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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

jueves, julio 23, 2009

Ever neokafkiano

el cuento neokafkiano de Ever en Asunción Te mata es buenísmo, buenísmo... (Oliverio Coelho)
La Venus de mantenimiento de Ever Román

Antes de comenzar a ensimismarme, era una persona relativamente servicial. En la oficina caían a mi cargo la organización de cumpleaños, rifas, memorándums para todo tipo de diligencias. Incluso organizaba actividades completamente ajenas a la Municipalidad pero sin las cuáles la calidad de vida de los empleados públicos sería simple resta. En las oficinas de la Municipalidad de mi ciudad éramos muchísimos empleados. Una cantidad que no paraba de crecer y crecer. Aún ahora, que yo no estoy más allí, puedo asegurar que sigue creciendo la cantidad de empleados. Probablemente siga creciendo durante siglos, hasta que, un día, como suele suceder en este tipo de casos, la oficina ya no haga falta y los emple-ados sean simplemente despedidos. O puede incluso que los empleados pierdan el interés en ir a trabajar, interés que por otra parte no tienen, y las oficinas queden poco a poco despobladas. Esta posibilidad es remota e impensable, pues nada gusta más a los habitantes de mi ciudad que cobrar un sueldo sin hacer nada. Y el objetivo principal de todos es, en el fondo, pertenecer a la casta privilegiada de empleados públicos, de la cual una vez, durante más de diez años, yo formé parte. Por viejas fotografías en blanco y negro que se exhiben en un museo, se ve la Municipalidad cuando se constituyó por primera vez.
Ocupaba un predio extenso, lleno de árboles, y el edificio era apenas una casa de un solo piso con am-plias habitaciones bien ventiladas. Hay una foto en la que se ve al Primer Intendente. Está sentado en un gran escritorio, la oficina tiene unos pocos libros y papeles, todo rigurosamente ordenado; repantigado en su sillón, con el corpachón imponente, el hombre de grandes bigotes sonríe al fotógrafo mientras en una mano sostiene una pluma para escribir y en la otra mano tiene una guampa de mate. A su lado están parados dos enjutos personajes de vestimenta formal, ojerosos. El retrato irradia calma y optimismo. En otras fotografías se ven las oficinas, con un escritorio en cada una en donde afanosos empleados sonríen. El blanco y negro de las imágenes les confiere un aire irreal, y es aún más irreal si uno las compara con el actual estado de esta institución. Pues aunque el pre-dio sigue siendo el mismo, ya no hay un solo árbol, sino que en cada espacio disponible fueron erigidas torres de quince pisos llenas de oficinas minúsculas atestadas de gente, cruzadas de corredores y escaleras, siempre con tránsito complicado. El tiempo que tra-bajé allí los empleados aumentaban año tras año. A medida que se sucedían los gobiernos municipales, cada autoridad elegida traía consigo un nuevo grupo de empleados de confianza, que se sumaban como mejor podían a los empleados ya existentes. Yo entré siendo adolescente, como secretario de un político que se retiró muy pronto. Fue gracias a una recomen-dación de mi hermana Helga, que nunca supe cómo entró en contacto con una enredada cadena que derivó en un puesto de trabajo para mí. Cuando mi jefe me vio, me asignó un escritorio pequeño, que compartí con otros cuatro secretarios de más o menos mi misma edad. No teníamos nada que hacer, salvo i por fotocopias o dividirnos semanalmente la preparación del mate que compartíamos con regularidad. Cuando mi jefe anunció su retiro, nos quedamos sin oficina. Quedé bogando por varios puestos imprecisos durante algunos años, dependiendo de cada gobierno que iba presentándose. El último año lo pasé en Recursos Humanos, sin hacer nada particular salvo cumplir un horario, aunque figuraba como secretario de otro político que no se presentaba nunca al trabajo. En la oficina de este político había otros secretarios suyos que se había traído por su cuenta. Yo fui de-signado por el Sindicato de Empleados de la Municipalidad para trabajar en esta oficina, puesto que era un empleado con derechos de antigüedad y como ya en otros gobiernos había quedado sin una función específica. Pero no cuajé en esta oficina. No me daban tareas, lo cual dentro de todo es muy normal, pero tampoco me dieron un escritorio ni gaveta para guardar mis cosas. Los nuevos secretarios de este político eran gente muy egoísta y mostraban mucho recelo de mi presencia. Por suerte, pronto ocupé la oficina de otro político, cuya secretaria, Romina, se había hecho amiga mía muy rápido, para guardar mis cosas. Pero como en esta nueva oficina tampoco tenía trabajos que realizar, fui dando vueltas de oficina en oficina, buscando qué hacer, hasta que me hicieron un lugar en Recursos Humanos. Allí, donde tampoco había nunca nada que hacer, gracias a la ayuda de mi nueva amiga, empecé a trabajar para los empleados que no tenían trabajo y que, como yo, deseaban a toda costa hacer algo; pues vagar de pasillo en pasillo por los edificios gigantescos de la Municipalidad resulta agobiador si lo hacemos día tras día, de ocho de la mañana a cuatro de la tarde, durante semanas, meses, años. Y es también muy doloroso recorrer los pasillos y no ver más que em-pleados deprimidos, vagando de este a aquel rincón, tomando mate, fumando cigarrillos, comiendo empa-nadas, engordando. Los únicos que disfrutan en esta situación son los nuevos empleados que llegan con los cambios de gobierno. Creen, en su ingenuidad, estar en un paraíso al ganar un sueldo relativamente bueno sin hacer nada. Pero muy pronto, al año, se dan cuenta de su error. Entonces empiezan a peregrinar apesa-dumbradamente de pasillo en pasillo. Buscan un tema de conversación trivial con el primero que se topan; después ya dejan de buscar siquiera un tema de conversación; y después no hacen más que estar parados y fumar cigarrillos. Engordan. El estómago de los hombres va abultándose, las caderas de las mujeres adquieren una espantosa consistencia gelatinosa. Uno puede conocer, por el molde del cuerpo de los emple-ados, la antigüedad que tienen. Los culos gigantes, várices, granos en las caras, ojos amarillos de tanta yerba y tabaco, son marcas que deja en uno la vida municipal. La voz se hace cada vez más ronca, casi ininteligible. Las mujeres acostumbran a combatir este problema con actitudes promiscuas. Uno caminaba por los pasillos y veía piernas regordetas de secretarias abriéndose y cerrándose, mostrando el pubis afeitado sin ropa interior. O blandas tetas me-ciéndose sin sostén y maquillados rostros sonrientes y manos de blando movimiento que te buscaban la mejilla para posarse suaves a la menor oportunidad. Si a alguien se le ocurre, en un arranque de optimismo, meter en un limpio corral a bañados y lustrados chanchos, no esperará que se conserven pulcros con el paso de los días. Los chanchos empezarán lamiéndose el cuerpo para quitarse el lustre, se mojarán con la cubeta de agua que se les ponga para beber, luego se revolotearán en tierra, ensuciándose; luego derra-marán el agua de la cubeta para obtener barro, se hundirán en el barro, emergerán del barro, disfrutarán el barro como si fuera un manjar. Un corral pequeño no puede evitar volverse aburrido. Los chanchos, ya hartos del barro, comenzarán a dar vueltas de aquí para allá en el corral ya emporcado, se mirarán entre sí, bajarán la mirada, se tirarán otra vez en el barro, esta vez ya sin mucho entusiasmo sino como si fu-masen un gran porro contra el insomnio. Después las chanchas comenzarán a mirar a los chanchos, y los chanchos a las chanchas, e inventarán desganados juegos para pasar el rato entre chapoteo y chapoteo. Cuando los secretarios de la Municipalidad de mi ciudad, luego de pasarse casi toda la mañana ence-rrados ante sus escritorios, o de estar parados y fumando en un pasillo, o de pasarse el día dando vueltas entre pasillo y pasillo, ven a alguna secretaria abandonada en su clamoroso paseo, se paran ante ella impidiéndole el paso y le indican un pasillo cual-quiera. Inmediatamente dan media vuelta y poco después la secretaria marcha tras ellos, perdiéndose en algún piso en reparación de los edificios municipales. Siempre hay pisos en reparación en los edificios de la Municipalidad de mi ciudad. Uno no tiene más que ir a las oficinas de mantenimiento para informarse. Algunos pisos tardan meses antes de volver a ser habitados, pues los empleados de Mantenimiento se encargan de hacerlos funcionales para los raptos secretos. Y en estos pisos se encierran los secretarios municipales con las secretarias. Yo acostumbraba cada tanto a ir a mirar, cuando no había nada particular con qué entretenerse. Fue así como conocí a Romina. Llegué al piso cuarto de la torre 3, donde poco antes hubo un principio de incendio en el que se quemaron algunos documentos contables de la administración anterior. El olor a hollín era penetrante e irritaba los ojos. No obstante, el tráfico de secretarias y secretarios era intenso. Llegué con el mate listo y un paquete de cigarrillos. Me traje una silla para estar más cómodo y una linterna para ver mejor, pues en el piso habían cortado la luz y las ventanas eran pequeñas y casi no entraba sol. Me acomodé frente a una cubeta enne-grecida por el humo y me dispuse a esperar a que la ocupe alguna pareja. Ahí llegó una mujer y me suplicó que entrara con ella a la cubeta. Le dije que estaba cansado, que solo había venido a mirar. Seguí sirvién-dome mate y la mujer se arrodilló frente a mí y me abrió el cierre del pantalón. Al notar que por más que chupaba no me venía una erección le repetí que estaba cansado y le invité mate. Se sentó en mi regazo y unos minutos después llegó una secretaria de la Oficina de Prensa con dos secretarios que no conocía y tras ellos un impúdico gordo, que siempre está de mirón y disfruta masturbándose mientras observa a las pa-rejas. El trío entró en la cubeta luego de preguntarnos si estaba libre y el gordo se acomodó al lado nuestro quitándose los pantalones. Yo alumbré al trío con la linterna y uno de los secretarios ponderó mi acción. La secretaria tenía unas enormes tetas lechosas que se las sostenía con las manos mientras los dos secretarios se las lamían como perros sedientos. La secretaria au-llaba y las bocas de los secretarios empezaron a recorrerle el cuello, la espalda, chapoteando en baba, mordiendo, animales, y el gordo, a nuestro lado, empezó a masturbarse con frenesí. Entonces la mujer que estaba en mi regazo sintió una violenta arcada y vomitó encima del gordo, con tanto cuidado de no mancharme que casi no me di cuenta. El gordo se espantó y de un bofetón arrojó a la mujer de mi regazo y ésta fue a parar a unos metros de mí, deslizándose por el piso. Dentro de la cubeta la secretaria felaba a los dos secretarios, metiéndose un pene en la boca mientras aprisionaba el otro entre sus lechosas tetas, moviéndose como una anguila, toda humedad. La secretaria tenía una boca enorme y por momentos se tragaba completamente los dos penes, con testículos incluidos. Era un espectáculo bastante agradable, pero no pude disfrutar porque los gemidos del gordo mas-turbándose a mi lado me quitaban concentración. Le pedí que se fuera a otra cubeta sino quería que le vomite también. El gordo recogió sus cosas y yo volví a cebarme mate, pero ya había perdido el interés. Entonces recordé a la mujer. La vi tirada a unos metros de mí, convulsionando por el llanto. Me hacer-qué y le tendí la mano, luego la senté y le arreglé los cabellos y le acaricié delicadamente la cara para calmarla. Había acariciado antes otras mejillas, pero pocas veces disfruté al hacerlo. Es decir, acariciar una mejilla no pasaba de ser un gesto automático, que más que sentir la mejilla ajena me hacía sentir mi mano recorriendo una superficie que no me despertaba ninguna emoción. Pero el rostro de la mujer era tan suave humedecido por las lágrimas, que aunque duró apenas unos segundos lo sentí con mucha intensidad. Ella me sonrió y yo le sonreí. Nos miramos largos segundos hasta que nos brillaron los ojos. Fue her-moso. Aún ahora, al recordarlo, me embarga una dulce emoción. «Me llamo Romina», me dijo la mujer. En una institución como la Municipalidad, donde hay miles de empleados y cada nuevo mandato se suman más y más, ponerse a decir nombres o andar preguntándolos resulta completamente inútil. Es imposible recordarlos todos. Hay muchas técnicas que se aplican, como por ejemplo designar a los emple-ados por grupos. Mantenimiento, Prensa, Recursos Humanos, etc. Las caras no importan, pues terminan pareciéndose muy rápidamente. Uno solamente debe recordar la dependencia de cada empleado para cuando requiera alguna cosa en especial. Entonces, los de Mantenimiento usan overoles, los de Prensa camisas con rayas, los de Recursos Humanos camisas blancas, los secretarios de políticos corbatas con el color de su partido, los izquierdistas van en remera y usan barba, etc. Las secretarias, sin embargo, son todas iguales. Si bien uno aprende los uniformes y tiene así un panorama para desenvolverse con comodidad, nunca es posible hacer nada con las secretarias. Carecen por completo de identidad individual y son parte de un corpus de minifaldas y camisas escotadas que se multiplican por cientos en los pasillos y oficinas. Es imposible individualizar a las secretarias. Y cuando Romina me dijo su nombre, mientras me sonreía y yo le acariciaba las mejillas, supe inme-diatamente que habría un nombre de secretaria que me sabría y que asociaría a un rostro, un peinado, a una particular forma de caminar. La secretaria de la cubeta empezó a quejarse a los gritos y esto nos sacó, a Romina y a mí, de nuestro encandilamiento. Al parecer, los secretarios se habían olvidado de la secre-taria. Mientras los dos secretarios se felaban mutuamente, la secretaria iba vistiéndose a los manotazos, gritando, fuera de sí. Romina se asustó y de un tirón me obligó a levantar campamento. Corriendo, salimos del piso. Al otro día, yo ya tenía una gaveta donde guardar mis cosas.

fragmento 1 de "La venus de Mantenimiento", Ever Román, en Asunción T mata, VV.AA, Felicita cartonera, abril 2009, Asunción-Paraguay

6 comentarios:

Vero dijo...

Me encantó ese relato! Le comenté a Ever que me había recordado a Walser. Para mí se ve el cariño que le tiene al instituto Benjamenta. Y bueno, de un neokafka a un neowalser no hay tanta distancia, supongo. El de Monsterrat es buenísimo también. Saludos, Kuru.

mariano skan dijo...

Una masa Ever¡¡¡
Los municipales, una película porno-kafka para descubrir identidades.

KuruPicho dijo...

Si Vero,
el de Montserrast
el de Ever
y
el de Ana
et..
la anto
es de lo mejor
y por su puesto
la mezkina gente ke escribe reseñitas
en los diarios parawayensis
no lo han mencionado
lo han ninguneado...forever..
tranki no+
cuando lo publike en jakemnbo
en un mix con textos de
LLubia negra...
saldrá doblemente mejor...
saludos
y mando al Ever
anto
LLubia proximamenti!
pero según entiendo
Walser
ha forcluido toda la temátika sexual de sus libros...me parece

Vero dijo...

Ah, es que pensaba en la falta de aspiraciones de Jakob von Gunten... o más bien aspiraciones a contramano de lo convencional, ¿no? Muy fuerte eso.

Anónimo dijo...

aunque, pensándolo bien, pegan esos ninguneos, kuru, porque al final lo realmente horrible sería caerles en gracia a esos imbéciles! felicitaciones por las felicitaciones y por esos honrosos ninguneos tmb y metéle siempre ché!

kurubeta dijo...

vero, es cierto hay como un nihilismo en el personaje femenino, está traspasada o kanguyloneada por una versión prsotibularia de bartleby y su preferiria no ahcerlo...
pero la depre es tipikamente parawaynsis---también...No, se decía ke el loco de Walser nunca conocio nos olo sexo sino mujer!!!
parece ke algunas disfunciones o divagues psychos escoge la via puritana de la existencia!
xaludos