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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

viernes, mayo 22, 2009

El orden stronista Julio Benegas Vidallet
I
Durante el genocidio de la Guerra Grande (1864-1870)
Paraguay, el único país que por entonces había desarrollado un proyecto nación de gran autonomía económica, fue devastado literalmente. De una población de un millón de personas, aproximaciones estadísticas posteriores cuentan la supervivencia de unas 140 mil personas, mayoría niños, ancianos y mujeres. El ejército esclavista del imperio brasileño de entonces ocupó el país convirtiendo al estado paraguayo en un apéndice de su política expansionista. Paraguay pagaba caro el costo de haberse sustraído del modelo criollo oligárquico que emergió como poder en los recientes estados “independizados” de la Corona Española. En Paraguay, por razones geográficas y composición etnográfica, había construido una economía de subsistencia de la mano del dictador Gaspar Rodríguez de Francia (1814-1840). Argentina y Brasil se desarrollaban sobre la base de la explotación esclavista, latifundios, la banca y el comercio dominados principalmente desde los intereses imperiales de Inglaterra. Por estas épocas, en Buenos Aires se contaba con un registro de cerca de un millón de “vagos”, término que se acuñara para calificar a la gente desocupada, expulsada de las extensas tierras adjudicadas arbitrariamente por los “conquistadores” o desahuciada de las epidemias, guerras y la primera gran ola capitalista en Europa. En Paraguay las tierras del Estado eran haciendas comunes. En 1840, a la muerte de Gaspar Rodríguez de Francia, proclamado dictador perpetuo del Paraguay, el país, sin deuda externa ni interna, con un implacable manejo austero de las finanzas públicas, se encontraba en condiciones para sumarse a la primera revolución industrial y consumar en consecuencia el proyecto modernizante desde su condición de estado nación mestiza. El gobierno constitucional de Carlos Antonio López (1840-1862) abordaría este desafío contratando técnicos europeos, construyendo el primer ferrocarril y la primera fundición de hierro, bases fundamentales del desarrollo industrial de la época en Europa. No en vano, el ejército de ocupación destruye la fundición de Ybycui, señal inconfundible de la razón principal por la cual se había atacado a este país tan lejos del mar y tan cerca de sus verdugos, infiere el periodista argentino de La Nación, Jorge Zárate. A los ajustes geográficos propios de la decadencia colonial y la delimitación de los estados nacionales, la Guerra Grande significaría una enseñanza mortal para cualquier país de la periferia de Occidente que osara acometer una economía de carácter autónomo, con desarrollo industrial incluido. Era un tiempo en que para nuestros países se había delineado la tarea de explotar materia prima para su posterior procesamiento en los centros industriales de Inglaterra, Francia, Alemania y Holanda. Extraviada la conciencia pública sobre el estado nación, el país se debatirá en el futuro en los escombros de la moral política, comenzando un período de grandes entregas y robos del bien colectivo. Este cuadro es descrito magistralmente por el cronista y gran dirigente anarquista español, Rafael Barret, en su libro el “dolor paraguayo”. El nos legó este y otros artículos, y a su hija, Soledad, un símbolo del espíritu revolucionario contra la injusticia, ejecutada en Uruguay en el marco del Operativo Cóndor. Al Estado se lo ata a la deuda, rematándose para el efecto, entre otras cosas, once millones de hectáreas para producción de tanino, yerbales, obrajes y maderas, a empresas de capital extranjero, afincadas en la Argentina, como los Casado, La Industrial Paraguaya y otros, como bien nos describe Carlos Pastore en su libro “La lucha por la tierra en Paraguay”. Las dos grandes selvas que cruzaban nuestro país, la Selva Central (Asunción y los distritos del hoy departamento Central) y la Selva Atlántica (Alto Paraná, Itapúa y Canindeyu) cubrían un país bordado de arroyos, ríos, calor, tierra fértil y animales silvestres. La grandiosidad de la flora y fauna del país atrae a uno de los cientistas naturales más importantes del mundo, Moisés Bertoni, que llega a registrar múltiples especies para un mundo científico que se desarrollaba en otros países y se anulaba en el país. En este paisaje, tan bien descrito por nuestros poetas y músicos en las guaranias de José Asunción Flores, las polcas de Emiliano R. Fernández o los incisivos poemas canción de Teodoro S. Mongelós, entre tantos otros, el pueblo vivía alejado de cualquier noción de Estado. El Estado era una cuestión de los letrados, que hablaban castellano, manejaban los papeles y delimitaban las tierras. “Ne jodéta siempre ikuei (siempre se burlarán de uno)”, sentenciaba en vida Olegario Achucarro, cuyo rancho fue quemado y sus tierras usurpadas por los vencedores de la Guerra Civil de 1947. Pastore lo escribe: “La ley del 2 de octubre de 1883 fue sancionada y promulgada en momentos en que se repuntaba el valor de la propiedad inmobiliaria en el Paraguay y en que comisionistas del capitalismo extranjero visitaban el país y adquirían tierras con praderas para ganadería y con bosques para la explotación forestal y exportación de maderas”. La ley del 11 de julio de 1885 autorizaba al Poder Ejecutivo, entonces al mando de Bernardino Caballero, a enajenar todas las tierras del Estado. Antes de la Guerra de la Triple Alianza, la superficie del país era de 16.590 leguas cuadradas, de las cuales el Estado poseía 16.329 leguas cuadradas. Dentro de esta inmensa superficie había 840 leguas de yerbales. En las nuevas explotaciones se reclutaban campesinos para trabajos esclavo. Ingresaban a reducir montes, cortar quebrachos, cuidar la yerba en un régimen que impedía el permiso laboral por supuestas deudas contraídas por la comida y las bebida diarias. Sin medios de comunicación, del padecimiento en los yerbales y quebrachales existía conocimiento popular a través de compuestos y juglares como de cuestiones ocurridas en remotas e ignotas tierras. Algunas esporádicas denuncias llegaban al Parlamento sin producir eco importante. Augusto Roa Bastos recogerá este pasado-presente con gran maestría en su trazo “El éxodo”, de Hijo de Hombre. Luego de la derrota del proyecto modernista, el universo citadino se fue conformando, fuera del hogar, con exiguos médicos, algunos abogados que atendían en tribunales litigios menores, estibadores, ferroviarios, panaderos, talabarteros, orfebres e imprenteros. En una economía, en fin, casi artesanal y de intercambio directo. El Mercado Guasu de Asunción era un pulmón de distribución y relación de productores rurales con sus patrones citadinos. Este modelo se reproducía en todos los pueblos. El mundo campesino no era un mundo lejano ni remoto. Era casi el universo total de pobladores de nuestro país. La mayoría de los “pueblos”, como en nuestro país se denominan a los pequeños núcleos urbanos, conservarían por décadas su fisonomía colonial, albergando a los “patrones”, a quienes nuestros compatriotas del campo proveían verduras, frutas, pieles silvestres, carbón y otros recursos y recuerdos de la tierra. Toda la cobertura del Estado terminaba en los “pueblos”, donde funcionaban las escasas escuelas públicas, los centros de salud, los juzgados de paz y las escribanías. El mundo campesino se recreaba sin Estado o con un limitado Estado liberal de una economía tradicional de abastecimiento familiar y con asistencia escolar inexistente o muy escasa que ayudaba en pocos casos para aprender las primeras letras y los números y ecuaciones básicos. El Estado tenía recursos solo para mantener la mínima burocracia, incluidos los servicios mínimos de salud y educación, enfocados éstos, como dijimos, en los habitantes de los “pueblos”. En este paisaje de aldea urbana, los trabajadores buscaron forma de organización en mutuales, asociaciones y sindicatos. Con libertades siempre restringidas y vigiladas por el Ministerio de Interior, se crearon sin embargo sindicatos de distintas ramas de la producción por destajo y escasos asalariados. Obreros marítimos, gráficos y ferroviarios llegaron a movilizar importantes discusiones y protestas de porte. Este cuadro de organizaciones obreras y mutuales recientes aparece muy bien descripto en “Obreros, Utopías y Revoluciones”, de la historiadora Milda Rivarola y en “Introducción a la Historia Gremial y Social del Paraguay” de Francisco Gaona, dirigente sindical de entreguerras. El gobierno liberal de José P. Guggiari (1929-1931) proscribe por el decreto 39.436 los sindicatos, “aunque antes y durante el período de la Guerra del Chaco, las organizaciones gremiales se hallaban en plena clandestinidad”, nos cuenta Gaona. Como en la dictadura stronista (1954-1989), las organizaciones obreras y campesinas más perseguidas resultaron ser los movimientos apuntalados por dirigentes comunistas.

4 comentarios:

Carla dijo...

Que interesante post! Realmente me meti en tus letras y no podia dejar de leer... a pesar de ser largo, lo relataste de una manera que me parecio corto.
Muy interesante lo que cuentas

Cristina Chain dijo...

también la dictadura es posmo

Cristina Chain dijo...

largo? uuuuu no has leído largo po

Edgar Pou, ratá pypore dijo...

Buenísimo Julio¡¡¡¡