En aquellos remotos tiempos
en
por eso los mujiks carneaban a la ternera
con sus propias vergas
pp. 36
Una parodia semi-porno de la célebre escena de la literatura rusa del siglo XIX en ke Raskolnikov hachea a la usurera.
“El hacha cae como una brega enorme sobre el cogote de la vieja buscona, que sin duda hubiera preferido estar de frente y no de espaldas para recibir la descarga en el hocico desde su pequeña estatura de chupavergas arrodillada. Más que quejarse, suelta un gemido gutural, como de vicio, y se derrumba toda ella como muerta de gusto en el suelo después del, revolcón, y antes de irse del todo aún le da tiempo a la muy puta de levantar sus manos meneadoras hacia el mástil goteante y acercar su mascarita de perra rancia y malcogida”.
pp. 88
Un ácido posmoderno de circulación klandé, shabatanaizado, reactualiza químicamente una leyenda de la santa Rusia.
Padre se inclina sobre mi mano igual que Sabaot. Y arrima la bola divina a la hinchada vena. Veo cómo se aquietan los pececitos, balanceándose levemente en su acuario. Y cómo uno de ellos se lanza hacia la vena apretada con la bola. Mueve su cola diminuta, barrena el cristal dócil y se engancha a mi vena. ¡Ya está! ¡Loado seas, Dorado esturión!
Y en el pliegue pálido del codo, justo en la vena hinchada sobresale la diminuta, la milimétrica colita del sollo dorado.
¡Oh Divino instante de la entrada del peje radiante en el lecho sanguíneo! En nada comparable a ninguna cosa terrena, sólo te asemejas al placer de nuestro primer antepasado, al arrobo de Adán en el paraíso cuando saboreaba las frutas nunca vistas, creadas para él solo por el Sabaot de blancas barbas.
Colea y desaparece en mis adentros la esplendente larva. Y fluye por el cauce sanguíneo. Del diminuto orificio brota, finísimo, un hilito rojo. Aprieto la herida, reclino la nuca en el blando cabezal, cierro los ojos. Siento cómo nada en mi sangre el sollo áureo, cómo viaja por mis venas cual si remontara el Volga madre en primavera hacia el desove. ¡Arriba, arriba, arriba! Tiene dónde precipitarse el sollo dorado, su meta es mi cerebro, mi cerebro suspenso en la gran espera henchida de promesas, dispuesto a recibir el fecundo obsequio, las huevas divinas del sollo hechicero. Nada, nada, oh pez dorado, alcanza tu meta sin obstáculos, desova tus pepitas de oro en mis fatigados sesos, y que de ellas nazcan los Grandes, Maravillosos, asombrosos Mundos que resuciten mi mente toda…
Y con los labios resecos cuento:
Uno.
Dos.
Tres…
pp.98
Por fin la encuentro a la mujer rubia de treinta años acurrucada en el baño entre la pared y la máquina de lavar sólo lleva la camisa las rodillas desnudas patiabierta de espanto estupefacta me mira con ojos redondos sin apresurarme olfateo su olor a sueño y pesadilla me aproximo más y más y más de cerca la miro con ternura mi nariz roza sus muslos abro abro abro y luego lanzo mi llama más fina mi fiel espetón lanzo a su matriz lanzo y lleno su horno tembloroso con el espetón de fuego ella grita con un grito inhumano mientras mi espetón se enhorna a fuego lento se enhorna hornea forneciendo sus entrañas forniendo fornicando candente el espetón fornido en su nido encendido mi vara CLAVACLAVACLAVACLAVACLAVA.
pp.106
De El día del opríchnik, Vladimir Sorokin, Buenos Aires, Alfaguara, 2008, 49 pesos
1 comentarios:
Muy bueno!
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