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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

lunes, marzo 02, 2009

Subrayando las memorias de una escritora rusa: Nina Berberova

En su libro de aforismos titulado Pensamientos solitarios, Rózanov dice que, a veces, un solo recuerdo de juventud basta para evitar que un hombre se suicide. Virginia, sentada a mi lado, leía a Peter Altenberg o a Max Stirner y, en primer lugar, me pedía que le dijera dónde nos hallábamos aquella tarde para evitar confundir Escocia con el mar Egeo. Gumiliov. El poeta me miró, bajando hacia mí la mirada de sus ojos claros: bizqueaban. Su cráneo abovedado prestaba a su rostro un aspecto aún más alargado. Su fealdad expresiva poseía un matiz espantoso. Tenía unas manos largas, un defecto de pronunciación y un aire altivo. Uno de sus ojos se desviaba constantemente y miraba el vacío. El otro se detuvo un instante en mi pecho y en mis piernas. Luego, los dos hombres salieron cerrando la puerta tras ellos. en Berlín, durante una cena en casa de Víktor Shklovski, me encontré frente a Román Jakobson, afectado también por un estrabismo divergente. Se tapó el ojo izquierdo con una mano y, con una carcajada, exclamó: —¡Mire mi ojo derecho y olvídese del otro! Ése es el que cuenta, el que la ve a usted...
Los leños húmedos silbaban. Dioses y semidioses frecuentaban nuestro círculo: los Rádlov, Nikolái y Serguéi, Nikolái Yevréinov, Mijaíl Kuzmín, Kornéi Chukovski, Mijaíl Lozinski y, en fin, los jóvenes miembros del grupo literario los «Hermanos de Serapion»: Zóschenko, Fedin, Kaverin y Tíjonov. Ajmátova se nos unió en octubre y, a continuación, lo hizo Sologub. Yevgueni Zamiatin y Yuri Verjovski aparecieron varias veces entre nosotros. Akim Volinski y Vladímir Piast, un amigo de Blok, venían muy a menudo. Por supuesto, contábamos con la presencia de La concha sonora y del Taller al completo: Ivanov, Adamóvich, Ótsup. Valentín Krívich, el hijo de Innokenti Ánnenski, Vsévolod Rozhdéstvenski, Benedikt Livshits, Nadezhda Pávlovich y Ada Onoshkóvich, la traductora de Kipling y mi vecina de mesa en el seminario de Lozinski, también asistían a las reuniones.
Entre 1921 y 1923, Andréi Bieli sufrió una crisis psicológica profunda. Había sido un «niño enmadrado» y pasó la juventud buscando un padre: en vísperas de la Primera Guerra Mundial lo encontró en la persona del antropósofo Rudolf Steiner. De regreso a Occidente, en 1921, tras los años de privaciones de la guerra civil, Bieli tuvo que enfrentarse a una situación dramática: Steiner lo echó de su lado. Traumatizado, volvió a encontrarse frente a su fragilidad de siempre que no pudo superar, ni vencer ni aceptar. Bieli no supo cómo actuar respecto a Asia, su primera mujer, que había permanecido en Suiza durante los cinco años en que él estuvo ausente. Bieli creyó que, tras su desdichada historia de amor con Liubov Blok, Asia volvería a corresponderle automáticamente. La consideró una especie de salvavidas, pero ella nunca tuvo la intención de representar tal papel. El etilismo de Bieli, su verborrea, sus quejas y sus tormentos absurdos e incurables lo convertían en un histérico. En esta vida, el remedio sólo se encuentra en uno mismo; pero Bieli vivía con la esperanza de que las cosas cambiarían y la que no volvía acabaría por «comprender» y el que lo había echado volvería a admitirlo en el seno de la antroposofía. Bieli no se conocía a sí mismo, no se comprendía y, como él mismo decía en un poema de 1908, «no sabía vivir su vida». No supo enfrentarse a su drama personal. Esperó que la solución surgiera de su entorno o del azar. En su delirio, permanecía sordo al paso del tiempo, con la esperanza de volver a encontrar a su venerada madre en cada mujer, y a su padre en la persona de Rudolf Steiner, mentor que lo había abandonado. A su alrededor, la gente se endurecía cada vez más. No se trataba de una moda o de un capricho, sino de una imposición de la época. Esa dureza hizo su aparición entre los años 1880-1890. Strindberg escribía por aquel entonces El alegato de un loco (1897), obra que posee determinados elementos que permiten comprender el dilema de Andréi Bieli. Éste gritaba: «¡Piedad!» Pero ya nadie sabía ni quería sentir piedad. Incluso la palabra misma se hallaba en vías de extinción. El hecho de que dicho término posea una connotación humillante en numerosos idiomas no se debe al azar: en francés, implica desprecio; en alemán, exasperación, y en inglés irónica malevolencia. Casi cada noche, sumido en un estado semidelirante que él denominaba «eclipse de conciencia», Bieli exponía toda la gama de sus relaciones con los demás pasando del «¡piedad!», con voz bañada en lágrimas, al «¡malditos seáis todos!», acentuado por un violento puñetazo encima de la mesa. Un día, lo observé mientras tocaba El carnaval, de Schumann, en un viejo piano vertical. Nadie le escuchaba, pues cada cual se hallaba inmerso en sus propios asuntos, en la feroz inmanencia. Al día siguiente, cuando le dije con cuánto placer le estuve escuchando interpretar a Schumann, no me creyó. No se acordaba de nada.
Jodasiévich escribió un excelente poema sobre nuestros paseos nocturnos por Berlín; en dicho poema aparecemos los tres bajo los rasgos de las tres brujas de Macbeth, con la diferencia de que nos han encasquetado cabezas de perro.

En una calle de Berlín, la luna aparece,

en una calle de Berlín, la sombra se alarga;
como demonios, las casas emergen de la noche,
entre sus cerradas filas sopla el viento que huye.
¡Espíritus diurnos, partid!, ¡largo!
¡Pensamientos diurnos, atrás!, ¡marchaos!
Entonces, en los cruces oscuros, como tres brujas
extraviadas, salimos de nuestras guaridas.
No son humanos nuestras palabras ni nuestro aliento,
y de nuestras encorvadas espaldas brotan cabezas de perro.
Desde el fondo de nuestras miradas la verde luna nos mira,
incitándonos a una locura seca y maligna.
Y en el asfalto, el pálido reflejo de los crepitantes destellos
cuando, por encima de nuestras cabezas, rechinan los hilos
eléctricos.
Nuestros intelectuales se escindieron en dos grupos desde el mismo momento de la aparición del término intelligentsia: a unos les gustaba Blanqui; a otros, Bálmont. Los primeros podían también apreciar la poesía de Béranger, en la pésima traducción de Kuroshkin, pero jamás la de Bálmont. Y si a uno le gustaba Vladímir Soloviov, sólo podía sentir indiferencia frente a la eventualidad de un régimen constitucional y pasar por un incorregible oscurantista. Por la misma razón, cada mitad de la intelligentsia rusa presentaba rasgos revolucionarios y, a la vez, reaccionarios: la izquierda política era reaccionaria en el terreno cultural mientras los artistas de vanguardia eran políticamente conservadores o indiferentes. En Occidente, existe un sentimiento común, un chu sagrado, término chino que designa a «algo» respetado por todos, sean cuales fueren sus opiniones y creencias.
Nabókov era esbelto, delgado y erguido; tenía las manos finas, los dedos largos y llevaba corbatas impolutas. Su paso era ligero y pronunciaba guturalmente las erres, a la manera petersburguesa que tan familiar me resultaba desde la infancia, ya que la mitad de los miembros de la familia de mi abuela de Tver tenían esa pronunciación. Merezhkovski y Tolstói tenían esa misma particularidad y Kokóvtsev, el antiguo ministro del Zar, que acabó sus días en París en 1942, cuando decía: «Su Majestad Imperial que en gloria esté» parecía que se enjuagara la garganta.
Jodasiévich se pasaba las veladas haciendo interminables solitarios a la luz de la lámparay no empezaba a trabajar hasta después de medianoche, cuando yo estaba ya en la cama. Seguramente, mi nerviosismo le irritaba, pues incluso yo misma tenía la sensación de que llenaba todo el piso. Jodasiévich trabajaba hasta las seis de la mañana; luego, se acostaba y se despertaba hacia las dos de la tarde. Mientras, yo había dedicado la mayor parte de la mañana a las tareas domésticas. Después de almorzar, iba a la biblioteca o a la redacción del periódico, o vagaba por las calles. Regresaba a casa hacia las cinco y preparaba la cena; luego, me largaba a Montparnasse para huir de sus solitarios, de sus lamentaciones y de sus angustias.
Bunin teme no haberse aprovechado intensamente de «esa misteriosa carne femenina de color rosa pálido frente a la que todo lo demás se reduce a nada». «La vida ha pasado como una comida que toca a su fin. ¡Qué bestia he sido, Dios mío! ¡Desearía recobrar mi juventud para mejor apreciar la belleza del mundo!»
El pasado año releí El Quijote y di con un pasaje que me recordó Las almas muertas. Ambos autores hablan de una región de la que Schopenhauer dijo un día que siempre está ahí, cerca de nosotros, pero que nos resulta imposible describir con palabras.
Cuando los ricos chinos se construyen una casa, en el fondo del jardín ponen «una puerta hacia la paz», por la que huyen en caso de revuelta o de catástrofe. Todo hombre rico posee un pasadizo secreto de este estilo, cuya llave siempre lleva consigo. Es por donde se salva en el último momento, huyendo con sus tesoros. No tengo ni salida de emergencia ni llave. Siempre quise «quedarme con los demás», o, al menos, estar donde se encontraba la mayor parte de los nuestros.
NINA BERBEROVA, El subrayado es mío Título original: Kypcjm Mojí, © 1989, Actes Sud, © de la traducción: Ana M.a Moix, 1990, © de la presente edición: CIRCE Ediciones, S.A.

2 comentarios:

Vier_minuten dijo...

Cómo extrañaba ese lenguaje desasido de toda autocomplacencia.

Kurupí, cuánto tiempo sin comentar pero no sin leer este espacio que fue y es un lugar refugio hacer tiempo. Cuando escribía entre las correrías domésticas y los choques de las noches.
Y pasaron los cruces, los desfases, lapsus, y ahora vuelvo a comentar. Hacerlo es grato, como recibir un comment.

Y héme aquí saludándote Kurupí.

Cuando tengas toda la cabellera blanca, te verás como un noble de la era renacentista, dije cuando vi la foto de la columna :)

Abraxo y un inmenso salute.
Rain/virginia/Vier_minuten, desde Lima.

kurubeta dijo...

Amiga y siempre recordada limeña de la primera hora de los blogs, Virginaia!!!
un gusto teenrte por estos apgos y simepre viene bien tus coemntarios, esperamos ke te hagas de times y vuelvas a inundar d etus palabras-goces la red

un abrazote!

xtino