de la Vida, los tres magos, el corazón, el alma y el espíritu. Cuándo iremos más allá de las playas y los montes, a saludar el nacimiento del nuevo trabajo y de los demonios, el fin de la superstición, y a adorar los primeros la navidad de la tierra. El canto de los cielos, la marcha de los pueblos. Esclavos, no maldigamos a la vida. Fue el mandato supremo de su santidad arrevesada.
  • Las íes bajo las tildes

  • Texto de: Eduardo Escobar.
  • Hace años, en un congreso de lingüistas en Zacateas, Gabriel García Márquez propuso la jubilación de la ortografía, armando un alboroto de madre y señora mía. Según confesión propia, en sus memorias, Vivir para contarla, el escritor cataqueño ha tenido inmensas dificultades con el arte. Fue mi calvario a todo lo largo de mis estudios y sigue asustando a los correctores de mis originales. Los más benévolos se consuelan con creer que son torpezas de mecanógrafo. Escribió en sus memorias. El escándalo de la ortografía tiene una historia larga y venerable. Se remonta a los orígenes de la escritura que, como se sabe, fue para los antiguos un asunto sagrado, un ejercicio sacerdotal y mágico. Y cada vez que vuelve a ponerse sobre el tapete, se desgarran los velos de los templos de la inteligencia y rumorean las academias de la lengua y las tertulias de los letrados. La cuestión despertaba debates apasionados ya en tiempos de la sistematización de la gramática griega. Herodiano hizo el primer censo de los gramáticos, entre quienes contó a Dionisio el Tracio, Asclepíades de Mirlea y Tolomeo Ascalón. Dídimo de Calcis debió escribir un tratado de ortografía, a juzgar por unos fragmentos conservados. Y otro Apolonio Díscolo, cuyo apelativo no le calza a un experto en reglas. Latinos y griegos trataron de fijar la hermosa y noble lengua de Virgilio emboscada de resabios etruscos. Verrio Flaco escribió un tratado de ortografía latina. Quintiliano afirmaba que su alfabeto no era perfecto, pero alcanzaba un grado satisfactorio de adecuación entre lo escrito y lo oralizado, que es donde reside el problema. Quintiliano, además, aceptaba ciertas incorrecciones impuestas por el uso, cuando reformaban grafías irracionales. El problema se ha reducido casi siempre a la concordancia entre la escritura y el habla. Por la simplificación y la uniformidad. Claudio, tartamudo por paradoja, justificaba una reforma del alfabeto en contravía. Claudio inventó tres letras. Que se apresuró a imponer como emperador. En tiempos de Augusto, Mario Valerio Mesala Corvino en una enigmática obra contra la letra S, trató de demostrar que no es una letra verdadera sino un simple silbido. Plinio opinaba que las letras habían tenido origen en Asiria. Otros, que fueron creadas en Egipto por Mercurio, protector de los comerciantes y los ladrones. Cadmo habría llevado a Grecia 16 en tiempos de Ilión. Palamedes, hombre ingenioso, que diseñó el ajedrez y el juego de damas, les añadió cuatro. Entre estas, la hache aspirada. Anóxica. Contraria a la ese. Inarticulada. Mero accidente. Diomedes consideraba que 17 letras son más que suficientes. La equis, la ka, la ye y la zeta, estaban de más para él. La ge era superflua para Juan Ramón Jiménez. Y muchos siguen conspirando contra la cariñosa eñe, por pura tacañería. Los lingüistas modernos, a veces tan abstrusos, que parecen escribir en ninguna lengua conocida, coinciden en afirmar que quien escribe no quiere hacer un análisis de la lengua sino ser entendido repitiendo grafías ya vistas. Y que, como en la antigüedad, cuando las masas estaban excluidas del misterio de la escritura, la ortografía es un instrumento de dominación. No es casual que César Vallejo, el inmenso poeta peruano, para forzar la expresión y hacer más absurdo el dolor del mundo, a veces le retuerza el cuello al cisne, o a la gallina, de la ortografía, escribiendo, por ejemplo, VIBAN LOS COMPAÑEROS. Los primeros manifiestos de los nadaístas colombianos en medio de horribles cacofonías y desmanes ideológicos violaron la puntuación con felicidad orgiástica. El horror ortográfico puede convertirse en una forma de la sublevación, en una ofensiva contra un orden injusto, en un clamor contra un estado de cosas indeseable. Los esmeros de la ortodoxia gramatical de los colombianos, colindantes con los escrúpulos anales, son un complejo colonial, un tic heredado de la Patria Boba. Tanto como el absurdo del caballo, aterraba a los aborígenes americanos el soliloquio de los conquistadores con las sábanas de sus pergaminos amarillentos, un tiempo cuando la lectura silenciosa era aún privilegio de una minoría experta. La lectura callada es una sofisticación moderna. Y la novela, la forma silenciosa de la poesía. Según Burckhardt. No es una casualidad que atildado derive de tilde. Y tilde de título. Para el linguista Francois Desbordes, por ser instrumento del poder, la mera mención de la reforma de la ortografía despierta enconos. La ortografía cumple una sanción social. El orden establecido quiere que toda transgresión tenga un castigo consonante, que puede ir desde una plana, un plantón o una paliza, hasta el cero rayado de la exclusión y la pérdida del empleo, de las secretarias enamoradas que escriben amor con hache de hambre y labio con ve de novio.
  • Yerbas malditas en el solar del genio

  • Texto de: Eduardo Escobar.
  • Los cruzados del bien, que suelen producir peores males de los que intentan corregir con sus reformas, y sólo benefician al vicio a la postre, se empeñan contra una fatalidad: los hombres se drogan desde el principio de la historia, y nada conseguirá apartarlos del misterioso deleite, porque necesitan de sus rutinas como de milagros, aunque sean miserables, de la acción y de la contemplación, y del mundo material tanto como del contacto con los fantasmas de la interioridad que hablan de las capas remotas del cerebro animal, la memoria de los genes y los atavismos. Los reinos de la química y la botánica proporcionan entradas sutiles a una dimensión del universo como pensamiento, arcano y sueño. Y los hombres traspasan el umbral, aunque deban poner sus razones en peligro. O enfrentarse con la policía. Los hongos del centeno cargados de visiones, la amanita amenazante del bosque, roja con pecas intrigantes, los vinos del banquete platónico picados con opio, el éter y el mercurio, ayudaron a los hombres de siempre a entender, a desatar la poesía de las lenguas humanas, la alabanza, el terror y el asombro de la religión. En todo caso, ofrecen a quien quiera un repertorio de sentimientos que el hábito olvida y ciega con sus hechizos bastardos, una visión más real del mundo, como magia, juego y símbolo. Un río de tóxicos corre a través de la historia del espíritu humano desde Homero y Ulises, los misterios de Eleusis y los trovadores, hasta las universidades del presente, llenas de sabios prácticos. En las juergas de los políticos y sus cortes de mafiosos, estrellas y banqueros, en los templos de los profesionales de la trivialidad publicitaria, en los antros de marineros, en los palacios rosa de la putería internacional, en todas partes, necesitan realizar la ilusión de las cosas, romper como un huevo la mente enferma de costumbres. Los estudiosos han rastreado las relaciones de Jesús con las comunidades de comedores de hongos de los esenios y los posibles vínculos del sacramento de la comunión con la ingesta ritual de estos seres húmedos en una congregación de místicos en Palestina. Tal vez, incluso el maná del desierto del éxodo bíblico fue una proliferación de hongos madrugadores y oxidables, que envenenaban a los acaparadores. Terence Mackena es autor de un dispendioso tratado sobre las drogas, que tituló Los Manjares de los Dioses, entre las cuales incluye la droga de la televisión. Mackena supone que los alucinógenos naturales aceleraron los procesos evolutivos, por los cuales un inocente chimpancé paró en la pericia del hombre. Y sostiene que además, debieron ser de gran ayuda en la búsqueda del lenguaje simbólico, las matemáticas y la ética. Entre otros regalos de sus antiguas colonias, Europa recibió la marihuana, Las mil y una noches, la teoría de las correspondencias cara a Charles Baudelaire y los muebles y las flores de las novelas de Proust. El lsd, fue el protagonista en una guerra brutal del siglo veinte. Su dulce influencia pesó en la derrota norteamericana en Vietnam al conectar las mentes de los adolescentes gringos, es decir, la carne de cañón, con el éxtasis y lo sagrado. La verborrea de paranoico del doctor Sigmund Freud, intérprete de sueños, bien puede atribuirse a los efectos de la cocaína. Ésta, impulsa a sus devotos a hablar y hablar y hablar e induce la paranoia. Lo que llamamos la Cultura, para consolar el desorden bárbaro que habitamos, es el sueño de un montón de amantes del cloral, la goma de las amapolas, el hachís y los hongos. Y por otra parte, la formidable construcción de la literatura norteamericana es una epopeya contada por una turba de borrachos empedernidos. Frederic Pages, en un pequeño libro, escrito en serio y en broma, titulado, Descartes y la Cannabis, cree que el padre de la razón moderna, el método, la duda y el cojeante cogito, huyó de Francia a la helada Holanda, atraído por el aroma de la marihuana. Y acusa a su glorioso compatriota de narcoturista. Por eso debe ser que este mundo racional y metódico en sus procedimientos se parece tanto a una mala traba tantas veces. La yerba acaba de tocar otro personaje sensible de la cultura occidental. Ya antes había herido el corazón de la pérfida Albión en nombre de la pobre reina de Inglaterra en cuyo jardín privado hallaron una mata de marihuana en sazón. Un grupo de profesores curiosos, estudiando el suelo de la casa de Shakespeare en busca de vestigios que ofrecieran alguna luz sobre su vida, tan indeterminada, hallaron residuos de marihuana en el solar. Estos arqueólogos de las heces del genio, atribuyen algunos pasajes de su obra, tales como la aparición del padre en Hamlet y las brujas del introito de Macbeth, menos al genio inglés que al don vegetal de alguna colonia inglesa remota.
  • Bruce Chatwin

  • Texto de: Eduardo Escobar.
  • Chatwin recuerda a Rimbaud, aunque Chatwin no desdeñaba el dandismo, la gran vida, la sociedad, que en Rimbaud fueron meras aspiraciones, simbólicas de categorías espirituales, a lo sumo. Chatwin fue un hombre del gran mundo, no un bohemio atrabiliario y un comerciante sin escrúpulos. Pero como Rimbaud cultivó un cinismo fanfarrón que ocultaba la timidez y la necesidad de afecto. Chatwin encuentra tarde la literatura, a una edad cuando para Rimbaud estaba muerta, convertida, como dijo, en un mal recuerdo y en un peligro superado de su alma. Rimbaud fue el primero en la escuela, un alumno brillante, un genio precoz. Chatwin, un estudiante mediocre. Sin embargo, se unen en su pasión por los caminos, las proposiciones radicales frente a la cultura, el don de la belleza física legendaria, la bisexualidad, el final atroz y prematuro, y la honda impresión que causaron en todos aquellos que tuvieron la gracia de conocerlos. En ambos, también, la estela luminosa de la obra casi se halla opacada por el hechizo de la personalidad. Y por el asombro que produce el gesto en que convirtieron sus existencias cortas y apasionadas. Nacido en 1940, luego de unos estudios apresurados y difíciles y una fugaz experiencia en el teatro estudiantil, Bruce Chatwin entra como anticuario y vendedor en Sothebys. Entonces, sufre un incidente de ceguera súbita de probable origen neurótico, que buscaba redimirlo, tal vez, de la tiranía materna, según le dijo un médico. Otro rasgo que lo emparienta con el autor de Una temporada en el infierno es la madre sobreprotectora y despótica. Cuando recupera la visión, Chatwin inicia una carrera meteórica, sembrada de aventuras y de éxitos. Recorre África, La Patagonia, Australia, fiel a la idea que estructura la mayoría de sus libros, según la cual el hombre es un animal trashumante, que empieza a degenerar cuando se queda quieto y echa raíces en algún sitio. Cualquier conjunto de cuatro paredes era para Chatwin una tumba. O una trampa. Entre viajes, recuperaba las fuerzas en las casas de sus amigos millonarios en las islas griegas. Patagonia, la primera novela, le dio la notoriedad que necesitaba para escapar para siempre del papel de comerciante de cachivaches ilustres o raros. Los trazos de la canción, explora la inquietud humana y busca el origen del indomable deseo, y nos incita a cambiar la seguridad por los riesgos del horizonte y las sombras, y lo convierte en una figura de primer orden en el mundo de la literatura inglesa. En un escritor de culto. Como Rimbaud. Otra vez. Once años bastaron, once bastaron a Rimbaud, para que Chatwin, muerto de Sida en 1989, a los 48, escribiera en una prosa magistral, con el arte y la fuerza de los maestros curtidos en el oficio, cinco novelas inolvidables, llenas del sabor, el color y el genio de la vida, de humor y de ironía, cosidas con el hilo del amor por los nómadas -entre éstos, los trashumantes urbanos, los mendigos y los vagabundos de ciudad. Y relatos, poemas, textos críticos y artículos ejemplares del mejor periodismo moderno, publicados en Sunday Times, y recogidos bajo un título que invoca, una vez más, a Rimbaud: Qué Hago Yo Aquí. En medio de los rigores de la última enfermedad, paralítico como Rimbaud, Chatwin terminó su última novela, Utz. Y se esforzó, contra el tiempo, en una ópera que nunca terminó, sobre la agonía del poeta francés, con música del compositor surafricano Kevin Volans. El título, El hombre con suelas de viento, que fue como llamó Paul Verlaine a su amigo entrañable. Amante de los placeres del intelecto y de la carne, de la alta cocina que decía dominar, de los frutos de la civilización y la cultura y las antigüedades, de la buena charla, Chatwin adoraba también lo primitivo, el aire libre y el silencio de las estepas, las soledades extremas, los atardeceres antárticos, la comunidad con los segregados, los pobres y los malandrines. Su obra es en el fondo una autobiografía embozada, un autorretrato de una sensibilidad excepcional, el cuaderno de bitácora de un sibarita que podía catar un vino como un conocedor y disfrutar de la vida social en Londres y Nueva York, o dormir a gusto en una cueva de murciélagos sobre un lecho de mierda, con la misma alegría. Y constituye un brillante testimonio de libertad y una lección consoladora de belleza en estos tiempos de penurias, opresiones y ramplonería, necesitados e inclementes.
  • Economía e imaginación

  • Texto de: Eduardo Escobar.
  • Cuenta Alejandro de Humboldt en el libro de su Viaje a las regiones equinocciales, que en Arenas, Venezuela, conoció a un hombre, llamado Francisco Lozano, que daba leche. Leche suficiente para amamantar a un hijo cinco meses, dos o tres veces al día, mientras su mujer estuvo enferma. La leche de Lozano, de treinta y dos años, era consistente y fuertemente azucarada, dice Humboldt, que no le hizo el asco. Bonpland, su compañero de viaje, examinó el pecho del hombre, y reconfirmó que estaba arrugado como en las mujeres que acaban de criar. Con la erudición característica, Humboldt se acuerda de la leche de los chivos de Córcega y de Lemnos que los antiguos reputaban más productivos que las propias cabras. Al macho cabrío de Hannover que era ordeñado cada dos días. Y a los pastores del monte Eta que frotaban con ortigas las tetas de sus chivas para obligarlas a producir leche sin haber concebido. Anatomistas de Petersburgo habrían observado, recuerda Humboldt, que entre la plebe rusa eran más frecuentes los hombres lecheros que en las razas meridionales. Sin que pudiera decirse que fueran débiles o afeminados. Alejandro Benedicto, de Verona, a finales del siglo xv, refiere la historia de un habitante de Siria que, como Lozano, producía leche. Y alimentó a un hijo huérfano con sus beneméritas tetillas de viudo. El Ente Elucidado, un tratado de monstruos y fantasmas, escrito por fray Antonio de Fuentelapeña, y publicado en 1676, trae otros ejemplos de esta rara costumbre viril. Aristóteles, según Fuentelapeña, menciona un compatriota suyo que se sacaba de una sola vez leche suficiente para hacer un buen queso. Y Manuel de Faría habría tratado hombres que criaron sus hijos con los achocolatados ojos de sus pechos. Lorenzo Volf, según Juan Conrado, era tan fecundo con este licor que apretando los suyos podía rociar a los circundantes. En Cumucayata, Brasil, según Humboldt, hubo una nación cuyos hombres se encargaban de amamantar a sus críos. Porque las mujeres tenían los senos pequeños y secos, de puro adorno. Y concluye, que es vano el asombro de los filósofos ante los pezones masculinos, y que es injusto afamarlos de inútiles, y que los antiguos se equivocaban al creer que la naturaleza había rehusado al sexo masculino la facultad de alimentar sus camadas, por no estar de acuerdo con la dignidad del varón. Es una vana presunción que las tetas de los hombres sirven para nada. Tal vez un día, más próximo que lejano, los machos con problemas de liquidez y acosados por el desempleo se alquilarán como padres de leche mientras les sale algo mejor. La fisiología moderna sabe que basta una adecuada y sostenida estimulación de los pechos de los varones para hacerlos productivos. La leche de hombre debe ser tan nutritiva como la de tarro, de cualquier manera. Y más económica que la de vaca. Y es más barato alimentar un hombre que una vaca. Y no ocupa tanto espacio aun si lleva cuernos. Una cosa es segura. La Tierra sería más habitable y habría menos huérfanos e incendios, si los hirsutos pechos masculinos ocultaran más fuentes de nutritiva leche azucarada y consistente como la de Lozano, el amigo del barón de Humboldt, y menos furores patrioteros, enredos de deshonor y alardes heroicos. Otras rarezas sorprendieron al sabio alemán en Venezuela, que hacemos bien en no echar en saco roto. Los comedores de hongos, primitivos precursores del reciclaje y la sana economía, se emborrachaban el viernes con el zumo de esos seres elásticos y proliferantes (más baratos que el whisky y la cerveza, pues brotan en cualquier parte) y seguían borrachos el lunes valiéndose del recurso de beber sus propios orines o los de sus compañeros de juerga. Los otomacos, una tribu numerosa y saludable, habían solucionado el problema de la alimentación acostumbrándose a comer tierra. Cruda. O dorada al horno. Un poco más de una libra por día. Los guamos también la comían en las hambrunas, igual que las embarazadas pobres en la Europa de los tiempos de Humboldt, si no había otra cosa. Pero los otomacos la preferían al apetitoso lagarto, los suculentos huevos de la tortuga y el misionero a la barbacoa, y eran alegres y animosos y no sufrían males de estómago. Un pariente mío, rico y avariento, decía con razón que los pobres no comen porque no quieren o son demasiado arrogantes en sus exigencias. Habiendo tierra, ¿quieren también carne y caviar que además engordan?
  • Poemas principales

  • Texto de: Eduardo Escobar.
  • Cuando lo conocí el hombre se hacía llamar X y su apellido era 504. Vivía por los lados del colegio de La Salle en Bogotá y andaba con aire kafkiano, metido en una gabardina blanca, pegado a las paredes. Dejaba en evidencia que era un poeta de tierra caliente, condenado por los dioses a vivir en un páramo y a llevar por dentro el recuerdo de una ballena. Tenía fama de pulcro, ordenado y decente. Yo, de atorrante. Jamás quise acercármele, por miedo de ensuciarlo, aunque militábamos, es un decir, en la misma canallada del nadaísmo. Yo venía a Bogotá con frecuencia, en plan de conquistar el invierno perpetuo, entonces en Bogotá llovía y llovía y llovía como en un bolero, y a decir poemas en la Casa de la Cultura de Santiago García, y a lagartear con Eduardo Mendoza Varela la publicación de mis primeras experiencias en el lirismo del lodo. Y lo dejaba pasar, de lejos, al anochecer, rumbo a su sopa rutinaria de ubre de manatí en la calle de los esmeralderos. Por confidencias de amigos comunes yo estaba al tanto de la opinión merecida que el Monstruo, como se le decía, guardaba de mi joven persona, a causa de mis desmanes públicos y las aspiraciones al desorden que fueron mi propia manera de entender el nadaísmo. Dariolemos y yo, con algunos otros poetas crapulosos, adictos a Rimbaud y otras yerbas, formamos dentro del grupo una pandilla alineada por la siniestra, que los demás bautizaron con cariño con el hermoso nombre de las Flores del Mal. Una noche, Gonzalo Arango me dijo: quiero que conozcas a Jaime. Es un hombre tierno como tú. Perdona tus diabluras. En secreto admira al Patas aunque no se atreva a decirlo en voz alta para no asustar a sus amigos burgueses de la Candelaria y a Elisa Mujica. Entonces se hacía llamar Jaime, como cualquiera, después de abandonar su antiguo apelativo de ecuación de pila seca. Y empezamos a aceptarnos, o a soportarnos con estupor, que es a lo que alcanzan los poetas en la amistad, por razones simples: ambos queríamos a gonzaloarango como el sol de amigo que fue, admirábamos a Amílcar Osorio como al dulce vergajo que era, y ambos, o mejor dicho, los cuatro, nos empeñábamos en el despropósito poético de emborrachar la poesía colombiana y alterar el medio ambiente poético. Jaime y Gonzalo se conocían desde la infancia, en Andes, Antioquia, y al cabo de una ringlera de años habían vuelto a verse en la ardiente ciudad de Cali, Colombia, donde Jaime trabajaba en la Administración de Hacienda. Gonzalo había llegado a Ôla SultanaÕ, con el fin de predicar la llegada de una nueva oscuridad. La simpatía de la amistad no nació de sopetón entre nosotros. Fue creciendo y fortaleciéndose a partir de encuentros bienales, y veniales, empleados en tratar de entendernos, que es lo que deben hacer las personas que se respetan. Con el correr de los años, yo abandoné mis ambiciones de convertirme en un poeta muy peligroso, en un país donde ser peligroso ha dejado de ser una originalidad. Él siguió siendo una persona muy decente que lleva por dentro el secreto del recuerdo de una ballena. Los libros de Jaime Jaramillo no necesitan el apoyo del afecto. Un libro ha de conquistar el mundo solo. Y menos, la reunión de sus Poemas principales. Publicado en Valencia, España, en la colección Antologías de la Editorial Pretextos. En 307 páginas, allí se recoge un buen tramo de la obra de este poeta que no deja de asombrar a todos los que todavía son capaces de asombro y de una sana admiración ante la fuerza expresiva de una escritura de alto voltaje, con un hondo sentido del humor, llena de la ironía y de la alegría que tanto necesitamos en este mundo unipolar y descompuesto.

2 comentarios:

Film X dijo...

Contiene la fuerza de la madrugada este post. Fuerza de nadaísmo, de rutas y colisiones, desventuras y dominios del lenguaje que le dan al cuerpo esa potencia dionisíaca de la que Nietzsche bebió en su búsqueda y trazó en sus libros.

Celebratorio, Xtino.
Salute y velvet.
V.

kurubeta dijo...

Film X,
yes, fuerza nadaísta, post-madrugada de la poesía, highways de la lima , yiyi formosa si las hay!!!
xaludetes